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Fecha: marzo, 2015
Los ángeles de Margarita
Arturo Checa 31-03-2015 | 9:39 | 2

Y aún habrá gente que se atreva a poner en duda que los perros tienen alma, que sienten como cualquier persona. Que lloran, que se alegran, que notan el sentir de quienes les rodean hasta el punto de volcarse para conseguir que unas lágrimas se tornen en sonrisa. Si alguien sigue poniendo en duda todas estas cosas tras la siguiente historia, es que no tiene corazón, o es tan incrédulo como Santa Tomás: ni viendo las cosas son capaces de creerlas.

Esta historia ya ha dado la vuelta al mundo, gracias al blog ‘Life with dogs‘. La maravillosa fábula de amor animal nos lleva. A México, donde vivía Margarita Suárez. Margarita no era rica. Ni pertenecía a ninguna protectora o asociación dedicada al cuidado de los pobres. Pero en realidad era ambas cosas. Rica en amor a los seres de cuatro patas y una auténtica salvadora para los ‘peludos’. Aunque Margarita no tuviera demasiado en su humilde despensa de Mérida, ella siempre tenía para los demás. Los demás fueron más de una veintena de perros y gatos que a lo largo de muchísimos años se acercaron a su puerta, a su casa, en busca de un trozo de pan, de unos huesos, de un cuenco de agua, de un poco de arroz hervido. De amor, de respeto, de cuidados que Doña Margarita les prodigaba tanto como caricias en el lomo y palmaditas detrás de las orejas.

A mediados de marzo, una repentina enfermedad acabó con la vida de Margarita. Tras unas semanas en la cama, el mal acabó con ella. Mientras Margarita se apagaba, su hija patricia siguió alimentando a las decenas de animales. Y un 14 de marzo, las fuerzas abandonaron definitivamente al ‘Ángel’ de tantos y tantos perros y gatos.

Pero el mayor ejemplo de estas ‘almas con patas’, de su amor por la mujer que tantas y tantas veces les salvó la vida llegó al día siguiente. El 15 de marzo, El cuerpo de Margarita era velado en un tanatorio. No en su casa. No en su hogar, donde todo se podría haber interpretado como una coincidencia. Como el fruto de la costumbre de los animales, que siguieron yendo al mismo sitio donde les atendieron durante tantos años. No. Mientras el cuerpo de Margarita era velado en el tanatorio, lejos de su casa, el lugar comenzó a llenarse de perros. Primero fue uno, que entró pausadamente en la sala donde varios familiares acompañaban a la difunta. Miró el féretro, se tumbó en el suelo y permaneció en silencio. Luego llegó otro. otro. Y otro… Hasta cuatro. Todos perros mestizos, chuchos de la calle, abandonados a su suerte por la egoista sociedad humana hasta que la mano amiga de Margarita les recordó que deben seguir siendo los mejores amigos del hombre.

Los parientes preguntaron a los trabajadores del tanatorio si los perros eran del local, de la zona o del barrio. No, ninguno de los empleados del negocio fúnebre había visto jamás a los canes. Y ninguno había entrado hasta la sala de velatorio. Hasta que Margarita, la hija de la fallecida, miró a los ojos de varios de los animales. Y entonces recordó. Recordó ver esos mismos ojos mirando la feliz cara de su madre. Recordó que eran algunos de las decenas de perros a los que alimentó su madre.

Todos dispuestos a rendir último y sentido homenaje a Margarita. Nadie los echó del local del velatorio. Nadie afeó a los responsables del tanatorio que les dejaran estar allí. Los cuatro perros acompañaron como el resto de los presentes el cuerpo de la difunta. Caminaron lentamente tras el coche fúnebre cuando los restos mortales de su benefactora salieron camino del cementerio. Y sólo empezaron a marcharse cuando se iba a proceder a la incineración del cuerpo. Hasta en este último extremo demostraron su inmensa educación y humanidad. Dejaron el último adiós para los más íntimos. Sin inmiscuirse en el momento más personal de la familia. Seguramente volvieron en silencio a la calle. A su hogar. El mismo de los que les sacó el Ángel de Mérida.

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Amigo Félix
Arturo Checa 17-03-2015 | 9:02 | 2

Era escuchar esta sintonía y colocarme yo, fijo como un clavo, delante del televisor. Luego, la impecable dicción de Féliz Rodríguez de la Fuente, esa que le llevó a ser incluso propuesto por muchos para la Real Academia de La Lengua por su inigualable manera de hablar y de cuidar la lengua, esa era la que me hipnotizaba durante los 50 minutos que solían durar los inigualables e irrepetibles episodios de ‘El hombre y la tierra’. No creo que superara yo los 10 años ( y muchos menos) cuando el Amigo Félix me atrapaba sin parpadear delante de la tele. Recuerdo aquello entre brumas, en medio de una evocación infantil en la que todo son sensaciones y muy pocos los hechos concretos. Pero sí me acuerdo de ver muchos de esos episodios en casa de unos amigos de mis padres. Vicente y Carmen. Mientras los adultos hablaban alrededor de una mesa, yo me colocaba, creo recordar sin dudar sobre la distancia, a apenas unos palmos de la tele, listo a no perderme ni un sólo detalle. Entonces no se estilaba aquello de “niño-apartate-de-la-tele-que-es-malo-para-los-ojos”. Entonces no había tantas cosas que se consideraban “malas-para-los-niños” como ahora. Quizás éramos niños más inconscientes, pero seguramente también niños más felices.

Y allí, delante de aquella televisión, se paraba el mundo para mí. Daba igual lo que pasara alrededor. Que mis padres y sus amigos hablaran más alto o más bajo. O que la perra de los amigos de mis padres, una pequeña mestiza de colores blanco y canela, con bastante mala leche (inofensiva, pero que defendía celosamente su ‘hogar’ con pequeños ”bocadetes” a mí y a mi hermano) irrumpiera en el comedor. Aunque tras algunos ”incidentes” leves caninos, la pobre chuchilla (pobre porque siempre fue inofensiva y, al fin y al cabo sólo defendía su ‘territorio’) acabó, o bien encerrada en una habitación alejada del comedor, o con un bozal que evitaba todo susto con sus colmillos.

Aunque a mí, como digo, me daba todo igual. Para mí sólo existía el Amigo Félix y sus bellas escenas en la tele. El pasado 14 de marzo se cumplieron 35 años de su muerte. Y con su marcha, España se quedaba huérfana de conciencia ecológica. Quizás sea mi recuerdo mágico, inocente e ideal de niño. Pero creo que jamás nadie ha defendido la naturaleza, ni ha hecho tanto por ella como Don Félix Rodríguez de la Fuente. En mis brumosos recuerdos infantiles recuerdo los majestuosos andares del lince, a la majestuosa Águila Real capturando una cabra montesa y despeñándola contra unos riscos para después devorarla. Algunos ineptos, porque de envidiosos con el éxito vamos sobrados en España, lo criticaron por “maltrato animal” por escenas como estas. Permítanme una respuesta: ¡¡JA!!

Cómo olvidar al Ámigo Félix jugueteando con los lobos, esos elegantes antepasados del perro tan denostados aún en aquella época y que él glosó como nadie. Tanto que hasta crió dos lobitos para los que se convirtió en el ‘macho-alfa’ de la manada, el líder del grupo. Y con ellos retozaba a menudo ante la cámara. Cómo olvidar a aquellas lechuzas girando y girando sus cabezas desde las ramas de los árboles. Con la hipnotizante y deliciosa voz del Maestro narrando cada instante y cada escena. O la deliciosa danza de apareamiento de los urogallos. O deleitarse con un grupo de jabatillos mamando de su madre en un episodio dedicado íntegramente al jabalí. O quedarse embobado escuchando al Maestro hablando del Azor, esa rapaz que a Félix tanto le fascinaba.

O ver por primera vez en televisión a un Oso Pardo, levantado sobre sus patas traseras, venteando el terreno. O a ver en unas simples siglas, ICONA, las que pertenecían al Instituto de Conservación de la Naturaleza, el equivalente al hoy gris Ministerio de Medio Ambiente, unas letras que para un niño se volvían casi mágicas, como el escudo de los heraldos encargados de la defensa de la naturaleza. Hasta un ente administrativo gris e inhóspito era capaz de volverlo mágico el Amigo Félix.

Claro que después se han hecho documentales mucho mejores técnicamente y con imágenes de mayor factura audiovisual. Lógico con los medios hoy al alcance de los realizadores de los mismos. Pero nadie (quizás salvando al Maestro Cousteau) ha derrochado la magia, la sensibilidad, el cariño y la pasión con el mundo animal que hasta su misma muerte, filmando la famosa carrera Iditarod Trail Sled Dog Race de Alaska, la prueba de perros de trineo más importante del mundo, no dejo de hacer gala el gran Don Félix Rodríguez de la Fuente. Me la trae al pairo que utilizara animales amaestrados, o domesticados, para muchas de sus escenas, como le critican algunos de sus detractores (pobres infelices…). O que empleara pieles rellenas de paja como reclamo para atraer ante sus cámaras a animales salvajes, carroñeros o rapaces. Y qué más da… Lo que cuenta es que nadie ha sembrado en la sociedad un amor tal por la naturaleza. Nadie logró, en este hoy adulto que hace 30 años era un niño, infundir tal amor por la naturaleza. Seguro que en ser el amante de los perros y de otros animales que hoy me considero que soy tiene mucha parte de ‘culpa’ el Amigo Félix.

¡Ah! Y terminaré con otro recuerdo de aquel niño. Aún me rememoro a mí mismo, caminando solitario por los bosques de Piqueras del Castillo (Cuenca), imitando la voz del maestro mientras imaginaba que en cualquier momento aparecía un sigiloso lince tras un pino, narrando como en la rama de un nogal oteaba atento una lechuza o apostando su mismo acento fingiendo que sobre las copas de los chopos planeaba majestuoso el eficaz azor. Hasta hoy, por infantil que parezca, se me sigue poniendo la piel de gallina oyendo aquel tema de Enrique y Ana.

 

GRACIAS, AMIGO FÉLIX

 

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No somos héroes, sólo policías
Arturo Checa 10-03-2015 | 7:45 | 1

Esta es la historia de Viriata, una perrita que a estas horas podría ser ya sólo un recuerdo, un fogonazo fugaz de esos que a veces vemos entre contenedores, furtivos, ajenos al ir y venir de piernas y estrés que devoran cada día nuestras vidas. Viriata podría no existir hoy. Pero existe, mueve el rabo y seguramente sonría en las instalaciones de la protectora de Modepran, recordando a aquellos dos hombres vestidos de azul que durante más de una hora velaron por ella, la tranquilizaron con suaves palabras hasta vencer su miedo. Dedicaron una hora de sus vidas, una hora de las muchas que trabajan al día por los demás, para salvar una vida. OTRA MÁS. Y por eso se merecen, no sólo este humilde post de un humilde bloguero, sino el mayor de los reconocimientos.

Esta es la historia de Viriata y de dos policías. No dos héroes, no. Simplemente dos policías. A través de APDA, la Asociación de Policías por la Defensa Animal, en su página de Facebook, he sabido de su historia. Y lo menos que se merecen, ella por su tesón por sobrevivir y ellos por su entrega, es que les dedique este post. Ella, Viriata, andaba la semana pasada perdida y desorientada, seguramente abandonada, por la Gran Vía de Valencia. Ellos, de patrulla como cada día en su vehículo zeta de la Policía Nacional. Los agentes se percataron de que la vida de la perrilla estaba en grave riesgo. “Había mucho tráfico y existía serio peligro”, cuentan en APDA desde su perfil de Facebook.

Y a ello se pusieron los dos policías, dos de esos que cada día se ponen un uniforme que tantos critican. Dos de esos que trabajan PARA LOS DEMÁS por un sueldo de mierda y que reciben a menudo palos, críticas y mil y un improperios injustos. Dos de esos que demasiadas veces son llamados corruptos, violentos y prepotentes, que los habrá, como en todos lados, pero que en su gran mayoría dedican cada día a trabajar por y para los demás. Ya sean de dos o de cuatro patas.

Porque al final, los dos policías lo lograron. Consiguieron llevar a Viriata hasta un solar tranquilo, donde la siguieron calmando completamente. “Con muuucha paciencia lograron cogerla. Viriata al final se dio cuenta de que los de azul somos los buenos”, cuentan en APDA. La asociación colgó la historia en su perfil de Facebook, con fotos en las que se ve a la perrilla ya mansamente acogida en el coche patrulla, relajada en el regazo de los dos policías, con los dos agentes sonriendo, satisfechos. Por el trabajo bien hecho. Con su humanidad por las nubes. La perrita, de ocho meses, aguarda ahora en las instalaciones de Modepran a que una familia la acoja.

Los dos enlaces de APDA han corrido como la pólvora en internet. Más de 6.000 ‘me gusta’ y más de 1.500 veces compartido en Facebook. Una gran noticia. Pero quizás aún MÁS GRANDE es el comentario que lanza en uno de esos dos enlaces uno de los dos policías protagonistas de esta historia, Javier Guerrero, que en un párrafo precioso, sentido y sincero da las gracias a todos los que han loado su servicio y, sobre todo, lanza la perfecta moraleja sobre su servicio, y más aún, sobre lo que significa ser policía. Así que hay va el mensaje de este grandísimo profesional:

Después de leer vuestros comentarios una lágrima de emoción me resbala y me siento en la necesidad de deciros a todos GRACIAS. En los últimos tiempos un sector de la sociedad PARA LA QUE TRABAJAMOS nos desprecia y defenestra. Nos pinta con colores políticos que no tenemos o nos coloca en bandos de una guerra interesada que sólo existe en las mentes de algunos. Se olvidan (o prefieren obviar) que estamos ahí PARA TODO ESTO. Y seguiremos estando. Leer vuestros comentarios, vuestras palabras, me emociona y me permite recargar las pilas de una batería que si bien nunca se agotó, sí se resiente con tanto ataque infundado. Coger fuerzas para volver a madrugar, a trabajar 17 horas en 24, a pasar frío de madrugada, a jugarme el pellejo en un coche para acudir rápidamente a un servicio, a volver a jugarmelo durante ese servicio… ¿Somos héroes? NO. Sólo somos policías, al servicio de la gente (y de algún perrillo con mala suerte). Y a quien me hable de garbanzos negros en este puchero le diré que luchamos contra ellos tanto o más que contra los delincuentes.

Hoy, con lograr salvar a Viriata de un atropello, mi compañero y yo dabamos el día por más que sobresaliente. Después de más de una hora en cuclillas y rebozándonos por un vertedero nos ibamos a casa con una sonrisa de oreja a oreja. Después de leeros, la sensación ya es indescriptible. Por todo ello, seguimos ahí, para vosotros, y también para los que no creen tanto en nosotros. Esta noche más.
Amigos/as: GRACIAS!!!!

Y poco más se puede añadir. Mejor dicho: tras las enormes palabras de Javier, nada. Simplemente GRACIAS Viriata por tu ejemplo de lucha y supervivencia, por dejarte amar de nuevo. GRACIAS, agentes, por vuestra entrega en este servicio y en los de cada día.

 

GRACIAS, MAESTROS.

(Añadido tras la publicación de esta entrada). Un día después de lanzar este post, el propio Javier Guerrero, uno de los dos policías que salvaron la vida de Viriata, me escribió un correo para hacerme sabar que Viriata ya tenía un hogar. Una nueva alegría. Otra prueba de que aún hay muy buena gente en el mundo.

 

 

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Así se despide a un héroe
Arturo Checa 03-03-2015 | 7:44 | 4

Hay muchas cosas de Estados Unidos que no me gustan. El tener la sensación de estar en un estado policial cuando vas por la calle, la hipocresía de considerarse una sociedad puritana y tener sin embargo uno de los níveles de infidelidad mayores del mundo (aunque aquí tampoco estamos para mirarnos el ombligo) o la prepotencia con la que tratan a otros países del mundo, como si fueran los Padres del Universo. Aunque, bueno, en realidad lo son… Pero hay otras muchas cosas por las que admiro a Estados Unidos, por las que los envidio como país. Cosas como lo unidos que están como nación pese a ser cada estado de su padre y de su madre. Cosas como la forma en que sienten su himno y su bandera. Se me eriza la piel cuando oigo a un estadio entero cantar el himno, aunque jueguen dos equipos archienemigos, ese mismo instante en que aquí en España se lía el pitorreo padre en el campo, los abucheos y la madre que parió a todos los que van, por ejemplo, a la Copa de un Rey que ni sienten ni quieren. Para eso quédense en casa, que estarán más agustito, oigan… O como mucho el tremebundo ‘laaa laaa laaaaaa laaaaaa’ coreando los acordes, penita de país que no es capaz ni de sentarse a hablar para poner una letra… Pero a lo que iba, que me lío…..

Y admiro a Estados Unidos por cosas como el homenaje que le han brindado a Juez, un perro pastor alemán de Nueva Jersey, policía durante siete años junto a su compañero Michael Franks y que hace unos días tuvo que ser sacrificado en una clínica veterinaria por una enfermedad que le estaba segando la vida. Y así, como se ve en las fotos que acompañan a estas líneas, se le despidió.

Decenas de policías se cuadraron a su llegada. Lo saludaron como a un compañero más el día de su despedida. Igual que otros tantos pastores alemanes, serios, marcialmente quietos, honrando a su compañero. Varios vehículos patrulla hicieron sonar sus sirenas a su llegada. Dentro de la clínica de San Francisco, donde fue sacrificado, el personal sanitario aguardaba también firme, cuadrado, deseando ver a un héroe de su comunidad. A las espaldas de Juez, la mujer y la hija del agente Franks lloraban desconsoladas mientras su querido amigo avanzaba hasta la camilla (vivía con ellos en casa). El propio Michael aguantaba a duras penas las lágrimas mientras llevaba de la correa Juez. De su boca, el brazo protector con el que Juez entrenaba, la mayor de las recompensas para él.

A Juez le dieron el homenaje de un policía más, responsable de casi 300 actuaciones policiales: intervención de drogas, persecución de sospechosos por las calles, desfiles cívicos en su ciudad… Un ciudadano y un profesional como otro cualquiera al que se honró como tal en su último adiós.

Juez fue policía hasta agosto del año pasado. Entonces se le detectó la enfermedad de Cushing, que comenzó a causarle sangrados, hemorragias internas y pérdidas de pelaje. El pastor alemán empezó a recibir un tratamiento. Mejoró de su dolencia, pero seguía tremendamente débil. Sólo tres meses después, el mal se extendió por todo su cuerpo. Unos tumores en el hígado y en los testículos fueron la antesala de que ya no había nada que hacer por la vida de Juez, el instante en que sus amos supieron que había que optar por la decisión más dura que pueda tomar el amo de una mascota.

Otro ejemplo admirable de Estados Unidos: en apenas unos meses, la comunidad de Jersey recaudó los 13.000 dólares necesarios para costear antes la última operación necesaria para intentar que Juez siguiera entre ellos. No fue posible. El tenaz perro dejó hasta de comer. Y sus amos, con el dolor en el alma, supieron que había llegado el momento de decirle adiós.

Y así hizo su último paseo hasta la camilla de la clínica veterinaria. Entre la admiración de sus compañeros, caninos y humanos. Mirando a un lado y a otro, como se le ve en las fotos, con una mezcla de cariño, emoción, ternura y hasta se diría que miedo. Con el orgullo sincero reflejado en los rostros de los policías, ciudadanos y sanitarios que lo veían pasar. Así se despide a un héroe. A ver si aprendemos.

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