Pellegrino necesitará suerte. La etiqueta de heredero del exitoso ‘método Benítez’ representa demasiada carga para un joven técnico con todo el futuro por escribir. Sin embargo, ya trae su primera victoria bajo el brazo. Desde el infausto fichaje de Koeman, el Valencia no tenía un entrenador que pudiera considerarse de la cuerda del presidente de turno. Condenado al papel de patito feo, para unos y otros Emery siempre fue un postizo. Al contrario que Mauricio. A éste lo trae Llorente porque cree en él. Ve en su desgarbada figura el nexo con el pasado más glorioso del valencianismo y eso le anima a jugársela.
Para poner en valor el crédito que amasa el argentino, nada como repisar la andadura de su predecesor. Emery llegó al Valencia de segundo plato, tras la deserción de Marcelino y avalado por un secretario técnico, Juan Sánchez, que estaba a 53 días de dejar de serlo.
Sin tiempo para debutar, ora leía que Luis Aragonés lo iba a mandar al paro, ora contemplaba cómo la jefatura del club pasaba de Soler a Villalonga y de éste a Soriano… Nada menos que Soriano, el hombre que había dedicado toda la primavera a fantasear con un pretencioso proyecto deportivo liderado por Mourinho. Como no llegó al club en plan conquistador, sino en régimen de alquiler, el nuevo mandamás apostó por el vasco, pero en privado siempre reconocería que su idea original era otra.
De la tecnocracia aún cabía esperar menos pasiones. Llorente vio en Emery al jefe de área que no se ajusta al perfil ideal pero cumple objetivos en una parcela incómoda y permite canalizar esfuerzos hacia otras preocupaciones. Las pocas veces que el gestor cayó en sus brazos fue más por despecho hacia Fernando que fruto de una plena sintonía.
A Pellegrino todo le resultará más fácil. Siendo imposible traer a Benítez y más aún clonarlo, no parece mala idea fichar a su discípulo. Un técnico serio como Emery y que tendrá lo que éste nunca conoció, el colchón de la confianza. Porque Mauricio sí es un hombre del presidente.
Muy bien le tendrá que ir al Valencia en el futuro para que el tiempo no juegue a favor de Emery. Su labor y honradez ahí quedan, y por mucho que este absurdo cuarto año sólo haya servido para mortificarlo, el vasco merecía otra despedida de Mestalla. Más cariñosa, distante de la frialdad que expresó anoche una afición para la que el adiós del técnico supone alivio y esperanza. Qué diferente su salida de la que a esa misma hora vivía Guardiola, quien también hace cuatro años llegaba a un grande en idéntico contexto que Emery, sin equipaje y con la media sonrisa del novato.
Hoy los separan trece títulos, quizá catorce dentro de tres semanas. Pero no tiene sentido comparar el currículo de uno y otro. Cuando Pep necesitó un delantero, don Dinero se lo birló a Unai. Y si a Emery no lo hubiera atropellado la evidencia de este fin de ciclo, seguramente vería cómo ahora es su lateral estrella quien se enrola en el ejército de Tito.
Por extraño que parezca, la distancia entre ellos no es cuestión de conquistas. A fin de cuentas, los dos se van con la satisfacción del deber cumplido. Las razones por las que el uno ha ido renovando año a año porque así lo deseaba mientras que al otro no le quedaba más opción hay que buscarlas en un intangible llamado carisma.
Por mucho escepticismo que encontrara Emery en su llegada a Valencia, no tiene comparación con el que recibió a Guardiola en Barcelona. Sin embargo, éste se ganó el respeto desde el primer día con cada una de sus maniobras. Mientras el vasco volvió la espalda a la cantera, con las honrosas excepciones de Alba y Guaita, el catalán ha hecho debutar a una veintena de jugadores de la Masía. Cada suspiro que Isco arranca al jeque es el recordatorio de que aquí algo se ha hecho mal. Pep fue fiel a una idea; Unai sólo pensó en el día a día, temeroso de que no hubiera un mañana.
Pero la gran diferencia reside en lo disciplinario. Si la vara de mando de Guardiola fustigó las costillas de Deco, Ronaldinho, Eto’o e Ibra, aquí Emery se marchará de la mano de Miguel, ha permitido que ejerza de cerebro el descerebrado Banega y si ayer no convocó a Parejo fue porque no le hacía falta.
La tecnocracia se convirtió en refugio para peloteros mediocres. Desde el día en que el Valencia se asomó al abismo de la quiebra e irrumpió Llorente luciendo los hábitos del cobrador del frac, cualquier razonamiento deportivo quedó supeditado al imperio de los balances. Menuda frivolidad la de hablar de balones, sistemas o números que no fueran rojos, reprochaban las esquinas. Ambición, exigencia e idealismo debían ser ilegalizados. Reducción de deuda, jerarquización de los objetivos futbolísticos en función de los ingresos que reportan, amortización de cargos… El léxico de la crisis se enseñoreó de Mestalla.
Durante este trienio de desértica travesía, cada vez que el vaso de la paciencia se aproxima al punto de desborde los cañones de la resignación miran con saña hacia los mismos objetivos. Según por dónde sopla el viento, los Tomahawk se dirigen hacia el presidente, el entrenador y hasta la afición, mientras siempre hay un búnker a mano para esta plantilla que halló en la crisis la mejor coartada para vivir sin agobios. Que ya se sabe que en el reparto del rancho nos tocan dos días y uno sale nublado.
Demostrado está que la completa inocencia no existe. Llorente ejecuta con pulcritud el libro de instrucciones que le entregaron junto al cargo, pero muchas veces olvidó que al técnico se le protege hasta el minuto previo a su destitución. Seguramente algún caradura habría tomado nota del gesto. Tampoco Emery queda libre de culpa. Se bajó los pantalones ante la plantilla como nunca debió hacerlo y cargó contra una afición que, por poco que dé, entrega mucho más de lo que recibe.
Pero el ‘eurofiasco’ disipa la neblina de las vanas esperanzas y la foto del Valencia gana nitidez. La justa para apreciar que los responsables del desastre son los jugadores. Los pocos que pasan del escudo por indisciplina y los muchos que se esconden detrás suyo por inmadurez. Quienes deciden cuándo se trabaja y cuándo no vale la pena hacerlo. Los que zanganean hoy para desvivirse mañana. Que salgan hoy y den la cara en Málaga.
Perdido en un mar de dudas, el Valencia necesitaba ver tierra firme. Palpar argumentos que permitieran la reconstrucción anímica de cara a los partidos clave de esta temporada y quizá la próxima. Nadie puede decir cómo sería el ahora turbio presente blanquinegro si la rodilla de Canales no se hubiera roto aquella maldita noche de octubre. Pero lo importante era que el cántabro había vuelto a tiempo de reescribir el futuro. Le bastaron dos pinceladas de talento para restaurar la fe en el Valencia. Desafortunadamente, a la tercera se rompió. Otra vez la misma lesión. De nuevo medio año de baja. No se puede tener menos suerte, aunque Canales es un genio y merece que el equipo, huérfano de líderes, continúe frotando la lámpara. Volverá al rescate.
El artista debe tener criterio para intuir cuándo su obra está acabada. Tal vez sea manifiestamente mejorable, pero eso no siempre queda al alcance de las propias manos, y para tales situaciones se inventó un sabio recurso: el punto final. Emery contravino a la lógica del ocaso, se concedió una prórroga vacía de fundamento y ahora rumia las consecuencias de aquel error de cálculo.
Si se hubiera marchado cuando debía, hace un año, muchos foros hoy hostiles estarían ya ensalzando su labor. Es ley de vida. El tiempo tiene efectos amnésicos y con su paso tendemos a recordar sólo lo bueno. La historia reconoce en Cúper al técnico que guió al Valencia hasta dos finales de Champions. Benítez pone rostro al éxito y con Ranieri empezó todo. Como cualquier hijo de vecino, ellos también tuvieron máculas, pero quedan justamente arrinconadas en los archivos de la memoria.
Con la perspectiva que proporciona la distancia, a Emery se le estaría ya valorando su talante político, idóneo para un periodo de entreguerras; el que vive este club en duro tránsito desde una etapa gloriosa hasta un futuro por fuerza mejor. Mestalla recordaría que el vasco aceptó meter las narices en un avispero cuando fichó por el Valencia, con Marcelino en plena huida, Villalonga enredando y Azkargorta a punto de asomar el bigote. La afición reconocería el trabajo de quien encajó impertérrito la venta de estrellas y pese a ello alcanzó los objetivos necesarios para insuflar oxígeno mientras Llorente y sus jefes maceraban la gran operación inmobiliaria.
Pero no. Emery decidió alargar esta película correcta a la que le sobra metraje. Nada le ha reportado el año de más, salvo soledad, deterioro de imagen, poco fútbol y un sufrimiento que derivó en palos de ciego, como el que propinó a la afición. Al menos reconozcámosle un acierto: no lo tiran, se va, y deja que la responsabilidad de este confuso fin de temporada recaiga sobre quienes tienen gran parte de culpa. Esos futbolistas a los que malcrió, sin entender que un jefe no puede ser amigo de sus empleados.
El Valencia tiene hoy en su mano la posibilidad de enderezar una turbulenta temporada, donde las sensaciones jamás han caminado de la mano de los resultados, o por el contrario rematar de la peor manera posible la etapa de Unai Emery. La ciclotiminia blanquinegra alcanzó su cénit en Cornellà, con un flojo planteamiento del técnico pero sobre todo la actuación indigna de unos jugadores que demuestran no estar a la altura del escudo que preside su pecho. Por fortuna el rival en esta semifinal de la Europa League es el Atlético, un club también en plena crisis de identidad. El Valencia bueno sería favorito para alcanzar la final de Bucarest, pero el malo no tiene la menor opción. ¿Qué nos toca hoy?
Al lado de Emery y su estelar reparto, el homenaje de James Cameron al Titanic es propio de un mojigato. Aquí sí sabemos naufragar como Dios manda. La dejadez del Valencia sobre el campo tuvo un brillante epílogo en la sala de prensa de Cornellà, con el ¿sorprendente? guiño a la actitud de este equipo rompecorazones que juega cuando le apetece. No pasa nada, machotes. Esto lo levanta la afición, que para eso paga.
No hace falta hurgar entre las memorias del Titanic para caer en una obviedad. Ningún capitán, ni siquiera el desahogado Schettino, decidiría emprenderla a hachazos contra la cubierta de su barco para aligerar la digestión del mar en pleno naufragio. Tampoco lo haría Emery, por supuesto, y eso deriva en una innegociable premisa: tanto la condena a Albelda, ya conmutada, como el meticuloso celo con Soldado sólo persiguen lo mejor para el Valencia, al menos a juicio del profesional que cobra por esto, por tomar decisiones.
Sin embargo, prescindiendo del fondo, en ambos casos habría venido bien una migaja de esa mano izquierda que tantos líos ha granjeado a Emery. Ya se sabe que la prioridad cuando el agua lame la cubierta es salvar a la tripulación. Lo dicen las leyes náuticas y hasta la canción del flecha en el campamento. Por eso sorprende que a Emery, el capitán que ha pasado cuatro años coleccionando indultos a grumetes de medio pelo obcecados en amargarle sus vacaciones en el mar, le falte el diálogo con dos de los más cualificados oficiales.
A un paso de los 35 años, Albelda seguramente ha jugado ya sus cien mejores partidos y nadie puede poner en duda que el presente pertenece a Topal. Pero el de La Pobla Llarga no es Miguel. Ha dado mucho al Valencia y además todavía guarda en la billetera lo que más necesita este equipo. Identidad, poso, experiencia y estímulos para conectar con la grada. Su caída de las convocatorias merecía una explicación, aunque fuera en la intimidad del vestuario. Es importante que no se sienta lanzado por la borda uno de los contados marineros que conocen los planos para acceder al bote salvavidas.
El mismo razonamiento podría servirle a Soldado, a quien de un plumazo le han volado tres boletos para la rifa de la Eurocopa. Aunque en este caso el goleador tampoco ha andado fino. Airear en público que está para jugar, además de ser incierto, equivale a pasar al entrenador por la quilla. Y eso se llama motín.
Al Valencia de Emery le encaja como un guante aquello de que Dios escribe recto sobre renglones torcidos. Este equipo con mentalidad de servicios mínimos lleva nueve meses en permanente convulsión, pero ha alcanzado el punto cumbre de la temporada con el tercer puesto al alcance de la mano y una final continental en el horizonte. La pesadilla podría desembocar en un sueño. No lo rompamos entre todos.
Mira al costado y siente el vacío. No puede esperar ya más aliado para las próximas seis semanas, sus últimas en el Valencia salvo que un colocón de euforia en Bucarest reescriba el futuro. Emery vive la soledad del líder, aunque únicamente sea por su condición de primero de esa otra Liga que tanto valoran en Madrid y Barcelona con su ciclópea visión de la realidad, pero que aquí ilusiona poco si no llega acompañada de algo de fútbol.
Le dejó solo Llorente con dos golpes definitivos. Abrazar en público y sin ambages la exigencia de la grada que antes había cuestionado el técnico de forma tan vehemente como desafortunada fue un croché a los riñones. Convocar un gabinete de crisis en el que estaban representados todos los pilares del club salvo el banquillo, un gancho infalible.
Le dejó solo la plantilla, azorada por ese discurso incendiario que sembró cizaña en el momento en que unir debía ser la única prioridad. Los capitanes airearon su disensión frente a un micrófono y la reiteraron entre plato y plato, cantándole todo al jefe. Actitud sensata, aunque agria con ese eslabón hoy débil que tantas tropelías silenció en el pasado a costa del deterioro de su propia imagen.
Le han dejado solo, unos y otros, abrasándose en esa hoguera del fin de ciclo cuya lengua de fuego dibuja un interrogante. ¿Y ahora qué? La elección del sustituto de Emery requerirá un disparo certero para atinar con el perfil. Una precisión infinitamente mayor que la mostrada en los fichajes del último verano, ahora que el tiempo aparta grano y paja.
El Valencia llega al trance del relevo técnico en circunstancias nada usuales. Cuando entone “el rey ha muerto, viva el rey” no buscará resultados, porque ya los tiene, sino identidad y fútbol. Todo un desafío para el heredero, que deberá suplir las carencias de Unai sin renunciar a su fría rentabilidad. Y aceptar la difícil convivencia con un presidente como éste, salvo que las teorías sobre el inminente fin del llorentismo sean algo más que simple murmullo.

