“Quédatelas, niño. Te las has ganado”. Las bragas reposaban entre las sábanas una mañana de domingo. Fue el regalo de Beatriz. Y, de paso, una inyección de ego de esas que difuminan el horizonte de un lunes triste. A continuación se marchó con unas gafas de sol prestadas y el pudor de cruzarse con algún vecino en el rellano, esa gente que madruga en festivos. “Pon música, nene. No quiero que me escuchen”, pidió unas horas antes como medida preventiva. Acostumbra a camuflar sus exigencias con ruegos. Su voz, un cóctel de dulzura y aparente ingenuidad, le ayuda en sus tretas. Nunca sabes si pide o manda. Ella dice que sugiere. “Espero que nadie me oyera”, dijo antes de cerrar la puerta. Pude imaginar una sonrisa. Me asomé a la ventana. La vi salir y caminar hacia su coche. Los tacones viajaban en el bolso. Su ropa interior cada vez quedaba más lejos.
Beatriz resulta especial y no por regalos insólitos como los de aquel domingo. Habituada a trabajar en un sector copado por hombres ha trufado su feminidad con algunas actitudes más propias del sexo opuesto. Por ejemplo, su visión del sexo. Era ya tarde cuando me expuso su particular visión del asunto:
-No tengo claro que quiera quedar contigo otra vez. No me acabó de gustar el primer día.
(Una clara declaración de intenciones. Si un hombre piensa esto, jamás lo diría. Antes recurriría a frases de manual. La primera que me asalta: “No estoy en un buen momento”.
-Vaya, pensaba que sí…
-Pues no. Además, me estás agobiando un poco con tanto mensaje… No sé, no sé.
(Otro golpe de tío).
Pasó una semana sin mensajes ni contacto. Volvimos a coincidir. De noche, claro. Mismas copas y mismas compañías. Charla sin importancia hasta que desemboca en una cuestión clave.
- ¿Qué pasa? ¿Te sorprende que ahora quiera quedar contigo sólo para acostarme?
- No, qué va (mentí).
-Pero si vosotros hacéis siempre lo mismo. ¿Al niño le sorprende este cambio de roles?, ¿que no mande él?, ¿que le lleven la delantera?
-Coge la chaqueta y vámonos de aquí.
-Vaya, ahora vas de valiente.
Hasta aquí el retrato más superficial de Beatriz. La fachadita. La primera vez que hablé con ella me coló un nombre falso. Típica gracieta sin gracia. Es la chanza que pasas una vez pero no dos. El móvil, por suerte, era el auténtico. Al día siguiente descubrí cómo se llamaba, aunque todavía la tengo en la agenda con aquel nombre falso. “Me hiciste reír”, dijo semanas más tarde para justificar que me diera el teléfono. Vale, de acuerdo. Tras rascar un poco, como no podía ser de otra forma, el otro perfil de Bea, más allá del sexo, ha quedado al descubierto. Aunque lo más intrigante es conocer a una persona desde la cama. Lo frecuente es al revés. Te conoces y te acuestas. Aquí, el orden se invirtió y no sé si alteró el producto. En cualquier caso, el resultado -satisfactorio- es el que sigue. Me asombra su seguridad. Ha superado sin problemas el ‘drama’ que para muchas mujeres supone el llegar a una edad sin pareja y ver un futuro sin niños. “¿Nenes? De momento te tengo a ti”. Tampoco necesita urgentemente una estabilidad emocional. Se basta ella misma para vivir su vida. Triunfa y seduce con esa independencia tan auténtica, nada impostada. En lo único que parece ser dependiente es con su ración de sexo. Ahí sí requiere de cierta periodicidad. Dos veces la he visto claudicar momentánemente y reclamar un abrazo. “No quiero nada de lo otro”, avisó entonces. Sólo acudí en una ocasión.
No diré que es guapa, simpática y memeces de ese tipo. Otra de las virtudes de Bea es la capacidad de ilusionarse con pequeños detalles. Sí, se entristece cuando toca, como todos. Y alguna vez me confesó alguna lágrima. Pero, hoy en día, se valora a personas que no necesitan de grandes logros para ilusionarse. Y, además, es capaz de inyectar esa energía al que tiene al lado. Conozco sólo dos personas que viven la vida con esa intensidad. Sólo me he acostado con una, pero porque el otro es un tío. Reconforta que sean así. Más todavía cuando compartes cama. Se aprende mucho de la gente con la que duermes. De Bea me quedo con su capacidad de ilusionar. Aparte de las bragas, claro.
Tampoco olvido su frase antes de salir de casa: “Aquí te hace falta un espejo, joder. ¿Se nota que he tenido sexo?”.
Y la canción de Pereza por aquello de “tipos que coleccionar a los pies de la cama”.
Resulta descorazonador cómo a veces a las personas que se les presupone comportamientos ajustados a la lógica y al sentido común se convierten en protagonistas histéricas, víctimas de sus propias contradicciones. No llega a los treinta, es guapa y atractiva -no confundir estos dos últimos porque no es lo mismo- tiene un buen trabajo e imagino que gana un buen sueldo. Esto último no lo comentó. Tampoco lo preguntamos. Como tantos y tantas andan buscando no se sabe qué. Hay quien a esta falta de objetivo concreto, de proyecto vital -qué asco eso del proyecto que dicen los cursis- lo tacha de inmadurez. Vaya, que ahora lo de disfrutar es ser inmaduro. Bienvenidos pues. La conversación que a continuación reproduzco se produce una tarde, a eso del café. No pensemos que semejante cambio de actitud se produce como consecuencia de bebidas espirituosas fuera de hora. Bueno, ¿existen horas inapropiadas para eso?
-Mira, lo del otro día estuvo muy bien. Me gustaría que nos viésemos más.
-Yo acabo de salir de una relación de más de un año y no me voy a meter en la misma cueva y menos ahora. No significa que no quiera quedar contigo, eh!. Simplemente, que con otro ritmo…
- ¿Otro ritmo? Pero si nos hemos visto un par de fines de semana. Siempre de fiesta. Quiero más cosas como estas, de quedar entre semana, de tomar un café, de poder ver una peli, de que alguna vez me digas cómo te ha ido el día en el trabajo…
- ¿Cómo? Pero eso que me estás pidiendo tú no es otra cosa que seamos pareja. No me vistas al santo para que lo vea de otra forma.
- De acuerdo. Pues si es así… Hasta aquí hemos llegado. A partir de ahora, cero contacto. Ni llamadas ni mensajes. Será mejor para los dos.
Ante la rotundidad de su última frase, aceptamos el acuerdo. No vamos a andar jodiendo. Me olvido y a otra cosa.
Dos días más tarde, suena el móvil. Mensaje de la amiga en cuestión.
-Tú, ¿qué pasa? ¿Qué no me vas a decir nada ya o qué? ¿Qué haces?
-Hombre, no te he dicho nada porque me dijiste que no querías que te dijera nada.
-Y tú, ¿haces caso siempre de todo lo que te dicen?
-Hombre, tratándose de esto pensaba que era lo mejor.
-Qué tonto eres, chaval.
Recientemente se dio otro caso. Este, sin duda, más lógico por las circunstancias. Aquí el cambio de opinión puede entenderse bajo otros parámetros: el ímpetu del momento. Pero es suficiente también para demostrar la inutilidad de decir una cosa y terminar haciendo la contraria.
- Te acompañaré a casa. Es tarde.
- Vale, pero a mi casa no vas a subir, eh! Yo te aviso, que luego no quiero desilusiones.
- No te preocupes.
(Bajamos del taxi)
-No hace falta, es allí delante.
-Bueno, pero te acompaño hasta el patio.
-Vale, pero a mi casa no. Además, hay una amiga y no la quiero molestar.
(Llegada al patio)
-Ale, un beso.
(Hay más de uno)
-No estemos aquí en la calle, que parecemos dos adolescentes.
-Vale, pasamos al patio. Pero a mi casa ya te he dicho que no.
-Que sí. Tranquila. No insistas más. Lo tengo claro desde el primer momento.
(Más besos en el zaguán. Llega el ascensor).
-Hasta aquí.
-Vale, pensaba justo hasta la puerta.
-Vale, pero un beso. Él último. Y te vas.
-Claro.
(Puerta de casa).
-Ale, me voy.
-Espera, joder, que voy a llamar a mi amiga. Escóndete ahí, en la escalera.
(…)
-Hola, que no vengo sola.
(Silencio de la amiga)
(Habitación)
-Mira, al final, ya estamos donde tú no querías venir. ¿No nos podríamos haber ahorrado todo lo anterior?
-Calla, que no quiero que se despierte mi amiga.
-Será buena señal si se despierta.
Me dieron ganas de poner este tema de Lory Meyers.
Señores, la otra noche discutíamos entre los que se enamoran al instante (los gasolina) y los que necesitan su tiempo (los diésel). Craso error si uno que es gasolina llega el momento en que pasa a ser diésel. Algo no carbura bien en esa cabezota. Los comportamientos de los gasolina, sin duda, son los más sorprendentes. También los más necesarios para determinadas personas. Es gente que suele cautivar. La otra noche hablábamos de los ritmos –vitales-, entre otras cosas. El lugar, el de siempre. El mismo garito del centro en el que nos reunimos desde hace años.
-Te gusta esa tía mucho, verdad? Debes tener una ganas locas de tirártela…
-Pues no tengo ningunas ganas de eso.
-Pues deja ya de mirarla. Canta mucho.
-Me gusta mucho esa niña, cierto. Y calla, que desde aquí no ve que la estoy mirando.
-¿Cómo que no tienes ganas? ¿Te has vuelto blandito o es que te ha sentado mal la copa de la cena?
-No, es que no me apetece acostarme con ella. No en este momento, -aclaro-. Mira, no sé, creo que lo que realmente me apetecería ahora es ir a pasear por la playa, una mañanita de esas de sol…
-Cabrón, ¡pero que estamos en invierno!. No la verás en biquini.
-Ya, pero eso es lo de menos. No quiero descubrir ese culito que intuyo tras el pantalón. Es que eso, en este caso, me da igual. En serio, me apetece pasear y hablar. La playa en invierno tiene una ventaja: está limpia de candidatos a hermano mayor, tronistas, tropa de gandia shore y demás fauna. Es nuestro territorio, el del tío normal, sin excesos.
-Entonces, vamos a ver… Cuando te gusta alguien, ¿no quieres acostarte con ella?
- Joder, sí. Pero en esos casos es algo que llega. Se invierte el orden habitual: el acostarte y luego ya veremos qué hacemos. Aquí no probaría eso una vez si pienso que no puedo repetirlo. Ves, también me apetecería desayunar un día con ella. Café y tostadas. Y sin haber dormido juntos. O incluso mejor, leer una tarde de domingo con cierto puntito resacosete. Si llueve fuera, mejor.
- Sorprendido me quedo. Pues yo creo que más vale un buen polvo que esas ilusiones infantiloides tuyas. Eso que llevas adelantado, señorito.
-No en este caso. Eso o lo quiero para mucho tiempo o prefiero no tenerlo nunca. Me apetece cuidarla.
- ¿De dónde coño sales ahora con la playa, los mimitos, la lectura? ¿Has asistido a algún jodido curso de cómo chapotear en la repelencia?
- No, joder. Es ella.
- Pues lo vas a tener jodido, amigo. Las camareras siempre apuntan muy alto. Nos pasan por encima.
- Ya, pero esta es diferente. No es la creída que se coloca detrás de una barra y cree que debes arrodillarte para que te ponga una copa de lo buena que está. Ya sabes que me da ascazo esa tropa. Pero es que esta chica es dulce. Y a mí esas me atrapan.
- ¿Seguro? Va, vamos a hacerle alguna gracia a ver cómo respira.
- No, me da que tiene novio. Lo huelo.
El garito cierra. La princesita, que dicen que es enfermera, abandona el local. Carga con un buen tomo de hojas encuadernadas. No sale de fiesta, dice que tiene que estudiar. O así se despide de unas amigas. Joder, si encima es capaz de retirarse un sábado por la noche a casa para estudiar el domingo… Creo que nunca me pareció tan jodidamente sexy una chica que mantiene una decisión en un momento como aquel. En cualquier otro supuesto diría que es una sosa. No sé con qué canción cerró el local. A mí me vino a la cabeza esta de Radiohead. Y la idea de qué coño hacía yo allí plantado como un pasmarote. Terminamos la noche -una más- atrapados en el barro fácil. Ese del que huye la camarera.
Tengo un cajón por casa en el que acumulo recuerdos olvidados de una noche de sexo. Lo que me extraña es que sus propietarias jamás los reclamaron. Quizá los echaron en falta demasiado tarde, cuando el tiempo había enterrado la más mínima posibilidad de que supieran dónde fueron a parar. Algunas pérdidas se pueden achacar al ímpetu de la batalla, pero la mayoría serán olvidos. O eso quiero creer. No descarto la intencionalidad en algunos de estos descuidos, tratando de poner una piedrecita para la siguiente ocasión en la que otra pudiera ocupar su lugar. Un ‘te jodes’ en toda regla y en la distancia. De todos modos no me desagrada esa actitud. Tiene mucho de tía con un par. De orgullo.
No pondré foto del cajón porque alguien podría reconocer sus pertenencias. Y de paso mandar a la mierda a Moody. Sólo enumero lo que allí conservo.
-Cinco gomas. (para el pelo). También hay una especie de ¿palito? que sirve para hacerse un moño. Varios ganchitos de colores. El artilugio ese para el moño ya tiene tiempo. En alguna ocasión he dejado que lo usaran. Se lo dejó la antigua inquilina, digo. Inquilina del piso, no de alcoba, me escudo.
-Dos camisetas básicas. Una es de manga corta y no sé cómo alguien se la pudo dejar allí porque supongo que la llevaría en verano. ¿Se fue en sujetador? La otra es de manga larga. Esta la suelo prestar como pijama ocasional, aunque muchas prefieren que les deje algo mío. La corta tiene el mismo uso, pero para los días de calor.
-Unas bragas y un tanga. Me gustan más las bragas, la verdad. Los tíos acostumbran a perder el culo por un tanga. No es mi caso. Estas prendas provienen de jóvenes que salían de casa con una muda de ropa interior en el bolso. Esto equivale, salvando las distancias, a salir de fiesta con los amigos y llegar ya borracho a la cena. Bueno, pues eso.
-Seis pendientes. Dos pares completos. Uno de ellos son los clásicos estos de la perlita blanca. Los otros, más arriesgados, con varios aros. Estos creo que valen algo más de pasta. Más que nada por quién se los dejó olvidados. Del otro, sólo tengo una pieza. La encontré bajo de la cama.
-Una rebeca. Negra, sin más. No recuerdo a su propietaria.
-Medias. Aquí tengo varios pares. Unas tienen una carrera. Imagino que me las dejaron ahí por eso. Para que las tirara yo. Nunca lo hice. Luego tengo algo intermedio. Unos calcetines de estos finos, del mismo rollo que las medias. Y unas medias de estas con ligueros. Sí, lo sé. Son de señora. Pero, ¿dónde está el problema?
-Dos pulseras. Una es un brazalete. La otra es más mona. Tiene como una lagrimita de plata.
-Un cepillo de dientes. No sé por qué no lo he tirado. Esto no fue de una noche sino de un fin de semana.
-Un gorro de paja. De una amiga con la que estuve en la playa. Luego, en la cama.
-Un botecito de crema de cacao para los labios. Lo guardo por si me quedo sin el mío.
-Dos mecheros. En un pone: “No dejes de reírte”. El otro vale un euro y lo encuentras en cualquier estanco.
-Dos notas que aparecieron sujetas en un imán de la nevera. Las guardo de recuerdo. La más antigua coincide en ser la más escueta: “Me lo pasé guay. Nos vemos”. La segunda es algo más atrevida. “Te quiero. Cuidate”. ¿Es que una amiga no te puede querer?
PD. Hoy no pongo vídeo.
Señores, la infidelidad. Ese caramelito relleno de veneno que, de vez en cuando, te asalta. Lo peor, desde luego, es ir a buscarlo. Ya puestos, peor es comprarlo. Pese a todo nadie permanece exento de verse, algún día, tentado por el sabor dulce del inicio y amargo del final del engaño. De igual modo, lo más probable es que el pensamiento tal y como llega se marche. Eso es lo que haría cualquier persona inteligente. De hecho, en esto, como en muchas otras cosas en esta vida, la expectativa de hacerlo proporciona incluso más satisfacciones que el hecho en sí. Así somos.
Pero algunos y algunas caen en la trampa. No todos pueden ser tan protectores con los sentimientos ajenos. Ahora bien, ¿por qué? Pues en el caso de los hombre no hace falta mucha explicación. Es tan sencillo como un cambio de pareja por un rato. Sexo con otra. ¿Y las mujeres? Ahí ya intervienen miles de razones. El otro día compartimos experiencia. Pregunté -después, claro- por qué lo había hecho.
-”Mira, casi te diría que es un acto de inconformismo”.
-Joder, qué trascendente.
-”No, de verdad. Llevo un tiempo aburrida. Esto me lo he tomado como un pequeño ‘break’. Una forma de reivindicarme a mí misma, de sentir que todavía…”
Lo bueno de lo anterior -dentro de lo malo- es que por las dos partes se adivina el recorrido de tan peligroso juego. Será una vez, dos o a lo sumo tres. Pero no pasará de ahí. Cada uno conoce el límite del trayecto y asume el peaje. Sin embargo, en el último año, empiezo a conocer víctimas de otro tipo de infidelidad, más rebuscada, más ruin. Más miserable si es que para esto se pueden establecer categorías. Suelen ser las otras, las segundas -aunque a ellas se les dice que son las primeras- las que sufren las heridas de gente sin alma. El personaje que es causa de más de un desvelo suele encajar en la siguiente descripción. Casado, con hijos y en supuesta crisis con su pareja, con la que lleva años y a quien conoce media vida. También los hay solteros, pero entonces el drama pierde algo de fuelle. Venden su historia como el personaje principal de la mayor crisis existencial jamás narrada. Desnortados, sin rumbo, dejados de la mano de Dios…Allí, perdidos los pobres, buscan su camino. Angelitos…
Y en ese escenario surgen ellas. Poco a poco se dejan atrapar en un sentimiento que creen que es compartido. La ingenuidad no es sólo patrimonio de la infancia. Pero no se les puede atribuir el mismo grado de responsabilidad a dos personas que no están en el mismo nivel. El casado se siente respaldado en su ‘dulce’ hogar. Juega cuando le conviene. Si se escapa, recoge cuerda. Que no le interesa ahora, pues se aleja. Marionetas en un juego de sentimientos. Y mientras, la herida en estas segundas profundiza. Quien no sabe o no puede cortar a tiempo, se pudre. Lo más triste es que detrás de ellas vendrán otras. Siempre trufarán estas pseudorelaciones con reflexiones como “la vida da muchas vueltas”, “me planteo el futuro contigo”, “no sé qué pasará en unos meses”… Y así pasa la vida, sin cambios. ¿Y ellos? Por lo general se presentan como triunfadores, respetables e incluso admirados. Nadie sabe toda la miseria que esconden. En realidad, no dejan de ser unos mierdas. Ya no hablo de la cobardía. Quizá ellos no hicieron nunca como sus segundas que un día, destrozadas, tuvieron que poner este tema de The Smiths para chapotear todavía más en el barro.
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Señores, cena de amigos y amigas. Ganan las segundas hasta el punto que los hombres están en clara minoría. Son tres. Todos los estados civiles -reales e imaginarios- se concentran en las féminas en torno a las copas. Casadas y recién casadas -conviene hacer el distingo-, solteras por convicción, solteras por obligación, con novio formal y amante, con pareja informal y amigo, empezando algo con alguien, tonteando con dos o tres por el móvil. Completa el pastel otra joven que está terminando su relación. El afortunado todavía no lo sabe. Se enterará mañana, según confiesa. Y allí, en aquella selva, a uno de los que estaban en minoría le dio por presumir, por sacar pecho, por decir aquí estoy yo… Se lió un cigarro -ahora esto ya no es cool sino necesidad- y levantó la voz:
-”Pues mira, a mí nunca me han fingido”.
Las que copaban el espectro de todos los estados civiles enmudecieron. A varias se le dibujó una sonrisa. Y fue una, la soltera por convicción la que tomó la palabra. “Mira, todas hemos fingido alguna vez. Unas más veces y otras menos”. Nadie la corrigió. La casada, ocho años de feliz matrimonio, asintió. No dio más detalles. Y golpeó sus cinco deditos en la mesa de uno de estos pisos modernos de hoy en día, propiedad de la soltera por condena. “Y la culpa la tenéis vosotros, eh!”, apuntaló la que había tomado la palabra.
-“Claro, nosotros siempre somos los culpables de todo”.
-”De casi todo. Lo hacemos por vuestro asqueroso ego. Si no tuvierais tanto interés en eso… A veces estamos cansadas y un poco de teatro te permite terminar antes. Y ver la tele, leer o dormir. Pero es por vosotros.” El auditorio femenino no pone pegas. Todo lo contrario. Salta una: “Lo que dice es cierto”.
-”Bueno, pero eso se nota. Yo me daría cuenta seguro”
Dos o tres risas. “¿Que te darías cuenta?. Explícame cómo. No sólo son los gritos o grititos a gusto del consumidor, que con más o menos gracia podemos hacer todas. A veces ni hace falta. Es que si lo acompañas con algún movimiento de vientre, estiras las piernas, doblas los dedos de los pies y algún apretón en el brazo…A eso le añades dos frasecitas de “muy bien, fiera” o “eres una máquina”… Y solucionado. “Ya estáis contentos y dormís como corderitos”.
La recién casada entra al tercio. “Lo hice una vez y me pillaron. Por eso no lo he vuelto a repetir, aunque se me ha pasado por la cabeza muchas veces”. Aclara que fue hace tiempo, que con su marido nunca, claro. ¿Voto de confianza? No es unánime. Hay dudas. Quien miente una vez es raro que no lo haga dos veces. Lo mismo vale para los/las infieles. Nadie repregunta. Mejor aparcar este tema rápido.
La conversación se cierra con el testimonio más dramático de la noche. “Hasta la fecha, nunca lo he hecho. Si me aburro, se lo digo. Me da igual estar a mitad o que se sienta mal. No soy caritativa en la cama. Lo que busco, lo quiero. Prefiero ser sincera”. Laura, que así se llama, tiene 35 años, es guapa a rabiar, tiene un buen curro y no hay conversación que se le resista. Lo único en lo que no claudica es en abonar gratuitamente el ego de sus rollos entre sábanas. Es terriblemente exigente. Alguna vez recuerdo cuando era su verdadero héroe. Y ahora ya sé que no fingía. No fue casualidad que sonara esto en aquel momento.
Señores, todos hemos tenido esa época, suelen ser dos o tres años, en que cada mes, más o menos, te encasquetan un bodorrio. La mía fue ya hace casi una década. Las sensaciones suelen ser diferentes -de alegría suprema o coñazo irreparable- depende de quiénes sean aquellos afortunados que dan el paso. Ahora bien, hay un tercer tipo de enlace que siempre me ha seducido por un componente añadido: haberme acostado con la novia.
Sí, está claro, aquello ya pasó, fue una tontería, un rollo de verano, un encontronazo de esos que te llevas a la tumba o un calentón mal o bien resuelto. Siempre preferí resolverlo bien. Pero en esto también influyen las circunstancias. Ahora bien, independientemente de dónde y cómo fue aquello, la amistad se mantuvo hasta llegar el día del enlace. Y, ¿qué haces? Pues ir.
Y es allí, tras el banquete con esos recorridos habituales por las mesas trufados de preguntas como: ¿qué tal todo?, ¿os gustó?, y ¿estáis a gusto? con brindis protocolario y deseos de felicidad de por vida, alguna sonrisita hipócrita, cuando me vienen los recuerdos de aquel día, normalmente mañana, en la que compartimos algo más que el desayuno. Con repentina lucidez recuerdo incluso la ropa -interior, claro-, el lugar y las frases. Las de ella, claro. Porque las mías siempre suelen ser las mismas, aunque de vez en cuando incorporo al repertorio chispasde originalidad de alguna conocida. Es entonces, cuando siempre hay un momento en que cruzamos mirada, la novia y este incómodo invitado, y se escapa una sonrisita tonta, infantiloide a más no poder, y me avergüenzo de estar pensando más allá del traje de novia. Es decir, sin traje. De cómo me viene esto a la cabeza -sí, a la cabeza- en un momento como aquel. A continuación, el encontronazo visual suele producirse con el marido al que no suelo conocer con anterioridad. Arqueo de cejas y movimiento de asentimiento con la cabeza para dar carpetazo al asunto de la manera más rápida posible. Respiro más o menos aliviado. Buf, pasó lo peor. Ahora, barra libre.
Pero siempre me asalta la misma duda: ¿Lo sabrá? ¿Todo? ¿Hasta con detalles?.
Este mes tengo boda. Sí, una de estas bodas.
Siempre me gustó que pusieran esta canción de Neil Diamond en una boda. Jamás la escuché.
El otro día me lo comentaba una amiga. “Cuando nosotras nos acostamos más de tres veces con alguien es que sentimos algo”. A partir del cuarto encuentro -la regla, como todas, tiene excepciones- comienza el ‘peligro’ de engancharse con alquien que posiblemente espere que le sugieras si acaso esa remota posibilidad para abrir la puerta de casa, besarte en la frente -típico de madre- y darte una patada en el culete. Buenas noches, señorita. O señora, qué nunca se sabe con quién comparte uno cama. En los hombres, el asunto es bien diferente. Se puede rebasar el número sin problemas, con confianza y sin remordimientos. Hay casos documentados de llegar hasta el medio centenar y el corazoncito ni mu. Así somos.
Sin embargo, la mágica regla del tres sí tiene cierta utilidad en otros menesteres. Y esta vale para ambos sexos. Por ejemplo, tres planes no aceptados en un periodo de mes y medio suponen el entierro de esa amiga de confianza en la cama. Si durante ese tiempo y hasta en tres ocasiones fue descortesmente cortés ya puedes ir pensando en que no dormirás donde alguna vez lo hiciste. Algo pasó ahí. Mejor, nunca me gustaron las camas sin almohadas.
Más reglas del tres. Tres cenas con la misma chica sin conseguir ni siquiera un beso son suficientes para pasar página. Recientemente, en un gesto de valentía suprema, decidí saltarme la del tres. Sí, quedé una cuarta. Plof. Idéntico resultado. Más vale no insistir en lo que está cerrado.
De igual modo conviene recordar esas negativas para los mensajes de WhatsApp. Tres textos en días no consecutivos sin respuesta es suficiente argumento para retirarte del cortejo del icono verde. Sí, vale, es cierto que siempre puedes mirar la hora de conexión y pensar que se le haya pasado contestar. Pero, ¿tres días? Pues no. El cuarto mensaje, en estos casos, conviene evitarlo. Siempre está el clásico infantiloide “¿qué haces?” o el lamentable “¿cómo estás?”. Pero no se crean ustedes. Todavía se puede caer más bajo. Recientemente envié -tras volver a incumplir la regla del tres- el patético: ”¿Estás enfadada?”. Lo más sorprendente. Va y funciona.
Y sí, esto se termina aquí. Y sin hablar de ningún trío. ¿Alguien lo había pensado? Seguro. Necesitaba aprovecharme de la mente sucia de todos.Os dejo algo mucho mejor que pensar en eso. Un temita de los Stones.
Señores, a continuación, el relato de la letal trampa de la exrollo que te presenta a una amiga. Con las mejores intenciones, of course. Conviene traducir buenas como terriblemente malas, claro está. Los personajes de la historia no se pueden cambiar por hombres ya que para estos resulta impensable que un amigo trate de ligar con una ex. Aclaro, no digo ex novia, asunto este excluido de cualquier planteamiento incluso con el alcohol como invitado. En todo caso si es exrollete se pide permiso. Y cuesta, eh!. En cambio, las mujeres resultan en este extremo mucho más sibilinas al tejer la letal trampa de las exrollo. Mucho ojo con estos líos.
Garito simpático de las segundas copas. Esa es la barrera horaria para retirarse o seguir en la trinchera. Me equivoqué al quedarme. No tardé mucho en darme cuenta.
-Artífice de la letal trampa del exrollo (en adelante Alte) -Hola, ¿cómo estás?
-Víctima (en adelante seguirá como víctima). -Muy bien, mira una noche más por aquí. No creo que tarde mucho en irme, la verdad. Estoy algo cansado.
-Alte: “Va hombre, quédate un rato. Vamos a pedir algo… Mira, esta es mi amiga. Creo que no la conoces. Se llama Paula”.
-Víctima: “Encantado, Paula. A tu amiga siempre la veo por aquí, contigo no había tenido tanta suerte”.
(Un poquito de silencio; gestitos tontos con la cabeza al son de la música. El escenario para el sentirse ridículo)
-Víctima (ahora por partida doble porque paga las copas a Alte): “Bueno, ya me has convencido. Estoy buscando a mi amigo, que ya se ha perdido. Como siempre, vaya”.
-Alte: “¿A ti te gusta mi amiga? Creo que pega bastante contigo. Os lo pasaríais bien en la cama.” (La pregunta surge así de espontánea o eso parece).
-Víctima: “Perdón, pero qué dices, mujer? Pero si es amiga tuya, joder. Qué va, qué va…Déjate de historias raras.
-Alte: Pero, ¿tú estás tonto o qué? Pero si a mí no me importa. Te lo digo totalmente en serio. No seas crío, por favor. Que aquí ya somos todos mayorcitos.
(La aplastante seguridad de la última frase hace saltar de manera ingenua la siguiente idea: “Joder, a lo mejor tiene razón y no pasa nada”. Pero aún así, se impone resistir. Mejor no saltar ni asaltar esas barreras).
En la pista suena In Silence.
Las ideólogas de la trama vuelven a reunirse.
-Alte: “Mira qué tetas tiene Paula”.
-Víctima: “No me había fijado, pero sí. Coincido”. (Mentira no absurda sino lo siguiente).
-Alte: “En serio que no te gusta? No me lo creo. De verdad, mira las tetas ahora. (Acompaña la frase bajando parte del escote de la amiga). Es que estoy segura que en la cama pegáis. Sois muy parecidos.”
(Paula: No parece rehuir el jueguecito).
-Víctima (reflexiona para sí mismo). “A ver si voy a ser yo el tontito del grupo…”
(Conversaciones instrascendentes durante 10 o 15 minutos) Balance positivo. Me hacen gracia esas chicas con flequillo.
Alte resulta que no fuma. Y Moody sólo cuando es imprescindible y necesario, ya saben ese pegamento de las relaciones sociales. Pero Paula sí fuma. Total, que me arriesgo con el siguiente paso, el cigarrito fuera, en la calle. Buen rollo con Paula. Alte aguarda dentro. Paula y Moody parecen no tener prisa. Ambiente más que agradable. Sin salidas de tono. Ni ataques a la desesperada. Todo bien. Y eso debe pensar tanto la víctima como Alte.
Termina el cigarro. Regresamos. Alte anda cerca, pero distraída en otras conversaciones. A víctima le irrumpe otra ingenuidad supina en su cabecita: “¿Qué no será este mi momento?”. Esta vez la cordura no se impone. Víctima, ya atrapada, se lanza. Un beso tímido en la boca. Nada de movimientos de lengua. Algo tierno, sin alardes. Que sea bonito, me animo. La respuesta no pudo ser menos dulce. Un bofetón. Mano abierta de Paula en el lado derecho. Si hubiera querido, quizá le hubiera dado tiempo a rematar con el revés.
-Paula: “¿Qué coño haces robándome un beso?
-Víctima: Joder. (Dudas acerca de si esto fue en voz alta)
Víctima hace lo que todos los hombres en situación comprometida. ¿Pedir perdón? No, no. Qué vas a ganar en el pozo de semejante derrota. La solución es mucho más natural: comprobar si alguien lo ha visto. Recorrido visual de reconocimiento al garito con sonrisita de aquí no ha pasado nada, todo guay, qué noche más simpática, oye. Por suerte, nadie parece reírse de la víctima. Al menos de manera evidente, es decir, con dedo índice burlón. Eso sería el drama. Suerte para la presa. A continuación, unos 20 segundos de bailecito tonto y a casa. Tampoco hay que abandonar el lugar avergonzado, que aquí nadie ha pecado. Huida digna. Pero todavía faltaba un doble castigo. Alte aparece cuando la víctima de todo este embrollo pensaba que estaba a salvo de improperios y reproches: “Pero serás cerdo. Con mi amiga, coño… ¿Pero de qué vas?”. Esto, por desgracia, sí lo escuchó gente. De nuevo reconocimiento visual para calcular el número de testigos de la afrenta. Más de diez. Malo. Incluidas tías. Peor todavía. Buf. La puntilla de la noche. Regreso al dulce hogar a pie. Y pensando en lo jodidamente mayorcitos que somos todos.
Hay gente que sólo se muestra tal y como es en la cama. O más interesante, personas que se descubren a sí mismas cuando se acuestan con alguien. No tiene por qué ser el primero. Esos primeros polvos ingenuos pocas veces aportan algo. Es más, el desconcierto puede ser incluso más interesante cuando más tarde llegas a comprender que no eres como pensabas que eras. Joder, qué profundo me está quedando esto. A ver, el primer caso es más habitual, sin duda. Lo de las apariencias. Normalmente, el que es gracioso, generoso, simpático se comportará en la cama del mismo modo. O eso suele ser la norma. La teoría, vaya. Aunque en esto cuenta más la práctica. Si te encuentras con un egoísta y soso, olvídate de tener buen sexo. Esa apariencia parte de gente que parece aburrida y luego es divertida, que parece fría y calculadora y luego se deja llevar, es decir, hacer y que le hagan. Sin embargo, si rascas un poco –en la conversación, claro está- no tardas en ver el fraude.
Vayamos a la segunda parte. Esos y esas que un día dicen…”Coño, qué me pasa. No era así y ahora…”. ¿O sí lo era y no lo sabía?. El verano suele ser buena época para conocerse. Y ella, al parecer, está encantada de haberse conocido. Pero en el sentido literal. De la timidez de la primera noche en un garito de playa ha pasado a ser otra. Con 34 años, recín cumplidos, y ahora se ve distinta en el espejo. “Creo que he perdido el control”. “Nunca había pensado tanto en sexo en tan poco tiempo”. Y lo mejor es que este desenfreno sexual lo comparte casi por obligación, aunque esconde los detalles. Más emocionante guardarse algo para uno o para una. Ahora, de cada cien mensajes que manda reconoce que más de la mitad son de sexo. Cogió un avión -low cost, of course- hace unos días sólo para repetir la experiencia durante 24 horas. Y lo volvería a hacer, dice. Y, en el trabajo, admite que pierde la concentración con facilidad. Ahora también ella escucha “Sex on fire”. Bueno, es lo que tiene conocerse.

