Las Provincias
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LA BODA BAJO EL PONIENTE. OTRA DIADA
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Carlos Pajuelo | 13-09-2017 | 07:08

LA BODA BAJO EL PONIENTE. OTRA DIADA

         Mientras miles de personas desfilaban con ocasión de La Diada en Barcelona (conmemora la caída de Barcelona en manos borbónicas en una guerra de Sucesión por el trono de España) el poniente alcanzaba en Valencia temperaturas extremas, que te empujaban al retiro o al disfrute de la sensación mixta de calor sofocante con el frío contacto con el agua buscando, al salir, la toalla para combatir el contraste térmico.

         En este escenario estar “a la pasa”, es decir sentarse a ver el mar y las gentes que desfilan ante ti con diversos atuendos, ofrece variada conversación sobre quién y cómo; a veces incluso tú mismo andas un poco por la orilla y crees que has hecho una maratón.

         En ese ir venir observé una mínima e íntima diada (una palabra concepto del griego que supone la unión de dos personas). Era una boda en la playa, sobre la arena. Una reserva de espacio acotada por palos clavados unidos entre si por una cordada blanca y rematados por antorchas ligeras que un propio encendió más tarde; el fuego y el resplandor apenas se notaba, la luz del Sol poniente lo abarcaba, cegaba, todo.

         Varios invitados se debatían, en una lucha sin cuartel, entre el hecho de vestir de boda y el aire caliente que abrasaba la piel.

         Una especie de arco de triunfo en blanco inmaculado y gaseoso estaba adornando el lugar y se remataba por dos coronas con rosas blancas.

         Todo tenía un aire de la Ibiza encantada de recibir a los primeros hippies. No eran muchos los invitados a la ceremonia, éramos más los que mirábamos a ver que pasaba allí. Era una Ibiza a la Patacona. Un lugar de mucho gentío pese a las acequias y la depuradora emanante de olores nada inocuos…hoy el Poniente liquidaba todo trazo de depurador olor.

         Algún invitado llevaba un niño, también de blanco, en brazos y parecía luchar a brazo partido para evitar pisar la arena.

         De pronto aparece una moto discreta o una bicicleta grande- no se apreciaba desde done yo cotilleaba- toda pintada de blanco y detrás en el portaequipaje una novia con el velo de gasa blanquísimo ondeando al aire como símbolo de paz.

         Me dio miedo porque por un momento me vino a la memoria la escena que interpreta Vanessa Redgrave en el filme de la bailarina Isadora Duncan que muere estrangulada, porque su foulard se enreda en las ruedas de un Bugati descapotable en Niza…pero no, esta novia venía despacio y caminaba sobre el aire a lomos de la bicimoto.

         Los aplausos corearon su llegada y una oficiante de pelo rubio y sandalias de playa se apostó tras el arco floral y se hizo el silencio, por un momento hasta el mar parecía haber amortiguado su continuidad espumosa e incansable y nosotros, los mirones, sentimos más curiosidad y callamos para mejor ver lo que allí cercalejos pasaba.

         Luego risas y fotos, el Sol se iba a dormir y los últimos rayos dieron en la cara de la novia que parecía un cromo de pureza blanca.

         Para mi aquella Diada, esa unión de dos adquiría el valor de un ejemplo íntimo y concertado,

         Más al Norte otra Diada daba muestras de sombras y a mí me dio pena que no fuera igual de feliz la gente que se manifestaba con ardor y quienes los vemos con temor.

         Ya sé que no todo es blanco, ya sé que no todo puede ser felicidad. Lo cierto es que por un momento ese contraste “diadistico” me gustó.

          Luego invitados y matrimonio se fueron juntos a celebrar y no sé por cierto si las flores de la ceremonia particular acabaron flotando sobre el mar como un acto supremo de entrega.

         Todo empezó en el mar y quizás todo acabe allí. El poniente seguía marcando la temperatura del aire y todos los niños que jugaban en la playa tuvieron su espacio de arena bajo la atenta mirada vigilante de sus padres.

         La boda para ellos no significaba nada. Pasa casi siempre. Lo que para unos es vital para otros es secundario o inexistente.

Sobre el autor Carlos Pajuelo
Profesor emérito Universidad, escritor , publicitario y periodista. Bastante respetuoso con los otros. Noto la muy mayoría de edad física. Siempre me acuerdo de aquello de "las horas hieren y la última mata" y para aquel que trate de averiguar que significa esto ; cada uno que crea y piense lo que quiera