Eternidad de la palabra (Medalla de plata, Nósside 2010)

Decir lo que perdido queda en la noche enmudecida

detrás de la palabra apenas prendido;

lo secreto de los dias cotidianos

en sagrado encuentro del verbo.

Indivisibles pesares vacíos

se derraman violando minutos,

verbos y vigilias

en lo inefable del sueño en la palabra

Y digo

Acaso despierte otorgándome

sobre gotas de silencio ausente;

estrellas donde repose el hechizo

de sabernos infinitos, dicientes

sucumbiendo a la audiencia

de nuestros latidos de poetas,

bebiendo versos de amor

entre las saetas de un reloj detenido,

tejiendo esperanzas

de eternidad y poesía.

http://stmarch.wordpress.com/poesia-premiada-en-el-nosside-2010/

Ser poeta

Algunas veces me preguntan ¿qué es ser poeta? y es algo tan complejo que ni siquiera se sabe explicar, porque ser poeta, al igual que ser escritor, no es algo que un@ elige, sino más bien es esa condición la que elige a un@ y al final lo único que haces es ir descubriendo esa vocación a través de tu propio camino. Hace algunos años escribí un poema que publiqué en otro blog y que me gustaría compartir con los lectores de Las Provincias porque refleja muy bien la esencia del poeta.

Ser poeta

es ser capaz de atrapar el alma de las cosas y trasladarla al verso,
intuir el espanto de lo efímero y lo eterno conjugados en un mismo espacio
material de realidad errante que se desdibuja ante nuestros ojos
tomando miles de formas diferentes,
reinventar, redescubrir, ser un vagabundo de la vida,
sumergirse en recónditos abismos para volver sangrando versos,
andar siempre en una búsqueda constante,
saber que estamos condenados a la insatisfacción perpetua
porque en ella está la esencia de nuestro existir,
beber de la desesperación,
meterse en las zonas oscuras más abyectas
para buscar diminutos indicios de luz;
tener un universo en nuestras manos y ser a la vez su centro.

Ser poeta
es morir con el desmayo de una hoja caída
y revivir de felicidad con los brotes de la primavera
sin que nada pueda evitarlo;
es saber encontrar la conciencia
escondida de las cosas en la levedad de las palabras;
somos el canal por el que se expresa el Universo;
somos los portadores de un soplo de aire fresco
en medio del desierto;
nos mimetizamos con el mundo para ser parte de él;
somos mar, tierra, aire, fuego,
tristeza, alegría, pasión, indolencia,
amor, desamor, dolor, angustia,
erotismo, deseo, desesperación…
y a la vez, lo más terrible:
no somos absolutamente nada.

http://red.elaleph.com/caleidoscopio/2006/12/72-ser-poeta.html

http://stmarch.wordpress.com/2011/01/12/ser-poeta/

Manuel Palma, de Crisálida a Mariposa

El pasado sábado, organizado por el Rich Dad Club Valencia en el ambiente cálido y acogedor de Bibliocafé, tuvo lugrar el encuentro con Manuel Palma, un empresario cordobés afincado en Valencia que, gracias a su personalidad y extraordinaria manera de hacer las cosas, ha logrado ser uno de los mayores empresarios de esta Comunidad.

Manuel Palma es presidente y propietario único del holding Grupo Manuel Palma, formado por siete sociedades que abarcan varios sectores tan diferentes como la automoción, inmobiliario, educación o el sector sociosanitario, y que cuenta con fondos propios por un valor de 67 millones de euros, con más de 300 trabajadores y que facturó más de 70 millones de euros en el pasado ejercicio. Por si fuera poco, también es presidente de EDEM, una Fundación sin ánimo de lucro, formada por varias empresas importantes y que, de manera gratuita, enseña a estudiantes brillantes cómo desempeñar y desarrollar negocios exitosos, asegurándoles un puesto de trabajo en dichas empresas al terminar la formación.
Todo esto tuvo su origen en una pequeña tienda de coches que fue creciendo gracias al fruto de un hombre inteligente y tenaz, que no se amedrentó ante las adversidades, según se desprende de lo que nos contó sobre cómo fueron sus comienzos en aquella Córdoba natal, cuando terminó el bachiller, y las pocas expectativas que tenía de encontrar un trabajo que no fuese en el campo. Manuel se colocó de mecánico en un taller de coches, pero no era un trabajo que le gustara demasiado, por lo que decidió compaginarlo con los estudios de contabilidad que había elegido para encontrar otro tipo de trabajo, hasta que le tocó hacer los deberes con la patria.

Nos contó que le destinaron a Valencia para hacer el Servicio Militar y que, al llegar al cuartel, se enteró de que los soldados que tenían pase pernocta salían del cuartel al mediodía y no volvían hasta el día siguiente, entonces se propuso conseguir uno para poder salir, y, para ello, buscó en la guía algún señor que tuviera el mismo apellido que él, se presentó en su casa vestido de soldado y le convenció para que alegara ser un tío suyo. “Gracias al pase pernocta soy ahora empresario”, nos contaba Manuel, y es que, tras conseguirlo, tenía que pagarse un piso y comida siendo esta circunstancia la espita que cambiaría totalmente su vida y su futuro.

A partir de aquel momento, trabajó en un taller y comenzó a ejercer la compra-venta de coches que él mismo arreglaba, consiguiendo reunir un pequeño capital hasta que acabó la mili. Unos meses después, con veintidós años, aquel aguerrido muchacho dejó su pueblo natal y se vino definitivamente a Valencia con un millón de pesetas y muchos sueños que cumplir, montando una pequeña tienda que fue la semilla de su patrimonio actual.

Hoy, Manuel aún conserva aquel billete enmarcado en su despacho, es un hombre rico, pero no es esta circunstancia lo que le hace grande, sino la de no dejar de ser un hombre sencillo y cercano, que no ha dejado que el dinero le cambie lo más mínimo.

Muchas gracias, Manuel, por todos tus buenos consejos y por compartir tu propia experiencia con nosotros. Hasta siempre.

Fotos:

Alejandro Noguera: último soldado, paladín de la cultura en Valencia

No es casualidad que Valencia sea un pueblo donde la cultura ha sido más bien un patrimonio vivo, que se ha ido manifestando en la música, el arte y la poesía principalmente, de una manera más popular y viva, en contraposición a otro tipo de cultura más reflexiva y académica. Esto es debido a que en Valencia se vive la cultura en carne propia. En esta terreta tan especial, donde guardamos dentro de nuestro inconsciente colectivo esa semilla que se implantó con los pueblos celtas e íberos y fue desarróllandose y creciendo con los pueblos romanos y luego árabes y judios, se fue creando un mosaico cultural que más tarde desembocaría en ser uno de los pueblos con más artistas y creativos de toda España. Los auténticos artífices del arte y la cultura no son los que se quedan en la universidades haciendo ensayos sobre la Historia, sino aquellos que la viven y la trasmiten a través de sus propias vidas al resto de las personas, siendo de muy variado carácter estas manifestaciones artísticas. Claros ejemplos nos dieron ya en la antigüedad los griegos Tucídides y Herodoto, viajeros incansables y cronistas excepcionales que supieron ser testigos de la Historia con sus propias vivencias. La cultura, en todas sus manifestaciones, es uno de los ingredientes imprescindibles para el cultivo del espíritu y en ella se asienta gran parte de la esencia del ser humano como tal. Si cultivamos el espíritu a través de ella y junto a nuestra parte más irracional, como la emocional y afectiva, estaremos un poco más cerca de nuestra realización como seres humanos.

En Valencia hay muchas personas que se dedican a actividades de este tipo de manera anónima, más o menos reconocida dentro de sus ámbitos, pero quiero destacar la labor que se hace desde el mismo corazón de la ciudad. Se trata de L´Iber, el museo de soldaditos de plomo, situado en la calle Caballeros 22; un museo donde, no solo se expone la Historia, sino que además se vive.
El museo está dirigido por D.Alejandro Noguera, arqueólogo, historiador y viajero, último soldado, paladín de la cultura que retomó la labor de su familia y la convirtió en algo creativo y vivo sin, no por ello, dejar de ser riguroso e interesante, una difícil y encomiable tarea. El mérito de Alejandro es ese precisamente, el saber combinar la rigurosidad académica con el sentir de la cultura que tenemos aquí, y hacerlo sin apenas apoyo de las instituciones, de manera altruista y filántropa, como ha sido siempre en su familia. Su actividad viene desarrollándose desde el propio museo L´Iber, y es un auténtico centro cultural para esta ciudad, un oásis para las personas con inquietudes que, sin renunciar a nuestro carácter, van un poco más allá dentro del marco cultural que se ofrece en otros círculos.

Hace un par de días pudimos asistir a la inaguración de la exposición “El amanecer de China: 55 días en Pekín”, donde, además de la recreación con figuras de la época, se nos ofrecieron dos espectáculos, uno de música popular china y otro de artes marciales a cargo de unos graciosos niños y un monje shaolín que nos mostró cuán importante es la concentración y el dominio psicofísico en el ejercicio de doblar, con un hueso situado en la garganta, una lanza con punta de cuchillo. La música ayudaba a imaginar y adentrarte en ese mundo que el tiempo corona con una aureola mágica, como un velo que convierte la sangre derramada, las victorias y las derrotas en algo sublime y admirado. La lucha de un pueblo por mantener su identidad y su cultura propia que tuvo lugar en los primeros años del siglo XX. La rebelión de los boxers en esos 55 días de asedio a la occidentalidad. Pudimos sentir cómo era la vida cotidiana de aquel pueblo, impregnarnos de sus razones y sus causas, salir unos momentos de nuestro presente para callejear por la ciudad de Pekín y deleitarnos con sus paisajes, sus barcazas, sus juegos, sus costumbres, su época imperial y sus luchas.
Con este artículo, vaya todo mi apoyo a su inciativa y sirva para despertar la conciencia cultural de mis paisanos.

La última estación

A la estación se llega por un seco y polvoriento sendero que discurre cuesta abajo custodiado por enormes olmos; estos juntan sus ramas en apretados ramos de follaje formando una especie de dosel natural que protege a los caminantes del sol. Juan, que lo conoce bien, aún se atreve a recorrerlo con su renqueante y cansino andar, levantando nubecillas de tierra que emborronan el paisaje frente a sus gastados ojos. Su mirada resbala por la vía vacía y sus oídos, alerta, esperan sentir el vivificante sonido de un tren en la lejanía

Ha sido el guardagujas durante más de treinta años. Es casi tan viejo como la misma estación. Ahora esta jubilado, pero no puede vivir sin ver los trenes que tanto ama. De niño solía imaginarse que subía a uno cuyo destino ignoraba; inventaba mil viajes a lugares fantásticos donde todo era posible, y así fue cómo, luego de mayor, se hizo ferroviario.

Hay un pequeño edificio de principios de siglo, sólido, con dos ventanas protegidas por verjas de hierro negro que el tiempo ha maltratado dejando sus huellas imborrables. Tiene, en la fachada, un reloj que lleva parado ni se sabe cuanto tiempo. Sus saetas están oxidadas y, posiblemente, también sus entrañas. En su interior pueden verse dos bancos de piedra gris donde se sientan los viajeros, y una pequeña ventanilla donde se expenden los billetes. El ambiente que se respira está cargado de tristeza y soledad. Fuera, junto al andén, un cartel de azulejos blancos con letras azules, ostenta el nombre del pueblo. A la derecha del camino, según se baja, se encuentran dos bancos de hierro forjado, testigos mudos de muchos encuentros y despedidas, cómplices de amores secretos en la noche; es el sitio que el viejo guardagujas prefiere para contemplar lo que ha sido gran parte de su vida.

Detrás de las vías unos vagones abandonados, que en otro tiempo habían sido verdes, permanecen inmóviles bajo el sol implacable, esperando las manos de quienes los crearon, para ser destruidos. Nadie hubiera dicho que aquellos vagones anclados en el suelo habían recorrido miles de kilómetros. A Juan se le encoge el corazón. Es como si su cuerpo fuese parte de ese montón de hierros cuyo interior albergaba el poso de miles de historias de gentes ajenas a su triste destino. ¡Cuántas vueltas da la vida!, piensa. Sumido en sus recuerdos, no advierte la presencia de un perro negro que merodea por la estación; éste se amodorra a sus pies en un gesto de solidaridad. Se acuerda de Platón.

Platón fue un perro blanco, pequeño y alegre que Juan recogió de la calle. Le acompañó durante varios años en sus solitarias horas de trabajo. Tenía gran vocación ferroviaria. Recuerda cómo solía avisarle con sus ladridos cuando, desde su percepción animal, intuía la proximidad del correo de las tres. Pero, un día se despistó jugando con una pelota y lo arrolló el tren. Juan no pudo hacer nada. Platón murió dejándole solo.

A Juan le quedan sus recuerdos, que son el tesoro de su vida. Mira hacia el cielo. El sol está ya alto y las nubes le parecen tan cercanas que si alzara la mano podría sentir su tacto de algodón húmedo. El cielo, límpido y transparente, corona el sol del mediodía. El loco del pueblo no tardará en bajar para contarle sus extrañas historias de trenes que vuelan llenos de seres de otros mundos. Le gusta hablar con él. Se siente otra vez aquel niño que imaginaba viajes fantásticos. En realidad espera impaciente su aparición cada día.

—Hoy va a llover— dice el loco a modo de saludo— Me lo han dicho unas voces que venían del viento.

—¿Qué voces son ésas?—pregunta Juan.

—Son las voces de los ángeles. Ellos me avisan para que no me moje.

—¿Y qué más te han dicho?

—Que te están esperando.

—¿A mí? Supongo que sí. A mi edad no es raro que me esperen los ángeles— dice el viejo divertido.

—Me han dicho que irás pronto con ellos; antes de que el sol se esconda temprano y las hojas cubran los caminos. Los ángeles lo saben todo.—dice mientras se sienta a su lado.

—¿Tú los has visto?

—¡Claro!, Ellos vienen a verme a menudo; cuando tienen algo que decirme; y si no, me susurran cosas al oído. Me dicen que hable contigo, que los trenes van hacia ellos.

Una ráfaga de viento trae el murmullo de un tren que se acerca en la lejanía. Los dos hombres miran hacia la vía. La boca del loco perfila una triunfante sonrisa que confirma sus sospechas.

—¡Mira!, ¿ves lo que te decía? ¡ya viene el tren de los ángeles!

Un expectante silencio se apodera de ellos durante unos minutos. El perro vagabundo lame los pies del loco que permanecen quietos dentro de sus sandalias ribeteadas por el polvo del camino; mientras éste le acaricia la cabeza, Juan sigue recordando vivencias pasadas.

El tren aparece diez minutos después. De él bajan sólo dos viajeros desconocidos para Juan. El loco se ha levantado y se asoma a las ventanillas para ver a los ángeles.

—¿Los has visto?— le pregunta el viejo cuando regresa—

—No, éste no es el tren de los ángeles. Pasará más tarde, cuando anochezca. No les gusta que les vean.

—¿Para qué vienen los ángeles aquí?

—Vienen a por más ángeles, para llevárselos a su reino.

—¿Y dónde están esos ángeles?

—Vendrán luego. Tú serás, pronto, el que suba a su tren. Necesitan a alguien que les ayude. Un experto en trenes.

Juan pensó en la posibilidad de ayudar a unos seres de otro mundo. Sí, quizá cuando muriese serviría para algo más provechoso que ahora, que sólo servía de público para un loco que contaba historias raras. La idea no le disgusta demasiado si no fuera por su inconsistencia real. Pero Juan decide seguirle el juego a aquel hombrecillo.

—¿Y te han dicho cual sería mi misión? —pregunta entre intrigado y escéptico.

—No, ellos nunca revelan sus intenciones, son asuntos de su gobierno celestial y son alto secreto, además sus órdenes vienen de su jefe supremo.

—¿Quién es su jefe supremo?, ¿es Dios?

— Sí, Dios. Él es el que da las órdenes y el que decide quién puede y quién no puede ser ángel.

Sus expectativas de pasar un rato agradable están a punto de naufragar con esta conversación que no conduce a ningún lado. Hacía tiempo que Dios y él no se llevaban bien, justo cuando su mujer murió dejándole solo y herido. Su fe se tambaleó, y acabó muriendo en un mar de dudas existenciales. El loco sigue divagando sobre Dios y los ángeles.

—Eso que cuentas son paparruchas —le espeta cuando no puede aguantar más— Yo me moriré y mi cuerpo será devorado por los gusanos, y entonces desapareceré del todo. Eso es lo que pasará

Es más de mediodía. El cielo se ha tornado gris y las nubes cubren ahora su belleza transparente dándole un aspecto sucio y pesado. Juan se levanta del banco airado y resentido apartando al loco que se ha quedado mirándole sin decir nada. Es la primera vez que aquel viejo le dice esas cosas. Lo ve alejarse cada vez más. De pronto reacciona y le grita:

—¡Platón está con ellos. Te echa de menos y quiere volver a estar contigo pronto!

El viejo se detiene unos momentos sin girarse. Un viento de tormenta agita los árboles y barre el camino. Empieza a subir por el sendero desdibujado por la polvareda. No entiende por qué aquel loco le ha hablado de Platón. ¿Quién le habría dicho lo de Platón? ¿Qué derecho tenía a decirle aquello? Quizá no estuviese tan loco como la gente decía. Unos pasos más hacia delante siente una punzada de dolor en el pecho que le hace tambalear y caerse en el suelo. Empiezan a caer gruesas gotas sobre el seco suelo. De pronto le parece ver una luz blanca que lo envuelve y se lo lleva hacia arriba. Pierde el conocimiento.

El loco corre hacia él. La tormenta arrecia.

—¡Ya han venido por ti!—dice entusiasmado—¡te lo dije!, ¡El tren de los ángeles se acerca! ¿lo oyes? Ahora estarás con Platón para siempre. Los ángeles nunca mienten—

Y se aleja canturreando una canción infantil, dejando al viejo agonizante tendido sobre la tierra, ahora empapada, mientras se escucha el sonido de un tren…

Extraído de mi libro “Cuentos Neuróticos”, editado por la Editorial Atlantis.

¿Vivir en las palabras es errar?

“Vivir, dormir, morir: soñar acaso.”
Hamlet

Perdonadme: he dormido.
Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.
Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.
¿Vivir en ellas? Las palabras mueren.
Bellas son al sonar, más nunca duran.
Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora,
o cuando el día cumplido estira el rayo
final, y da en tu rostro acaso.
Con un pincel de luz cierra tus ojos.
Duerme.
La noche es larga, pero ya ha pasado.

Vicente Aleixandre

¿Vivir en las palabras es errar?

Los poetas erramos alrededor de las palabras efímeras, como gotas de agua en el mar de los versos; en esa sed que se convierte en necesidad vital para descubrir una nueva luz que nos lleva a través de la experiencia en un camino tortuoso, pero también de deleite y emociones que alimentan el alma y nos conducen hacia una mágica percepción de las cosas, la más auténtica verdad del mundo, de las cosas, del hombre, su esencia y su existencia… y también a la mentira, la más abyecta mentira del existir; inventamos mundos de palabras dando rienda suelta a la imaginación. Las historias están esperando a los prestidigitadores de palabras, ocultas entre el fango de la Historia, de la cotidianidad, de la misma vida, y con ella la poesía. Somos los magos que las hacemos revivir en esa pura chiripa que es nuestra propia experiencia vital desde la que nos asomamos para ver cómo es el mundo visto desde otro ángulo. Palabras que se equivocan, palabras equivocadas y la luz de la quimera en las palabras que se apagan en diez segundos para renacer de nuevo, una y otra vez en su ciclo mientras seguimos… errando; maldición del poeta, continuo experimentar en obsesivo afán; vivir en las palabras revisadas que cobran un minuto de gloria en el fulgor del poema para ser todo lo que conforma la existencia humana, trascendiendo experiencia y convirtiéndola en emoción a través del verso o viceversa…
Los poetas reconvertimos el mundo, lo elevamos a un plano metafísico para disfrutarlo, nos imbuimos de la vida material para transformarla en experiencia espiritual por medio del poema, y elevamos la palabra al cenit de la propia vida.

La poesía alivia la inquietud del alma, la reconforta, nos salva de nosotros mismos, “del diario morir”, como bien se dijo, y ayuda a vivir nuestro yo más puro en este mundo ingrato en el que sobrevivimos… Pero los poetas somos valientes porque no podemos huir, vivimos y morimos en las palabras, en su hechizo, en sus verdades y sus mentiras, quemándonos en su fuego y quizás las palabras acaban siendo vida y la vida, palabras…

A la conquista de un Nuevo Mundo

La Historia sitúa el descubrimiento de América en un doce de octubre , pero lo cierto es que fue tal día como hoy, un trece de octubre, martes, de 1492, a las siete la mañana. Colón estaba con su Pinta sobre la cubierta y en eso algo le cayó sobre el hombro. Se tocó con la mano y miró aquello, ¡Mierda! gritó, casi al mismo tiempo un vigía gritaba desde su puesto en el palo mayor ¡Tierra! En efecto, era una gaviota que anunciaba la costa cercana… Colón limpiándose la cagada tomó el megáfono y anunció a sus marineros:

-Atención, atención todos los marineros, acabamos de descubrir América, preparen los trabucos y las espadas, los baúles y arcones para el oro, los toneles para el café, el cacao y objetos varios, y no se olviden de las biblias y crucifijos para la evangelización de los bárbaros.

Desembarcaron en una islita y por allí fueron avanzando y confiscando lo que encontraban. En una aldea había un grupo de indios en taparrabos reunidos en torno a lo que parecía un gran sabio. Estaban consultando a los dioses sobre qué hacer con otro indiecito encerrado en una jaula. Colón preguntó quién era ese.

?Ese es el tonto de la tribu, se llama trolo bush sentado y estamos consultando con el oráculo que dice que hay que mantenerlo encerrado para que no tenga descendencia porque existe el peligro de que en el futuro sea presidente de los EEUU algún descendiente. Estamos considerando la posibilidad de sacrificarlo por el bien futuro del mundo.

?Pero ustedes no pueden hacer eso. Es intolerable. Eso es asesinar y va en contra de la ley de Dios. No lo permitiremos. ¡Muchachos, detened a estos bárbaros! ¡a la carga! Y así se cargaron a todo el poblado para salvar a aquel pobre hombre del desastre…

Más tarde crearon escuelas para atender a los niños que se habían quedado huérfanos, y los adoctrinaron en la ley de Dios. Algunas niñas salían con la lección aprendida y con otras nuevas expectativas para aumentar el poblado, fruto de la educación adulta que se les brindaba en determinas clases especiales. Así, fue como se engrandeció el mermado poblado y se fundaron nuevas colonias, mientras Colón volvía con los barcos hasta las cejas de productos de la tierra para honrar a sus bienamados mecenas.

Se estableció un comercio de intercambio muy lucrativo, y se mandaban gobernadores y colonos para establecerse y dar prosperidad a las nuevas tierras, mientras los indios comenzaban a civilizarse y adaptarse a la nueva vida impuesta por los sabios colonos.

Después de varios siglos de adoctrinamiento se consiguieron algunas formas de gobierno más o menos civilizado, y Colón y los suyos serían recordados como los grandes descubridores del pueblo latino. En América del Norte se cumplió la profecía del oráculo y de esta forma, cinco siglos después, América se convertiría en la primera potencia mundial, continuadora de aquellas expediciones filántrópicas para evangelizar y civilizar al resto del mundo.

Un paseo otoñal

Hoy mi paseo se volvió melancólico en medio de nubes grises que vienen del mar y callejeo con la humedad pegada en la piel, y la mirada perdida en un infinito y ajeno mundo.

Las calles, húmedas y pegajosas, despiden un familiar olor cargante a asfalto y suciedad y las farolas se yerguen ufanas en el aire enrarecido del final del verano.

El mundo llora quejumbroso y sus lágrimas se confunden en la neblina. Errante, deambulo por las calles vacías escuchando sus gemidos y lloro también con él, me empapo.

No me dirijo hacia ningún lado, no soy de ninguna parte excepto de mí misma, sólo invento mil viajes a ningún lugar mientras miro un tímida luna brillar redonda.

Luego la tortura de los instantes eternos, los ensueños caprichosos que se desvanecen en locos frenesíes, las batallas perdidas y una ilusión otoñal que amanece en el horizonte y nos trae la dulce melancolía del otoño en sus colores.

Es el último paseo por la playa; arena mojada sobre la piel tostada y el rumor de las olas acariciando la brisa. Reflejos de nácar brumoso entre la espuma que rebosa sobre las rocas y un sol de atardecer que languidece. Sueño con otras orillas y me sumerjo en el paisaje sin gaviotas de las barcas abandonadas.

El cielo ha vuelto amarillas las rocas, el mar es ahora más azul que nunca y la noche avanza por el este bañándose en el agua aún despierta.

Más allá de la bahía una luz encendida contempla la escena desde el fondo del espigón y comienza a encenderse el cielo. Miles de puntitos rilan traviesos en sus órbitas. Ya el mar se va durmiendo y la brisa, medio dormida, acompaña con su placidez el sueño melancólico de su adagio.

La leyenda de Troya y los sueños infantiles

Desde que Homero escribiera la Iliada, Troya ha sido el legendario sueño de miles de lectores y aficionados a través de los siglos, pero hubo alguien para quien se convirtió en algo más que un sueño: fue su proyecto de vida. Y es que a veces los sueños infantiles pueden convertirse en realidad cuando se trabaja con ilusión y tesón. Esto más o menos es lo que le ocurriría a Heinrich Schliemann, quien desde que vio una ilustración de un grabado de Troya en un libro que su padre le regaló a la edad de ocho tiernos años, no tuvo otra cosa en mente que descubrir sus restos: su vocación estaba dispuesta y su suerte echada. Hechizado por la historia de Troya y entusiasmado por Homero, decidió que en el futuro se dedicaría a su búsqueda. Pero esto le iba a costar aún muchos años de arduo trabajo. Con el fin de prepararse para la acometida, se dejó seducir por las hazañas de Aquiles, Héctor y Ajax de la pluma de Homero, se introdujo en el mundo antiguo, estudió griego con ahínco para leerlo en su lengua original, todo mientras trabajaba de humilde mozo en una tienda. Pero él sabía que necesitaba dinero para un empresa como aquella y que era necesario ganarlo, así que montó su propio negocio y, como si los dioses le hubieran sido propicios para el menester que le había impuesto su propio destino, logró prosperar: su constancia y tenacidad le habían abierto la primera puerta. A la edad de cuarenta años había reunido una pequeña fortuna y pudo retirarse con suficiente dinero para su propósito.

Lo siguiente que hizo fue hablar con el arzobispo de Atenas para que le buscara una joven esposa que cumpliera cuatro condiciones: ser bella, de carácter amable y debía conocer las obras de Homero. Increíblemente, también en esto los dioses le fueron propicios y en poco tiempo encontró a la chica, una ateniense de 16 años llamada Sofía que tenía la misma pasión por Homero.

En 1871, acompañado de Sofía, partió hacia los Dardanelos en busca de la ventosa llanura de Troya. Reunió a 80 trabajadores y, dando crédito a una tradición local que situaba a Troya cerca de Hissarlick, una montaña que se erguía frente a la península de Gallípoli, comenzó las excavaciones. Pero entonces no existían los medios actuales y era arduo difícil excavar en el terreno, costaba mucho trabajo, aunque no se rindieron. Abrieron una gran sima sobre la tierra, dejando al descubierto una confusa masa de ruinas que más tarde serían identificadas como los restos de 57 ciudades antiguas, unas sobre otras. Los trabajos siguieron durante dos años más y, por fin, el 14 de junio de 1873 un formidable tesoro emergió de la tierra ante él: 8.700 objetos de oro entre joyas, copas, jarrones y una fabulosa diadema fabricada con 16.000 piezas de oro macizo. Schliemann, con lágrimas en los ojos, se acercó a su esposa con ella y se la colocó en la cabeza. Cariño, en este momento luces la corona de Elena de Troya, le dijo.

Pero estaba en un error, aunque no lo sabría hasta mucho después. Aquella ciudad no era Troya, sino otra aún más antigua, y la diadema, del año 2300 antes de J.C., correspondía a otra princesa que vivió más de 100 años antes del nacimiento de Helena.

Poco antes de morir fue informado de su error, pero los arqueólogos posteriores le reconocen la gloria de haber hallado el emplazamiento de la legendaria ciudad y de haber demostrado que fue centro de una esplendorosa civilización, tal como aseguraban las leyendas locales.

Hoy se sabe que la Troya de Homero fue destruida hacia el año 1250 antes de J.C. y que Schliemann había pasado sobre sus cenizas al excavar las 57 capas.

Diríase que en el destino de este hombre había una clara meta que debía cumplir. Quizás no sea tan descabellado perseguir una estrella y los sueños infantiles sean auténticas revelaciones del camino que ha de seguir nuestro destino, lo cierto es que en este caballero se cumplió un sueño.

Réquiem por un Poeta

A Mario Benedetti in memoriam

Compañero, usted sabe
que los poetas mueren en silencio
y tras ellos queda una estela de palabras
recordando su vida y obra
por unas horas, y luego
será inmortal el delirio
que usted dejó en sus versos
con esa beta desprevenida
de exilios y árboles tristes,
de amor y también de alegrías;
compañero, usted sabe
que nosotros, los que quedamos
con esta memoria suya,
que no quedará en olvido,
y entre tenerlo a usted y no,
sabrá usted, compañero
que siempre con vos contaremos.

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