Miguel, la rana y el escorpión
Cada cierto tiempo las ‘cosas’ de Miguel transforman el relato futbolístico en crónica de sucesos o tribunales, y siempre que esto ocurre me viene a la cabeza la descarnada fábula de la rana y el escorpión. Sobre todo cuando alguien articula el discurso plañidero que lamenta las malas compañías del portugués, ensalza su bonhomía y reafirma la confianza en recuperarlo.
Contaba aquel relato de la infancia las andanzas de un escorpión que quería cruzar el río. Como no sabía nadar, pidió ayuda a una rana. Desactivó el lógico recelo del bondadoso batracio con un argumento irrefutable. «¿Cómo te voy a picar? Entonces nos ahogaríamos los dos». La rana accedió, quién sabe si por aquello de que hay que tener amigos hasta en el infierno, y a mitad de trayecto el inhóspito bichejo le inoculó su veneno. Mientras se hundían, la cándida rana balbuceó: «¿Por qué lo has hecho? Morirás conmigo». Y el escorpión replicó a modo de epitafio. «Lo sé, pero no pude evitarlo, es mi naturaleza».
La moraleja de esta historia resulta demasiado perversa. Comulgar con ella supone negar a quienes se trastabillan en la vida cualquier esperanza de rehabilitación, de reinserción social. Por supuesto que hay que ayudar a Miguel, pero el primero que debe dar el paso es el propio futbolista. En los seis años que lleva en Valencia lo hemos visto participar en fiestas que acaban con tiroteos o en juzgados de guardia, atropellar a dos personas, llegar tarde al trabajo, fumar y además pregonarlo, mofarse de su entrenador en un banquillo…
Tanto Llorente como Emery han tendido la mano en público a Miguel para ayudarle a levantarse. Otra vez más. Y hacen bien en intentar recuperar a la persona. Pero un empleado así es una bomba de relojería para cualquier empresa, sobre todo si en su actividad, como ocurre en el fútbol, la imagen tiene un peso determinante. Miguel ni puede lucir el brazalete ni merece seguir en nómina como si nada. El Valencia hace de rana y no quiero pensar qué ocurrirá como el luso se transmute en escorpión.


