Las Provincias
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Un penalti de locura
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Javier Bragado | 24-06-2014 | 15:00| 0


Oteó la inmortalidad como ninguno. Uruguay caminaba hacia el oasis después de una sequía de 40 años y fue el único que no tembló. Una tanda de penaltis. Un duelo soportado con coraje, suerte y una arsenal completo de armas para no caer tumbados por Ghana conocería la sentencia en la línea del infarto. Eran los cuartos de final y la Celeste había perdido a Luis Suárez porque su mano evitó un gol de los africanos. Desde ese minuto, sin la estrella charrúa, Sebastián Abreu se erigió como la oculta esperanza de los sudamericanos para soportar las embestidas del continente negro.
Contra todo pronóstico el ‘Loco’ sería el hombre que desataría la locura gracias a su propio delirio. El momento clave aconteció en la inevitable ronda de penaltis. Entonces Abreu adivinó su lugar entre los héroes y solicitó ser el último rematador. «El quinto», le pidió a Tabárez cuando se enteró de que le había situado en la tercera posición de la tanda. El maestro le concedió el lugar y la confianza. Después, abrazado a sus compañeros en el centro del campo, pensó en su gesto habitual en las grandes ocasiones: el tiro suave al centro de la portería mientras el portero caía burlado hacia un lado. Era su seña de identidad y su rúbrica, pero en el Mundial un fallo suponía la depresión de un país con escasas posibilidades para repetir fase y con su estima. Y los porteros conocen hasta la última estadística de los lanzadores rivales.
Abreu observó desde el centro del campo al guardameta de Ghana en el primer lanzamiento. «¿Viste Fucile? ¿El arquero se movió antes de lanzar?», preguntó a su compañero en busca de refrendar su ida. «Sí, loco», respondió el defensa. «¿Viste ‘Fuci’? ¿Se movió otra vez?», inquirió con el segundo lanzamiento. «Sí, loco», respondió. «¿Viste al arquero?», insistió Abreu con el tercero. «’Picala’ y ‘dejá’ de romperme la bolas, loco», replicó impaciente Fucile. Ya contaba con el apoyo moral. Pero la afirmación disparada por su compañero no acabaría con el referéndum. La conversación llamó la atención de Forlán, quien conocía las maneras del ariete y adivinó sus intenciones. El rubio se acercó para advertirle: «Loco, no». Abreu sonrió, asintió con la cabeza y el brillo de sus ojos. «Loco, no», ordenó el capitán levantando la voz. Recibió la misma sonrisa burlona.
Llegado el turno de Abreu, la opción del gol clasificaba a Uruguay a semifinales. El fallo conduciría a un nuevo desempate. Sebastián se acercó con paso cansino desde el centro del campo hasta el área como si regresara a su infancia en Salto. Depositó con parsimonia la pelota en el punto de penalti y se preparó para lanzar mientras sus compañeros orientales notaban cómo se les encogía el corazón. El tosco trotamundos corrió, provocó la estirada del guardameta y con un toque sedoso colocó el balón manso en la red por el centro de la portería. El grito del gol se escuchó en todo el hemisferio sur procedente del ‘paísito’. Después, todos corrieron para celebrar con el tipo que desoyó a su capitán y firmó la llave para la mejor actuación de los últimos años. Los calmados uruguayos salieron a la calle para saborear una sensación que sólo los más antiguos recordaban. Los jóvenes del equipo se sintieron herederos del éxito de un país que fue dos veces campeón en los inicios del balompié y desde 1970 no aparecía por las semifinales. Los charrúas levantaron con orgullo su historia y regresaron a la ilusión después del declive.

Cuatro años después, Uruguay se ha encontrado con un muro: el grupo más igualado a pesar de que fue por primera vez cabeza de serie en los últimos años. Comenzaron la clasificación para Brasil con autoridad las eliminatorias pero sufrieron para sacar el billete final en otra nueva repesca. Además, el concurso de su estrella Luis Suárez se ha complicado por una operación poco antes de iniciarse el torneo. «Parece cosa de Mandinga», avisó el central Lugano antes de cruzar la frontera hacia sus vecinos del norte. Con semejantes condiciones, 2014 aparece como otra oportunidad para que los aguerridos charrúas rompan la maldición del diablo mentado por su otro capitán. Sin embargo, esta vez la sorpresa la tendrán que poner otros, porque Abreu no entró en la convocatoria. Todo apunta a que la locura uruguaya se guardó en un penalti del Mundial de Sudáfrica. O no.

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Müller, Thomas
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Javier Bragado | 17-06-2014 | 17:50| 10
Thomas y Gerd Müller

Thomas y Gerd Müller

En los años setenta había un tipo especializado en marcar goles. Poco más sabía hacer. Es más, en su propio pueblo le despreciaron al situarle como delantero porque no correspondía al estilo del ‘nueve’ germano. En contra de las previsiones aquel joven se ganó a base de goles un puesto en un equipo regional de Baviera. Después, en los años setenta se convirtió en el mayor depredador del área del fútbol europeo. Nada importaba sus limitaciones técnicas o su 1’76 entre sus gigante compatriotas. Aquel jugador, de apellido tan popular como Müller, se abrió un hueco en la historia de Alemania con su capacidad para adivinar dónde caería el balón y ponerlo en la red con cualquier parte del cuerpo. A Gerhard le llamaron el Torpedo, el encargado de empujar el balón a gol (tor, en alemán). No fue un futbolista sino un ejecutor sobresaliente, pero fue campeón del mundo y de Europa y se ganó el reconocimiento de toda Alemania desde la leyenda Franz Beckenbauer. Nadie le ha olvidado. Nadie duda cuando escucha el apellido Müller en una conversación sobre fútbol…
La carrera del torpedo Müller
Una década después otro Gerhard Müller aportaría otra inesperada coincidencia para goce y disfrute de Bavaria. Eligió no perpetuar su nombre y escogió Thomas para su vástago. El chaval despuntó en las categorías inferiores del poderoso Bayern de Múnich y logró hacerse un hueco entre los prestigiosos nombres del hollywoodiense equipo de Adidas. Louis van Gaal le dio la alternativa y la selección germana le recibió con una gran bienvenida. Al contrario que el Gerhard de los setenta, domina todas las facetas del juego, sostiene una elevada calidad técnica, es preciso de cara al gol y se puede desenvolver en varias posiciones porque él se define como un ‘ramdeuter’, un buscador de espacios. Son los conceptos del futbolista del siglo XXI. Sin embargo, Thomas irradia el aroma de un jugador de otra época. Aun sin barba, con las medias bajas, con una figura longuilínea alejada de los actuales atletas y con celebraciones dignas de VHS no habría desentonado en los setenta ni con alta definición. Incluso mantiene la habitual confianza en sí mismo adquirida en el Bayern de sus predecesores para criticar a sus técnicos. Pero le tocó otro siglo sin césped alto, sin golpear un Telstar o sin luchar por un puesto en la delantera con el Torpedo.
Menos mística, pero igual admiración. Con 20 años fue el máximo goleador del Mundial de Sudáfrica partiendo desde una banda y se perdió por sanción la eliminación de su equipo a manos de la mejor España del torneo. En 2014 ha empezado con un triplete para aumentar su valor. Todavía no se ha ganado ser nombrado como ‘Müller’ en la historia de la ‘Mannschaft’. Todavía es Thomas a pesar de la pública admiración de los Gherard (su padre y la leyenda). En Brasil, tierra de fútbol, puede ganarse el nombre. Y el apellido.

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Grecia, un amor fácil de verano
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Javier Bragado | 21-06-2012 | 21:45| 0

Karagounis, todo corazón

Enamorarse de Grecia en verano es fácil. Los que gustan de la vida animada disfrutarán de las desordenadas y populares calles de Atenas. Los que desean tranquilidad pueden elegir entre miles de islas. Los paraísos se reparten por sus tierras para los amantes de la naturaleza. La hospitalidad de los nativos es reconocida. Y los turistas culturales difícilmente encontrarán mayor orgía que en la cuna de la civilización europea.

Enamorarse de la selección de fútbol griega es difícil. Porque no conceden ninguna esperanza a los paladares de la creatividad. Ningún control exquisito. Ningún desmarque astuto. Ningún pase milimétrico al lugar insospechado. Ningún remate acrobático. Ni siquiera un túnel o una triangulación depurada. Solo esperar con los puños cerrados y apretar de dientes hasta que el rival ofrezca un error y algún griego aproveche el afortunado momento. Actividad carroñera para la supervivencia. Sin poesía.

Los simpáticos griegos
Sin embargo, ha emergido una ola de simpatía creciente hacia ellos desde el arco mediterráneo. Quienes hace ocho años sentían rechazo por su manera de jugar y hablaban de un insulto para el fútbol ahora desean su victoria por las condiciones extradeportivas ante el mismo panorama. Porque resulta imposible separar la versión deportiva de la rivalidad creada por la propaganda. El deseo de que simbolicen la resistencia frente al opresor económico es grande. Los más ricos contra los más pobres. Precisamente la misma situación que se vive Portugal, pero ellos cuentan con un prepotente señor de Madeira y su rescate merece menos simpatía. Porque exigimos que nuestro/a príncipe azul/princesa sea humilde (y no sea capaz de ganar en el campo).

La villana es Angela Merkel, una mujer criada en un país comunista que contaba con menos de tres años de experiencia capitalista cuando Ronald Reagan inició las políticas de desregularización y permisividad de las actividades de riesgo que están en el origen de la actual crisis. Una investigadora físico-química que ascendió a canciller ¿de Europa? después de la explosión de 2007. La mano dura que propugna la austeridad frente al despilfarro.

Angela Merkel para los griegos

Angela Merkel, según algunos griegos

Resulta curioso que Alemania sea el malo de la película, un país en el que los neonazis helenos de ‘Amanecer Dorado’ tendrían más trabas para presentarse a las elecciones. Como si Lehmann Brothers nos confundiera con su nombre de recuerdos germánicos. Como si los gobernantes griegos no hubieran falsificado sus cuentas económicas. Como si la burbuja del ladrillo en el Peloponeso la facilitaran los señores del Rhur. Como si Grecia no se mantuviera como uno de los diez estados mayores compradores de armas mientras sus ciudadanos tratan de hacer pie sobre la miseria. Como si los helenos no hubieran reclamado los pagos de la II Guerra Mundial. Como si los estimados banqueros y políticos de ambos países fueran a rectificar ante la ola de indignación. Y si sirviera para revertir la situación económica… ¿no sería mejor que ganara Alemania? Entonces alguien se acercaría a Merkel en plena euforia y le susurraría que es el momento de ser magnánimo como César.

Claro que la idea manipulada es demasiado romántica como para no enamorarse. Siempre deseamos una Cenicienta que anime el baile hasta que sea nuestro turno. Será un flechazo que sabemos que no durará mucho y no tendrá consecuencias en la conciencia.

Una historia de rechazos
Porque ahora el equipo griego es simpático (especialmente porque no ha eliminado a los españoles como en 2004). Pocos se acuerdan de su primera participación en un Mundial en 1994. Entonces el recientemente fallecido Alketas Panagoulias dirigió a un grupo de nivel menor que se estrelló contra la élite. A pesar de contar con el ‘ajacied’ Machlas se despidieron sin marcar y con la humillación del canto del cisne Maradona. Después pocos sintieron aprecio cuando el alemán Rehhagel destrozó los postulados de Sacchi y Cruyff para conducirles a su primera participación en una Eurocopa y obró el milagro de salir campeones. El verano de 2004 fue una alegría inesperada para quienes seguían a aquel conjunto limitado. Esos pocos seguidores sabían que, por ejemplo, Nikopolidisera el Peter Shilton griego, un portero de nivel medio que podía continuar bajo el arco hasta pasada la cuarentena debido a la escasez de competencia (comparen con su antecesor Minou o sus herederos actuales).

Nikopolidis, portero eterno

Nikopolidis, portero eterno

Disfrutaron aquel julio de 2004 de regalos que se desvanecerían temprano. Solo sus fieles son capaces de recordar con nostalgia. Fue otra generación sin estrellas, sin artistas que trazaran una pincelada de creatividad entre tanto obrero. Pero no nos engañemos: el despliegue del veterano Zagorakis o el esfuerzo de Charisteas perecieron en el olvido porque su estilo no permitió una digestión placentera. Era más fácil pasar página y convertirlo en un amor de verano.
Ni siquiera la aparición del verso de Tsartas en la frontera del siglo XXI propició el despertar de un nuevo fútbol. Siempre resguardados y a la espera del error del contrario. Desprendían una imagen de mezquindad derivada de unas victorias que dependían siempre más del azar que de sus capacidades. Demasiado insignificantes para generar cariño.

El hombre que conoce la fugacidad
Actualmente su mejor hombre es Karagounis, un tipo malencarado, enfrentado con la realidad y teatrero. Un ’10’ que difícilmente tendría un hueco en el ‘once’ de la mayor parte de los participantes en el torneo. Un símbolo del grupo griego que podría buscar en sus orígenes los valores que le definen. Nació en la región de Laconia, cuya capital es Esparta. Podría haber capitaneado a los resistentes de las Termópilas. Pero, con su suerte, probablemente naciera ilota para ser un siervo sin escapatoria de aquellos defensores de la igualdad de los hombres -siempre que fueran de la élite-. Probablemente se habría rebelado y sufrido las consecuencias de los espartanos.
A sus 35 años conoce perfectamente la trayectoria vital de su selección y a los seguidores volátiles. Giorgios es de esos que saben que la gloria tiene alas y no hace planes a largo plazo. Rechaza que la selección griega se disfrace de vengador para luego desilusionar a los recién llegados y volver a quedarse solo. Los momentos de frustración en el medio del campo han sido muchos junto a Katsouranis o el interior Ginanakopoulos y eso no se olvida. Son un grupo en el que el control del balón es un sufrimiento, el primer toque una utopía y la calidad un tesoro excepcional (ese lateral llamado Tzavellas).

Por eso Karagounis peleó cada segundo del torneo. Por eso se revolvió contra el destino. Por eso se perderá el partido contra Alemania. Por eso sabe que ganar en cuartos de final es la desigual lucha del azar contra el orden y la planificación. Desde la grada participará del espectáculo y pedirá en ánimo eventual de los seguidores. Sabe que los aplausos no marcarán goles y que les olvidarán antes de que termine la semana. También son conscientes de que están viviendo por encima de sus posibilidades. Pero su corazón latirá fuerte y su razón le dirá que los cortejos son falsos y que no debe vivir por encima de sus posibilidades. Al menos conocer la hipocresía le permitirá paladear cada momento con prudencia. No se le encogerá el corazón cuando le abandonen. Al fin y al cabo, sabe que es solo otro amor pasajero. Habrá más veranos y más posibilidades. No importará dónde quedó Grecia.

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Fuego en las gradas
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Javier Bragado | 04-06-2012 | 19:04| 0

Cuchillos, armas de fogueo y escopetas de perdigones en Cracovia. Palizas a seguidores del mismo equipo por tener la piel más oscura en Donetsk. Aficionados con bengalas y rollos de papel higiénico que invaden un partido de niños en Poznan. Ucranianos que aguardan la llegada de ‘hooligans’ ingleses para demostrar en peleas que están por encima de su nivel de violencia. Seguidores polacos que rodean la embajada de Alemania después de una derrota. Radicales que prenden con gasolina las bufandas de sus rivales en las tribunas para provocarles en el derbi de Cracovia bautizado como ‘Guerra Santa’.

Son algunas estampas recientes de lugares a los que acudirán aficionados de toda Europa para seguir un torneo deportivo. Postales que avisan del carácter y capacidad de organización de los fanáticos en países en los que la violencia se ha convertido en solución y salida a las malas condiciones de vida.

Parece que solo los ingleses han afrontado con seriedad esta amenaza. Porque su innegable experiencia debería servir para la precaución. Por mucho que los responsables se afanen en alabar la seguridad en los estadios, los esfuerzos deberían extenderse a sus cercanías. Un reciente documental de la BBC ya reveló que los ultras de este país esperan la llegada de ‘amigos’ rusos para reivindicar la superioridad caucasiana a base de golpes. En Polonia, con algunos de los grupos más violentos, también han enviado sus amenazas.

No es un asunto baladí. En ambos territorios son habituales las ‘ustawka’, unas reuniones concertadas entre radicales para batallas campales. En estas peleas experimentan estrategias de ataque que luego expandirán en sus luchas contra la policía o en las emboscadas contra los aficionados rivales que se encontrarán lejos de las zonas de protección. De hecho, como han mostrado algunos reportajes de investigación británicos, la intención de estos grupos será expandir su violencia a cuantas localizaciones sean posibles. Puede que no logren introducir bengalas o armas en los estadios, pero los aledaños pueden ser un infierno sin control. Incluso el Consejo Seguridad y Defensa Nacional de Ucrania ha debido reconocer: «Los ‘hooligans’ podrían provocar serios problemas, con peleas de aficionados venidos de otros países y manifestaciones de xenofobia y racismo».

Con este terreno inflamable no sería extraño que los ánimos caldeados prendieran en jornadas de peleas y fuego. Rusia disputará sus primeros partidos en Polonia y, de hecho, jugará contra el equipo anfitrión en 12 de junio en Varsovia. Inglaterra jugará en Donetsk el 19 de junio en el último partido de la fase de grupos. Dos oportunidades para la desgracia o para evitar la tragedia y mucho tiempo previo para prevenir los escalofríos.

Que no pase nada.

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