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Carlos Pajuelo

Pajuelo: la chispa

LA BALADA DE AMOR ENTRE LOS 70

LA BALADA DE AMOR ENTRE LOS 70

Arañando noticias ajenas a Puigdemont y a este larguísimo procés que nos llevará hasta la extenuación, a nosotros y a sus protagonistas a una victoria por fatiga de materiales, porque se ha demostrado que los humanos son finitos, descubro con alegría la llegada de centenares de flamencos a La Albufera, según este mi periódico.

Esta reflexión la medito mientras espero en la parada de los buses Grezzi. Espero un 70 que no llega.

Yo soy un urbanita que viene a ser como medio imbécil en materia de Naturaleza y cuando he leído lo de los flamencos me he alegrado, porque a mí me gusta el flamenco y tengo para mi que debo tener una mezcla , un algo de medio gitano, o es que como mi abuela me llamaba gitano,-nunca he sabido porque, he asumido esa condición desde siempre y todavía en mi memoria…esa es otra historia que ya contaré, porque este oficio de contar me gusta mucho y suelo mezclar o mejor enhebrar historias como hacía Sancho, al decir de D. Quijano, que ensartaba refranes y refranes mareando al personal.

¿Dónde estaba?

Si, ya me acuerdo. Lo de los flamencos era que yo había entendido que bailarines, tocaores y bailarinas, con ocasión de la fiesta grande de mi pueblo, Valencia, iban a bailarle el agua a los de Compromís y el resto logrando arrancar aplausos en un consenso por bulerías.

Y el 70 sin venir.

No, luego me ruboricé por mi ignorancia y es que los flamencos son aves que habrán venido huyendo de los fríos del Norte y se han parado a hacerse un armorsar, modernamente le llaman brunch, en La Albufera.

A lo mejor tomo el 25 y voy a comprobar-(trabajo de campo)- y de paso veo el espectáculo.

Veo como coincido con un pensionista, digo que sería, por la hora, las facciones arrugadas y un golpe de pelo blanco, que mira el reloj y hace un gesto de impaciencia que se acompaña con un cabeceo de estar hasta la quijada de esperar y le espeto, así a voz de pronto, un “no hay derecho” y debe estar todavía explicando como ha perdido poder adquisitivo y que ha tenido que prescindir de poner la calefacción porque la luz ha subido una barbaridad.

Por fin se atisba en la lejanía el color rojo del bus y detrás otro. Parecen y lo son 2 70. Muy extraño.; el primero parece de los nuevos y este viene casi lleno.

El pensionista se despide y se sube rezongando en el primer 70 y yo en el segundo con un solo pasajero y ahora yo que hago el número dos.

Le doy hebra al conductor y le ayudo a justificar el sueldo y me toma el aire, se ve que ha visto en mi tierra prometida para escuchar y se lanza a contarme una historia increíble.

Me dice que lleva tiempo con ese autobús y desde que le han puesto mezclado con el nuevo, el bus tiene un extraño comportamiento mecánico.

Frena, pese al intento del conductor, muy, pero que muy cerca de la trasera del nuevo 70 y que cuando se aleja se acelera casi solo, de forma que no hay manera de mantener una distancia que impida que el personal al ver dos buses del mismo número, uno detrás de otro, se acuerde del munícipe de nombre algo o mucho italiano (¿será de la Liga Norte?) y crea que se trata de una más de los experimentos que, seguro, que en su casa nos lo hubieran consentido.

Yo creo en la ciencia ficción y afirmo que entre esos dos buses hay algo más y creo que esta noche iré a las cocheras a observar el comportamiento del antiguo y ya mayor segundo en relación con el retozón primero y nuevo. Me huelo un romance de bielas, me parece que el amanecer pronto de la primavera ha alterado los cilindros del segundo y sus enormes ruedas vuelan al saber que él o ella, quien sabe, está delante.

Tienen algo de humanos estos autobuses y debe ser porque de tanto transportar gentes y oír las voces de diferente tono horas y horas se han transformado.

Voy a escribirle al valenciano de adopción una nota, para que nunca separe a estos amantes mecánicos.

Me voy porque me queda mucho trecho, o no. Pero voy a ver.

Creo que me he pasado de espacio, pero es tan bonito todo. Ciao

Nota: He ido con el 25 y he bajado en el embarcadero. El aire era intenso, La Albufera marcaba olas y los flamencos no los he visto. Como soy de buena pasta me he vuelto pensando que estarían en otro sitio…a lo mejor en la mascletá.

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Por Carlos Pajuelo

Sobre el autor

Profesor emérito Universidad, escritor , publicitario y periodista. Bastante respetuoso con los otros. Noto la muy mayoría de edad física. Siempre me acuerdo de aquello de "las horas hieren y la última mata" y para aquel que trate de averiguar que significa esto ; cada uno que crea y piense lo que quiera

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