Pues claro que creemos
El desafío extremo de Barcelona y el néctar que rezuma toda una final de la Copa del Rey nos ha puesto a conjugar el verbo ‘creer’. ¿Por qué no puede el Valencia noquear al Barcelona y volver a contonearse por la pasarela de la historia?
Hay sólidos argumentos para aspirar a la proeza, que no milagro, en el Camp Nou. Creemos porque el Valencia ya lo ha hecho otras veces. Creemos porque en la ida el glorificado Guardiola adaptó su filosofía a las características del rival, lo cual es indicativo de bien ganado respeto. Creemos porque la máquina azulgrana, bajo el refugio de un amasijo de excusas, necesitó árnica arbitral en Mestalla para no descarrilar antes de hora.
Más madera. Creeemos porque las hormiguillas del hambre que hurgan en el famélico estómago blanquinegro abandonaron ya hace tiempo el saciado universo culé. Creemos porque el coloso acude a la cita con un parte de bajas que lo humaniza. Y creemos porque el Valencia comparece en el diabólico careo con sus obligaciones más que claras, mientras que al Barcelona le acecha el pecado de la altivez, ese que lleva al púgil a calcular una victoria rutinaria sin caer en la cuenta de que las piernas ya no responden como antes. El factor sorpresa, siempre valioso, despliega alas de murciélago.
Pero todo vuelo debe comenzar con los pies en el suelo. La euforia está muy bien siempre que no conduzca a la embriaguez. Porque el Valencia ya ha hecho todo lo que cabía exigirle, alcanzar una semifinal y jugársela de tú a tú al Barcelona. Ahora toca disfrutar, anhelar, para enloquecer si llega la victoria pero no quemar la falla en caso de derrota.
Pese al rico catálago de razones para creer, nadie debe perder de vista que enfrente está uno de los mejores equipos de la historia del fútbol, el culmen de la excelencia, etiqueta que merece incluso cuando, como ocurre ahora, se encuentra lejos de su mejor momento. El Barça ha ganado trece de las dieciséis competiciones oficiales que ha disputado desde verano de 2008. ¿Qué presas escaparon de sus fauces? La Copa de 2010: Guardiola se confió en la ida, abusó de las rotaciones ante el Sevilla en el Camp Nou y sufrió una inesperada derrota que luego no pudo enmendar, pese a merecerlo, en el Sánchez Pizjuán. La Champions de 2010: las cenizas del volcán Eyjafjalla islandés, que inspiraron un agotador viaje a Milán por carretera, y el calamitoso arbitraje del portugués Benquerença lastraron a los azulgrana en San Siro, mientras que el autobús de Mourinho hizo el resto en Barcelona. La Copa de 2011: el Madrid ganó en la prórroga después de ser muy superior en la primera parte pero sufrir hasta el martirio en un segundo periodo que pudo cambiar el rumbo de la historia.
En el fútbol, como en la vida, soñar es gratis, pero ganar títulos no. Hace falta dinero, mucho dinero. Por ejemplo, los 33 kilos anuales que Qatar Foundation paga al Barça, mientras que el Valencia debe contentarse, y bien que hace, con ese milagroso millón y medio arrancado a Jinko Solar. Esa es la grandeza blanquinegra. Haber llegado aquí y darnos argumentos que alientan la fe desde la serenidad de que nada de lo que ocurra sobre el césped nos impedirá proclamar: Misión cumplida.
de → General

