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Emery no puede quejarse

2012 marzo 11
por Antonio Badillo

La botánica futbolera halló en Cruyff un catedrático. Tan célebre como su peculiar dicción era aquella flor que le crecía frondosa entre las posaderas, regada con un tropel de títulos adheridos a la épica del último minuto. Algo similar se predicaba de Benítez. Es el estigma de los ganadores, incluidos quienes lo son sólo por mentalidad. Como de momento Emery. El vasco también puede considerarse un afortunado, ya que su peor etapa futbolística en Valencia ha coincidido con el mejor Llorente. El más comedido. El políticamente correcto.

No es el presidente un hombre de fácil trato cuando huye de la esclavitud de las palabras. Si se sentara en el banquillo, sus equipos carecerían de extremos. Fútbol directo y por el centro. Los diálogos con él se miden por las ocasiones en que intenta desembarazarse del interlocutor. Es la prudencia de quien se siente seguro al amparo del silencio.

Su relación con Emery ha estado marcada por la aspereza. Cuántas veces habrá implorado el técnico una bondadosa declaración institucional de apoyo. O maldecido la crítica a sus rotaciones y el respaldo a jugadores cortados por el patrón de la indisciplina.

Ese pasado pone en valor este presente. Con las fichas del dominó ya erguidas sobre el tablero de una campaña más agria que dulce, la sinceridad de Llorente desataría ahora el capirotazo final. Sin embargo, Emery convive con un discurso presidencial sereno: ambicioso en otoño, como corresponde a todo gran club; razonable en invierno ante la tercera plaza; comedido en su valoración del técnico tras cada crisis; con sonrisa circunspecta cuando Emery presenta un inoportuno tratado filosófico que no pasa de la palabra al hecho… Aficionado a exprimir entrenadores, Llorente no da vueltas a esta naranja, quizá porque no espera más jugo de ella. Pedirle que palmeara tras el apagón ante el PSV era demasiado, pero aquí hay una mascletà y no aparece el “senyor pirotècnic”. Emery debe valorar el gesto.