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Sábanas y sexo

2012 junio 17
por moody


Señores, voy a contarles un asunto. Siempre me gustaron los patios interiores de las fincas. Coincido en que estéticamente no es digno de admiración pero transmite un rollito de aquí vivimos todos juntos y parece que somos felices. También se presta al cotilleo, aunque eso ya me hace menos gracia. Hace dos años, un vecino despertó mi atención. En un primer momento no sabía quién era. Luego empezamos a coincidir en el barrio. Da la casualidad que tomamos café en el mismo bar. Todas las mañanas, a eso de las diez. Yo en la barra que da a la calle. Él, en mesa. Así que poco a poco entablamos cierto compañerismo vecinal. Ojo, no confundir con amistad, error letal que se reproduce como un peligroso germen asociado a la convivencia. Bueno, y un día nos encontramos de fiesta. Y allí, medio en broma medio en serio, le pregunté por qué demonios casi siempre veía en el tendedero un juego de sábanas. Él, que vive solo y que ahora, además, sé que solo tiene una cama en su piso. “Mira, te lo voy a contar…”, me dijo como si me fuera a revelar un misterio. El caso fue como sigue:

“Tengo cinco juegos de sábanas. Te parecerán muchos, pero tampoco son tantos. Cada uno tiene un nombre. Aunque este puede cambiar con el paso del tiempo”. Recuerdo que me repitió el listado como si fuera la alineación de un equipo de fútbol sala. Entre ellos, apareció una tal María José y otra Elena. El equipo, vaya. Total, que me explicó que cada una de ellas tenía, en principio, dos juegos de sábanas asignados. Nunca ninguna, según me dijo, vio más de dos diferentes. El titular y el suplente. Claro, que el que para una era el titular para otra era el suplente. Tenía una especie de calendario con fechas de cada visita y nombre. Así no fallaba, presumía. Dice que conseguía que pensaran que era un tío aseado y que, por otro lado, tampoco daba la sensación que aquello fuera un hostal barato y céntrico de hola, ¿qué tal? y adiós. No siempre cambiaba el juego titular por el de repuesto cuando se repetía la misma visita en un periodo relativamente corto. “Así tampoco piensan que tenga necesidad de ocultar algo”.

Pensé que era buena idea la del vecino. Eso sí, nunca llegué a completar el equipo del compañero de finca y siempre fui algo más desorganizado: nunca supe bien quién era la última y cuál era su juego. Aquello del calendario ya me parecía obsceno. Y no siempre las circunstancias resultaron favorables. Por eso, en alguna ocasión me he visto en situaciones ridículas. Como aquella en la que una llamada al telefonillo de la finca me obligó a ponerme colonia y dar vueltas por la cama, cogido a las almohadas, como si fuera una croqueta. Así estuve hasta que el ascensor subió cinco pisos tratando de que la colonia de la primera no enfadara a la segunda. Meses antes había descubierto que cambiar la almohada de un lado por la del otro no siempre da resultado. Joder, qué olfato.

  • vicsan

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