Llorente es muy injusto con Emery
Si Manuel Llorente busca argumentos para justificar la no renovación de Unai Emery, seguramente los encontrará sin mayor complicación. Podrá alegar que el Valencia no juega a nada, salvo agradables excepciones como la segunda parte de San Mamés; que las alineaciones son un jeroglífico de difícil explicación, o que el talante conciliador del técnico ha propagado la indisciplina por el vestuario. Tiene también la opción de recurrir a intangibles tan en boga en el planeta fútbol como la falta de ‘feeling’ o el advenimiento de un final de ciclo. Incluso nada impediría al presidente arquear las cejas cual jugador de póker y ampararse en el cargo para evitar dar explicaciones. Él manda, él decide.
Cualquiera de estas vías merece respeto. Todas ellas forman parte del cada vez menos redondo negocio del balón. Pero lo que no se puede tolerar es el cruel trato que el dirigente dispensa al técnico. La falta de recato con que evita regalarle el más inocente elogio incluso cuando lo merece sin ambages. Si le preguntan por las condiciones que deberían darse para que el técnico continúe en Valencia, Llorente da la vuelta a la tortilla y dice en qué circunstancias no está claro que siga: curiosamente, las actuales. Cuando le cuestionan por el acierto en los cambios, el presidente ensalza la actitud de los jugadores. No es justo.
En su última visita a LAS PROVINCIAS, el técnico se sinceró en los estudios de Punto Radio. Aseguró que no pide cariño a Llorente, pero acto seguido deslizó una obviedad que conviene leer entre líneas: cuando uno se siente querido trabaja mejor. La miga de la confesión de Emery no había que buscarla tanto en sus palabras como en los silencios. En el tono sombrío que se apoderó de su rostro, hasta entonces relajado y cordial. En la evidente lucha por ahogar los síntomas de esa punzada que siente en su orgullo.
El vasco no merece tanto desprecio. Cogió a un Valencia moralmente desvencijado, recién salvado del descenso, y lo ha puesto en órbita. Aceptó la venta de todo el patrimonio deportivo del club sin rechistar, mientras colegas suyos como Mourinho lloraban porque en su colección de cromos faltaba otro delantero. Pero por encima de todo reina una evidencia: Emery se habría ganado ya la renovación si Llorente no hubiera decidido cambiar de criterios. Los objetivos se están cumpliendo con creces, y hasta ahora eso era lo único que pedía el gestor. El aumento de la exigencia puede estar justificado, el desprecio no.
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FRANCISCO MORA BOSCH
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