Las Provincias

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Secretos y confesiones en la cala nudista.
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DolceCaroline | 05-03-2017 | 21:59| 0

Carmen estaba muy excitada tras escuchar el relato de Nadia, siempre decía que fue juglar en la Edad Media porque le encantaba recitar de memoria sus historias, sobre todo los encuentros sexuales, aunque pensándolo bien, la Santa Inquisición pronto la hubiera perseguido.

 

Carmen tenía el pelo larguísimo, hasta el final de la zona lumbar. Cuando viajaba a cualquier país le adivinaban su nacionalidad; Era el patrón de española, morena de pelo y de piel, ojos marrones muy grandes, labios carnosos y cuerpo definido por las máquinas del gimnasio. Era embajadora de aquella canción que decía: “La española cuando besa, es que besa de verdad.”

 

Se levantó de la toalla y miró boyante hacia el mar como si fuese su amigo íntimo, de repente se agachó muy despacio alcanzando un ángulo de 90 grados, como si estuviera en el gimnasio haciendo una sentadilla y buscó dentro de su bolso, Nadia la miraba de reojo riéndose.

- Ja ja ja, no me lo puedo creer ¿Vas a coger la cinta roja? –Adivinaba Nadia.

Fíjate en los dos chicos de la nevera, el que está más a la izquierda ¿Se ha dado cuenta que he cambiado de postura? –Preguntaba inquieta.

- ¡Cari, él y media cala!

¿Me está mirando ahora mismo?

- ¡Sí! Estaba tumbado y ahora se ha sentado para verte mejor ¿En qué momento te has dado cuenta de su existencia?

¡Perfecto! Lo tengo fichado desde que hemos llegado, de hecho, llevamos un juego de miraditas muy interesante, tú como estás flipada contándome lo de Martín no te enteras de nada, yo he recreado tu aventura pensando que somos él y yo.

- Joder, sí que esta bueno, sí, tiene todos los abdominales fuera, además es guapísimo. Hablando de Martín pásame mi teléfono que seguro que me ha escrito.

- Toma. Me voy, necesito un refresco de ese hombre.

- ¡Si si, a ver si es capaz de aliviarte el calor corporal, ja ja ja!

 

Se colocó sus gigantescas gafas de sol y caminó hacia las toallas de los chicos pisando fuerte, únicamente decoraba su pezón derecho un piercing plateado y su brazo izquierdo una larga cinta roja enrollada a modo de pulsera.

- Ostia ostia, Cristian, la chica morena viene, no le digas nada que la quiero para mí. –Decía el chico de la izquierda.

- No tranquilo, a mí me gusta la otra. –Aclaraba su amigo.

¡Hola chicos! Me vais a perdonar, pero estoy seca y aquí no hay ningún sitio para comprar bebida. –Exclamo Carmen.

- Perdonada estás, una chica tan guapa como tú tiene que estar bien hidratada ¿Qué te apetece? – Respondía en un acento muy simpático y divertido.

- ¿De beber? – Pronunciaba ella en un tono muy sensual fijándose en su boca y mordiéndose el labio inferior.

- Emmm, si…Claro. –Tartamudeaba.

Una cerveza, por cierto, me llamo Carmen.

- Aquí tienes, yo soy Vicente y él es Cristian. –Se pusieron ambos de pie para darle dos besos.

Encantado, ufff, me muero de calor voy un ratito dentro del agua, ahora os veo. –Se excusaba Cristian.

- Encantada, si nos vamos te avisamos.

- ¿Te apetece que demos un paseo por la orilla? –Le sugería Vicente.

Perfecto, no te preocupes por vuestras cosas que Nadia las mira. –le hizo un gesto a Nadia indicándole su tarea, ella observaba la situación complacida, mientras se mandaba fotos y audios con Martín.

 

Vicente encajaba con el perfil de hombre que Carmen adora; Tenía el pelo castaño oscuro, los ojos de un azul cielo precioso, pestañas infinitas, era alto, musculado, y llevaba todo el brazo izquierdo tatuado con temas religiosos.

Me habías llamado la atención por tu cuerpo, pero tienes unos ojos muy bonitos.

- A ver los tuyos. – Le dijo mientras le levantaba las gafas – Joder mi niña, eres preciosa.

Ja ja ja, exagerado. Me encanta el acento que tienes ¿De dónde eres?

- Soy de Las Palmas de Gran Canaria, pero juego a futbol en Madrid y llevo aquí en la península unos añitos.

¿Canario? Pues yo seré tu alpiste.

- Ja ja ja, Carmen estás loca, las chicas como tú suelen ser rancias y estúpidas.

Eso será en Madrid, las valencianas somos muy salás.

- Eres la primera valenciana que conozco, llegamos a Jávea ayer.

Nosotras también llegamos ayer y vamos a estar todo el fin de semana. Una cosa, que te estoy mirando el brazo, ¿Me muestras los tatuajes? –Se detenía para tocarle el bíceps de manera casual.

- Si claro, mira, llevo un ángel de la guarda, una virgen, un Cristo, otro ángel protector y una insignia. –Le explicaba, mientras Carmen seguía con un dedo cada detalle de la tinta.

¡Quedar contigo es muy seguro, más protegido no puedes ir! –Bromeaba Carmen.

- Jajaja, cuéntame tú, ¿Qué es esta cinta roja tan llamativa?

- Lo siento, no te lo puedo decir.

- Perdona, perdona mi imprudencia.

No tonto, es nueva está sin utilizar. De hecho, es para ti.

- ¿Cómo? ¿Para mí? ¿Por qué?

Porque me vas a follar ahí detrás en las rocas y voy a utilizarlo para hacer “el carrete filipino.” – Le decía clavando en sus ojos una mirada firme y provocadora. Los hombres por muy viriles que sean también se estremecen de pies a cabeza si intentas seducirles.

- ¿El qué? ¿Follar dices, ahora, hablas enserio?

Bueno, si no te apetece…

- No no, si desde que habéis llegado y te has quitado la ropa estoy malo, malísimo, jugando un pulso con mis ganas de empalmarme que me van a ganar dentro de un momento. Vayamos dónde quieras.

 

Vicente no era consciente del placer que le iba a proporcionar aquel inofensivo trozo de tela. Carmen viajó de intercambio lingüístico a Filipinas y mejoró mucho su inglés el primer mes, luego le dedicó más tiempo y atención a los intercambios sexuales aprendiendo toda clase de técnicas orientales. Su viaje duró seis meses.

 

Esa técnica exótica consiste en atar la banda de seda suave en la raíz del pene y envolverlo en su totalidad para que, durante la penetración, la chica tire de ella y provoque placer intermitentemente, cuando estire más o menos, provocando la locura de su amante y ser ella la dueña de su momento del clímax.

Algo así, pero con un nudo en la base.

 

Las rocas se agrupaban formando una especie de cueva, aquello era un escondite perfecto, un lugar inusual, donde el morbo ocupaba cada mineral de esos pedruscos.

 

A medida que iban llegando, Vicente dejaba que ella adelantase sus pasos y se quedaba un poco retirado analizando todo el cuerpo que iba a disfrutar. Cuando se aproximaron a las rocas y ya no les veía nadie, Vicente aproximó su pene completamente recto y duro al trasero de Carmen y esta se detuvo, la rodeo con sus brazos depositando sus dedos derechos en el pezón de ella e introduciendo sus dedos índice y medio en su vagina. Ambas manos empezaron a funcionar a la vez, sus dedos derechos rotaban como si sintonizaran la radio en busca de una emisora que nunca encontraban. Los dedos izquierdos quedaron cubiertos de abundante flujo mientras Vicente los frotaba con ansia. Carmen estaba muy preparada, llevaba excitada más de media hora, lanzó su larga melena hacia el lado izquierdo, apoyó la cabeza en su pecho sintiendo cada movimiento de las manos de Vicente, cerró los ojos y jadeó como una gacela herida.

Canario necesito meterte en mi jaula. –Suplicaba.

- Me encanta tu olor, Carmen, enciérrame donde quieras. –Le dijo confiscándole los labios.

 

Las feromonas -esas sustancias químicas que envían señales de olor subconscientemente a las personas del sexo opuesto-  estaban despertando altos sentimientos de atracción en ambos.

 

 

La versión extensa de este relato, la encontrarás en:

http://carolinews.es/ree-calanudista.html

 

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Su primera vez.
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DolceCaroline | 17-02-2017 | 23:08| 0

Nadia continuaba de vacaciones, su amiga Carmen le propuso pasar un fin de semana en el apartamento de la playa. Una idea que le fascinó porque quería broncearse y tenía algo muy importante que revelarle. Por WhatsApp no le había enunciado ninguno de los seis encuentros con Martín.

 

El sexo para muchas mujeres es un lugar oscuro donde tienen miedo a resbalarse, Nadia y Carmen poseían unas linternas de gran alcance y potencia, como buenas soberanas convertían en vasallo a cualquier hombre que quisiera entrar en sus dominios vaginales.

 

Se encontraban tumbadas en una cala nudista de Jávea, únicamente cubrían sus cuerpos por sus largas melenas y las miradas de los transeúntes, quienes continuaban su camino con una gran satisfacción.

 

-          Bueno cuéntame ¿Quién es el responsable de esa sonrisa y esos despistes que me llevas últimamente? –Interrogaba Carmen.

-          ¡Cari, como me conoces! ¡Tenía muchas ganas de verte para contártelo todo! – Exclamaba Nadia entusiasmada.

-          Si ya me lo recelaba yo ¿No será de tu pueblo? -Continuaba con sus investigaciones.

-          No no… Del pueblo al lado. Se llama Martín. –Descubría Nadia.

-          Mal empezamos ¿Una de nuestras reglas no es que haya tierra de por medio? Luego toca verlos por la calle y menudo rollo. –Recapacitaba Carmen.

-          Si si, yo la primera vez que quedé con él pensaba que solo sería para tomar algo. –Se excusaba Nadia.

-          Claro y te tomaste su fiambre ¿Con tostadas, pan o solo? ¿Estaba fresco?

-          Jajajajaja, que tonta eres, pues la verdad que la primera vez que probé su esencia varonil fue acompañada de ron, coca cola y hielos de cereza.

-          ¿Hielos de cereza?

-          Si si, hielos caseros, por lo visto rellena cada cuadradito de la cubitera con agua y cerezas para que cuando lo eche al cubata quede mejor.

-          Madre mía que personaje, me gusta como empieza la historia, entonces ¿Lo conoces de siempre? ¿Antes por qué no te gustaba? ¿Qué hace con su vida? Cuéntamelo todo desde el principio.

-          Vale, pero ahora solo te contaré nuestra primera noche, anda rellénate el mojito y atiende que te va a gustar.

 

Uno de los elementos que convierte el título de amiga en el de mejor amiga es la confesión del sexo explícito con su nueva víctima, Carmen sabía que Nadia no le iba a hablar de la marca de ropa que utilizaba Martín, las discotecas que frecuentaba o las dimensiones de su casa. Era consciente que después de aquella confidencia recurriría a la masturbación para saldar su excitación, Nadia era muy detallista con sus aventuras:

 

- El sábado 16 de julio había quedado con mis amigas de la quinta para salir por el único pub del pueblo, pero justo cuando cerré la puerta de casa mi teléfono vibró. Era él, Martín, sobre las doce de la noche me dijo que había pasado el día en Denia y no tardaría en acostarse, cuando leí esas letras impresas en la pantalla de mi teléfono, mi mundo se detuvo por unos instantes. Reflexioné durante unos segundos y le respondí solicitándole la dirección de su casa, mi noche iba a dar un giro de 180 grados.

 

Martín accedió velozmente, de hecho, me dijo que tenía dos botellas de vino muy fresco en la nevera. Me gustó la idea de embriagarnos para causarnos algún tipo de enajenación y así romper el hielo –aunque este terminaría rompiéndose en su pene dirigido por mi lengua. 

 

Aparqué cerca de su casa y le sorprendí por la calle de atrás. Me recibió con una sonrisa preciosa mostrándome sus dientes perfectamente alineados y blancos, lo primero que me dijo es que estaba súper guapa, le di dos besos y me invitó a pasar.

 

Nos actualizamos, recordamos tiempos pasados, reímos, se notaba que estábamos conectando, pero no era una conexión cualquiera, sino una capaz de hacer saltar las alarmas de cualquier corazón oxidado. Nos terminamos la segunda botella de vino y se levantó del sofá para sacar el ron con coca cola y los famosos cubitos, le puse la zancadilla para que tropezase y terminase entre mis brazos. Conseguido.

 

Apoyó sus manos en los reposabrazos del sillón para no caer íntegramente encima de mí, sonrió y acercó sus labios junto a los míos. Se le aceleró el pulso de puro deseo desde el mismo momento en que le miré con mis ojos grandes y expresivos, nuestras lenguas nerviosas, inquietas y excitadas empezaron a codearse, yo estaba inmóvil, Martín acaparaba todo mi espacio. Prometo que no esperaba terminar penetrada, solo quería una primera toma de contacto. 

 

Disfrazado el deseo en forma de lista de reproducción musical de Karen Souza se apoderó de nosotros, todavía no lo sabíamos, pero íbamos a ser adictos a nuestros cuerpos desnudos. No tardó más de cinco minutos en quitarme mi precioso vestido mostaza, sin dejar de besarme, nuestra temperatura corporal aumentaba cada segundo más. 

 

Me depositó en el amplio sofá y me acosté, derramó un poco del cubata sobre mi pecho, yo empezaba a sentirme muy fogosa, mis pezones notaron la acuosidad y respondieron fortaleciéndose, Martín limpió con su suave lengua toda la mezcla del ron y fue recorriendo mi cuello hasta llegar de nuevo a mis labios, dando lugar a besos ardientes e irresistibles. 

 

Le desabroché cada botón de la camisa sin mirar lo que estaba haciendo, continué con el cinturón, el botón y la cremallera de los pantalones, él se apartó de mí para lanzar la ropa y quedarse desvestido, aproveché para ponerme de rodillas simulando súplicas.

 

La versión extensa de este relato, la encontrarás en:

http://www.carolinews.es/ree-suprimeravez.html

 

 

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Noche improvisada.
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DolceCaroline | 17-02-2017 | 22:37| 0

La gente convencional organiza planes y anhela el momento en que estos sucedan. Nadia y Martín eran tan imprevisibles como irracionales, esclavos del desconcierto que la situación les generaba.

Carecían de etiquetas, simplemente eran cómplices del placer adulto, una especie de secreto y confidente, causa y efecto, acción y reacción.

 

Era verano y vivían en unos pueblos dónde hacía un calor insufrible, situación que requería bañarse constantemente, no importaba que fuera por la noche. Nadia le sugirió remediar los sudores corporales de ambos en su piscina, Martín accedió a un bañito rápido, ya que el día siguiente madrugaba. Le gustaba engañarse a sí mismo, sabía que iba a distar bastante de ser rápido.

Él huía de la sensatez refugiándose en la locura de ella.

 

Martín se encontraba de sobremesa con sus amigos y la ginebra tramando la gestión de una despedida de soltero, pero no eran contrincantes para Nadia. Se despidió de ellos alegando que el día siguiente trabajaba, sus amigos conocían su profesión de bombero y dedujeron que probablemente fuese a apagar algún fuego en ese momento, pero corporal.

Apareció en el chalet veinte minutos después del ofrecimiento de Nadia.

 

La ausencia de luminosidad en aquellos caminales se veía interrumpida por los focos del BMW de Martín.

Bajó de su coche y Nadia apareció del interior del chalet con unos rizos perfectos, un trikini de cebra, tacones negros de 10 centímetros, dos copas y una botella de vino blanco. Martín tenía una altura notable, la cogió en brazos y sin mediar palabra se fundieron en una infinidad de besos.

 

- Abre la boca. – Le imponía Nadia.

 

Él obedecía sin hacer preguntas, Nadia abrió la botella y le dio de beber como si se tratase de un biberón, Martín bebía sin oponer resistencia hasta que ella paró.

 

-  Estás feísima. – Ironizaba Martín mientras la observaba cual escáner a un folio.

-  Vaya, buenas noches ¿eh? Cuenta la leyenda que mis amantes me trataban como a una princesa o una diosa. – Se defendía ella.

-  Con cuanto mentiroso has quedado, yo que te tengo aprecio te seré sincero, ni eres una princesa ni mucho menos una diosa, que sepas que eres una tía muy normalita. – Se reía él.

-  ¿Perdona? Pues te voy a dar un consejo yo, no pierdas el tiempo con una chica normalita, tú mereces follar con una divinidad. –Le reprendía ella, soltando sus brazos y apoyando los pies en el suelo.

- ¿Ya te has picado? Jajajaja… ¿Sabes lo que me merezco yo? –Expresaba él en un intento en vano de parecer formal y sensato

 

Nadia no respondía nada, solo le miraba con el ceño fruncido y una ligera incredulidad.

 

Yo me merezco lo mejor y tú eres la mejor. – Se justificaba él.

 

Sabía que era la respuesta que Nadia quería escuchar, repentinamente él la abrazó fuerte intentando no romper las copas y ella apoyó los labios en su torso lamiendo unas pequeñas gotas de vino que habían terminado ahí.

 

- Anda, sígueme. – Le ordenaba Nadia con una voz más dulce.

 

Había colocado el colchón al lado del tobogán de la piscina, para darle un ambiente más delicado llevó su ordenador con canciones emotivas. Se sentaron justo en el borde de la piscina y metieron los pies en el agua. Martín llenó las copas del vino blanco afrutado.

 

-  Por más noches como esta. –Fueron sus palabras.

-  Que este verano sea recordado como el nuestro. – Le contestó Nadia.

 

Parecía un ambiente romántico y delicado algo muy extraño en Martín y Nadia, finalizó cuando Martín la lanzó a la piscina.

 

-  ¿Eres idiota? ¡Mira mi  pelo! –Le reñía mientras Martín se quitaba la ropa velozmente.

 

Se tiró de cabeza, la atrapó con fuerza acercándole todo su cuerpo, Nadia se agarró a la escalera mientras él se colocaba dentro de ella, coqueteaba con un mechón rizado que cubría su cara y se lamía el dedo índice derecho, Martín le robó los labios y empezó a besarle pasionalmente balanceando todo su cuerpo sobre el de ella, sus lenguas bailaban rápidamente, ella mordía los labios de él, le absorbía la lengua, le palpaba su torso y sus brazos como si le fueran a cortar las manos en unos minutos, él no soltaba su cintura ni dejaba de embestirle como el rudo que llevaba dentro.

 

Nadia escapó y subió las escaleras contoneando sus caderas, Martín le siguió sin retirarle la mirada. Se sentó en el colchón y cogió la copa que estaba recargando, él abrió con fuerza sus rodillas y derramó parte de la botella de vino sobre todo su cuerpo.

 

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Escapando hacia el deseo.
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DolceCaroline | 17-02-2017 | 22:35| 0

Hacía una semana que no se veían.

 

Nadia no había podido contactar con Martín, imaginó que tendría el teléfono estropeado, pero esa excusa en estos tiempos que corren carece de valor, existen varios medios para poder comunicarse si uno lo desea.

 

No había dejado de pensar en su último encuentro con él. La imagen de su rostro le perseguía allá donde fuera, no podía olvidarse de su mirada peculiar, lasciva a la vez que tierna, él la había matado de placer en cinco ocasiones diferentes y una víctima jamás olvida la cara de su asesino.

 

Esa noche de sábado Martín salía de fiesta; Nadia sabía de sus actividades porque la publicación en Facebook de uno de los amigos de él, le había revelado su próxima localización, ella sin dudarlo convenció a cuatro amigas para crear un encuentro de lo más casual en la misma orquesta.

 

Decidió ponerse un mono elegante y atrevido; Destacaba por su pronunciado escote y le acentuaba las marcadas curvas que la definían: sus voluminosos pechos, su cintura pequeña y sus nalgas considerables. Sabía que probablemente provocaría deseo y fascinación en más hombres y le encantaba esa idea, aunque solo estaba dispuesta a seducir y cautivar a Martín, su objetivo inicial era mostrarle sutilmente que era un foco de miradas y ella podía esta con quién quisiera, sin embargo, su meta final era que Martín terminara entre sus sábanas, reflejado en los espejos de su habitación, a la par que le mostrara la puntería de su dardo en la rasurada diana que le había preparado.

 

Cuando lo encontró entre la multitud le regaló su mirada desafiante, segura y una media sonrisa. Martín sabía que ella iba a acudir a buscarle, pero fingió estar sorprendido con su contacto visual, mostró a través de una gran sonrisa la grata coincidencia.

Se acercó a ella rápidamente y le susurró al oído:

-          Estás preciosa.

-          Toda la semana he estado así. –Le reprochaba ella, sin prestarle demasiada importancia.

-           ¿Me has echado de menos? –Le decía buscando su mirada.

-          Para nada, ¿Por qué iba a hacerlo? – Le atacaba con desprecio.

-          Princesa no engañas a nadie, te ha molestado que tuviera el teléfono apagado toda la semana. –Le sonreía mientras le tocaba la barbilla, esperando que Nadia le dedicara una simple mirada.

-          ¿Apagado? Pensaba que lo tenías roto. – Se giraba Nadia sorprendida y le observaba fijamente.

-          Eres una caprichosa y estás acostumbrada a tener a quién quieres, entonces te cansas y vas a por otro, yo me quiero diferenciar de todos esos pagafantas que te siguen y no quiero aburrirte, por eso decidí apagar el teléfono, para tenerte pensativa e inquieta, justamente lo que he conseguido ¿O me equivoco? –Continuaba con esa sonrisa preciosa congelada.

-          Pues claro que te equivocas, ni soy caprichosa, ni me aburro cuando alguien me gusta de verdad, no he pensado en ti, tú no me gustas nada. Que sepas que has hecho el idiota con tu estúpido plan del teléfono porque no has hablado conmigo, ni con nadie.

-          Ha valido la pena la desconexión, créeme, jajajaja, tendrías que verte ahora mismo. –Le decía con tono de burla.

-          ¡Pero que no te rías de mí, imbécil, me has tenido un poco preocupada! –Exclamaba ella, como si tuviera 15 años.

-           Mi niña, en cuanto pueda esquivar a mis amigos, te haré un gesto con el cuello y nos veremos en el coche, lo tengo aparcado en el campo de futbol. Me apetece mucho escaparme hacia el vicio delicado, a la vez que salvaje del que me tienes prisionero, espero que lleves las llaves de tu chalet.

 

Nadia no pronunció ninguna palabra, su ego estaba descolocado, saciado porque su estrategia iba a tener éxito, a la vez que dolido por haber sido víctima de otra, solo bebía, pero asintió con la cabeza la idea de acudir al coche de Martín. Él era para ella algo similar a un veneno y al mismo tiempo el antídoto.

 

No tardó más de diez minutos en estirar su cuello con motivo de la señal de huida.

Nadia acababa de pedir un cubata y llegó al coche con él, Martín intentaba abrir la puerta cuando escuchó el ruido de sus tacones, se dio la vuelta y la observó de arriba abajo.

-          Te queda muy bien ese mono, pero creo que estarás mejor sin él.

Nadia tomo un trago largo y acerco su cadera a la de él.

-          Te has portado muy mal, te mereces un buen castigo. -Manifestaba ella con un tono muy sensual, respirando del hipnótico olor de su cuello.

-          Me lo merezco, me lo merezco. -Fue lo último que le dijo.

 

Empezaron a besarse, Martín la tenía agarrada por los glúteos, la respiración de ambos crecía por segundos, Nadia notó el latir de su entrepierna y como ésta empezaba a endurecerse queriendo salir de aquellos pantalones apretados.

Era el momento de escapar hacia el deseo.

 

Martín condujo hasta el chalet y se detuvo ante la verja para que Nadia la abriese, antes de que bajara del coche le mostró un vibrador rosa con formas circulares y un lubricante anal que había adquirido esa misma mañana.

 

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