Las Provincias

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Noche improvisada.
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DolceCaroline | 17-02-2017 | 22:37

La gente convencional organiza planes y anhela el momento en que estos sucedan. Nadia y Martín eran tan imprevisibles como irracionales, esclavos del desconcierto que la situación les generaba.

Carecían de etiquetas, simplemente eran cómplices del placer adulto, una especie de secreto y confidente, causa y efecto, acción y reacción.

 

Era verano y vivían en unos pueblos dónde hacía un calor insufrible, situación que requería bañarse constantemente, no importaba que fuera por la noche. Nadia le sugirió remediar los sudores corporales de ambos en su piscina, Martín accedió a un bañito rápido, ya que el día siguiente madrugaba. Le gustaba engañarse a sí mismo, sabía que iba a distar bastante de ser rápido.

Él huía de la sensatez refugiándose en la locura de ella.

 

Martín se encontraba de sobremesa con sus amigos y la ginebra tramando la gestión de una despedida de soltero, pero no eran contrincantes para Nadia. Se despidió de ellos alegando que el día siguiente trabajaba, sus amigos conocían su profesión de bombero y dedujeron que probablemente fuese a apagar algún fuego en ese momento, pero corporal.

Apareció en el chalet veinte minutos después del ofrecimiento de Nadia.

 

La ausencia de luminosidad en aquellos caminales se veía interrumpida por los focos del BMW de Martín.

Bajó de su coche y Nadia apareció del interior del chalet con unos rizos perfectos, un trikini de cebra, tacones negros de 10 centímetros, dos copas y una botella de vino blanco. Martín tenía una altura notable, la cogió en brazos y sin mediar palabra se fundieron en una infinidad de besos.

 

- Abre la boca. – Le imponía Nadia.

 

Él obedecía sin hacer preguntas, Nadia abrió la botella y le dio de beber como si se tratase de un biberón, Martín bebía sin oponer resistencia hasta que ella paró.

 

-  Estás feísima. – Ironizaba Martín mientras la observaba cual escáner a un folio.

-  Vaya, buenas noches ¿eh? Cuenta la leyenda que mis amantes me trataban como a una princesa o una diosa. – Se defendía ella.

-  Con cuanto mentiroso has quedado, yo que te tengo aprecio te seré sincero, ni eres una princesa ni mucho menos una diosa, que sepas que eres una tía muy normalita. – Se reía él.

-  ¿Perdona? Pues te voy a dar un consejo yo, no pierdas el tiempo con una chica normalita, tú mereces follar con una divinidad. –Le reprendía ella, soltando sus brazos y apoyando los pies en el suelo.

- ¿Ya te has picado? Jajajaja… ¿Sabes lo que me merezco yo? –Expresaba él en un intento en vano de parecer formal y sensato

 

Nadia no respondía nada, solo le miraba con el ceño fruncido y una ligera incredulidad.

 

Yo me merezco lo mejor y tú eres la mejor. – Se justificaba él.

 

Sabía que era la respuesta que Nadia quería escuchar, repentinamente él la abrazó fuerte intentando no romper las copas y ella apoyó los labios en su torso lamiendo unas pequeñas gotas de vino que habían terminado ahí.

 

- Anda, sígueme. – Le ordenaba Nadia con una voz más dulce.

 

Había colocado el colchón al lado del tobogán de la piscina, para darle un ambiente más delicado llevó su ordenador con canciones emotivas. Se sentaron justo en el borde de la piscina y metieron los pies en el agua. Martín llenó las copas del vino blanco afrutado.

 

-  Por más noches como esta. –Fueron sus palabras.

-  Que este verano sea recordado como el nuestro. – Le contestó Nadia.

 

Parecía un ambiente romántico y delicado algo muy extraño en Martín y Nadia, finalizó cuando Martín la lanzó a la piscina.

 

-  ¿Eres idiota? ¡Mira mi  pelo! –Le reñía mientras Martín se quitaba la ropa velozmente.

 

Se tiró de cabeza, la atrapó con fuerza acercándole todo su cuerpo, Nadia se agarró a la escalera mientras él se colocaba dentro de ella, coqueteaba con un mechón rizado que cubría su cara y se lamía el dedo índice derecho, Martín le robó los labios y empezó a besarle pasionalmente balanceando todo su cuerpo sobre el de ella, sus lenguas bailaban rápidamente, ella mordía los labios de él, le absorbía la lengua, le palpaba su torso y sus brazos como si le fueran a cortar las manos en unos minutos, él no soltaba su cintura ni dejaba de embestirle como el rudo que llevaba dentro.

 

Nadia escapó y subió las escaleras contoneando sus caderas, Martín le siguió sin retirarle la mirada. Se sentó en el colchón y cogió la copa que estaba recargando, él abrió con fuerza sus rodillas y derramó parte de la botella de vino sobre todo su cuerpo.

 

La versión extensa de este relato, la encontrarás en:

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