Las Provincias

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La gran prueba de Tórtel
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César Campoy | 05-10-2016 | 16:32

Con su último disco, Transparente, el artista inicia una nueva etapa en su pausado pero seguro caminar por el insondable universo de la música

 

A estas alturas de la vida, Jorge Pérez poco tiene que demostrar en cuanto a pasión por el arte y gusto por el proceso artesanal como filosofía creadora. Lleva desde mediados de los 90 del siglo pasado subido en una suerte de tranvía que circula, lento pero seguro, por las empedradas calles de un casco antiguo imaginario, y, en ese pausado viaje, este músico puede permitirse el lujo de ir apeándose y subiéndose a ese vagón, para ir incorporando sensaciones y elementos a un discurrir sonoro, cincelado con tanto mimo como honestidad.

Ahora, tras aquellos Lugar nuevo (2009), Entusiasmo (2012) y La gran prueba (2014), Tórtel retorna con Transparente, y lo hace de la mano del consorcio Intromúsica-Ground Control-I’m Records (Dorian, Fernando Alfaro, Chucho): «Pensé que para este nuevo disco también serían buenos aires nuevos. La relación con Gran Derby Records, igual que con El Volcán es excelente, pero surgió la posibilidad de iniciar una nueva etapa que a mí me parecía muy estimulante. Lo cierto es que, por encima de todo, lo que espero ahora es no defraudar a la gente de Intromúsica. El apoyo, tanto económico y logístico, como emocional, ha sido muy importante para mí. Especialmente, Máximo Lario es un entusiasta, un tipo que ama la música y que contagia toda esa alegría y seguridad. Me siento muy afortunado y he podido encarar el disco desde la grabación, mezcla, hasta el mastering final, con un gran respaldo», asegura orgulloso.

 

Expectante. Por Enric Alepuz

Estos diez temas, grabados en Milenia Estudios y Río Bravo, con la connivencia de Al Pagoda (es decir, Alberto Rodilla, de Polock), y masterizados por Joe Lambert (Deerhunter, Panda Bear, Animal Collective), mantienen la esencia Tórtel, esa marca de la casa, inconfundible, pero también incorporan una cantidad de ambientes, efectos y atmósferas que le dan un aire nuevo, diferente: «Yo tenía claro lo que andaba buscando para este disco y necesitaba el aliado perfecto. Como dices, sin perder la esencia, para mí debía ser un paso más en muchos sentidos, y, desde luego, el papel de Al Pagoda ha sido clave. Creo que era la persona perfecta. Yo, como compositor, tenía muy clara la dirección que quería para estas canciones, pero no tengo ni los recursos ni las herramientas. Tampoco el talento de Al Pagoda». Entenderán, pues, que la huella de este último, con quien Jorge ya había trabajado anteriormente, tanto bajo la marca Tórtel, como con Coleccionistas, está presente en Transparente, y su relieve es evidente. ¿En qué aspectos? «Tiene las cualidades que más se pueden valorar en un productor: es imaginativo, muy creativo, y al mismo tiempo muy paciente y respetuoso con las ideas que le llegan. Nadie buscó imponer nada, todo se trabajaba con calma y casi siempre había un diálogo muy rico antes de afrontar cada canción. Durante mucho tiempo, mientras preparábamos el disco, estuvimos enviándonos canciones, referencias no sólo musicales, y hablando mucho. A veces bromeábamos cuando, después de pasar una tarde entera en un bar hablando de mil cuestiones sobre el disco, nos íbamos a casa diciendo que aquello había sido un buen ensayo. Me gusta la idea de ensayar sin instrumentos y sin estar en el local de ensayo. También el papel de Enric Alepuz y Cayo Bellveser ha sido muy muy importante, no sólo como músicos, sino también aportando ideas, arreglos. Sus opiniones para mí van a misa».

 

 

Apoyado en grandes columnas maestras como las magnas La luz de siempre, Nadie se parece a nosotros, Aquí y ahora y Respira, así como en la gloriosamente emocionante En defensa propia, este trabajo desprende aromas tan variados como atrayentes. En diversos momentos, sin ir más lejos, Transparente huele mucho a los ochenta. Afinando, al Bowie de Scary Monsters e, incluso, a Klaus Nomi (evidente, cuando nos referimos a Bowie) o Kate Bush. ¿Por qué decidió Tortel sumergirse en ese universo? «Ese es un universo en el que Al Pagoda y yo nos sentimos muy a gusto. El disco suena a esas cosas que apuntas sobre todo por el tipo de sintes que él ha usado. Por supuesto los nombres que citas aparecían recurrentemente en las referencias que comentábamos como posible inspiración para el sonido final de las canciones. A mí, los ochenta me pillaron de pequeño pero los viví de cerca porque tenía hermanos mayores que traían muchos discos a casa. Cosas de Prefab Sprout, Aztec Camera, por supuesto Bowie y Talking Heads… Para Rodilla, por edad, esto es casi prehistoria. Él ha descubierto esa música sin tener ningún tipo de recuerdo vinculado a ella, pero es una de sus grandes influencias».

Y, como consecuencia, apuntado lo apuntado, seríamos capaces de entender de dónde vienen esos aires orientales, que también planean libremente por este trabajo: «Es cierto que hay algunas melodías que suenan orientales. Jugando con los riffs y arreglos fuimos tirando hacia ese tipo de sonoridad tan particular. Mucha gente había destacado, en los dos discos anteriores de Tórtel, ese aire latino o tropical de algunos de sus ritmos. Yo me acercaba a ellos desde la libertad total. Ahora, en este trabajo, quería, por encima de cuestiones rítmicas, centrarme en melodías, ambientes, arreglos y sonoridad. La melodía es la parte más importante de la música oriental y el sonido de campanas, gongs, blocs, es muy característico de ella, y hay bastante de todo eso en nuestro disco. También es típico el uso de piedras en la música oriental. La última canción de Transparente se llama, precisamente, Pedra Cristalina», aclara Jorge.

 

Viendo la vida venir (CARAMELO). Por Enric Alepuz

Porque da la sensación, oído lo oído, de que Tórtel ha perdido el miedo a airear, a los cuatro vientos, las fuentes en las que bebe (o ha bebido). En este trabajo, además, esas referencias se muestran, en carne viva, a través de samples. Hablamos de The Walker Brothers (tal vez, por ello, Phil Spector -aunque no les produjera, fue su referente-), Lovin Spoonful, Joe Meek, Deerhunter… ¿Por qué has estimado que era necesario mostrar, tan abiertamente, algunas de esas fuentes, en este preciso momento? «Bueno, como dice la expresión latina ‘ex nihilo nihil fit’, nada surge de la nada. Todo tiene un precedente, un empuje… Imagino que, por una cuestión de edad, yo cada vez pienso más en todas esas canciones que me han gustado, y lo importantes que han sido para mí en muchos momentos distintos de mi vida. Pienso, también, por qué me acerqué a ellas, y no a otras. En este disco hay mucho de esas canciones, y mucho de la forma en la que yo las he ido entendiendo. No se trata de un ejercicio de nostalgia, sino de partir de un lugar para llegar a otro completamente distinto. Además, plantea cuestiones que me interesan mucho, como los límites de la autoría, la propiedad… El sample es de alguna forma el paradigma de todo eso».

 

 

Consciente o inconscientemente, Transparente llega a convertirse, a partir de todos los elementos expuestos, y otros que sólo el subconsciente es capaz de analizar, en una especie de, si no trabajo conceptual, sí de cuento («sí tiene un mundo propio que es muy cercano al del cuento por el tipo de sonidos que evoca, por lo onírico… aquí también hay viajes, hadas, villanos, pócimas, magia y trucos»). Un cuento en el cual, como viene siendo habitual en la trayectoria artística de Jorge Pérez, las letras y frases lapidarias (“tratar bien a la gente da buena suerte”, reza La luz de siempre) juegan un papel fundamental: «La verdad es que lo primero que trabajo siempre es la melodía. A partir de ella llegan las letras. Muchas veces, la propia melodía me sugiere qué quiero escribir. Por lo general escribir las letras es la parte del proceso que más me cuesta. Intento que sean abiertas a diferentes interpretaciones, aunque es cierto que muchas veces están como esas sentencias que parecen unívocas. Me gusta pensar que cuentan más de lo que dicen. En ese sentido creo que la canción nunca está completamente acabada y que también se hace con cada escucha», sentencia.

 

 

Los discos de la semana

 

Cisco Fran

Gigante (Peanut Records, 2016)

No es que, hasta ahora, Cisco Fran no se hubiera desnudado lo suficiente en los diferentes trabajos de La Gran Esperanza Blanca. Eso sí, con este Gigante, el músico parece saldar una especie de cuenta pendiente consigo mismo, al mostrar, de manera más cristalina, miedos, alegrías y espacios añorados. Ayudado de una ingente cantidad de excelentes músicos, así pues, nuestro protagonista logra alcanzar momentos de indudable emoción, ayudándose en piezas que emanan una sinceridad que, en ocasiones, aterra. Esta podría ser la razón por la cual Gigante bueno sorprende, de partida, a partir de esa agridulce sonoridad, mientras que Día gris, Lonely on the road y Desaparecer (inmejorable el concurso de Gilberto Aubán al piano) invitan a la dulce desazón, pese a que, en Cielo, todo parece volver a su cauce cuando el guerrero retorna al hogar para lamerse las heridas.

 

L’Emperador

Vuit vuitmils (Mésdemil, 2016)

Tres de las patas de Copo (Antonio Requena, Carles Arnau y Víctor Vila) emprenden un camino paralelo para, en compañía de otro viejo conocido de la familia, Carlos Ortigosa, construir su primer epé repleto de letras que parten de lo habitual y de las relaciones personales, para buscar, en horizontes lejanos, un marco en el cual soñar. A base de texturas que viven de un rock de guitarras directo y potente, sin ir más lejos, L’Emperador desmigan, a base de rabia contenida, la filosofía de vida del proyecto, con El nostre primer rècord del món, mientras destilan riffs y estribillos pegadizos en La dona rellamp, y visitan esos universos deseados y vividos, en Escalarem l’Everest y Un dia al llac.

Sobre el autor César Campoy
Curioso por naturaleza. Más de media vida escribiendo.

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