Skip to content

La gran utopía

2013 marzo 4
por Antonio Badillo

La pregunta quedó atrapada en un despacho. ¿Qué sería hoy del Valencia si los 146 millones de euros invertidos en un nuevo estadio excesivo a todas luces se hubieran destinado a retener estrellas y reforzar el equipo? El interrogante es el eco de la decepción que acompaña a un consejo con claros síntomas de agotamiento.

Llorente no olvida que el Valencia pudo conseguir lo que hoy tiene con un desgaste económico muy inferior; que Soler rechazó compartir el proyecto con las instituciones en un arranque de arrogancia y se embarcó en esta permuta de suelo que ya ha costado al club 35 millones, a los que se añadirán los 18 todavía pendientes de negociación. Desde que accedió a la presidencia, el gestor ha tratado de rescatar una fórmula de todo punto inviable. Lo hizo nada más asumir el cargo y de nuevo lo planteó la semana pasada en el Ayuntamiento. Por pedir, que no quede. ¿Y si el solar del nuevo estadio vuelve a ser municipal, con la consiguiente recuperación del dinero desembolsado y una cesión al club por 90 años? Ni el presidente esperaba un ‘sí’ ni el Consistorio debía dar otra respuesta distinta al ‘no’.

Es la utopía de Llorente, convencido como está de que en la actual coyuntura las obras sólo pueden salir a flote si las instituciones ayudan a afrontar el gasto pendiente, dejando el dilema de la propiedad para una negociación posterior. Incluso se llegó a hablar con una entidad financiera distinta a Bankia para abrir una línea de crédito que permita concluir el estadio del que pende el futuro económico del club. Otro callejón sin salida. No hay milagros en tiempos de ‘sálvese quien pueda’.

Por sí solo, el Valencia tardará muchos años en retomar el proyecto. Otra cosa es que venga un inversor y ponga el dinero. Pero ojo, que los millonarios también saben que es más rentable comprar jugadores y salir a hombros del viejo Mestalla que poner ladrillos en un solar anónimo.

Camino entre brumas

2013 febrero 25
por Antonio Badillo

José Císcar, vice del Consell y presidente del Valencia (con perdón), tendrá que activar más pronto que tarde la luz antiniebla. Que sí, que ya sabemos todos que la Generalitat no es dueña del club, que ni pincha ni corta en materia tan banal como el deporte. Nos ha quedado claro que este barco a la deriva lo gobiernan los patronos de una fundación independiente, apolítica. Gente de fútbol, vaya. Pero por si acaso meta usted la larga, don José, que demasiadas curvas trae el camino para recorrerlo a tientas.

Entre brumas avanza esa fundación que nadie quiere presidir, porque a ver quién acepta la etiqueta histórica que colgará de la pechera del hombre que venda el Valencia. También ese ejército de ejecutivos metidos a buscadores de oro en un peculiar ‘reality’ con premio para el primero que cace un inversor de solvente apariencia. Y ese entrenador que recela a la hora de atarse a un club con la guillotina caliente. Y el director deportivo que ficha jugadores sin saber si en unos meses serán propios o ajenos. Y al frente de todos, un presidente que en las distancias cortas comienza a dar la impresión de sentirse liberado.

A sus detractores les descoloca la noticia de que Llorente, el denostado liquidador de Mestalla, rechazó 50 millones por Soldado y Rami en el mercado de invierno. A los interventores del club, seguramente también. En un tiempo no muy lejano, el delantero ya estaría pateando la orilla del Támesis y el defensa estrenaría calentadores en la fría Rusia.

Pero Llorente ha alzado la vista. Intuye que no tiene más futuro que el presente. No descarta seguir el año próximo pero tampoco irse mañana. Nadie se ha interesado por su opinión acerca del presidente idóneo para la Fundación, ni por supuesto le han ofrecido el cargo. Confinado entre las cuatro paredes del Valencia CF, no participa en el ‘casting’ de inversores. Siente que la información fluye paralela a él y ni siquiera puede confirmar a su técnico si seguirá el año próximo. De estas cenizas surge un Llorente que luce orgullo desde su rol secundario y no quiere tragar más bilis, consciente de su responsabilidad pero también de que el sudario de la impopularidad corresponde ahora a otros. Que vendan ellos.

Un nuevo estadio que ya es viejo

2013 febrero 17
por Antonio Badillo

Ni el megalómano Keops, regados sus sueños por el mejor de los vinos, habría imaginado tan fastuoso sepulcro. El ya envejecido nuevo estadio del Valencia va camino de engullir a su tercer presidente, interinos al margen. Desde que las hormigoneras dejaron de girar, el club ha tenido tres sedes sociales; ha frustrado dos abordajes piratas; ha pasado por las manos de cuatro dueños distintos, si se cuenta el efímero y vergonzoso reinado de Dalport; ha perdido 10.000 socios, hastiados por la falta de estímulos deportivos y una crisis que no cesa… El Valencia ha vivido un siglo en cuatro años, mientras en la que estaba llamada a ser su casa el tiempo se detuvo.

Barberá soñó con la final de la Champions de 2010, la UEFA llegó a inspeccionar el solar con vistas a la de 2011 y hace apenas unos meses, ebrio de euforia por el luego fallido acuerdo con Bankia, el hierático Llorente fantaseaba con albergar la de 2014. Cuando llegue esa fecha, como ocurrió con las anteriores, en las gradas del estadio hacia el que debería mirar todo el planeta fútbol no habrá más que ratas.

El mausoleo de la avenida de las Cortes, convertido en monumento a la impotencia, ha podido con todos los manuales de estilo. Con el anhelo fanfarrón de Soler, quien rechazó la gestión de una sociedad mixta en esa no tan lejana época en la que nadie se atrevía a negar nada al Valencia; con la irrealidad de Soriano, condenado a vender humo en una estéril carrera contra el reloj; con los fríos números de Llorente al frente de un club intervenido y en manos de su gran acreedor…

Valencia, la moderna capital de la Ciudad de las Ciencias, foco cultural y turístico, no puede seguir permitiéndose el lujo de mantener abandonada una de sus postales. El Valencia, grande de España y hace no tanto potencia continental, será incapaz de levantar cabeza mientras su estadio continúe varado. Ambos, ciudad y club, necesitan una solución que sólo llegará cuando aparezca un inversor serio, como los que rescataron a equipos de menos solera. Que lo traigan el Consell, Rus o Fernando. Pero que lo traigan pronto.

En buena compañía

2013 febrero 3
por Antonio Badillo

Hay que saber escoger a los compañeros de viaje. Lo pensó la rana que ayudó al escorpión a cruzar el río y seguro que Braulio coincide con ella. Aunque a este ‘paquete bomba’ llamado Banega lo trajeron Soler y su generosa tarifa plana -todo a 18 (millones de euros)-, fue error del director deportivo renovarlo; dejarse seducir por cuatro buenos partidos y las falsas promesas de “no volverá a ocurrir”.

Eligió aquel día Braulio un mal compañero de viaje, otro escorpión que le clavaría el aguijón en cuanto el instinto primario ganara el pulso al afán de supervivencia. Y volvió a equivocarse este verano al escuchar su sugerencia: “Tráeme a Gago”. Criticar esta segunda decisión sería ventajista tras los elogios bañados en tinta que todos hemos regalado al Pintita. Ese error es colectivo. Pero con Éver nunca debió haber dudas. Y para llegar a tal conclusión no hace falta adentrarse en el peligroso debate sobre si ha llegado bebido al trabajo, ya que nadie le esperaba en Paterna, alcoholímetro en mano, para afirmarlo. Basta con el nulo compromiso que ha mostrado desde que aterrizó en Valencia.

En la zona noble también Llorente comulgará con la rana y el técnico. Y no sólo por haber dado a Banega la segunda oportunidad que no merecía. El presidente está en otras cosas de mayor enjundia, cruza aguas pantanosas y ha elegido con mimo su guardia pretoriana. La llegada de Andreu y el ascenso de García Moreno acentúan su músculo, aunque a la hora de la verdad siga tan expuesto como antes a la voluntad económica y política.

Llorente acierta al marcar raya y ajustarse la gorra de capitán. Al recordar a Sesé que no es serio un consejero comentando partidos por Twitter desde el palco. Al pedir a García Roig que se deje de “chismorreos”, usando sus propias palabras. Pero que no olvide que una cosa es imponer disciplina y otra distinta secuestrar la información. En época de conductas reprobables y ruedas de prensa sin periodistas, bienvenida sea la autocrítica y el debate, sobre todo con quienes comparten contigo responsabilidad legal y moral.

El odio, un mal enemigo

2012 diciembre 3
por Antonio Badillo

Paco Roig ponía la voz, Miguel Zorío escribía la letra y un entonces desconocido Vicente Soriano encabezaba la masa coral. Firmaron la canción del verano de 2003 y aquel ritmo se pegó a los talones durante medio año. Astutos estrategas, su absoluto dominio del escenario colocó patas arriba el Valencia. Del hábil cuentagotas brotaba cada día un titular escandaloso para alimentar la rebelión. Supieron beber de la indefinición de Bautista Soler, forzaron la creación de un sindicato de accionistas, llevaron a las instituciones a meter por primera vez las narices en el Valencia y hasta Juan Soler terminó comprando el club cuando lo que en realidad quería era alejar de ahí a su padre.

Tiene guasa la cosa. Mientras al escuálido Oviedo, fruto de lamentos en los cuatro puntos cardinales, llega el empresario más rico del mundo con una saca de euros, el gran Valencia vuelve ahora a bailar al son del expresidente y su simbólico paquete accionarial.

Como la información es poder, todo el mundo sabía hace diez años qué perseguía Paco Roig y, por ende, la forma de neutralizarlo. Lo movían las punzadas del ego, un proyecto empresarial, por supuesto un reto personal… Ahora, sin embargo, sólo él conoce las razones del extemporáneo regreso. Y si dice la verdad y no sigue más dictado que el de su espíritu justiciero, Llorente tiene motivos para preocuparse por este émulo de Charles Bronson. Mal enemigo es el odio.

Roig repite como autómata la vieja estrategia. Un día, un titular. Y sabe lo que pide el estómago valencianista. Ante el hartazgo económico, llamada a la insumisión frente a Bankia. Ahora que el equipo no engancha, fusta a quien decidió vender en vez de fichar. Llorente llega personalmente muy desgastado a la refriega, que además discurrirá por terrenos en los que el presidente no se desenvuelve con destreza. Lo puso de manifiesto la oprobiosa junta de accionistas. Al margen de sucia, la pelea será larga. Durará lo que tarde un juez en sentenciar que acusar sin pruebas no es hacer justicia, sino caer en la injuria.

Cine negro

2012 noviembre 11
por Antonio Badillo

Pese a la jocosa alusión a “Pretty Woman”, la junta del Valencia tuvo poco de comedia. Puro cine negro, con Paco Roig regresando de entre los mudos para descerrajar una ráfaga de reproches sobre el viejo colega. Sangre fría, gatillo caliente. Como reza el género. Y entre la humareda del tiroteo verbal, un molesto hedor a ajuste de cuentas. Atildados ejecutivos embadurnados de barro, el chaval de la Grada Joven avergonzado por sus mayores y el “ilustrado” Vallés dando lecciones de gramática a la prensa. Menudo giro argumental.

Paco Roig tuvo su época y la vendió. Perdió el derecho a dirigirse al valencianismo el día en que renunció a su legítimo sueño de volver a cambio del dinero ajeno. Nada que reprochar. Treinta millones son mucha pasta. Pero que no olvide que con su maniobra él inventó el solerismo. Y que si las administraciones se arrojaron en brazos del príncipe amostachado que con el tiempo mutaría en rana fue para huir del “tronaor” de Mestalla.

Sofocos al margen, a Llorente no le vino mal la irrupción de Roig. Al adentrarse en el terreno de las vísceras, el debate se alejó de las arenas movedizas que configuran cuentas y balances, para decepción de los críticos con argumentos. Pero el presidente debe reflexionar. Mal, muy mal está el valencianismo si Roig todavía es capaz de arrancarle desesperados aplausos. Este club necesita ilusión, la que emana del populismo de su némesis.

Llorente heredó un muerto. Verdad irrefutable. Y la salvación queda lejos. Ante el cariz de la negociación y el pellizco que se llevará Bankia por cada traspaso, aunque el Valencia vaya a la Champions tendrá que vender a Feghouli. Si no entra en la gran competición, con el argelino se irán Rami o Soldado. Y sin equipo no hay victorias. Pero la nefasta gestión de sus antecesores ya no vale como argumento. Si tan mal lo hicieron, debió impulsar la acción social de responsabilidad. Aun a sabiendas de que la perdería. La dignidad bien vale una derrota. Mejor eso que la complicidad del silencio.

Ya sin mirar atrás, Llorente debe quitar el velo a su gestión. Entender que cuando se anuncia una solución hay que explicarla. No volver a aceptar cláusulas de confidencialidad que le exponen a doce meses de insoportable desgaste vendiendo huecas ilusiones al socio. Tanto él como Piles han de entender que en ocasiones si no tienes una buena mano es mejor ser transparente que jugar de farol.

Un apoyo sin fisuras

2012 noviembre 5
por Antonio Badillo

Si el fútbol fuera materia docente, los críos de los ochenta se habrían enamorado de la afición del Valencia. Sus esquemas infantiles, acartonados hoy por el tiempo, recordarían la fidelidad de aquella marea blanquinegra que rescató al equipo de Segunda, dando pie al socorrido pareado: Mestalla nunca falla. A esos niños ya treintañeros se sumaría la nueva generación borracha de gloria con las gestas que alumbraron el nuevo siglo.

Pero cuando la crisis marchitó la flor del Valencia, desde los cuatro puntos cardinales surgieron voces dispuestas a poner en tela de juicio a la afición que nunca falló. La que ni siquiera se escondió el día en que los ídolos decidieron no celebrar un título. Grada exigente. Caprichosa. Ejército de veletas entregadas al viento resultadista. La bola creció, de tanto oírlo nos lo creímos y así se llegó al triste epitafio de Emery: «A ver si algún día levantáis vosotros algún partido». Los pájaros disparaban definitivamente a las escopetas.

El pantagruélico festín que deparó la visita del Atlético debe sellar el distanciamiento entre el equipo y su gente, los dos miembros de esta ecuación llamada fútbol. Mestalla recuperó la magia por el camino de la lógica. Esa que dicta que toda plantilla recoge lo que siembra. El Valencia jugó un partido trascendente, como tantos otros anteriores, pero al fin lo encaró desde la ambición en vez de la ansiedad. Cuando fluye la honradez, si cada cual hace lo que puede… entonces vuelve el apoyo sin fisuras.

El viejo estadio descubrió a un Valencia solidario, generoso en los apoyos, con muchas de las lagunas de siempre, pero consciente de que si falta el fino trazo del estilista siempre queda la testosterona del gladiador. A veces lo uno lleva a lo otro, y del rudo yunque surge una obra de arte como la de Soldado. Así volvió la chispa a Mestalla, que se desgañitó. Moraleja: Hay rivales que conducen la electricidad mejor que otros. El mérito será demostrar estas virtudes ante los próximos huéspedes, con mucho menos boato que el poderoso Atlético.

La misma piedra de siempre

2012 octubre 28
por Antonio Badillo

Los milagros merecen mejor trato. El Valencia vivió ante el Athletic uno de talla XXL, vitamina para la fe, y debió aprender la lección que se ocultaba tras aquella corajuda remontada. En esta liga donde la crisis hizo tabla rasa hasta masacrar la clase media, arrojar 45 minutos a la basura es un lujo sólo al alcance de los dos de siempre. Lejos de entenderlo, el equipo ignoró la moraleja y repitió vicios. El mismo desdén en el primer acto. Defensa, blandita. Centro del campo como la energía, que ni crea ni destruye. Y las bandas, en barbecho pese a que debían ser el desfibrilador blanquinegro.

Cierto es que la galbana se quedó en el vestuario. Que el Valencia de la segunda parte sí mordió. Que recuperó la verticalidad, los cambios funcionaron y salió del Villamarín con un amplio catálogo de ocasiones erradas. Hasta se podría argumentar que la derrota fue injusta, pero lo mismo debió de pensar Bielsa mientras emprendía regreso a Bilbao. Es lo que tienen las lecciones; hay que aprenderlas, y si eres incapaz de avistarlas tras un milagro tendrás que buscarlas luego en el hierro de la desgracia.

Aun así, del sofoco sevillano pueden extraerse conclusiones positivas. Pellegrino soba las palabras como buen argentino, pero también se muestra ducho en el manejo del lenguaje no verbal. Ese que cala sin pasar por las cuerdas vocales. Y como además se siente fuerte, no duda a la hora de tomar decisiones. Un acierto, porque para eso le pagan. Si has de caer, mejor con tus ideas.

Alves no tuvo su tarde, pero desde la óptica caníbal instaurada por el técnico en la portería el brasileño debía jugar. Jonas menospreció en público al argentino ante 35.000 valencianistas descontentos y a tal desafío correspondía un castigo (los tiempos del Padre Unai y el brazalete de Miguel ya pasaron). Bernat también fue justo titular, pues aportó más en dos partidos que Guardado en siete. Y si el trivote funcionó en Minsk merecía otra oportunidad. El técnico no necesita alzar la voz para demostrar que manda. Algo es algo.

Salvar al soldado Roberto

2012 octubre 21
por Antonio Badillo

Arrancó un gesto de rabia al hierático Llorente, quebró cientos de gargantas y buscó acomodo para algún que otro pañuelo descarriado. La reacción del Valencia electrizó a su afición, con bien ganada fama de exigente, pero entregada en cuanto se le da un mínimo motivo de esperanza. Sin embargo, de poco habrá servido la remontada si no conduce a un punto de partida. Al adiós a las turbulencias en este proyecto preñado de dudas. La moneda cayó de cara porque el equipo lo buscó con ahínco tras el descanso, pero no olvidemos que él mismo se condenó al heroismo con un nefasto primer acto. No está el horno para ruletas rusas.

La crisis y los desvaríos que convirtieron a este club de fútbol en agencia inmobiliaria han hecho callo. Tras un crudo trienio en el que Mestalla vio desfilar bajo la bandera enemiga a tanto viejo ídolo, qué más da que el partido de anoche naciera amenizado por los goles de Mata, Isco, Joaquín y Pablo con sus nuevos escudos. O que bajo la mandíbula del león desdentado se escondieran los colmillos del honrado Aduriz.

La pérdida de referentes alivia la deuda pero alimenta la duda. Y los goles de resopón no deben ocultar las miserias de una defensa verbenera, aleccionada por un técnico que ayer fue cotizado central y hoy hace buena la historia del herrero con cuchillo de palo. La lucha por la supervivencia económica llevó al Valencia a vender su alma. La diáspora ha vestido de profetas a viejos proscritos como Ricardo Costa o Banega, y el único hálito de fe lo aportan los niños Viera o Bernat y la garra de Valdez.

El Valencia juega con aquel fuego que arrasó al Superdépor. El Málaga, dueño del último puesto de Champions al alcance de los mortales, pudo irse anoche a nueve puntos. Si el club cae del gran escaparate continental necesitará añadir al habitual capítulo de ingresos por ventas otros 16 millones. Y en esta plantilla no hay ya ningún Villa, Silva o Mata. Sólo un jugador puede traer tal inyección económica. El único lujo que nos queda. El último murciélago. Protejámoslo.

Un juicio justo

2012 octubre 14
por Antonio Badillo

Con el balón de vacaciones y una junta general en el horizonte, atruenan los tambores mientras comienza la danza alrededor de la hoguera. Aturdido por una especie de fogonazo temporal como aquellos de la serie ‘Perdidos’, el valencianista asiste impotente a la decoloración del escudo que le arrancó emociones insospechadas. Casi nada queda ya del sueño que nació con el siglo, abriéndose paso a dentelladas para acallar con títulos el ruido arrancado a las tripas por el hambre atrasada. El último alirón, imperceptible en la lejanía, ni siquiera hubo ganas de entonarlo. Las acciones, cetro por el que en tiempos no tan lejanos rodaron cabezas, carecen hoy de valor. Y los abonos, aquel bien escaso que alimentó listas de espera, malviven en permanente campaña de rebajas.

El cónclave social huele a ajuste de cuentas. Tambores, danzas, pinturas de guerra… Los oradores de siempre ya calientan sus discursos, destinados a arrancar un aplauso que vivirá lo que tarde en hacerlo añicos el rodillo de la Fundación. Ingrata victoria la moral. Será momento de ‘remakes’, combinación de clásicos como el desproporcionado finiquito de Javier Gómez con argumentos de nuevo cuño, vinculados a la deriva de una sociedad que acaba de descubrir que su cuento de hadas era realmente el de la lechera… Todo salpimentado con el populismo que siempre aporta la oportuna alusión al sueldo presidencial.

Pero la desesperación no debería conducir a la injusticia. No fue Llorente quien empezó a construir una mansión sin vender la vieja casa ni calcular el coste de la bravuconada. Tampoco dilapidó 20 millones en finiquitos como el que permitió a Koeman embolsarse en seis meses lo que Pellegrino ganaría en seis años. Ni trajo él de la mano al clan uruguayo cuya amenaza llevó a los pilares políticos y económicos de la Comunitat a embarcarse en una misión suicida. Los culpables de esta agonía fueron otros. El único reproche posible a Llorente, y concedámosle aún el beneficio de la duda, es que no haya sido la solución.