A la estación se llega por un seco y polvoriento sendero que discurre cuesta abajo custodiado por enormes olmos; estos juntan sus ramas en apretados ramos de follaje formando una especie de dosel natural que protege a los caminantes del sol. Juan, que lo conoce bien, aún se atreve a recorrerlo con su renqueante y cansino andar, levantando nubecillas de tierra que emborronan el paisaje frente a sus gastados ojos. Su mirada resbala por la vía vacía y sus oídos, alerta, esperan sentir el vivificante sonido de un tren en la lejanía
Ha sido el guardagujas durante más de treinta años. Es casi tan viejo como la misma estación. Ahora esta jubilado, pero no puede vivir sin ver los trenes que tanto ama. De niño solía imaginarse que subía a uno cuyo destino ignoraba; inventaba mil viajes a lugares fantásticos donde todo era posible, y así fue cómo, luego de mayor, se hizo ferroviario.
Hay un pequeño edificio de principios de siglo, sólido, con dos ventanas protegidas por verjas de hierro negro que el tiempo ha maltratado dejando sus huellas imborrables. Tiene, en la fachada, un reloj que lleva parado ni se sabe cuanto tiempo. Sus saetas están oxidadas y, posiblemente, también sus entrañas. En su interior pueden verse dos bancos de piedra gris donde se sientan los viajeros, y una pequeña ventanilla donde se expenden los billetes. El ambiente que se respira está cargado de tristeza y soledad. Fuera, junto al andén, un cartel de azulejos blancos con letras azules, ostenta el nombre del pueblo. A la derecha del camino, según se baja, se encuentran dos bancos de hierro forjado, testigos mudos de muchos encuentros y despedidas, cómplices de amores secretos en la noche; es el sitio que el viejo guardagujas prefiere para contemplar lo que ha sido gran parte de su vida.
Detrás de las vías unos vagones abandonados, que en otro tiempo habían sido verdes, permanecen inmóviles bajo el sol implacable, esperando las manos de quienes los crearon, para ser destruidos. Nadie hubiera dicho que aquellos vagones anclados en el suelo habían recorrido miles de kilómetros. A Juan se le encoge el corazón. Es como si su cuerpo fuese parte de ese montón de hierros cuyo interior albergaba el poso de miles de historias de gentes ajenas a su triste destino. ¡Cuántas vueltas da la vida!, piensa. Sumido en sus recuerdos, no advierte la presencia de un perro negro que merodea por la estación; éste se amodorra a sus pies en un gesto de solidaridad. Se acuerda de Platón.
Platón fue un perro blanco, pequeño y alegre que Juan recogió de la calle. Le acompañó durante varios años en sus solitarias horas de trabajo. Tenía gran vocación ferroviaria. Recuerda cómo solía avisarle con sus ladridos cuando, desde su percepción animal, intuía la proximidad del correo de las tres. Pero, un día se despistó jugando con una pelota y lo arrolló el tren. Juan no pudo hacer nada. Platón murió dejándole solo.
A Juan le quedan sus recuerdos, que son el tesoro de su vida. Mira hacia el cielo. El sol está ya alto y las nubes le parecen tan cercanas que si alzara la mano podría sentir su tacto de algodón húmedo. El cielo, límpido y transparente, corona el sol del mediodía. El loco del pueblo no tardará en bajar para contarle sus extrañas historias de trenes que vuelan llenos de seres de otros mundos. Le gusta hablar con él. Se siente otra vez aquel niño que imaginaba viajes fantásticos. En realidad espera impaciente su aparición cada día.
—Hoy va a llover— dice el loco a modo de saludo— Me lo han dicho unas voces que venían del viento.
—¿Qué voces son ésas?—pregunta Juan.
—Son las voces de los ángeles. Ellos me avisan para que no me moje.
—¿Y qué más te han dicho?
—Que te están esperando.
—¿A mí? Supongo que sí. A mi edad no es raro que me esperen los ángeles— dice el viejo divertido.
—Me han dicho que irás pronto con ellos; antes de que el sol se esconda temprano y las hojas cubran los caminos. Los ángeles lo saben todo.—dice mientras se sienta a su lado.
—¿Tú los has visto?
—¡Claro!, Ellos vienen a verme a menudo; cuando tienen algo que decirme; y si no, me susurran cosas al oído. Me dicen que hable contigo, que los trenes van hacia ellos.
Una ráfaga de viento trae el murmullo de un tren que se acerca en la lejanía. Los dos hombres miran hacia la vía. La boca del loco perfila una triunfante sonrisa que confirma sus sospechas.
—¡Mira!, ¿ves lo que te decía? ¡ya viene el tren de los ángeles!
Un expectante silencio se apodera de ellos durante unos minutos. El perro vagabundo lame los pies del loco que permanecen quietos dentro de sus sandalias ribeteadas por el polvo del camino; mientras éste le acaricia la cabeza, Juan sigue recordando vivencias pasadas.
El tren aparece diez minutos después. De él bajan sólo dos viajeros desconocidos para Juan. El loco se ha levantado y se asoma a las ventanillas para ver a los ángeles.
—¿Los has visto?— le pregunta el viejo cuando regresa—
—No, éste no es el tren de los ángeles. Pasará más tarde, cuando anochezca. No les gusta que les vean.
—¿Para qué vienen los ángeles aquí?
—Vienen a por más ángeles, para llevárselos a su reino.
—¿Y dónde están esos ángeles?
—Vendrán luego. Tú serás, pronto, el que suba a su tren. Necesitan a alguien que les ayude. Un experto en trenes.
Juan pensó en la posibilidad de ayudar a unos seres de otro mundo. Sí, quizá cuando muriese serviría para algo más provechoso que ahora, que sólo servía de público para un loco que contaba historias raras. La idea no le disgusta demasiado si no fuera por su inconsistencia real. Pero Juan decide seguirle el juego a aquel hombrecillo.
—¿Y te han dicho cual sería mi misión? —pregunta entre intrigado y escéptico.
—No, ellos nunca revelan sus intenciones, son asuntos de su gobierno celestial y son alto secreto, además sus órdenes vienen de su jefe supremo.
—¿Quién es su jefe supremo?, ¿es Dios?
— Sí, Dios. Él es el que da las órdenes y el que decide quién puede y quién no puede ser ángel.
Sus expectativas de pasar un rato agradable están a punto de naufragar con esta conversación que no conduce a ningún lado. Hacía tiempo que Dios y él no se llevaban bien, justo cuando su mujer murió dejándole solo y herido. Su fe se tambaleó, y acabó muriendo en un mar de dudas existenciales. El loco sigue divagando sobre Dios y los ángeles.
—Eso que cuentas son paparruchas —le espeta cuando no puede aguantar más— Yo me moriré y mi cuerpo será devorado por los gusanos, y entonces desapareceré del todo. Eso es lo que pasará
Es más de mediodía. El cielo se ha tornado gris y las nubes cubren ahora su belleza transparente dándole un aspecto sucio y pesado. Juan se levanta del banco airado y resentido apartando al loco que se ha quedado mirándole sin decir nada. Es la primera vez que aquel viejo le dice esas cosas. Lo ve alejarse cada vez más. De pronto reacciona y le grita:
—¡Platón está con ellos. Te echa de menos y quiere volver a estar contigo pronto!
El viejo se detiene unos momentos sin girarse. Un viento de tormenta agita los árboles y barre el camino. Empieza a subir por el sendero desdibujado por la polvareda. No entiende por qué aquel loco le ha hablado de Platón. ¿Quién le habría dicho lo de Platón? ¿Qué derecho tenía a decirle aquello? Quizá no estuviese tan loco como la gente decía. Unos pasos más hacia delante siente una punzada de dolor en el pecho que le hace tambalear y caerse en el suelo. Empiezan a caer gruesas gotas sobre el seco suelo. De pronto le parece ver una luz blanca que lo envuelve y se lo lleva hacia arriba. Pierde el conocimiento.
El loco corre hacia él. La tormenta arrecia.
—¡Ya han venido por ti!—dice entusiasmado—¡te lo dije!, ¡El tren de los ángeles se acerca! ¿lo oyes? Ahora estarás con Platón para siempre. Los ángeles nunca mienten—
Y se aleja canturreando una canción infantil, dejando al viejo agonizante tendido sobre la tierra, ahora empapada, mientras se escucha el sonido de un tren…
Extraído de mi libro “Cuentos Neuróticos”, editado por la Editorial Atlantis.