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	<title>Defensa Personal contra el Cancer</title>
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		<title>Capitulo 9. LOS EJERCICIOS DE FUERZA</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jan 2012 18:27:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capitulo 9. LOS EJERCICIOS DE FUERZA]]></category>

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<div><strong>GENERALIDADES</strong></div>
<div>Una cierta fuerza muscular es indispensable para llevar a cabo, sin sufrir molestias ni lesiones, numerosas tareas que resultan imprescindibles en el acontecer diario. Por desgracia, la edad -sobre todo a partir de la segunda mitad de la vida- y el sedentarismo reducen notablemente la masa muscular del individuo, de manera que si uno no la trabaja mínimamente, se expone a que con el paso del tiempo su debilidad aumente hasta el extremo de tener dificultades para levantarse del sillón o de la cama por sus propios medios.</div>
<div>Es cierto que los ejercicios aeróbicos producen un cierto incremento de la fuerza, pero es bastante limitado y afecta al tren inferior fundamentalmente. Por tanto, es aconsejable incluir, al menos un par de veces por semana, algunos ejercicios de fuerza en la sesión de entrenamiento.</div>
<div><strong>BENEFICIOS DE LOS EJERCICIOS DE FUERZA</strong></div>
<div>– Aumentan la densidad mineral ósea, la masa corporal magra y la fuerza de los tejidos conectivos.</div>
<div>– Desarrollan la fuerza y el tono de la muscular, así como la coordinación entre los diferentes grupos de músculos.</div>
<div>– Incrementan el ritmo metabólico basal y, consiguientemente, el consumo de calorías en reposo, lo que contribuye a quemar la grasa y controlar el peso.</div>
<div>– Protegen el cuerpo contra golpes y caídas. Una musculatura bien desarrollada actúa como una armadura, disminuyendo el riesgo de sufrir fracturas y otros problemas.</div>
<div>– Promueven el fortalecimiento armónico de músculos, tendones y ligamentos, lo que produce una mejora de la postura corporal que ayuda prevenir la aparición de lesiones muy molestas, en especial las relacionadas con la espalda.</div>
<div>– Palían los devastadores efectos de la edad, retrasando el envejecimiento y aumentando las posibilidades de llevar una vida independiente al alcanzar la vejez.</div>
<div>– Producen un incremento de la salud y el bienestar general.</div>
<div>– Mejoran la percepción del propio cuerpo, al obligar al practicante a estar pendiente de sus respuestas para poder controlar los movimientos y dosificar los esfuerzos.</div>
<div>– Previenen la degradación de la masa ósea; aspecto fundamental en unos tiempos en que la osteoporosis, a causa del sedentarismo imperante, se está convirtiendo en una enfermedad cada vez más común (y no sólo en las féminas).</div>
<div>–Mejoran la sensibilidad del organismo frente a la insulina, lo que produce efectos positivos en la lucha contra la diabetes.</div>
<div><strong>TIPOS DE EJERCICIOS</strong></div>
<div><strong>Según la musculatura implicada</strong></div>
<div>Para aumentar el vigor de los principales grupos musculares, el trabajo de fuerza debe incluir, separadamente, ejercicios destinados a desarrollar los músculos del tren superior (brazos, hombros y pecho), el tren inferior (glúteos, muslos y pantorrillas), y el tronco (abdominales y parte superior e inferior de la espalda), haciendo especial hincapié en aquellos que intervienen en los movimientos más comunes de la vida diaria, fundamentalmente, los que actúan sobre la articulación de la rodilla (para levantarse de una silla o de la cama), la del codo (para transportar objetos) y las intervertebrales, que son las causantes de los problemas de espalda.</div>
<div><strong>Según el peso a mover</strong></div>
<div>De acuerdo con el principio de sobrecarga, durante el trabajo muscular se deben vencer resistencias superiores a las que el individuo afronta habitualmente. Esto se puede lograr de dos formas diferentes:</div>
<div>– Mediante ejercicios que desarrollan la fuerza a base de superar la resistencia que presenta el propio cuerpo (o determinados objetos livianos, como pueden ser unas mancuernas, unos envases de cualquier producto, una pelota, unos libros, etc.). Esta modalidad es especialmente apropiada para personas mayores, o para aquellas cuya deficiente condición física no hace aconsejable realizar esfuerzos muy intensos.</div>
<div>– A través de ejercicios cuya práctica requiere la utilización de pesas o máquinas de musculación de las que se encuentran en los gimnasios. Este es el procedimiento más indicado, aunque en absoluto imprescindible, para desarrollar la fuerza de personas jóvenes y con buena forma física; siempre y cuando dispongan del suficiente tiempo y dinero para acudir a una instalación deportiva de ese género.</div>
<div><strong>INTENSIDAD DEL EJERCICIO</strong></div>
<div>En general, se considera que un ejercicio de fuerza tiene una intensidad moderada, en relación con la persona que lo practica, cuando esta última es capaz de realizar ocho repeticiones del mismo sin llegar al agotamiento. De no ser así, el ejercicio requiere un esfuerzo excesivo, y es aconsejable sustituirlo por otro más sencillo o disminuir el peso a mover. Hay que tener presente que cuando se trabaja con cargas demasiado pesadas:</div>
<div>– no por ello se consigue un mayor incremento de la fuerza o de la salud.</div>
<div>– el riesgo de sufrir una lesión en las articulaciones o en los músculos es mucho más elevado.</div>
<div>– aumenta el peligro de sufrir un accidente cardiovascular durante la actividad.</div>
<div>En sentido contrario, cuando se pueden realizar más de 20 repeticiones seguidas de un mismo ejercicio, su dificultad no es lo suficientemente elevada para lograr una mejora significativa de la fuerza pura (aunque sí de la resistencia muscular), por lo que tal vez sería conveniente reemplazarlo por otro algo más exigente.</div>
<div><strong>DURACIÓN Y FRECUENCIA DEL EJERCICIO</strong></div>
<div>La duración de un ejercicio de fuerza, como la de cualquier otro ejercicio localizado, se suele expresar en función del número de repeticiones seguidas que se hacen del mismo. Pues bien, en un programa de intensidad moderada, como el que aquí se aconseja, ese número no debe superar el 75% del máximo que uno sea capaz de hacer antes de llegar al agotamiento. Por ejemplo, si se pueden realizar un máximo de 20 repeticiones seguidas de un determinado ejercicio, no es aconsejable hacer más de 15 (el 75% de 20) por serie.</div>
<div>En cuanto al número de series de ejercicios (repetición de la secuencia completa de todos ellos), las personas poco entrenadas en actividades de fuerza deberían limitarse a hacer una o dos, como máximo. En caso de realizar más de una serie, es aconsejable dejar una pausa de unos pocos minutos entre ellas para permitir que la musculatura se reponga parcialmente. Esa pausa se puede aprovechar para estirar los diferentes grupos musculares que han intervenido en los ejercicios, lo que favorece su recuperación y aumenta el rendimiento en la serie siguiente.</div>
<div>Con respecto a la frecuencia de trabajo, es aconsejable trabajar la fuerza un par de veces por semana, en días no consecutivos. De este modo, se concede a los músculos el tiempo suficiente para que repongan sus niveles habituales de nutrientes.</div>
<div><strong>PROGRESIÓN</strong></div>
<div>Al iniciarse en la actividad, es muy importante utilizar cargas ligeras. De este modo se facilita la correcta ejecución de cada ejercicio y se evitan lesiones y accidentes. Más adelante, la progresión se puede establecer incrementando una o varias de las variables siguientes:</div>
<div>– La dificultad de los ejercicios y/o la carga a mover en cada uno de ellos.</div>
<div>– La duración (número de repeticiones seguidas) de los ejercicios.</div>
<div>– Su ritmo de ejecución.</div>
<div>– El número de series de ejercicios.</div>
<div>– El tiempo de pausa entre ejercicios y entre series.</div>
<div>– La actitud mantenida durante las pausas: desde el reposo, hasta la marcha o el trote a diferentes ritmos.</div>
<div><strong>RECOMENDACIONES</strong></div>
<div>– Evite los sobreesfuerzos.  El entrenamiento de fuerza tiene que ser gradual. Sólo debe aumentar la intensidad de su trabajo (peso, repeticiones, etc.) cuando sea preciso para volver a percibir el nivel de fatiga habitual. Tenga presente que unos músculos y articulaciones exigidos en demasía son mucho más proclives a lesionarse.</div>
<div> –Desarrolle la fuerza armónicamente, trabajando de forma equilibrada los diferentes grupos musculares. De no hacerlo así, pueden aparecer anomalías posturales y daños en las articulaciones.</div>
<div>–Realice un calentamiento que incluya todos los músculos que se dispone a trabajar a continuación.</div>
<div>–Trate de dominar la técnica correcta de cada ejercicio. Hasta que lo logre, emplee cargas muy ligeras.</div>
<div> –No acorte el recorrido de los ejercicios. Deles la mayor amplitud posible, mediante la máxima contracción y distensión del grupo muscular correspondiente.</div>
<div>–Efectúe los movimientos con suavidad y a una velocidad de moderada a lenta. Si utiliza pesas, mantenga el control de las mismas tanto al levantarlas como al bajarlas.</div>
<div>–Sea especialmente cuidadoso con aquellos ejercicios, en especial abdominales y dorsales, que pueden afectar a la estabilidad de su columna vertebral. Es cierto que son muy útiles, entre otras cosas, para prevenir los dolores de espalda, pero si se ejecutan incorrectamente pueden resultar perjudiciales.</div>
<div>–Aprenda a respirar adecuadamente: durante la fase de contracción muscular, conviene expulsar el aire (de ahí los alaridos de los tenistas, karatecas…), e inhalarlo al deshacer el movimiento. Por ejemplo, durante un ejercicio de levantamiento de pesas, hay que espirar al subirlas e inspirar en el descenso. En las primeras sesiones, esté muy pendiente de la respiración, pues es probable que tienda a hacerla de forma opuesta a la indicada.</div>
<div>– En cuanto un ejercicio de fuerza le produzca el más ligero dolor o molestia, suspenda inmediatamente su ejecución.</div>
<div><strong>LOS EJERCICIOS DE FUERZA EN LOS ENFERMOS DE CÁNCER</strong></div>
<div>Como ya hemos indicado, entre los efectos que el cáncer y su tratamiento producen en el sistema músculoesquelético, destaca la pérdida de masa muscular y de densidad ósea; pérdida que se acentúa por la falta de actividad que suele caracterizar a estos enfermos. Por ello, si bien los ejercicios aeróbicos deben constituir el elemento principal de todo programa de acondicionamiento de un paciente con cáncer, conviene introducir en el mismo algunos ejercicios, o sesiones, destinados desarrollar la fuerza muscular, ayudando de este modo a combatir la debilidad que a menudo provoca la enfermedad.</div>
<div>Por otra parte, la intensidad que caracteriza a estos ejercicios provoca también, aunque en menor medida que los aeróbicos,  un apreciable incremento del riego sanguíneo del enfermo, que contribuye a aumentar su oxigenación y nutrición celular y sus energías.</div>
<div><strong>UN EJEMPLO DE EJERCICIOS</strong></div>
<div>A continuación, simplemente a modo de ejemplo, se expone una serie de ejercicios de musculación. Estos se muestran agrupados en tres grandes apartados: para los brazos, hombros y pecho; para las piernas; y para el tronco. Los ejercicios reflejados en cada apartado aparecen numerados en orden creciente, conforme a su nivel de exigencia. Sólo es necesario realizar un ejercicio por grupo (uno por subgrupo en los de tronco), debiéndose elegir aquel con el que es posible hacer entre 8 y 20 repeticiones seguidas sin llegar al agotamiento. Una vez que se puedan superar las 20 repeticiones, conviene pasar al ejercicio señalado con el número inmediatamente superior.</div>
<div><strong>Ejercicios de fuerza para los brazos, hombros y pecho</strong></div>
<div>1) Con los pies situados a 60-90 cm de distancia de una pared, en función de la envergadura y de la fuerza de cada cual, y con ambas manos apoyadas en la misma, realice flexiones y extensiones de brazos.</div>
<div>2) Con apoyo de las rodillas y las manos en el suelo (cuanto más separadas estén estas últimas, más predomina el trabajo de los músculos pectorales, y cuanto más juntas, el de los tríceps), flexione, y luego extienda, los brazos, manteniendo el tronco derecho. En cada flexión, trate de descender el pecho hasta que roce el suelo.</div>
<div>3) En posición de tierra inclinada adelante, con apoyo de manos y punteras en el suelo, repita el movimiento del ejercicio anterior. Tanto en la bajada como en la subida, trate de mantener  todo el cuerpo, de la cabeza a los talones, en prolongación.</div>
<div><strong>Ejercicios de fuerza para las piernas</strong></div>
<div>1) Sentado en una silla, separe el pie izquierdo del suelo y elévelo hasta que la pierna quede extendida horizontalmente y el muslo separado del asiento; luego baje el pie y apoye el muslo. Una vez realizadas las repeticiones programadas, repita el ejercicio con la otra pierna.</div>
<div>2) Sentado, manteniendo la espalda recta y las manos en las caderas, levántese del asiento; a continuación, siéntese de nuevo, sin despegar las manos del cuerpo ni doblar la espalda.</div>
<div>3) En pie, con los pies separados a la misma distancia que los hombros, flexione lentamente las rodillas —como si fuera a sentarse—, manteniendo la espalda recta y resbalando los brazos a lo largo de los costados; luego, vuelva a la posición inicial. Para evitar lesiones en la articulación de las rodillas, éstas en ningún momento deben rebasar la vertical de las punteras (ver foto). Si tiene problemas de equilibrio al realizar este ejercicio, realice la &lt;&lt;sentadilla&gt;&gt; con los brazos extendidos a la altura de los hombros</div>
<div><strong>Ejercicios de fuerza para el tronco</strong></div>
<div>Los músculos del tronco constituyen el núcleo que da fortaleza y estabilidad de nuestro cuerpo, evitan o palían los dolores de espalda, mejoran los movimientos corporales, ayudan a mantener la postura erecta y a respirar rítmicamente, y facilitan las funciones de evacuación. Para entrenarlos adecuadamente, basta con realizar un solo ejercicio de cada uno de los tres subgrupos que se indican a continuación:</div>
<div><em>Recto del abdomen</em></div>
<div>1) Tiéndase boca arriba, con las rodillas flexionadas y las manos cruzadas sobre el pecho. Desde esta posición, separe los omóplatos del suelo mediante una elevación del tronco de unos 30 grados; a continuación, descienda el tronco. Durante el ejercicio, para no tensar excesivamente la zona lumbar y el cuello, mantenga la parte inferior de la espalda en contacto permanente con el suelo, la cabeza inmóvil y la barbilla recogida. Realice el ejercicio a una velocidad moderada, concentrándose en contraer únicamente los abdominales superiores (zona del plexo solar).</div>
<div>2) Tiéndase boca arriba, con las rodillas flexionadas, los muslos elevados a la vertical y los dedos de las manos entrelazados por detrás de la nuca. Desde esta posición, manteniendo las piernas inmóviles, repita el movimiento de tronco del ejercicio anterior.</div>
<div><em>Dorsales y glúteos</em></div>
<div>1) Tiéndase boca abajo, con los brazos extendidos hacia delante. Desde esta posición, levante simultáneamente el brazo izquierdo, la cabeza y la pierna derecha (ligeramente flexionada), conservando el brazo derecho y la pierna izquierda apoyados en el suelo. Manténgase en esa posición durante unos segundos. A continuación, vuelva a la posición inicial y repita el movimiento con las extremidades del otro lado.</div>
<div>2) Tiéndase boca abajo y coloque los brazos extendidos en cruz. Desde esta posición, flexione ligeramente el tronco hacia atrás, separando los brazos y hombros unos centímetros del suelo. Mantenga esa postura de 3 a 5 segundos;  luego, descienda el tronco.</div>
<div><em>Abdominales oblicuos</em></div>
<div>1) Tiéndase boca arriba con los brazos en cruz, las rodillas flexionadas y las plantas de los pies apoyadas en el suelo; posteriormente, eleve las rodillas a la vertical, manteniendo la flexión de piernas. Desde esta posición, baje, lenta y simultáneamente, ambas rodillas hacia el costado izquierdo, deteniendo el movimiento cuando la rodilla izquierda esté a punto de rozar el suelo. A continuación, eleve lentamente las rodillas y repita el movimiento hacia el otro costado.</div>
<p>2) Tiéndase boca arriba, con las manos entrelazadas por detrás de la cabeza, la rodilla derecha flexionada y el tobillo izquierdo reposando sobre la misma. Desde esta posición, eleve lentamente el hombro izquierdo, como si tratase de tocar con el codo su rodilla derecha, pero elevándolo únicamente unos 30 grados con respecto al suelo. Mantenga esa posición durante un segundo, y luego descienda el tronco. Una vez completadas la mitad de las repeticiones establecidas para el ejercicio, realice el mismo movimiento hacia el lado contrario</p>
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		<title>Capítulo 8. LOS EJERCICIOS AEROBICOS</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jan 2012 18:24:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capítulo 8. LOS EJERCICIOS AEROBICOS]]></category>

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		<description><![CDATA[BENEFICIOS QUE PROPORCIONAN Los ejercicios aeróbicos son los más beneficiosos para la salud del individuo, por lo que deben constituir la piedra angular de todo programa de acondicionamiento físico. Sus principales ventajas son las siguientes: – Mejoran la función cardiovascular, tanto de las personas sanas como de aquellos individuos que sufren de insuficiencia cardíaca o]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><strong>BENEFICIOS QUE PROPORCIONAN</strong></div>
<div>Los ejercicios aeróbicos son los más beneficiosos para la salud del individuo, por lo que deben constituir la piedra angular de todo programa de acondicionamiento físico. Sus principales ventajas son las siguientes:</div>
<div>– Mejoran la función cardiovascular, tanto de las personas sanas como de aquellos individuos que sufren de insuficiencia cardíaca o han sido víctimas de infartos o anginas de pecho. También estimulan la formación de nuevos vasos sanguíneos, permitiendo que la sangre llegue a lugares que antes se encontraban deficientemente irrigados.</div>
<div>– Aumentan el volumen de las cavidades ventriculares, lo que supone un incremento de la eficiencia del corazón y una disminución de la frecuencia cardíaca en reposo.</div>
<div>– Siempre y cuando el ejercicio sea habitual, prolongado y de cierta intensidad, reducen la grasa corporal de las personas con sobrepeso</div>
<div>–A medio plazo, disminuyen la presión sanguínea de los hipertensos.</div>
<div>– Bajan los niveles de colesterol total en sangre, así como los de colesterol LDL («colesterol malo») y triglicéridos, mientras que aumentan los niveles de HDL («colesterol bueno»). Todo lo cual reduce el riesgo de sufrir un ataque cardíaco.</div>
<div>– Mejoran la circulación en general, la respiración pulmonar y el aprovechamiento del oxígeno por parte de los músculos (incluyendo el cardíaco), los órganos internos y la piel, lo que implica en una mayor capacidad para realizar esfuerzos y una mejoría de las funciones digestivas, renales, endocrinas, inmunológicas y mentales superiores, así como del sueño y el estado anímico.</div>
<div>– Reducen la mortalidad cardiovascular.</div>
<div>– Reafirman los tejidos y hacen que la piel recupere la lozanía perdida,  circunstancia que contribuye no sólo a estar y sentirse más joven, sino también a parecerlo.</div>
<div>– Aumentan la reabsorción del calcio por parte de los huesos, fortaleciéndolos y disminuyendo el riesgo de fracturas.</div>
<div>– Reducen los niveles sanguíneos de glucemia en los diabéticos.</div>
<div>– Disminuyen los niveles circulantes de adrenalina (la hormona del estrés) y aumentan los de endorfinas y otras sustancias cerebrales que contribuyen a bajar la tensión emocional y mejorar el estado anímico, produciendo una gran sensación de bienestar, tanto físico como psicológico.</div>
<div><strong>INTENSIDAD DEL EJERCICIO AEROBICO</strong></div>
<div><strong>Determinación de la más aconsejable</strong></div>
<div>Este es un tipo de actividad que aporta los mayores beneficios cundo se realiza a una intensidad moderada. El método más utilizado para controlar la magnitud del esfuerzo durante el ejercicio consiste en averiguar periódicamente la frecuencia cardíaca (número de latidos del corazón por minuto) y compararla con la frecuencia máxima permisible.</div>
<div>La frecuencia máxima que debe alcanzar un corazón sano en condiciones de seguridad <em>(FC máx) </em>sólo se puede conocer exactamente a través de una prueba de esfuerzo realizada por un médico. No obstante, es posible calcularla de forma aproximada utilizando la siguiente fórmula:</div>
<div>                                                                <em>FC máx = 220 – Edad </em></div>
<div>Pues bien, la intensidad del ejercicio aeróbico se considera suave cuando el que lo practica mantiene sus pulsaciones entre el 55 y el 60% de su <em>FC máx</em>; moderado, entre el 60 y el 75%; e intenso, entre el 75 y el 85%. A partir del 85% de la <em>FC</em><em> máx</em>, el ejercicio comienza a ser anaeróbico (el organismo entra en «deuda de oxígeno») y su práctica no es aconsejable salvo en deportistas muy entrenados.</div>
<div>Supongamos, por ejemplo, el caso de un individuo de 60 años que desea ejercitarse a una intensidad moderada. Aplicando la fórmula anterior, su frecuencia máxima permisible será de 220 – 60 = 160 pulsaciones por minuto, luego su frecuencia cardíaca durante el entrenamiento debe mantenerse entre el 60 y el 75% de 160; es decir, entre 96 y 120 pulsaciones por minuto. A continuación, dentro de este intervalo, en función de sus circunstancias personales, deberá concretar la frecuencia aproximada a la que pretende trabajar.</div>
<div>Afinando algo más, el American College of Sports Medicine, en su última declaración sobre la cantidad y calidad de ejercicio que recomienda para los adultos sanos, manifiesta lo siguiente:</div>
<div>&lt;&lt;Para obtener una mejora significativa en el consumo de oxígeno del organismo, la frecuencia mínima de trabajo durante el ejercicio debe estar en el 55-65% de la <em>FC</em><em> máx</em> del individuo. A partir de este mínimo, en función de la edad y del &lt;&lt;nivel&gt;&gt; de forma física que se desee alcanzar con el entrenamiento, el intervalo de frecuencias deberá establecerse conforme a lo especificado en el cuadro adjunto:</div>
<div>                                                 Frecuencia cardíaca objetivo (latidos/minuto)</p>
<table border="1" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center"><strong>Edad(años)</strong><strong></strong></div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center"><strong>FC <em>max</em></strong></div>
<div align="center"><strong>(latidos/minuto)</strong></div>
</td>
<td rowspan="12" valign="top" width="82"></td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center"><strong>Nivel básico:</strong></div>
<div align="center"><strong>55-65%</strong></div>
<div align="center"><strong>de la FC <em>máx</em></strong></div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center"><strong>Nivel intermedio:</strong></div>
<div align="center"><strong>65-80%</strong></div>
<div align="center"><strong>de la FC <em>máx</em></strong></div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center"><strong>Nivel alto:</strong></div>
<div align="center"><strong>80-90%</strong></div>
<div align="center"><strong>de la FC <em>máx</em></strong></div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">20</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">200</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">110-130</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">131-160</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">161-180</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">25</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">195</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">107-127</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">128-156</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">157-176</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">30</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">190</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">105-124</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">125-152</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">153-171</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">35</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">185</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">102-120</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">121-148</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">149-167</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">40</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">180</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">99-117</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">118-144</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">145-162</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">45</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">175</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">96-114</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">115-140</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">141-158</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">50</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">170</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">94-111</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">112-136</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">137-153</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">55</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">165</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">91-107</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">108-132</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">133-149</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">60</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">160</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">88-104</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">105-128</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">129-144</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">65</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">155</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">85-101</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">102-124</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">125-140</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">70</div>
</td>
<td valign="top" width="110">
<div align="center">150</div>
</td>
<td valign="top" width="94">
<div align="center">83-98</div>
</td>
<td valign="top" width="102">
<div align="center">99-120</div>
</td>
<td valign="top" width="91">
<div align="center">121-135</div>
</td>
</tr>
</tbody>
</table>
</div>
<div>                        Una vez fijado el intervalo correspondiente, el ejecutante tendrá que determinar, atendiendo a su condición física previa, al tiempo que lleve sin ejercitarse y a la existencia de alteraciones o enfermedades de cualquier índole, el número concreto de pulsaciones que piensa emplear en su actividad (frecuencia de referencia), procurando mantenerse en torno a esa cifra durante la mayor parte del tiempo que dedique al entrenamiento.</div>
<div>Las personas de edad avanzada y/o en mala forma física deben comenzar a ejercitarse en el nivel básico y con porcentajes próximos al 55%, aunque cuando se muestra una buena tolerancia al ejercicio el aumento hasta el 65% puede ser bastante rápido.&gt;&gt;</div>
<div><strong>Cómo tomar las pulsaciones</strong></div>
<div>En el caso de no disponer de un pulsómetro (aparato que permite observar la frecuencia cardíaca sin dejar de ejercitarse), durante las primeras sesiones habrá que suspender de vez en cuando la actividad para tomarse el pulso. Los dos accesos más fáciles para lograrlo son: la parte lateral del cuello (unos 2 cm por debajo de la barbilla) y la muñeca (en la zona situada bajo el dedo pulgar). En ambos casos, sin apretar demasiado, hay que apoyar los dedos corazón e índice sobre el sitio indicado. Una vez localizado el pulso, lo más habitual es contar las pulsaciones durante 10 segundos y multiplicar por seis el resultado obtenido (o contarlas durante seis segundos y multiplicar por 10 el resultado). La cifra que resulte indicará las pulsaciones por minuto en ese momento. No es aconsejable contar los latidos durante 60 segundos, porque, dejando transcurrir tanto tiempo desde la finalización del esfuerzo, habrán bajado significativamente y el resultado será menos fiable.</div>
<div><strong>Medios subjetivos de controlar la intensidad</strong></div>
<div>Cuando un individuo lleva cierto tiempo tomándose las pulsaciones, si al mismo tiempo presta atención a las reacciones de su organismo al ejercitarse, más tarde o más temprano aprenderá a relacionar lo que marca el pulsómetro y las sensaciones que experimenta en ese momento, y en cuanto lo consiga podrá determinar con bastante precisión la frecuencia cardíaca a la que está trabajando, sin necesidad de recurrir a ese aparato (también se «escuchan» las pulsaciones). De hecho, mi familia me regaló uno de esos artefactos hace varios años y nunca he sentido la necesidad de usarlo.</div>
<div>Existe otra forma, si bien algo más burda, de evaluar la intensidad de un ejercicio aeróbico (excepto la natación, obviamente), y consiste en tratar de mantener una conversación con un compañero (o con uno mismo, de estar solo) durante su práctica: si la elevada cadencia respiratoria no permite hacerlo, lo más probable es que el ejercicio resulte demasiado intenso, y debería aflojarse el ritmo; en cambio, el que dicha cadencia permita cantar sin demasiado esfuerzo, sería un indicio de que el ejercicio es demasiado suave y que convendría intensificarlo.</div>
<div>Por último, hay que hacer constar que el uso de determinados medicamentos (como los betabloqueantes) puede aminorar el normal crecimiento de la frecuencia cardíaca. En estos casos, lógicamente, la toma de pulsaciones para determinar la intensidad del ejercicio no sería fiable, debiendo sustituirse por un método subjetivo.</div>
<div><strong>PROGRESIÓN</strong></div>
<div>Prestar atención a las pulsaciones, y actuar en consecuencia, es también el método más sencillo y seguro para establecer una progresión adecuada en el ejercicio aeróbico. Al cabo de varias sesiones, las capacidades cardiovascular y respiratoria habrán experimentado una cierta mejora, por lo que las pulsaciones, de no aumentarse la intensidad del ejercicio, bajarán algo. En ese caso, es aconsejable aumentar el ritmo o la duración de la actividad hasta alcanzar la frecuencia cardíaca establecida inicialmente (o experimentar las mismas sensaciones, si se empleó un método subjetivo). Actuando de esta forma, es el propio organismo quién, de una forma completamente natural y espontánea, nos va dictando la progresión más aconsejable a lo largo de las sesiones de entrenamiento.</div>
<div>Como complemento a lo dicho, a continuación se recoge (aunque sin demasiado entusiasmo) una tabla publicada por el American College of Sports Medicine, en la cual se establece la progresión que debe tener la actividad aeróbica durante las primeras etapas de la actividad. Añade que una vez alcanzados los 45 minutos de trabajo, se puede aumentar paulatinamente la duración de las sesiones, si bien los aumentos superiores a cinco minutos por semana no los considera aconsejables.</div>
<p>&nbsp;</p>
<table border="1" cellspacing="0" cellpadding="0">
<tbody>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center"><strong><em>Semanas que se llevan de ejercicio</em></strong></div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center"><strong><em>Número de sesiones por semana</em></strong><strong><em></em></strong></div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center"><strong><em>Intensidad del ejercicio </em></strong></div>
<div align="center"><strong><em>(frecuencia cardíaca)</em></strong></div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center"><strong><em>Duración del ejercicio (min)</em></strong><strong><em></em></strong></div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">1</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">3</div>
</td>
<td rowspan="5" valign="top" width="144">
<div align="center">Algo menor que la frecuencia de referencia, siempre que ello permita hablar con normalidad</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">12</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">2</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">3</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">14</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">3</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">3</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">16</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">4</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">3-4</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">18</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">5</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">3-4</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">20</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">6-9</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">3-4</div>
</td>
<td rowspan="5" valign="top" width="144">
<div align="center">Frecuencia de referencia</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">21</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">10-13</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">4-5</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">22</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">14-16</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">4-5</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">24</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">17-19</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">4-5</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">28</div>
</td>
</tr>
<tr>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">&gt;20</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">4-7</div>
</td>
<td valign="top" width="144">
<div align="center">30-45</div>
</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>&nbsp;</p>
<div><strong>PRECAUCIONES AL EJERCITARSE</strong></div>
<div>Los ejercicios aeróbicos son bastante exigentes para el aparato cardiovascular, de manera que conviene tomar una serie de medidas que eviten correr riesgos innecesarios. De entre ellas destacan las siguientes:</div>
<div>– No entrene en caso de gripe, fiebre o enfermedad aguda.</div>
<div>– No lo haga en ayunas ni inmediatamente después de comer. Deje transcurrir un mínimo de dos horas entre una comida abundante y el inicio del ejercicio.</div>
<div>– Si ha ingerido alcohol o café, o ha fumado horas antes de comenzar el ejercicio, tenga presente que su frecuencia cardíaca será mayor de lo habitual y trabaje ese día con menor intensidad.</div>
<div>– Si aprieta el calor, ejercítese por la mañana temprano o por la noche, y beba mucha agua antes, durante y después del ejercicio.</div>
<div>– Lleve ropa adecuada. Abríguese en invierno y no se ponga prendas para aumentar la sudoración en verano.</div>
<div>– Coja aire por la nariz y expúlselo por la boca, especialmente si mucho frío; inspirar un aire gélido por la boca puede llegar a provocar un reflejo de vasoconstricción de las arterias coronarias (la luz de las mismas se estrecha).</div>
<div>– Comience la actividad suavemente, incremente su ritmo poco a poco, y finalícela de forma paulatina. Si el entrenamiento se comienza o termina de forma brusca, aumenta el riesgo de sufrir un accidente cardiovascular.</div>
<div>–Cuando suba una cuesta, reduzca la velocidad. Un ritmo correcto de subida es aquel que se hubiera podido mantener durante una hora de haber tenido la cuesta la longitud suficiente.</div>
<div>– No se ejercite hasta llegar al agotamiento. Si se siente algo cansado antes de iniciar la actividad, aminore su intensidad y duración.</div>
<div>– Para aumentar el rendimiento deportivo, disminuya el consumo de alimentos de origen animal (carnes, huevos…) y de azúcares elaborados (bebidas azucaradas, bollería, pastelería…), y aumente el de fruta, verduras, arroz, patatas, pasta, legumbres y ensaladas.</div>
<div>– Si al ejercitarse experimenta cualquier sensación extraña o inhabitual, suspenda la actividad y consúltelo con el médico. En especial, durante las semanas inmediatamente posteriores a haber sufrido una gripe o infección, manténgase muy alerta a estas posibles señales.</div>
<div><strong>LOS EJERCICIOS AERÓBICOS EN LOS ENFERMOS DE CÁNCER</strong></div>
<div>Conviene tener presente que, mientras las células sanas del organismo funcionan mejor en un ambiente aeróbico (rico en oxígeno), las cancerosas progresan más en uno anaeróbico. Como prueba de ello, el científico Otto Warhol ganó un Premio Nobel al demostrar que se podían crear células malignas por el procedimiento de reducir el oxígeno a un grupo de células sanas. En consecuencia, el que estos ejercicios sean los más eficaces para mejorar la oxigenación de las células corporales, es suficiente razón para que deban ocupar un lugar preeminente en el programa de entrenamiento físico de un enfermo de cáncer.</div>
<div>Pero es que, además, tres de los beneficios expuestos al comenzar este capítulo son especialmente importantes para estos enfermos, puesto que:</div>
<div>– La «mayor capacidad para realizar esfuerzos» permite sobreponerse a situaciones de debilidad y fatiga crónicas, mejorando la calidad de vida.</div>
<div>– La «mejora del estado anímico» supone una importante ayuda para superar los estados depresivos, tan comunes en estos casos.</div>
<div>– La «mejoría en la función inmunológica» ayuda a combatir la enfermedad, permitiendo contrarrestar, en cierta medida, la escasez de glóbulos blancos que provoca el tratamiento del tumor (como se dijo en el caso de los glóbulos rojos, ya que quedan pocos leucocitos, al menos fomentar su eficacia).</div>
<div><strong>EJERCICIOS MÁS RECOMENDABLES</strong></div>
<div><strong>Caminar</strong></div>
<div><em>Ventajas específicas</em></div>
<div>– Una caminata diaria, sin pararse, y a un ritmo algo más intenso de lo habitual, no sólo es una excelente alternativa a otros ejercicios aeróbicos, sino que en muchos casos es la mejor opción.</div>
<div>– Para que un ejercicio sea altamente saludable, no es preciso que requiera un gran esfuerzo. Estudios recientes han confirmado que una actividad física suave, como puede ser andar a buen ritmo, también proporciona grandes beneficios.</div>
<div>– En el aspecto puramente físico, caminar aumenta la eficiencia del corazón y los pulmones, disminuye la sensación de fatiga y ayuda a controlar el peso. En el mental y psicológico, al requerir muy poco esfuerzo y apenas producir estrés, favorece considerablemente la actividad mental, trae la paz al espíritu y permite que, paso a paso, los problemas y preocupaciones se vayan disipando, constituyendo un magnífico revulsivo contra la ansiedad, e incluso contra la depresión severa.</div>
<div>– Caminar es muy fácil. A diferencia del ciclismo, la carrera y otras actividades aeróbicas que requieren una buena condición física y un entrenamiento previo para fortalecer determinadas partes del cuerpo, prácticamente todo el mundo está en condiciones de comenzar a practicar esta actividad.</div>
<div>– Por otra parte, es un ejercicio muy económico, no precisa ninguna instalación, y tampoco exige una indumentaria especial, salvo un calzado cómodo.</div>
<div>– Produce un estrés mínimo en el corazón y el aparato locomotor, por lo que se puede realizar cualquiera que sea la edad y la condición física del ejecutante, sin necesidad exponerse a unos riesgos tan comunes en otros ejercicios aeróbicos como son las lesiones en tendones y ligamentos.</div>
<div>– Dada su escasa intensidad, su duración puede ser mucho mayor que la de otros ejercicios aeróbicos más exigentes.</div>
<div><em>Inconvenientes</em></div>
<div>Prácticamente no se le conoce ninguno.</div>
<div><em>Recomendaciones</em></div>
<div>– Escoja recorridos sensiblemente llanos, con poco tráfico, y con un suelo regular, para evitar caídas.</div>
<div>– Utilice una ropa amplia, cómoda y que favorezca la transpiración, y un calzado flexible y que no le oprima el pie.</div>
<div>– A ser posible, practique esta actividad todos los días, y hágalo a la misma hora. Tras las sesiones iniciales, fíjese metas sucesivas a alcanzar, aumentando periódicamente el ritmo y/o la duración de la marcha.</div>
<div>– Si, con el tiempo, su condición física se lo permite, puede ser aconsejable intercalar durante la marcha tramos de trote suave a lo largo del recorrido; e incluso ir alargando estos tramos hasta convertir finalmente su actividad en una carrera continuada. En este último caso, los beneficios cardiorrespiratorios que obtenga son similares a los producidos por la marcha, pero el tiempo necesario para alcanzarlos será inferior.</div>
<div><strong>Correr</strong></div>
<div><em>Ventajas específicas</em></div>
<div>– Mejora rápidamente la condición física general, siendo el ejercicio de resistencia aeróbica más practicado.</div>
<div>– Al acelerar en grado sumo el ritmo cardiovascular y respiratorio, incrementa notablemente la circulación sanguínea y la oxigenación de todo el organismo, así como la capacidad y eficiencia del corazón y los pulmones. A más largo plazo, previene las enfermedades arteriales, acrecienta la densidad ósea, dinamiza el sistema inmunitario y retrasa el proceso de envejecimiento.</div>
<div>– Dado su gran gasto energético (es uno de los ejercicios que quema más calorías), favorece la pérdida de peso.</div>
<div>– Es, junto con la natación, el deporte más completo, al trabajar, prácticamente, todos los músculos del cuerpo: cuello, espalda, hombros, brazos, abdominales, glúteos y piernas.</div>
<div>– Por el gran esfuerzo físico que requiere su práctica, y el estrés que esta circunstancia genera, es la actividad humana que provoca una mayor liberación de endorfinas, produciendo, tras su finalización, una agradable sensación de bienestar.</div>
<div><em>Inconvenientes</em></div>
<div>– Durante las primeras semanas de práctica, al no estar preparado el organismo para un ejercicio tan exigente, pueden presentarse algunos problemas: no es fácil encontrar un ritmo cómodo de carrera, se respira con dificultad y la fatiga aparece enseguida. También es bastante habitual que al principio aparezcan las agujetas. Ambas circunstancias (sufrimiento durante y después de la carrera) pueden provocar que, de no comenzar muy suave, combinándola con tramos de marcha si fuera necesario, el futuro corredor suspenda la actividad al poco tiempo de haberla iniciado.</div>
<div>– Las sucesivas zancadas provocan una acumulación de impactos contra el suelo que puede resultar perjudicial para la espalda, así como para los tendones, músculos y articulaciones del tren inferior (especialmente de las rodillas). Este problema se agudiza al correr sobre terreno duro, y es mucho más acusado en las personas que tienen sobrepeso.</div>
<div>– El correr puede llegar a crear adicción. A partir de un determinado nivel de entrenamiento, el corredor se habitúa a tener un peso muy ligero y un grado de secreción hormonal que le proporciona un gran bienestar, lo que le puede provocar un grado de dependencia hacia la carrera no muy aconsejable.</div>
<div><em>Recomendaciones</em></div>
<div>– Pase un control médico antes de iniciarse en este ejercicio; en especial, si tiene problemas cardíacos o de sobrepeso, sufre molestias en las articulaciones del tren inferior o de la espalda, o supera los 40 años.</div>
<div>– Establezca una cadencia cómoda de zancada, en consonancia con su nivel físico. De ese modo, la respiración se torna más profunda, pero sin llegar en ningún caso al jadeo, y el correr no sólo no supone un sufrimiento, sino que resulta claramente placentero. Cuando se emplea un ritmo tal, sin importar lo lento que pueda llegar a ser, que es posible mantenerlo  a lo largo de toda el recorrido con el organismo en equilibrio -es decir, con las pulsaciones estabilizadas tras la subida inicial-, se experimenta la vivificante sensación de estarse llenando de oxígeno y energía.</div>
<div>– Antes de comenzar a correr, realice un buen calentamiento, porque unos músculos rígidos y fríos están mucho más expuestos a sufrir lesiones y traumatismos de todo tipo. Esta fase puede limitarse a una marcha a paso vivo —en la que se intercalen algunos ejercicios de flexibilidad, especialmente de tronco y piernas—, seguida de unos cuantos estiramientos.</div>
<div>– En cuanto a la postura a adoptar durante la carrera, manténgase derecho, con la cabeza inmóvil, la espalda recta, el cuerpo relajado y los brazos semiflexionados. Para conseguir una mayor economía en el esfuerzo y minimizar los impactos contra el suelo, desplácese con las plantas de los pies muy próximas al pavimento, a base de impulsarse lo menos posible con el pie de apoyo, y levantar la rodilla contraria sólamente lo imprescindible para que se produzca la zancada (esta forma de correr no resulta muy estética, pero no se trata de impresionar a nadie).</div>
<div>– Respire de forma natural y con un ritmo espontáneo, únicamente regulado por las necesidades de aire que tenga su organismo en cada momento.</div>
<div>– Hidrátese adecuadamente. Si el cuerpo no dispone de suficiente agua, la sangre se espesa y el oxígeno es transportado con mayor lentitud. Además, la falta de lubricación que ello provoca, puede hacer que los tendones se calienten demasiado, aumentando el riesgo de sufrir una tendinitis. Para no romper el ritmo de carrera, salvo que las distancias a recorrer sean muy largas, beba antes de comenzar la actividad y al terminarla; y si tiene que hacerlo durante el recorrido, no se llene el estómago de agua, unos pocos tragos serán suficientes.</div>
<div>– En cuanto a la duración del ejercicio, bastan 30 minutos diarios de carrera para obtener grandes beneficios a efectos de salud. En cambio, correr durante más de una hora no resulta demasiado aconsejable: a esas alturas, el cuerpo, al disponer de muy pocas calorías para seguir ejercitándose, no tiene más remedio que tomar la energía de sus propios músculos, con la consiguiente pérdida de tejido magro.</div>
<div>– Utilice una ropa ligera para facilitar su libertad de movimientos. En cuanto al calzado, antes de adquirirlo, compruebe su comodidad y su firmeza en el momento de pisar.</div>
<div><strong>Nadar</strong></div>
<div><em>Ventajas específicas</em></div>
<div>– La natación, al desarrollar prácticamente toda la musculatura corporal, está considerada como una de las actividades aeróbicas más completas que existen. Durante su práctica, brazos, hombros, tronco y  piernas se mantienen en constante movimiento, de modo que cada brazada se convierte en un ejercicio físico que fortalece los músculos y quema la grasa que hayan podido acumular. Además, este deporte moviliza prácticamente todas las articulaciones.</div>
<div>– El medio acuático permite desplazarse con gran facilidad, aun en el caso de que el nadador tenga una pobre condición física. Otras caracteristicas de esta actividad son la ingravidez relativa que produce el hecho de flotar, la inexistencia de impactos contra el suelo, la posición horizontal del cuerpo durante el desplazamiento y la temperatura controlada del agua (en su caso). Todas estas peculiaridades permiten que las personas con problemas de movilidad, aparte de participar de los beneficios de todo ejercicio aeróbico, puedan aumentar considerablemente sus posibilidades de movimiento.</div>
<div>– Nadar es uno de los medios más eficaces para mantener y mejorar la capacidad respiratoria y cardiovascular (la posición horizontal del cuerpo elimina la gravedad y favorece la circulación sanguínea), así como la funcionalidad del sistema neuromuscular, que está obligado a realizar continuos ajustes para adaptar los movimientos corporales a un medio distinto del habitual.</div>
<div>– Mientras se nada, la ausencia de contacto con el suelo excluye cualquier riesgo de impactos y lesiones.</div>
<div>– Además este ejercicio, al liberar al cuerpo de buena parte de su peso, ayuda a prevenir y corregir muchos problemas posturales, mejora la amplitud de los movimientos y es un buen relajante para toda la musculatura corporal, en especial la de la espalda, tan castigada actualmente por la adopción de posiciones viciosas.</div>
<div>– La natación, sobre todo si se practica en una piscina climatizada, supone una mínima exigencia para las articulaciones corporales, lo que la convierte en una práctica muy aconsejable en personas obesas o que sufren de artrosis.</div>
<div>– Por otra parte, el agua templada posee un efecto terapéutico que contribuye a mantener, y en algunos casos mejorar, la movilidad de las personas que la tengan comprometida por el proceso de envejecimiento.</div>
<div>– En el plano psíquico, el mero hecho de permanecer sumergido en un medio acuático suele producir un efecto relajante. Además, la tibieza del agua transmite una sensación de calma y bienestar.</div>
<div><em>Inconvenientes</em></div>
<div>– Salvo que se practique en el medio natural (normalmente en verano), se necesita disponer de una piscina climatizada en las proximidades del domicilio.</div>
<div>– A causa de la sensación de monotonía e incomunicación que a menudo produce este deporte, el tiempo puede transcurrir muy lentamente a medida que los «largos» de piscina se van acumulando.</div>
<div>– Cuando se respira con la cabeza fuera del agua, o no se domina la técnica suficientemente, el cuerpo tiende a arquearse, lo que puede provocar molestias en la zona lumbar.</div>
<div>– El cloro que se emplea para sanear las piscinas huele mal, daña la piel y el cabello e irrita los ojos.</div>
<div>– En determinadas épocas del año no resulta demasiado atractivo ponerse un bañador y arrojarse al agua (salvo en Canarias).</div>
<div><em>Recomendaciones</em></div>
<div>– Si tiene una edad muy avanzada o apenas sabe nadar, el uso de un flotador puede aumentar su seguridad y mejorar su contacto con el medio acuático.</div>
<div>– No corra alrededor de la piscina ni camine por su borde, para prevenir posibles caídas.</div>
<div>– Antes de lanzarse a la piscina, compruebe la profundidad del agua y zambúllase correctamente.</div>
<div>– También, cerciórese previamente de que la temperatura del agua no es excesivamente diferente de la del ambiente  exterior. Esta precaución es tanto más necesaria cuanto mayor sea su edad.</div>
<div><strong>Montar en bicicleta</strong></div>
<div><em>Ventajas específicas</em></div>
<div>– Constituye la mejor alternativa a la marcha o la carrera. Los beneficios producidos son muy similares a los de estas disciplinas, pero el ciclismo presenta la ventaja de que el 80% del peso corporal gravita sobre el sillín de la bicicleta, de manera que las rodillas y el resto de articulaciones no tienen que soportar cargas elevadas (salvo que los desarrollos empleados sean excesivos), con la consiguiente reducción del riesgo de lesiones.</div>
<div>– Pedalear a un ritmo regular comporta un gasto energético bastante alto, por lo que al cabo de media hora el cuerpo se ve obligado a recurrir a sus reservas de grasa. En consecuencia, constituye un excelente medio para combatir el sobrepeso.</div>
<div>– Cualquier persona medianamente entrenada en esta actividad puede practicarla durante varias horas sin tener que esforzarse demasiado, cosa que no ocurre con el resto de ejercicios aeróbicos. Por ello, el ciclismo está considerado como el deporte de resistencia por excelencia.</div>
<div> –Si se realiza con regularidad y a buen ritmo, aumenta la elasticidad del músculo cardíaco, ventila los pulmones y oxigena los músculos.</div>
<div>– En cuanto al sistema músculoesquelético, mejora el tono y la fuerza muscular de los brazos, el tronco y, muy especialmente, las piernas, caderas y glúteos. Por otra parte, siempre y cuando se adopte una postura correcta sobre el sillín, manteniendo el tronco recto y ligeramente inclinado hacia adelante, la musculatura de la espalda permanece constantemente en tensión y se tonifica. Además, los movimientos regulares que realizan las piernas durante el pedaleo fortalecen los músculos abdominales y el cuadrado lumbar, lo que también contribuye a proteger la columna vertebral y previene la aparición de hernias discales. Y finalmente, esa columna no está expuesta a las vibraciones y golpes que generan otros deportes.</div>
<div>– Según estudios recientes, practicar el ciclismo a una intensidad moderada aumenta la potencia del sistema inmunológico, resultando muy recomendable en personas que sufren algún proceso canceroso. Es como si las células que se encargan de la defensa del cuerpo despertaran de su letargo con el pedaleo.</div>
<div>– Pedalear rítmicamente, sobre todo en un entorno natural, es una actividad extraordinariamente relajante. Como el cerebro se oxigena abundantemente y la postura corporal es bastante cómoda, permite pensar con una gran lucidez y alejar las preocupaciones. Además, la gran cantidad de endorfinas que el cuerpo segrega sobre la bicicleta convierte a este deporte en uno de los mejores antidepresivos naturales a disposición del ser humano.</div>
<div>– Según un estudio publicado por el Centro de Salud de la Universidad Alemana del Deporte, durante la práctica de esta actividad se van acumulando los siguientes beneficios: a los 10 minutos, mejora articular; a los 20, refuerzo del sistema inmunitario; a los 30, mejora a nivel cardiovascular; a los 40, aumento de la capacidad respiratoria; a los 50, aceleración del metabolismo; y a partir de los 60 minutos, control de peso, reducción del estrés y bienestar general.</div>
<div><em>Inconvenientes</em></div>
<div>– Salvo que se circule por un parque o un carril bici, existe el riesgo de sufrir accidentes tales como atropellos, choques o caídas.</div>
<div>– Una postura incorrecta sobre la bicicleta —generalmente provocada por una altura inadecuada del sillín o del manillar— puede causar molestias en la espalda. Por otra parte, el contacto con el sillín puede resultar doloroso, sobre todo durante los primeros días.</div>
<div>– Si uno circula por ciudad, está expuesto a la contaminación, el ruido y el estrés que genera el tráfico rodado.</div>
<div><em>Recomendaciones</em></div>
<div>– Antes de subirse en la bici, haga un ligero calentamiento, estirando preferentemente la musculatura de las caderas, los cuádriceps y la parte posterior del muslo.</div>
<div>– Comience la actividad con un pedaleo fácil, y luego vaya incrementando de forma progresiva la fuerza de la pedalada a través del cambio de marchas.</div>
<div>– Dosifique adecuadamente el esfuerzo, manteniendo un ritmo que le permita ir cómodo encima de la bicicleta. Está demostrado que una cadencia de 80-90 pedaladas por minuto es la que proporciona un mejor rendimiento de la energía aplicada.</div>
<div>– Siempre que pueda, salga acompañado. Es más ameno, ayuda a reducir la sensación de cansancio y es más seguro en caso de ocurrir cualquier percance.</div>
<div><em>La bicicleta estática</em></div>
<div>Este es un aparato que puede sustituir perfectamente a la bicicleta tradicional. Es cierto que su práctica es mucho más tediosa y menos relajante, pero los beneficios que reporta, salvo los emocionales, son parecidos. Además, el transistor, la televisión o un buen libro (algunos modelos actuales disponen de una especie de atril que permite leer cómodamente durante el ejercicio) pueden ayudar a solucionar ese problema. En contrapartida, es una modalidad más segura, se puede practicar en todo momento en el propio domicilio y es muy apropiada para personas de edad avanzada o que sufran determinadas limitaciones de movimiento, como dificultad para caminar, vértigo, etc.</div>
<div><strong>Ejercicios combinados</strong></div>
<div>Algunos ejercicios, como los de flexibilidad y los de fuerza, se pueden realizar, tras efectuar las correspondientes paradas, durante el desplazamiento a lo largo de un determinado itinerario, a los efectos de mantener una elevada frecuencia cardíaca durante el entrenamiento. De hecho, ya no resulta extraño ver en los parques y playas de nuestras ciudades circuitos deportivos que están provistos de &lt;&lt;estaciones&gt;&gt; en toda su longitud (materializadas con carteles descriptivos, y aparatos, en su caso), y que se encuentran a disposición de todo aquel que quiera utilizarlos.</div>
<div>Pero no es necesario acudir a instalaciones de este tipo para «aerobizar» (y perdón por el término) una sesión de ejercicios localizados; basta con intercalar, entre ejercicio y ejercicio, tramos de carrera o de marcha a lo largo de un recorrido cualquiera (que puede ser circular: por ejemplo, dando vueltas a un campo de juego y deteniéndose en sitios prefijados para ejercitarse). Incluso, si no queda otro remedio, se puede conseguir un aumento importante del consumo de oxígeno sin necesidad de salir de casa, a base de imprimir mucho ritmo a los ejercicios y correr, o andar, sobre el propio terreno durante las pausas entre ellos. Independientemente de la fórmula que se emplee, combinar un ejercicio localizado con uno aeróbico permite disfrutar simultáneamente de los beneficios específicos del primero y de los cardiorrespiratorios del segundo.</div>
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		<title>Capítulo 7. EJERCICIOS DE ELONGACION MUSCULAR (ESTIRAMIENTOS)</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Dec 2011 11:55:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capitulo 7. EJERCICIOS DE ELONGACION MUSCULAR (ESTIRAMIENTOS)]]></category>

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		<description><![CDATA[GENERALIDADES   Un cuerpo joven es, por naturaleza, un cuerpo flexible; no en vano suele decirse que los niños son de goma. No obstante, a medida que nos vamos haciendo mayores, la vida sedentaria, la aparición de enfermedades y contratiempos de todo tipo y, en especial, el inevitable paso de los años, provocan, en mayor]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>GENERALIDADES</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Un cuerpo joven es, por naturaleza, un cuerpo flexible; no en vano suele decirse que los niños son de goma. No obstante, a medida que nos vamos haciendo mayores, la vida sedentaria, la aparición de enfermedades y contratiempos de todo tipo y, en especial, el inevitable paso de los años, provocan, en mayor o menor medida, la pérdida de nuestra flexibilidad original.</p>
<p>Durante el proceso de envejecimiento, como consecuencia de las tensiones que hemos ido acumulando a lo largo de la vida, los músculos se contraen y agarrotan paulatinamente, y también aumenta la rigidez de los ligamentos que proporcionan fijeza a las articulaciones, las cuales comienzan a anquilosarse. Este deterioro progresivo de músculos y articulaciones limita los movimientos corporales y los hace más penosos, de tal manera que el cuerpo tiende a encogerse, el paso se va acortando y cada vez cuesta más trabajo realizar gestos tan sencillos como girar el cuello, agacharse para coger algo del suelo o atarse los cordones de los zapatos.</p>
<p>Todos estos problemas se han ido agravando considerablemente en los tiempos modernos, porque, aparte del paulatino envejecimiento de la población, las diversas máquinas y artilugios que nos invaden actualmente nos han ido liberando progresivamente de los pequeños esfuerzos que requería la vida cotidiana. Como consecuencia de estos &lt;&lt;adelantos&gt;&gt;, tanto en el trabajo como en el hogar cada vez nos movemos menos, y ese déficit de movilidad no sólo debilita y entumece nuestros músculos, por falta de uso, también nos impide neutralizar las tensiones, tanto físicas como psíquicas, generadas en nuestro acontecer diario; tensiones que se van grabando paulatinamente en nuestro sistema locomotor y empeoran más aún el estado de nuestra musculatura.</p>
<p>Los ejercicios de estiramiento, cuya finalidad es aumentar la elasticidad de los músculos y retrasar su envejecimiento, son una herramienta fundamental para aliviar tales problemas. Además, su práctica no requiere poseer una buena condición física, no generan fatiga y se pueden realizar en cualquier lugar, a cualquier hora del día o de la noche, de pie o sentado, en el trabajo o en casa.</p>
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<p><strong>BENEFICIOS DE LOS ESTIRAMIENTOS</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>– Aumentan la elasticidad y relajación muscular.</p>
<p>– Mantienen en buen estado las cápsulas y ligamentos articulares, evitando la pérdida de funcionalidad de las articulaciones.</p>
<p>– Mejoran la amplitud y coordinación de los movimientos corporales, que se vuelven más sueltos y fáciles.</p>
<p>– Permiten eliminar numerosas molestias y dolores musculares y previenen la aparición de una gran cantidad de lesiones, como roturas, tirones, contracturas, esguinces, dolores de espalda, etc.</p>
<p>– Disminuyen el grado de acortamiento del músculo en reposo, lo que aumenta su recorrido y la fuerza de su contracción.</p>
<p>– Reducen la tirantez muscular acumulada en el organismo, mejorando así el equilibrio psicofísico. Hay que tener presente que las tensiones musculares no liberadas terminan traduciéndose en tensiones emocionales; y viceversa.</p>
<p>– Producen un aumento del riego sanguíneo y de la oxigenación y nutrición  del tejido muscular en su conjunto, y todo ello sin consumir apenas energías, ya que, al relajar la musculatura corporal, alivian la presión que ésta ejerce sobre la red de capilares, lo que favorece la circulación.</p>
<p>– Provocan, gracias a ese incremento del riego, una elevación de la temperatura de los diferentes músculos, preparándolos para el esfuerzo posterior. Un músculo estirado previamente, trabaja mejor, rinde más y se lesiona menos.</p>
<p>– Exigen concentrarse en los diferentes músculos a estirar, para así poder relajarlos, lo que genera una mayor consciencia del propio cuerpo, de su funcionamiento y necesidades.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por todo lo indicado, estos ejercicios constituyen un medio prácticamente imprescindible para preparar al organismo antes de realizar cualquier tipo de actividad física y para recuperarlo una vez finalizada ésta, desempeñando un papel fundamental en las fases de calentamiento y vuelta a la calma de la sesión de entrenamiento.</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CUÁNDO ESTIRARSE</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Cualquier momento y lugar es bueno para dedicar unos minutos a estirar la musculatura: durante el trabajo, en el banco de un parque, en el sillón de casa, en la cama, etc. No obstante, a continuación figuran algunas situaciones en que la práctica de esta actividad resulta particularmente beneficiosa:</p>
<p>– Fundamentalmente, antes (como preparación) y después (como recuperación) de cualquier tipo de ejercicio físico.</p>
<p>– Antes de comenzar las tareas cotidianas, para desentumecer los músculos, aumentar el riego sanguíneo y elevar la temperatura corporal, ayudando al organismo a desperezarse y a afrontar el día con energía y optimismo.</p>
<p>– Unos minutos antes de acostarse, utilizando su efecto relajante que para conciliar el sueño.</p>
<p>– Tras permanecer en la misma postura durante un tiempo prolongado, para aliviar la tensión que una contracción estática continuada origina en la musculatura corporal, principalmente la del tronco y cuello.</p>
<p>– Cuando, por la razón que fuere, uno se sienta especialmente rígido, tenso o nervioso.</p>
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<p><strong>CÓMO ESTIRARSE</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Aprender a estirar la musculatura resulta bastante sencillo. No obstante, hay dos maneras de hacerlo: la correcta, basada en un estiramiento fácil, sostenido y relajado (como lo hacen los gatos); y la incorrecta, en la que se emplean movimientos de «rebote» o se fuerza el estiramiento hasta sentir dolor.</p>
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<p><strong>El estiramiento fácil</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Para efectuarlo, hay que proceder de la siguiente manera: tras adoptar la posición de partida del ejercicio, realizar el movimiento que corresponda de forma lenta y suave, y detenerlo cuando aparezca una tensión moderada en el músculo a estirar (una vez alcanzada la nueva posición, la sensación debería ser: «siento el estiramiento, pero no me duele»). A continuación, permaneciendo lo más relajado posible en esa postura, mantener la misma unos 15 segundos. Durante este tiempo, siempre que se haya adoptado la posición correcta, la tensión provocada en el músculo debería reducirse paulatinamente, hasta desaparecer. De no ser así, es muy probable que la posición sea demasiado exigente, por lo que habrá que suavizarla algo y volver a empezar. Esta fase del ejercicio restablece la elasticidad habitual del músculo y lo prepara para el estiramiento progresivo, cuya finalidad es aumentarla.</p>
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<p><strong>El estiramiento progresivo</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Partiendo de la postura alcanzada en la fase anterior, y sin solución de continuidad con la misma, se fuerza la posición un poco más, hasta volver a sentir una tensión moderada en la zona. A continuación, se mantiene esa posición unos segundos, hasta que que la presión desaparezca de nuevo.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Respiración</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Durante los diferentes ejercicios la respiración debe ser rítmica, lenta y relajada. No hay que contenerla ni forzarla en ningún momento, y si una determinada posición la dificulta, habrá que corregirla hasta que se pueda respirar con normalidad. Es muy importante coordinar respiración y estiramiento, porque cuando la primera es pausada y profunda se activan determinados resortes orgánicos que contribuyen a relajar la musculatura, condición indispensable para lograr estirarla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Temperatura</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>El frío aumenta la viscosidad de los músculos y dificulta su alargamiento, de manera que una adecuada temperatura corporal es importante para conseguir un buen estiramiento. Por tanto, es aconsejable realizar un ligero calentamiento antes de iniciar estos ejercicios, así como efectuarlos en un entorno cálido o, en su defecto, estando suficientemente abrigados</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Duración</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>El mejor modo de controlar la duración de cada estiramiento durante las primeras sesiones consiste en contar mentalmente los segundos transcurridos. Más adelante, es más cómodo llevar la cuenta del número de inspiraciones (lo habitual es que se produzca una cada tres segundos); un sistema que añade la ventaja de ayudar a coordinar respiración y estiramiento.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El reflejo de estiramiento</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Cuando un conjunto de fibras musculares se estira en demasía, bien por realizar movimientos de «rebote» o por forzar demasiado la posición, el organismo activa un mecanismo automático de defensa, llamado «reflejo de estiramiento», mediante el cual envía a dichas fibras la orden de contraerse, evitando así que un estiramiento excesivo provoque su rotura. Como consecuencia de ello, cuando se estira demasiado un músculo, lo que realmente se consigue es aumentar su tensión, en lugar de relajarlo. Además, esta forma de «estirarse», aparte de resultar dolorosa, produce una serie de desgarros a nivel microscópico en las fibras afectadas, con la subsiguiente formación de un tejido conectivo (cicatrizante) que provoca su deterioro y la pérdida de su elasticidad. <strong></strong></p>
<p>En resumen, para que un estiramiento sea beneficioso, ha de ser suave, relajado y placentero. Aquí tampoco funciona eso de «la letra con sangre entra» o lo de «no hay ganancia sin dolor»; al contrario, cuando se sufren molestias o dolores al estirar un músculo, es que está siendo tensionado en exceso y se le está perjudicando.</p>
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<p><strong>RECOMENDACIONES</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>-Mientras realiza cada ejercicio, trate de visualizar mentalmente el músculo a estirar y concéntrese en intentar relajarlo. Esta actitud mental aumenta la eficacia del estiramiento.</p>
<p>-Simultáneamente, intente relajar el resto de la musculatura corporal. En un principio, puede parecerle algo complicado, pero a medida que se vaya familiarizando con esta actividad, le resultará cada vez más fácil.</p>
<p>-Estire los diferentes grupos musculares sin prisas, con suavidad y dejándose guiar por sus propias percepciones. Cuando un estiramiento se hace correctamente, la sensación que produce es francamente agradable; es cierto que hay que provocar una cierta tensión en la zona, pero nunca dolor. No haga «rebotes» ni movimientos violentos, para evitar que se active el reflejo de estiramiento.</p>
<p>-Inicie cada ejercicio de forma suave, intensifíquelo paulatinamente y deténgalo cuando la tensión comience a ser molesta. No trate de doblarse en demasía ni de forzar la posición un poco más cada vez. No convierta la sesión de estiramientos en un concurso de flexibilidad, ya que logrará el efecto contrario. Esta es una actividad relajada y no competitiva.</p>
<p>Durante los diferentes ejercicios, respire rítmica, lenta y relajadamente. No la contenga ni la fuerce en ningún momento, y si una determinada posición se la dificulta, suavícela hasta que pueda respirar con normalidad. Es muy importante intentar coordinar respiración y estiramiento, porque cuando la primera es pausada y profunda se activan determinados resortes orgánicos que contribuyen a relajar la musculatura, condición indispensable para lograr estirarla.</p>
<p>-Adapte la intensidad y duración de los ejercicios a su estructura muscular y a las circunstancias del momento; tenga en cuenta que habrá días en que se encuentre más tenso y contraído de lo habitual.</p>
<p>-Practique los estiramientos con regularidad. Es la única manera de obtener buenos resultados.</p>
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<p><strong>LOS EJERCICIOS DE ESTIRAMIENTO EN LOS ENFERMOS DE CÁNCER</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>La recomendación de estirar con regularidad está más justificada aún en el caso de los pacientes oncológicos. Hay que tener en cuenta que buena parte de ellos tienen (tenemos) una edad avanzada, llevan una vida poco activa y su estado emocional deja bastante que desear, circunstancias todas ellas que contribuyen a que sus músculos y articulaciones se encuentren un tanto agarrotados y que su movilidad sea bastante deficiente. Pues bien, la práctica de los estiramientos permite a estos enfermos aumentar la elasticidad de su musculatura y mejorar su capacidad de movimiento. Además, estos ejercicios aportan las siguientes ventajas:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>– Alivian la presión que una musculatura excesivamente contraída ejerce sobre la red de capilares del paciente, aumentando notablemente su riego sanguíneo y su energía vital; además, sin que ello le suponga apenas esfuerzo alguno.</p>
<p>– Reducen tanto la tensión de la musculatura corporal como la nerviosa, contribuyendo así a prevenir un trastorno tan común entre los enfermos de cáncer como es la ansiedad.</p>
<p>– En muchas ocasiones, sobre todo los ejercicios encaminados a los músculos de los brazos y el tronco, es posible realizarlos desde una posición de sentado o acostado, lo que permite su práctica en situaciones de máxima postración.</p>
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<p><strong>UN EJEMPLO DE EJERCICIOS</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>A continuación, a modo de ejemplo, figura la tabla de ejercicios de estiramiento que acostumbro a hacer un par de veces al día. Por supuesto que aquí no están todos los estiramientos posibles (nuestro organismo posee más de 500 músculos) y tampoco pretendo que sean los mejores. Si me he decidido a incluirlos es porque son bastante sencillos y afectan a los grupos musculares más importantes del cuerpo. Quién desee modificar o ampliar la presente relación no tiene más que visitar cualquier página web especializada en estos temas. La duración de cada ejercicio es aproximada, debiendo ajustarse, entre otras cosas, al grado de tensión de la musculatura. Completar la tabla adjunta, una vez superadas las sesiones iniciales de aprendizaje, puede ocupar entre 10 y 15 minutos.</p>
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<p> <strong>Estiramientos de piernas</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>1) En pie y convenientemente alejado de una pared, apóyese sobre ella con los antebrazos y repose la cabeza en sus manos; simultáneamente, adelante su pierna derecha, ligeramente flexionada, hasta apoyar la rodilla en la pared, mientras mantiene la izquierda extendida y su pie completamente apoyado en el suelo. A continuación, sin levantar el talón de la pierna atrasada, desplace lentamente sus caderas hacia adelante, hasta que sienta una tensión moderada en la parte posterior de su pantorrilla izquierda (gemelo). Mantenga este estiramiento durante 30 segundos. No haga vaivenes. Una vez estirado el gemelo izquierdo, cambie de pierna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>2) En pie, busque un apoyo cualquiera que le permita mantener el equilibrio y sujete el empeine del pie izquierdo con su mano derecha. A continuación, tire lentamente hacia atrás de ese pie, aproximando su talón al glúteo izquierdo hasta que note un suave estiramiento en la cara anterior del muslo (cuádriceps). Conserve la posición durante 30 segundos y después cambie de pierna. Durante el ejercicio, mantenga la rodilla flexionada en su ángulo natural, sin cruzar la pierna hacia dentro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>3) En pie, sitúese con los pies separados a la misma distancia que los hombros y apuntando al frente. A continuación,  manteniendo las rodillas ligeramente flexionadas para no tensionar demasiado la zona a estirar, doble con lentitud el tronco hacia delante hasta que sienta un cómodo estiramiento en los tendones de las corvas. Manténgase en esa posición unos 30 segundos. Este ejercicio también estira la parte inferior de la espalda (zona lumbar).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>4) En pie, coloque el talón de su pie izquierdo sobre un apoyo cuya altura le permita estar cómodo y mantener la pierna extendida. Luego, dóblese por la cintura lentamente hacia delante, sin encorvar la espalda, hasta que sienta una cierta elongación en la parte posterior del muslo (isquiotibiales). Encuentre una posición de estiramiento que le resulte fácil, y relájese en ella unos 20 segundos. A continuación, rote la puntera del pie izquierdo hacia el lado derecho y vuelva a flexionar el tronco hasta notar el estiramiento en la cara interior del muslo (aductores), manteniendo esa posición unos 15 segundos. Por último, para alargar la musculatura de la cara exterior del muslo (abductores), repita el ejercicio anterior, pero rotando la puntera hacia el lado contrario. Posteriormente, cambie de pierna.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>5) Tumbado de espaldas, con las rodillas flexionadas y las plantas de los pies tocándose, permanezca relajado durante 30 segundos en esa posición, dejando que sea el propio peso de sus piernas el que estire toda la zona inguinal.</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Estiramientos de brazos, hombros y parte superior de la espalda</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>6) De rodillas, inclínese hacia delante mientras apoya firmemente las palmas de las manos en el suelo. Luego, manteniendo los brazos extendidos, desplace lentamente las caderas hacia atrás, como tratando de sentarse en los talones, a la vez que presiona ligeramente el suelo con las palmas de las manos. Notará el estiramiento en los hombros, brazos, costados y parte inferior de la espalda. Sin forzar demasiado, permanezca relajado en esta posición en torno a 20 segundos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>7) Bien en pie, sentado o tendido (lo que permite practicar este ejercicio, al igual que muchos de los que figuran a continuación, en cualquier momento y lugar), extienda sus brazos por encima de la cabeza, manteniendo las palmas de las manos hacia arriba y los dedos entrelazados. A continuación, sin contener la respiración, tire de los brazos ligeramente hacia arriba y atrás, hasta que sienta el estiramiento en los brazos, hombros y parte superior de la espalda; mantenga la posición unos 10 segundos. Luego, tras permanecer unos segundos con los brazos abajo, repita el ejercicio un par de veces más. Este estiramiento resulta excelente para aquellas personas que tienen los hombros  caídos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p> <img src='http://blogs.lasprovincias.es/defensapersonalcontraelcancer/wp-includes/images/smilies/icon_cool.gif' alt='8)' class='wp-smiley' /> En pie o sentado, extienda los brazos por detrás de la espalda, con las manos agarradas entre sí; mantenga el pecho fuera y la barbilla recogida. Desde esta posición, tire de los brazos hacia arriba y atrás, separándolos del cuerpo, hasta que note un estiramiento en sus brazos, hombros y pecho. Mantenga este estiramiento durante 10 segundos; luego, tras relajarse unos momentos, repítalo un par de veces más.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>9) En pie, sentado o tendido con las rodillas flexionadas, coloque sus manos por detrás de la cabeza, con los  dedos entrelazados. Desde esa posición, tire de los codos hacia atrás, como tratando de juntar los omóplatos, hasta que note una sensación de tensión en toda la parte superior de la espalda. Mantenga esa presión unos ocho segundos, y luego relájese. Repita el ejercicio dos veces más. Cuando los hombros y la parte superior de la espalda se encuentran excesivamente tensos, este estiramiento resulta especialmente útil, pues contribuye a facilitar el riego de la cabeza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>10) En pie, coloque su brazo izquierdo, doblado, cruzado por delante del cuerpo. A continuación, tire con la mano derecha del codo izquierdo, desplazándolo en dirección a su hombro derecho hasta que sienta un estiramiento en el hombro contrario y en la cara exterior  del brazo (tríceps) de ese lado. Mantenga esa posición en torno a 10 segundos; luego, tras relajarse unos instantes, repita el ejercicio un par de veces. A continuación, cambie de brazo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Estiramientos de tronco</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>11) En pie, coloque los pies separados a igual distancia que los hombros y los brazos extendidos por encima de la cabeza. A continuación, agarre con su mano izquierda la mano derecha y, lentamente,  haga una flexión lateral del tronco hacia su izquierda, al mismo tiempo que utiliza el brazo de ese lado para tirar suavemente del derecho hacia el suelo (manteniendo la cabeza entre ellos). Actuando de este modo, sentirá el estiramiento en todo el costado derecho, desde el brazo hasta la cadera. Tras mantener esta posición unos 15 segundos, realice el mismo movimiento hacia el otro lado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>12) Sentado en una silla, banco o similar, dóblese lentamente por la cintura, tratando de apoyar completamente las palmas de las manos en el suelo. Conserve relajado el tronco, cuello y hombros, y detenga el movimiento cuando  note una tensión moderada en la zona lumbar. Alcanzado este punto, mantenga la posición durante 30 segundos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>13) Tumbado de espaldas, con las rodillas flexionadas y los pies apoyados en el suelo, entrelace los dedos por detrás de la cabeza, más o menos a la altura de las orejas. A continuación, empleando únicamente la fuerza de los brazos y conservando el cuello totalmente relajado, empuje suavemente la cabeza hacia adelante, aproximando la barbilla al pecho hasta que sienta un ligero estiramiento en la parte posterior del cuello. Manténgase así unos ocho segundos y vuelva a la posición de partida. Repita el ejercicio dos o tres veces, poniendo especial cuidado en no forzar lo más mínimo el estiramiento, para no perjudicar la estabilidad de sus vértebras cervicales. Este ejercicio reduce la tensión en toda la parte superior de la espalda, hombros y cuello, favoreciendo el aporte sanguíneo a la cabeza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>14) Tumbado de espaldas, sujete su rodilla izquierda con los dedos entrelazados de ambas manos. Desde esa posición, manteniendo la cabeza cómodamente apoyada en el suelo, tire suavemente de su pierna izquierda hacia el pecho, manteniendo un estiramiento fácil de unos 20 segundos. Durante el mismo, toda la parte inferior de la espalda debe permanecer en contacto con el suelo. Luego, repita el movimiento con la pierna derecha. Este ejercicio, aunque estira los glúteos y la parte posterior del muslo, aparece en el apartado de &lt;&lt;tronco&gt;&gt; porque aplana la curvatura lumbar de la columna, ayudando así relajar la parte inferior de la espalda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>15) Tumbado de espaldas, lleve las piernas lentamente hacia atrás hasta situarlas por encima de su cabeza. A continuación, colocando las manos en las caderas para equilibrarse y controlar el estiramiento, intente aproximar sus rodillas a la cabeza todo lo que pueda, siempre que respire de forma natural. Una vez logrado lo anterior, manténgase relajado en esa posición unos 30 segundos, dejando que la fuerza de gravedad estire toda su zona lumbar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>16) Tumbado de espaldas, extienda los brazos por encima de la cabeza y mantenga las piernas juntas y estiradas, con  las punteras apuntando al frente. A continuación, inhalando profundamente, trate de extender al máximo todo el cuerpo, tirando de la punta de los dedos de las manos hacia atrás y empujando las punteras de los pies hacia el frente, como si intentase alcanzar algo con ambas extremidades. Mantenga una tensión máxima de todo el cuerpo durante unos ocho segundos, y luego suelte el aire y relájese. Después, repita el ejercicio dos veces más. Este es un buen estiramiento para los músculos abdominales, y para los situados en la caja torácica, columna vertebral, hombros, brazos, tobillos y pies.</p>
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		<title>Capitulo 6. LA SESION DE ACONDICIONAMIENTO FISICO</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Nov 2011 18:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capitulo 6. LA SESION DE ACONDICIONAMIENTO FISICO]]></category>

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		<description><![CDATA[TIPO DE EJERCICIOS QUE DEBE INCLUIR   Aunque existen tantas modalidades de ejercicio físico como cualidades tiene el cuerpo humano (de agilidad, de coordinación, de equilibrio, de velocidad de desplazamiento y de reacción, etc.), a continuación reseño los tipos más comunes y a la vez más apropiados para el tema que nos ocupa.   Ejercicios]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>TIPO DE EJERCICIOS QUE DEBE INCLUIR</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Aunque existen tantas modalidades de ejercicio físico como cualidades tiene el cuerpo humano (de agilidad, de coordinación, de equilibrio, de velocidad de desplazamiento y de reacción, etc.), a continuación reseño los tipos más comunes y a la vez más apropiados para el tema que nos ocupa.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Ejercicios aeróbicos</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>La resistencia aeróbica, también llamada orgánica, es una cualidad que permite al individuo realizar esfuerzos de  intensidad moderada y larga duración. Se desarrolla preferentemente con un tipo de ejercicios, llamados aeróbicos, cuyo principal objetivo es desarrollar la capacidad de los sistemas cardiovascular y respiratorio para abastecer de oxígeno y nutrientes a los músculos y transportar, para su eliminación, los productos de desecho que se originan durante el esfuerzo.</p>
<p>Estos ejercicios se caracterizan, en primer lugar, por ser &lt;&lt;generalizados&gt;&gt;; en el sentido de exigir la intervención de la mayor parte de la musculatura corporal; y en segundo, por requerir una intensidad moderada, de tal modo que durante su práctica el organismo consuma una cantidad de oxígeno aproximadamente igual a la que incorpora a través de la respiración. Para lograr esto último, es preciso mantener la frecuencia cardíaca entre 110 y 130 pulsaciones por minuto, según sea la edad y condición física del ejecutante. De superarse estas frecuencias, se traspasa el umbral anaeróbico y el organismo consume una mayor cantidad de la que ingresa (entra en &lt;&lt;deuda de oxígeno&gt;&gt;, lo cual supone, entre otras cosas, someter al músculo cardíaco a un esfuerzo que puede ser insano, incrementar la producción de ácido láctico a nivel muscular (el responsable de las temidas agujetas) y aumentar notablemente la sensación de sufrimiento.</p>
<p>El entrenamiento de la resistencia aeróbica incrementa la eficiencia cardiovascular y respiratoria, la energía vital y la esperanza y calidad de vida, retrasando el deterioro físico y funcional que lleva consigo el envejecimiento.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Ejercicios de fuerza</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Los ejercicios aeróbicos también producen un cierto incremento de la musculatura corporal, en especial la del tren inferior. Pero como éste no es demasiado significativo, es aconsejable realizar, al menos una o dos veces por semana, una serie de ejercicios destinados a desarrollar la fuerza de los principales grupos musculares. De no hacerlo así, la edad y la falta de actividad física van debilitando progresivamente al individuo, pudiendo llegar a reducir su masa muscular hasta el punto de que un día se sienta incapaz de llevar a cabo las tareas cotidianas más sencillas.</p>
<p>Hay que tener en cuenta que la mayor parte de la gente, a lo largo del proceso de envejecimiento, pierde entre un 20 y un 40% de su tejido muscular; pérdida que se acentúa en el caso de personas enfermas. Por lo tanto, sobre todo a partir de determinadas edades, los ejercicios de fortalecimiento ayudan a restaurar parcialmente la musculatura perdida, mejorando así la fuerza y la capacidad funcional del individuo.</p>
<p>Esta actividad está integrada por un conjunto de ejercicios que desarrollan, separadamente, la fuerza y la resistencia muscular de los principales músculos del tronco, brazos y piernas. Por lo tanto, a diferencia de los aeróbicos, se trata de ejercicios &lt;&lt;localizados&gt;&gt;, pues afectan sólo a una parte de la musculatura corporal. En consecuencia, suponen un  gasto energético muy inferior, la fatiga que provocan no es general, sino local, y el sistema cardiorrespiratorio tiene un menor protagonismo. Por ejemplo, aunque un individuo realice abdominales hasta que no pueda hacer ni una repetición más, a continuación podría ponerse a correr sin ninguna dificultad; en cambio, si corre hasta que no pueda avanzar ni un metro más, luego ni podrá hacer abdominales ni apenas tenerse en pie.</p>
<p>Los principales beneficios que producen los ejercicios de fuerza son el aumento de la densidad ósea, la masa muscular y la fuerza de los tejidos conectivos que sujetan las estructuras del cuerpo (cápsulas articulares, tendones y ligamentos). Y hay que tener presente que pequeños incrementos de la musculatura de un individuo, sobre todo si se encuentra en un estado de acusada debilidad, pueden suponer una notable mejora de su capacidad para llevar a cabo las tareas cotidianas. Por otra parte, estos ejercicios producen un aumento en el metabolismo que ayuda a controlar el peso y los niveles de azúcar en sangre.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>De flexibilidad</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Flexibilidad es la capacidad que tiene un cuerpo para doblarse fácilmente, recuperando luego su forma original. En términos deportivos, se refiere a la aptitud del cuerpo humano para desplazar los distintos segmentos óseos que concurren en una determinada articulación.</p>
<p>Hay que tener muy presente que tanto la edad como la vida sedentaria acortan y agarrotan paulatinamente los músculos y provocan un progresivo anquilosamiento de las articulaciones; circunstancias ambas que limitan la amplitud y la facilidad de ejecución de los movimientos corporales. Y si a ello añadimos que el ser humano cada vez vive más años y se mueve menos, el resultado es que cada vez hay más gente que tiene su capacidad de movimiento seriamente restringida, con el deterioro que ello supone para su calidad de vida. Pues bien, los ejercicios de flexibilidad, cuyo objetivo específico es favorecer la libertad y amplitud de los movimientos corporales, pueden mitigar este problema.</p>
<p>La flexibilidad, entendida como cualidad física, depende de dos factores:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>– La elasticidad muscular: capacidad de alargamiento de un músculo dentro de sus límites naturales, recuperando al relajarse su forma y longitud inicial.</p>
<p>– La movilidad articular: rango de movimiento que una articulación, en consonancia con su fisiología, permite a los segmentos óseos que concurren en ella.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por lo tanto, existen dos grandes grupos de ejercicios destinados a desarrollar la flexibilidad:</p>
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<p>– De elongación muscular (estiramientos): ejercicios estáticos que aumentan la elasticidad de las fibras musculares mediante el mantenimiento durante varios segundos de una determinada postura.</p>
<p>– De movilidad articular: ejercicios muy dinámicos y de escasa intensidad que, a través de movimientos amplios y repetidos de brazos, tronco o piernas, mejoran la funcionalidad de los cartílagos, tendones y ligamentos que forman parte de las diferentes articulaciones.</p>
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<p><strong>INTENSIDAD DE LOS EJERCICIOS</strong></p>
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<p><strong>Peligros del sobreesfuerzo</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Es bastante común que los que comiencen a hacer ejercicio lo hagan a una intensidad superior a la aconsejable atendiendo a su condición física. Y sucede lo mismo con no pocos deportistas de fin de semana, que pretenden compensar en los días festivos la inactividad que han mantenido durante los laborables. Pues bien, en ambos casos, el balance final suele ser fatiga, sufrimiento, lesiones y, más tarde o más temprano, como consecuencia de todo lo anterior, ausencia de la motivación suficiente para seguir entrenándose.</p>
<p>Este comportamiento responde a la creencia, bastante generalizada, de que cuanto más sacrificio comporta un ejercicio físico, mayores beneficios proporciona. Y no es exactamente así, porque si bien es cierto que la falta de actividad resulta muy perjudicial para el organismo, el pasarse en el esfuerzo puede serlo más aún. Es bastante parecido a lo que ocurre con la alimentación: tan pernicioso es no comer lo suficiente como hartarse de comida, con la diferencia de que una «indigestión» por exceso de ejercicio expone al deportista a todo tipo de lesiones y accidentes, le produce un intenso estrés y aumenta las probabilidades de que, al día siguiente de haber incurrido en un sobreesfuerzo, nuestro sufrido y esforzado atleta se encuentre de nuevo confortablemente sentado en su sillón frente al televisor.</p>
<p>La siniestra frase: «la letra con sangre entra», muy usada antiguamente al referirse a la educación en general,  y que parece dar a entender que sin sufrimiento no hay posibilidad alguna de progreso, a mi juicio es una auténtica barbaridad, al menos en el campo de la Educación Física. No obstante, es una principio que ha inspirado la actuación de numerosos profesionales de esta disciplina (y de muchas otras), los cuales, a fuerza de someter a sus sufridos discípulos a auténticas torturas físicas y mentales, han creado en amplias capas de la población un fuerte rechazo hacia todo lo relacionado con el ejercicio, cuando esta actividad, siempre y cuando se realice con regularidad y moderadamente, no sólo es muy beneficiosa para la salud sino claramente placentera.</p>
<p>Por supuesto que todo deportista que aspire a llegar a la élite en su especialidad no tiene otro remedio que llegar hasta el límite de su capacidad de rendimiento a base de esforzarse duramente y sufrir como un condenado. Pero ello no quiere decir que entrenarse de ese modo sea más beneficioso en términos de salud; más bien, ocurre todo lo contrario. Para conseguir que un ejercicio sea plenamente saludable, hay que tener muy presente la llamada «regla de los estímulos», la cual establece que los estímulos mínimos apenas producen mejora alguna, los intermedios proporcionan unos beneficios óptimos, mientras que los máximos pueden conducir a situaciones peligrosas.</p>
<p>A ello habría que añadir que las estadísticas corroboran que una excesiva intensidad o dificultad de los ejercicios está entre las causas más comunes de que se abandone la actividad física (las otras dos son el desconocimiento de los beneficios que tal actividad produce en el organismo y las lesiones y molestias que a veces provoca en el aparato locomotor).</p>
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<p><strong>Intensidad aconsejable</strong></p>
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<p>La intensidad de un ejercicio es un concepto relativo que está estrechamente ligado a la capacidad física del que lo practica. Entre otros factores, viene determinada por el tipo de ejercicio, su ritmo de ejecución, el número de repeticiones a efectuar, el número de series de repeticiones, la duración de las pausas entre ejercicios y entre series y la duración total de la actividad. El manejar correctamente todas estas variables permite graduar la magnitud del esfuerzo en función de cada situación concreta.<strong></strong></p>
<p>El mejor modo de evaluar el nivel de intensidad al que una persona se está ejercitando consiste en «escuchar» al propio cuerpo; es decir, estar atento a las señales que éste emite: jadeos, fatiga, sudoración excesiva, molestias, dolor, etc. Permanecer pendiente de estas sensaciones durante el ejercicio permite regular la magnitud del esfuerzo que se está realizando, y amoldar el mismo a las energías disponibles en cada momento y ocasión. Al actuar de esta manera, se obtiene el máximo provecho de la actividad, en términos de salud, y se evitan los riesgos que puede ocasionar el incurrir en un sobreesfuerzo.</p>
<p>Todo ejercicio físico cuyo objetivo prioritario sea mejorar la salud (lo que ahora se ha dado en llamar <em>fitness) </em>ha de efectuarse a una intensidad moderada. Para conseguirlo, el ritmo o el número de repeticiones del mismo debe mantenerse  entre el 60 y el 75% del máximo logrado por el practicante. Por ejemplo, si su límite, en cuanto a flexiones de brazos, colgado de una barra, está en 10 repeticiones; en cada sesión de trabajo (o en cada serie), sólo debería hacer seis o siete, aumentando esa cifra a medida que vaya incrementando la potencia de sus bíceps. Del mismo modo, si el tiempo mínimo en que puede recorrer (andando, corriendo, nadando, etc.) una determinada distancia es de 10 minutos; debería emplear entre 13 y 14 durante el entrenamiento, e ir disminuyendo paulatinamente esas cifras conforme  aumente su resistencia aeróbica.</p>
<p>En última instancia, todo sistema de valoración de la intensidad de un ejercicio físico debe basarse en el sentido común. Lo que en ningún caso hay que hacer es competir con uno mismo a costa del propio cuerpo; y todo el mundo sabe cuándo está llegando a su límite de rendimiento.</p>
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<p><strong>LUGAR PARA EJERCITARSE</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Hoy en día, parece prácticamente imprescindible acudir a un gimnasio para hacer ejercicio. De hecho, hace unos meses escuché por la radio la noticia de que España, siendo uno de los países de la Comunidad Europea donde se practica menos deporte, ocupa el primer lugar en cuanto al volumen de dinero (<em>per cápita</em>) que sus habitantes gastan<em> </em>en este tipo de instalaciones. Supongo que esta paradoja obedece a una obsesión nacional por el culto al cuerpo, por tener un aspecto atractivo; obsesión que llega al extremo de que que en algunos gimnasios se promueve el consumo de anabolizantes para «esculpir» mejor la musculatura de sus clientes, aun a sabiendas de los graves riesgos que ello comporta para la salud de estos últimos.</p>
<p>No obstante, cuando el principal objetivo de la actividad física es mejorar la salud, y no la estética corporal, es perfectamente posible seguir un programa de ejercicios variado, ameno y saludable sin necesidad de recurrir a una instalación deportiva. Es más, en el caso de no disponer de un espacio público idóneo, siempre es posible realizar los ejercicios localizados (de fuerza y flexibilidad) en el propio domicilio, y los aeróbicos en sus inmediaciones, o en casa, si no queda otro remedio. Esta falta de dependencia de una instalación ofrece, además, las siguientes ventajas:</p>
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<p>– El entrenamiento resulta totalmente gratuito.</p>
<p>– No solamente se economiza dinero, también el tiempo requerido para desplazarse al establecimiento correspondiente.</p>
<p>– El programa de ejercicios, al no tener que supeditarse a un horario prefijado, resulta mucho más flexible y fácil de seguir.</p>
<p>– Las actividades que se realizan al aire libre, sobre todo en el caso de las aeróbicas, son más placenteras y relajantes que las practicadas en locales cerrados (el aire es más limpio y el contacto con la naturaleza aumenta la producción de endorfinas); unos locales que en ocasiones están mal ventilados y desprenden un desagradable tufillo a sudor.</p>
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<p><strong>DURACIÓN DEL EJERCICIO</strong></p>
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<p><strong> </strong></p>
<p>Todo aquel que, tras llevar un largo periodo sin ejercitarse físicamente, se dispusiera a retomar esta actividad, debería dedicarle poco tiempo inicialmente, e ir aumentando el mismo de forma gradual a medida que el cuerpo y la mente se vayan adaptando al trabajo diario. Actuando de este modo, permite que el organismo pueda recuperarse adecuadamente tras el esfuerzo y previene la aparición de lesiones u otros problemas más serios.</p>
<p>Por ejemplo, en el supuesto de un paciente con cáncer que, partiendo de una situación de debilidad extrema, se disponga a ejercitarse, 10 minutos de ejercicio suave puede resultar una duración suficiente. Posteriormente, siempre que las sensaciones que experimente su organismo sean favorables, debería ir aumentándola poco a poco.</p>
<p>Con carácter general, si se quiere obtener un beneficio significativo en términos de salud, es necesario marcarse el objetivo de realizar, como mínimo, 30 minutos de ejercicio de intensidad moderada durante cinco días a la semana.</p>
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<p><strong>ESTRUCTURA DE LA SESIÓN</strong></p>
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<p><strong>El calentamiento</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Consiste en una serie ordenada de ejercicios cuyo objetivo es preparar al organismo para el esfuerzo posterior, mejorando así su capacidad de rendir durante la actividad principal de la sesión de entrenamiento. Un adecuado calentamiento activa los sistemas circulatorio y respiratorio, incrementa la temperatura de los músculos y articulaciones y permite que el sistema nervioso se adapte progresivamente a la actividad.</p>
<p>Esta fase de la sesión es especialmente importante para las personas mayores. Entre otras razones, porque los tejidos corporales contienen una sustancia, llamada elastina, a la que deben su flexibilidad; componente que se va perdiendo con el paso de los años, por lo que cuanto mayor sea la edad del deportista, más probabilidades tiene de sufrir una lesión cuando realiza, en frío, una actividad moderadamente intensa.</p>
<p>Para realizar un buen calentamiento conviene que tengas en cuenta las siguientes recomendaciones:</p>
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<p>– Evita aquellos ejercicios que exijan fuerza, resistencia, velocidad o agilidad: tu organismo no está preparado aún para afrontarlos.</p>
<p>– Para activar en primer lugar tus sistemas circulatorio y respiratorio, comienza con un trote suave (estático o con deslazamiento) o una marcha rápida; a continuación, activa las diferentes articulaciones mediante unos cuantos ejercicios de movilidad articular; y, por último, estira los principales grupos musculares, haciendo especial hincapié en aquellos que van a protagonizar el trabajo principal.</p>
<p>– También puedes intercalar en el calentamiento algunos ejercicios suaves de fuerza, con objeto de tonificar los músculos del abdomen, espalda, hombros, brazos y piernas.</p>
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<p>En cuanto a la forma de ejercitarse, es aconsejable lo siguiente:</p>
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<p>– Intensidad: procura que sea baja, pues tu organismo no se ha desperezado todavía. En los ejercicios localizados, no hagas un número excesivo de repeticiones.</p>
<p>– Pausas: dado que la intensidad de los ejercicios es escasa, puedes evitar las pausas entre ellos, o bien emplearlas para caminar, estirar, etc.</p>
<p>– Progresión: comienza el calentamiento con un ritmo lento y vete incrementándolo progresivamente.</p>
<p>– Duración: diez minutos suelen ser suficientes para poner en funcionamiento todos los sistemas orgánicos.</p>
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<p><strong>La parte principal</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Tras un buen calentamiento, el cuerpo se halla en una disposición óptima para afrontar la parte principal de la sesión. Esta fase puede consistir en una actividad única, bien de fuerza o aeróbica, o incluir ambas tareas de forma sucesiva; preferiblemente, primero la de fuerza, al afectar mucho menos a la fatiga general. La duración de esta fase del entrenamiento es muy variable, aunque no debería ser inferior a 20 minutos.</p>
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<p><strong>El enfriamiento, o vuelta a la calma</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Inmediatamente después de realizar un ejercicio medianamente intenso lo que nos pide el cuerpo es que nos sentemos a descansar, pero no es lo más recomendable. La fase de enfriamiento, consistente en pasar de forma paulatina de la actividad plena al reposo, tiene como objetivo que, una vez finalizado el trabajo, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial desciendan lentamente. De esta forma, el riego sanguíneo se mantiene relativamente alto durante un tiempo y los capilares no se cierran de golpe, lo que permite la adecuada eliminación de los productos de desecho depositados en el tejido muscular como consecuencia de las combustiones realizadas durante el ejercicio (entre ellos, el ácido láctico, cuya cristalización es la responsable de las temidas agujetas), favoreciéndose así la recuperación no sólo de los músculos, sino de todo el organismo.</p>
<p>Pero es que, además, a causa de las intensas y repetidas contracciones que tuvieron lugar durante la fase principal de la sesión, la musculatura se queda parcialmente agarrotada. Una rigidez residual que hace que los músculos ejerzan presión sobre su red de capilares e impidan que la sangre arterial llegue a las células en cantidad suficiente, por lo que esas células tendrán dificultades para reponer el oxígeno y los nutrientes consumidos durante el ejercicio. Pues bien, los ejercicios de estiramiento incluidos en esta fase ayudan a eliminar la contracción muscular remanente y a solucionar ese problema, facilitando así la recuperación de la musculatura y dejándola en una buena disposición para afrontar, sin riesgo de lesión, la siguiente sesión de entrenamiento.</p>
<p>Por las dos razones que se acaban de exponer, toda fase de enfriamiento debe incluir, entre otros ejercicios, un trote suave, o una marcha rápida, a ritmo descendente, que garantice una bajada paulatina de las pulsaciones, y unos ejercicios de elongación que ayuden a restablecer la elasticidad de los músculos que se acaban de trabajar.</p>
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<p><strong>MEDIDAS DE PRECAUCIÓN AL HACER EJERCICIO</strong></p>
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<p><strong>Antes de comenzarlo</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>La mayor parte de los adultos sanos pueden comenzar a ejercitarse sin más precaución que hacerlo a una intensidad moderada. En cuanto a las personas con problemas de salud, lo más probable es que tampoco tengan impedimento alguno, pero antes deben consultarlo con el médico. En especial, aquellas que padezcan alguna de las enfermedades o alteraciones que se relacionan a continuación:</p>
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<p>– Problemas cardíacos.</p>
<p>– Dolores en el pecho.</p>
<p>– Presión sanguínea alta.</p>
<p>– Mareos o problemas de equilibrio.</p>
<p>– Asma.</p>
<p>– Problemas en los huesos, músculos o articulaciones.</p>
<p>– Diabetes.</p>
<p>– Cualquier otro síntoma nuevo o no diagnosticado, como debilidad o dolores de cabeza.</p>
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<p><strong>Durante el mismo</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Revisa el entorno antes de ejercitarte. Para evitar accidentes, comprueba si el lugar de entrenamiento está bien iluminado y libre de obstáculos y si todos los equipos y aparatos a utilizar, en su caso, se encuentran en perfectas condiciones de funcionamiento.</p>
<p>Haz unos cuantos ejercicios de calentamiento antes de comenzar el trabajo central de la sesión y de enfriamiento antes de finalizarlo.</p>
<p>Inicia el entrenamiento al menos 2 ó 3 horas después de la última comida. El proceso digestivo necesita abundante sangre para llevarse a cabo, sangre que se desviaría hacia la musculatura de no adoptarse esta precaución.</p>
<p>Toma abundante líquido: antes del entrenamiento, para evitar una deshidratación durante el mismo, y al terminarlo, para recuperar el que hayas podido perder a través del sudor. Bebe aunque no tengas sensación de sed, y si son bebidas isotónicas, mucho mejor, ya que ayudan a reponer los carbohidratos y electrolitos que has consumido.</p>
<p>Al ejercitarte, utiliza ropa y accesorios adecuados. Para caminar o correr, usa unas zapatillas cómodas y robustas. Los productos de calidad suelen ser más caros, pero duran más y reducen el riesgo de sufrir lesiones. No emplees fajas ni prendas muy abrigadas para aumentar la sudoración: aparte de que no ayudan a adelgazar, favorecen la deshidratación, con los riesgos que eso acarrea.</p>
<p>No desafíes a la climatología. Si te vas a ejercitar al aire libre, evita las horas de calor o frío excesivos. En caso de altas temperaturas, sé especialmente cauto: toma abundante líquido, usa ropa ligera y procura permanecer a la sombra durante el ejercicio. Si el clima es frío, abrígate por capas y vete desembarazándote de ropa a medida que vayas entrando en calor. La calidad del aire es también muy importante, así que procura hacer ejercicio en las horas en que el tráfico rodado es menor.</p>
<p>Estate atento a las reacciones de tu cuerpo durante el entrenamiento. Si detectas alguna sensación que no se corresponde con el ejercicio que estás realizando —en especial, mareos, dificultad para respirar, dolor de cabeza, sudoración excesiva, dolor en el pecho, en el estómago o en cualquier otro lugar—, suspende inmediatamente la actividad. Y si los síntomas no desaparecen, consúltalo con tu médico.</p>
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<p><strong>Específicas para la tercera edad</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>La actividad física es un medio muy eficaz de prevenir enfermedades y promover la salud. Por ello, aunque su práctica es muy aconsejable a todas las edades, lo es más aún en el caso de las personas mayores. Por tanto, es muy conveniente que esta capa de población, con objeto de retrasar lo más posible su deterioro físico, se ejercite, al menos, durante 30 minutos al día, y preferiblemente todos los días. Si te decides a hacerlo, es necesario que adoptes  las siguientes precauciones:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>– No comiences un programa de entrenamiento sin contar antes con la correspondiente autorización médica.</p>
<p>– Preferentemente, elige actividades encaminadas a desarrollar tu resistencia cardiorrespiratoria, siempre que no te supongan esfuerzos intensos. Los prolongados y de suave intensidad son mucho más saludables y seguros.</p>
<p>– Controla regularmente tu pulso mientras te ejercitas, y si es demasiado rápido disminuye la intensidad del trabajo o haz una pausa para descansar.</p>
<p>– Comprueba el tiempo que tardas en volver a tus pulsaciones habituales en reposo una vez finalizada la actividad; si éste es inusualmente largo, puede ser que algo no marche bien.</p>
<p>– Procura ejercitarte regularmente. Si has tenido que suspender el trabajo durante un tiempo, al reanudarlo, baja su intensidad durante las primeras sesiones.</p>
<p>– Si un día te encuentras más cansado de lo normal, no te fuerces; reduce la intensidad del ejercicio. No siempre vas a tener las mismas energías o el mismo ánimo para entrenarte.</p>
<p>– Si comienzas a jadear o notas el menor síntoma de dolor, mareo, vértigo o dolor de cabeza, suspende inmediatamente la actividad.</p>
<p>– Realiza un ejercicio tanto más ligero cuanto mayor sea tu edad. Con los años, si no se adoptan las precauciones oportunas, aumentan en gran manera las posibilidades de sufrir una lesión.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En resumen, si deseas mejorar tu estado físico, debes ser perseverante (Roma no se hizo en un día); paciente (en el deporte los resultados se obtienen a largo plazo); realista (hay que ser consciente de las propias limitaciones, sobre todo a partir de determinada edad); y precavido (las lesiones y accidentes son tu peor enemigo, de manera que no conviene arriesgar).</p>
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<p><strong>ALTERNATIVAS AL EJERCICIO</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Si no te sientes capaz (o no te da la real gana) de entrenarte con regularidad, al menos podrías adoptar una serie de medidas que te permitan, sin apenas esfuerzo, llevar una vida algo más activa. Las pautas de comportamiento que  expongo a continuación suelen producir un cierto bienestar rápidamente, de manera que si te decides a incorporarlas a tu vida diaria, quizás te sirvan de estímulo para esforzarte un poco más cada vez, e incluso llegue el día en que, sin apenas darte cuenta, termines realizando un auténtico ejercicio que te aleje definitivamente del sedentarismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>– Procura caminar en lugar de usar los medios de transporte. Si utilizas un transporte público, bájate un par de paradas antes de llegar a tu destino. Usa menos tu automóvil y, cuando lo uses, trata de aparcarlo algo más lejos de lo habitual.</p>
<p>– Utiliza las escaleras como una alternativa al ascensor.</p>
<p>– Tanto en el trabajo como en el hogar, dedica un par de minutos cada hora a «estirar las piernas» y activar los músculos.</p>
<p>– Aprovecha los momentos de ocio para movilizar las articulaciones a base de ejercicios de poca intensidad.</p>
<p>– Si tu trabajo te permite hacer una pausa (por ejemplo, para almorzar), destina diez minutos de la misma a caminar.</p>
<p>– Date un breve paseo antes de la cena. Para ello basta con que sustituir quince minutos de publicidad televisiva por un par de vueltas a la manzana. Tu mente también lo agradecerá.</p>
<p>– Efectúa a pie las compras sencillas de cada día.</p>
<p>– Saca a pasear a tu perro todos los días (os sentará bien a los dos).</p>
<p>– Cuando camines, procura ir acelerando tu paso progresivamente. Si te es posible, utiliza itinerarios que presenten subidas y bajadas.</p>
<p>– Cuando veas la televisión, hazlo sentado, en lugar de recostado o tumbado en el sofá. Mantén lejos de ti el mando a distancia; así no tendrás otro remedio que levantarte cuando quieras cambiar de canal.</p>
<p>– A ser posible, habla por teléfono de pie, en lugar de sentado.</p>
<p>– Haz las cosas personalmente. No pidas que te traigan algo; ve tú mismo a buscarlo.</p>
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]]></content:encoded>
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		<title>Capitulo 5. EL PROGRAMA DE ACONDICIONAMIENTO FISICO</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Nov 2011 21:25:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capitulo 5. EL PROGRAMA DE ACONDICIONAMIENTO FISICO]]></category>

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		<description><![CDATA[NECESIDAD DE ESTABLECER UN PROGRAMA La ausencia de actividad física es, en sí misma, una situación de riesgo, como lo pueden ser el tabaquismo o la hipertensión; riesgo que es tanto más acusado cuanto mayor es la edad y debilidad del individuo y peor su estado de salud. Según algunos estudios, la combinación de sedentarismo]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div><strong>NECESIDAD DE ESTABLECER UN PROGRAMA</strong></div>
<div>La ausencia de actividad física es, en sí misma, una situación de riesgo, como lo pueden ser el tabaquismo o la hipertensión; riesgo que es tanto más acusado cuanto mayor es la edad y debilidad del individuo y peor su estado de salud. Según algunos estudios, la combinación de sedentarismo y una dieta deficiente fue la segunda causa de mortalidad en los Estados Unidos en 1990 (la primera lo fue el consumo de cigarrillos).</div>
<div>En el supuesto de que algún lector, acaso favorablemente influido por lo expresado en los dos capítulos anteriores, estuviera tentado de incorporar el ejercicio físico a su forma de vida, en primer lugar tiene que decidir las actividades que pretende realizar, y luego confeccionar, sobre esa base, el correspondiente programa de entrenamiento. Actuando de este modo se evitan improvisaciones y se establece una rutina a cuyo amparo resulta mucho más sencillo ejercitarse. Porque si cada día hay que decidir lo que uno va a hacer, con qué intensidad lo va a hacer, en qué lugar, a qué hora, con qué medios, etc., los beneficios aportados por el ejercicio serán bastante escasos, siendo muy probable que se produzca el  abandono de la actividad al poco tiempo de haberla iniciado. Además, una adecuada planificación del trabajo permite, a través del seguimiento del programa establecido, conocer periódicamente los progresos obtenidos a lo largo del mismo, lo cual es una excelente manera de motivarse.</div>
<div>Por otra parte, esta labor de programación  no se puede encargar a otra persona. A diferencia de las terapias anticancerígenas, que las prescribe el especialista en oncología, ningún especialista en Educación Física está suficientemente capacitado para «recetar» un programa de entrenamiento a un individuo en concreto (salvo que sea su entrenador personal), puesto que uno de los principios metodológicos de esta disciplina establece que todo ejercicio, para ser realmente útil, debe adaptarse a las circunstancias personales y a la respuesta orgánica de quien pretende llevarlo a cabo.</div>
<div>Confeccionar un programa de entrenamiento requiere, entre otras cosas, establecer el tipo de actividad o actividades a realizar, así como su intensidad, duración y frecuencia. Y el único realmente facultado para fijar correctamente todas estas variables del programa no es otro que su destinatario, para lo cual deberá atender, fundamentalmente, a los siguientes aspectos:</div>
<div>– Su situación particular: edad, estado de salud, sexo, peso corporal, tiempo que lleva sin hacer ejercicio físico, etc. Este apartado debe ser prioritario.</div>
<div>– Sus aficiones: este es un aspecto que, en principio, no parece demasiado relevante, pero si uno elige una actividad que no le motiva lo suficiente, bien porque la encuentra monótona y aburrida, o porque le resulta excesivamente complicada o fatigosa, es muy probable que más tarde o más temprano renuncie al entrenamiento.</div>
<div>– Las instalaciones y medios con los que cuenta para hacer ejercicio, o a los que puede acceder fácilmente.</div>
<div>– El tiempo de que dispone diariamente para ejercitarse.</div>
<div>– La respuesta del organismo tras haber comenzado el programa, debiendo establecer modificaciones en el mismo si lo estimase necesario.</div>
<div><strong>MOTIVACIÓN PARA SEGUIRLO</strong></div>
<div>Ante la evidencia, que ya sólo discuten los muy recalcitrantes, de que el ejercicio ayuda a vivir más y mejor, no resulta excesivamente difícil animarse a practicarlo con regularidad. De hecho, casi todo el mundo lo ha intentado alguna vez en su vida (como el dejar de fumar). El problema estriba en que lo beneficioso para la salud no es empezar a ejercitarse, sino perseverar en el esfuerzo, día a día, a lo largo de los años.</div>
<div>A una persona que está acostumbrada a practicar ejercicio habitualmente, eso es algo que no le supone el menor problema puesto que entrenarse le hace sentirse bien y lleno de energía, mientras que el día que no puede hacerlo se nota con un tono vital más bajo y de bastante peor humor. Las dificultades se presentan cuando una persona con gustos y hábitos sedentarios comienza a someterse a un programa de ejercicios. Tanto es así que, salvo que tenga el firme compromiso de persistir en su empeño contra viento y marea, lo más probable es que sus buenas intenciones no le duren demasiado.</div>
<div>Para esa persona, el primer mes suele ser crucial, pues durante el mismo ni su cuerpo ni su mente se encuentran preparados para desarrollar un trabajo físico regular y la tentación de abandonar suele ser muy fuerte. Por tanto, si el programa establecido de inicio no es lo suficientemente suave y sencillo de realizar, es muy posible que le ocasione tal estrés que termine por desistir. Sin embargo, una vez rebasada esa frontera temporal, comenzará a notar una cierta mejoría física y el entrenamiento cada vez le supondrá un menor esfuerzo, por lo que estará en el buen camino para hacer del ejercicio un hábito que le dure toda su existencia.</div>
<div>Por otra parte, establecer una serie de metas sucesivas a alcanzar a lo largo del programa y hacer un seguimiento de su grado de cumplimiento mediante la observación y registro de los progresos obtenidos, suele ser un excelente estímulo para perseverar en el entrenamiento. Ahora bien, hay que tener en cuenta que tales progresos no son lineales: al principio suelen ser bastante acusados, pero luego disminuyen paulatinamente.</div>
<div><strong>PRINCIPIOS RECTORES DEL PROGRAMA</strong></div>
<div>Existen cinco principios básicos que deben regir la confección de un programa de entrenamiento:</div>
<div><strong>Sobrecarga</strong></div>
<div>Expresa que los ejercicios incluidos en el programa tienen que suponer, para el que se dispone a seguirlo, un esfuerzo mayor que el empleado en sus actividades cotidianas. Por ejemplo, un paciente oncológico que está acostumbrado pasarse todo el día sentado en un sillón, y cuya programa inicial contempla el caminar diez minutos, cada dos horas, a lo largo del pasillo de su domicilio, puede obtener grandes beneficios de esa actividad, mientras que a un bombero o un guarda forestal les haría perder condición física.</div>
<div><strong>Progresión</strong></div>
<div>Refleja la necesidad de permitir que el organismo se vaya adaptando paulatinamente al esfuerzo. Para lograrlo, el trabajo inicial debe ser suave en relación con la condición física del ejecutante, y luego hay que ir aumentándolo poco a poco en intensidad y duración en función de la respuesta que se vaya obteniendo. Volviendo a nuestro paciente anterior, si el primer día realiza un ejercicio demasiado intenso para su estado físico, es muy posible que al día siguiente esté agotado, puede ser que lesionado, y probablemente arrepentido de haber abandonado su confortable sillón. Por contra, si permanece durante varios meses realizando el mismo número de recorridos por el pasillo, y a un ritmo similar, se estará limitando a hacer un ejercicio de mantenimiento, es decir, a &lt;&lt;mantener&gt;&gt; su lamentable estado físico; y en consecuencia, lo más probable es que no experimente mejora alguna, se desmotive y asimismo termine por abandonar. En definitiva: el programa debe ser relativamente cómodo de seguir durante su fase inicial, y contemplar un aumento paulatino de la cantidad e intensidad de trabajo acorde con la mejoría experimentada.</div>
<div><strong>Especificidad</strong></div>
<div>Advierte de que las mejoras que acompañan al ejercicio físico sólo se producen, básicamente, en los órganos, músculos y articulaciones estimulados durante el mismo. Por ejemplo, un ejercicio de resistencia aeróbica mejora mucho la capacidad cardiovascular y respiratoria del practicante, pero escasamente su flexibilidad y su fuerza, salvo la de las piernas. En cambio, un ejercicio abdominal contribuye a estabilizar la columna y a reducir tripa, pero apenas mejora la musculatura de las extremidades o la resistencia aeróbica. De este principio se desprende la conveniencia de que el programa de entrenamiento sea equilibrado, en el sentido de incluir diferentes tipos de ejercicios, dirigidos a mejorar separadamente la resistencia, la fuerza y la flexibilidad de los músculos y articulaciones más importantes del cuerpo.</div>
<div><strong>Variación interindividual</strong></div>
<div>Establece que las adaptaciones que se producen a lo largo de un período de entrenamiento físico no son uniformes, sino que varían de una persona a otra. La magnitud de la respuesta depende, entre otros factores, de la edad del ejecutante: en general, el joven experimenta una mejoría mayor y más duradera que el anciano; de su condición física previa al comienzo del programa: normalmente progresan más los que, como en el caso de nuestro paciente con cáncer, están en peores condiciones físicas; de su nivel de estrés: el avance suele ser mayor en las personas habitualmente relajadas; y de su capacidad de recuperación. Esta variedad en las respuestas individuales obliga a ser  prudente y flexible a la hora de concretar tanto los objetivos del programa de fortalecimiento como los plazos establecidos para conseguirlos.</div>
<div> <strong>Reversibilidad</strong></div>
<div>Manifiesta que los progresos conseguidos con el ejercicio no duran eternamente. Una vez abandonado el programa, la condición física a que se ha llegado comienza a disminuir paulatinamente, si bien deben transcurrir varias semanas, o incluso meses, para volver a los niveles de partida. Por lo general, la resistencia aeróbica empieza a decrecer de forma significativa a los 15 días de haber dejado de ejercitarla, y al cabo de cuatro semanas suele haberse reducido a la mitad. En cuanto a la fuerza, parece ser que basta con realizar una o dos sesiones semanales de ejercicios de este tipo para mantenerla en unos niveles similares. Con respecto a la regularidad en el seguimiento del programa, en general es recomendable no permanecer más de siete días seguidos sin entrenar, salvo en caso de enfermedad o causa mayor.</div>
<div><strong>CUALIDADES QUE DEBE REUNIR EL PROGRAMA</strong></div>
<div>Para lograr que el programa de ejercicios sea lo más sencillo, cómodo y eficaz posible, éste debe reunir las siguientes cualidades:</div>
<div><strong>Precisión</strong></div>
<div>Es necesario consignar al detalle, en función del estado de forma, aficiones y posibilidades reales de cada cual, los siguientes extremos: ejercicios a realizar (incluyendo intensidad, frecuencia y duración),  horario y lugar de realización, y objetivos parciales y finales que se persiguen con el programa, estableciendo a renglón seguido una progresión que permita alcanzarlos.</div>
<div><strong>Realismo</strong></div>
<div>Hay que ser humilde y no sobrevalorar la propia capacidad. Tanto las actividades contempladas en el programa como las metas a alcanzar durante el mismo tienen que ser razonables, puesto que un plan demasiado ambicioso puede provocar tal estrés y frustración en el practicante que le induzca al abandono de la actividad.</div>
<div><strong>Sencillez</strong></div>
<div>Hay que elegir ejercicios que sean fáciles de realizar, que se puedan encajar sin problemas en el horario habitual del ejecutante, y que no requieran grandes desembolsos, medios o instalaciones sofisticadas o largos desplazamientos. No es imprescindible acudir a un gimnasio u otra instalación deportiva para realizar un entrenamiento variado, atractivo y saludable.</div>
<div><strong>Amenidad</strong></div>
<div>Lo preferible es que el programa contemple más de una actividad, y que las elegidas no sean excesivamente monótonas o aburridas. En este aspecto, la presencia de un compañero de ejercicio o, en su defecto, de un transistor puede resultar muy útil para combatir el tedio durante las sesiones de trabajo.</div>
<div><strong>Continuidad</strong></div>
<div>Para conseguir que el organismo se termine acostumbrando al ejercicio, es conveniente programar un mínimo de cuatro días semanales de actividad (como dijo el poeta Ovidio: «La gota de agua horada la roca no por su fuerza, sino por su constancia»).  No obstante, en la práctica, son muchas las personas, entre las que lamentablemente se encuentran mi mujer y mis dos hijos, que se limitan a hacer ejercicio algunos fines de semana; o bien durante las vacaciones, como una forma de pasar el rato; o justo antes del verano, para poder lucir mejor el bañador; o después de las fiestas Navideñas, con objeto de perder los kilos acumulados durante esos días&#8230; En una palabra, cuando se les ocurre. Pues bien, esta forma discontinua de ejercitarse somete al cuerpo y a la mente a unos esfuerzos para los que no se encuentran preparados, por lo que genera fatiga y sufrimiento, y no sólo no supone mejora alguna para la salud, sino que en ocasiones resulta perjudicial. El ejercicio físico es extremadamente saludable cuando se practica con regularidad, pero de no ser así puede resultar hasta peligroso.</div>
<div><strong>Flexibilidad</strong></div>
<div>Una excesiva rigidez en el plan de trabajo puede llegar a dificultar su seguimiento. El programa no debe ser considerado como una norma estricta e inmutable, a cumplir a rajatabla, sino como una pauta general de comportamiento cuya materialización concreta depende de las circunstancias del momento. No amanecemos igual todos los días; hay ocasiones en las que nos levantamos más tensos, o tenemos menos energías, tiempo o humor para realizar la actividad programada, y en circunstancias así hay tener presente que lo importante no es ceñirse al plan previsto, sino hacer algún tipo de ejercicio. Por poner un ejemplo, si un día está programado correr pero no nos sentimos con la fuerza o el ánimo suficiente, antes que no hacer nada, es preferible sustituir la carrera por una caminata a ritmo rápido hasta el lugar de trabajo.</div>
<div><strong>EL PROGRAMA DE FORTALECIMIENTO PARA EL ENFERMO DE CÁNCER</strong></div>
<div>En principio, salvo en casos muy extremos o prescripción médica en contrario, no existe razón alguna para que un paciente oncológico renuncie a la posibilidad de mejorar sus energías y su estado anímico a través del correspondiente programa de ejercicios. Es más, una vez tomadas las precauciones pertinentes en cada caso, la mejora experimentada por uno de estos enfermos puede ser muy superior a la conseguida por un individuo sano.</div>
<div>Lamentablemente, tampoco en este caso es posible establecer un programa que sea especialmente apropiado para todos los pacientes con cáncer, ya que, entre otras cosas, la condición física de tales enfermos es muy variada, puesto que este colectivo incluye desde grandes atletas hasta enfermos terminales. De todas maneras, si tratamos de establecer el perfil de un paciente tipo (al que en especial pretende ir dirigido este trabajo), correspondería a una persona de edad avanzada (el 67% de los fallecimientos por cáncer corresponde a personas mayores de 65 años) y que se encuentra en unas condiciones físicas y psicológicas un tanto deterioradas a causa de la enfermedad.</div>
<div>Todo aquel que, respondiendo en mayor o menor medida a este perfil, se disponga a confeccionar su propio programa de ejercicios, aparte de seguir las recomendaciones generales expuestas en los epígrafes anteriores, debería tener en cuenta las siguientes:</div>
<div>-Los ejercicios aeróbicos deben constituir  la base de su programa de entrenamiento. En especial, porque, aumentan el nivel de oxigenación y alimentación del organismo, permiten combatir eficazmente la fatiga por cáncer y previenen los estados depresivos.</div>
<div>-Los ejercicios de estiramiento también deben ocupar un lugar relevante en el programa. Fundamentalmente porque, dado su carácter estático, apenas repercuten en la fatiga del enfermo, aumentan notablemente su riego sanguíneo sin necesidad de recurrir a ejercicios más intensos, e incrementan su elasticidad muscular, permitiendo así  mejorar una movilidad es probable tenga bastante limitada como consecuencia de su edad y la falta de actividad.</div>
<div>-Al menos uno o dos días por semana, el programa de entrenamiento también debería incluir algunos ejercicios de fuerza de escasa intensidad, con objeto de contrarrestar la pérdida de peso y masa muscular que a menudo provocan tanto el cáncer como su tratamiento.</div>
<div>Por último, creo conveniente insistir en que prácticamente cualquier enfermo, por muy débil que se encuentre, tiene en su mano la posibilidad de incrementar su actividad cardiovascular, y por consiguiente sus energías, a través de los ejercicios que se detallarán en los capítulos posteriores. Hay que tener en cuenta que, aparte de los ejercicios respiratorios, existen ejercicios de flexibilidad, como los estiramientos, y de fuerza, como algunos isométricos (por ejemplo, apretar fuertemente el puño y mantener la tensión durante varios segundos), que permiten incrementar  el riego sanguíneo sin apenas esfuerzo; y que, además, muchos de ellos se pueden realizar sin necesidad de levantarse del sillón o de la cama. No es que hacerlo de este modo sea lo más aconsejable, pero siempre será mejor que no hacer nada, y puede suponer un primer paso para que el paciente supere su estado de postración y comience a recuperarse.</div>
<div>Asimismo, considero necesario recalcar que antes de someterse a cualquier tipo de actividad física, por liviana que sea, el enfermo debe comprobar que su organismo se encuentra en condiciones de tolerarla. Este requisito es tanto más importante cuanto mayor sea su edad y peor su condición física. En cualquier caso, es imprescindible que lo consulte previamente con el médico.</div>
<div><strong>UN EJEMPLO (DE MÍNIMOS) DE PROGRAMA</strong></div>
<div>El modelo que figura a continuación podría resultar apropiado para un paciente con cáncer en un estado de fatiga y debilidad extremas. Por supuesto, se trata sólo de un mero ejemplo que intenta ilustrar lo que he comentado en el epígrafe anterior. Finalmente, tiene que ser el propio enfermo quién, en función de su estado físico y de las sensaciones que le envíe su organismo al comenzar a ejercitarse, determine lo que le conviene hacer.</div>
<div><strong>Programa de inicio</strong></div>
<div>Debe recoger unas actividades que el paciente pueda realizar con muy poco esfuerzo e incluir su intensificación gradual a medida que las circunstancias lo permitan. En función de ese grado de adaptación al ejercicio, hay que tratar de establecer los hitos de tal progresión periódicamente, de forma que las sucesivas etapas conduzcan de forma paulatina al &lt;&lt;programa objetivo&gt;&gt;.</div>
<div>En un supuesto de máxima debilidad, el programa correspondiente a las primeras semanas podría incluir, por ejemplo (insisto en ello), las siguientes actividades:</div>
<div>– De lunes a viernes: ejercicios respiratorios (10 min); caminar a ritmo muy suave (10 min); estiramientos (5 min).</div>
<div>– Sábados y domingos: ejercicios respiratorios (10 min); estiramientos (5 min).</div>
<div><strong>Programa objetivo</strong></div>
<div>De existir, debería reflejar el nivel físico que el enfermo pretende alcanzar gracias al programa. Como no es posible (ni aconsejable) tratar de progresar indefinidamente, una vez logrado ese nivel, para lo cual no hay que tener excesiva prisa, lo ideal sería tratar de mantenerlo el mayor tiempo posible, a base de realizar las mismas actividades y con igual intensidad, a modo de ejercicio de mantenimiento.</div>
<div>He aquí &lt;&lt;un ejemplo&gt;&gt; de programa objetivo que no es demasiado ambicioso ni requiere medio ni instalación alguna; es más, si el entrenamiento aeróbico consiste en trotar o caminar sobre el propio terreno, o en pedalear sobre una bicicleta estática, se puede llevar a cabo, hasta en bata y zapatillas, en el propio domicilio del enfermo.</div>
<div>Lunes, miércoles y viernes:</div>
<div>– Calentamiento: estiramientos y ejercicios de movilidad articular (15 min).</div>
<div>– Entrenamiento aeróbico: combinación de trote y paseo (35 min).</div>
<div>– Vuelta a la calma: estiramientos (10 min).</div>
<div>Martes y jueves:</div>
<div>– Calentamiento: estiramientos y ejercicios de movilidad articular (15 min).</div>
<div>– Fortalecimiento: ejercicios suaves de fuerza para los brazos, tronco y piernas (15 min).</div>
<div>– Entrenamiento aeróbico: caminar a ritmo rápido (20 min).</div>
<div>– Vuelta a la calma: estiramientos (10 min).</div>
<div>Sábados: ejercicios de flexibilidad (20 min); estiramientos (10 min).</div>
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		<title>Capitulo 4. BENEFICIOS ADICIONALES PARA EL ENFERMO DE CANCER</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Nov 2011 19:27:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capitulo 4. BENEFICIOS ADICIONALES PARA EL ENFERMO DE CANCER]]></category>

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		<description><![CDATA[En la actualidad, está fuera de toda duda que la actividad física juega un papel importante en la prevención de numerosos tipos de cáncer (por cierto, aunque desconozco la importancia que ese hecho pudo tener en la aparición de mi enfermedad, medio año antes de que me detectaran el tumor me produje una lesión en]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>En la actualidad, está fuera de toda duda que la actividad física juega un papel importante en la prevención de numerosos tipos de cáncer (por cierto, aunque desconozco la importancia que ese hecho pudo tener en la aparición de mi enfermedad, medio año antes de que me detectaran el tumor me produje una lesión en el tendón rotuliano que me tuvo cinco meses sin apenas poder andar); pero ¿qué beneficios específicos puede proporcionar a aquellas personas que ya padecen la enfermedad?</div>
<div>Cada vez es más unánime la opinión, que evidentemente suscribo, de que el ejercicio constituye uno de los instrumentos más eficaces de que dispone un enfermo de cáncer para mejorar sus precarias condiciones de vida; fundamentalmente, por su capacidad de atenuar (en mi caso, prácticamente neutralizar) los efectos secundarios de la quimioterapia, la radioterapia y la cirugía. Pero como su práctica también puede entrañar ciertos riesgos, para que resulte beneficioso, aparte de estar debidamente autorizado y controlado por un médico, debe ser planificado cuidadosamente en función de las cinco variables siguientes: 1) estado de salud del paciente; 2) tipo de ejercicio a realizar; 3) intensidad del mismo; 4) frecuencia de las sesiones; 5) duración de las mismas. La forma de adaptar todas estas variables a cada situación concreta la expondré más adelante.</div>
<div>Ya he indicado que una actividad física razonable, al proporcionar a las células corporales cantidades adicionales de oxígeno y nutrientes, puede actuar como un magnífico reconstituyente. Además, así como una persona que se encuentra en un estado de inanición tiene más necesidad de alimentarse que otra bien nutrida, lo normal es que un enfermo de cáncer precise más del ejercicio y obtenga del mismo mayores beneficios que un individuo sano. Por ejemplo, a un atleta de élite que se entrene duramente durante seis horas diarias, tal actividad apenas le aporta mejora alguna: puesto que sus células corporales están perfecta y regularmente abastecidas, se limita a mantener su nivel de forma habitual; en cambio, a un enfermo de cáncer en estado de debilidad e inactividad extremas, unos pocos minutos de ejercicio suave al día le pueden bastar para aumentar considerablemente sus energías, mejorar su estado de salud general y lograr un significativo incremento en su calidad de vida.</div>
<div>Ahora bien, para poder lograr esos objetivos, el ejercicio tiene que estar cuidadosamente amoldado a las circunstancias particulares de cada  paciente: cuanto más débil se encuentre éste, más necesidad tiene ejercitarse, pero menor debe ser la intensidad y la duración de su actividad. Es un caso bastante similar al del náufrago que es rescatado en una isla desierta, tras haber permanecido durante muchos días sin ingerir alimento alguno. En un principio, para recuperarse de la debilidad extrema que le habrá producido un ayuno tan prolongado, debe ingerir un alimento muy ligero y en poca cantidad, ya que proceder de otro modo sería incluso contraproducente: su organismo no toleraría la comida, la expulsaría, y él se debilitaría aún más. Posteriormente, a medida que el aparato digestivo del náufrago (o el organismo del paciente) vaya recuperando su funcionalidad, éste debe ir incrementando progresivamente la cantidad y calidad de alimento (o de trabajo físico), hasta que alcance la normalidad.</div>
<div>A continuación, y siguiendo el esquema empleado en el capítulo anterior, paso a detallar las ventajas que puede aportar el ejercicio físico a un paciente oncológico, aparte de las ya descritas para los individuos en general.</div>
<div><strong>Beneficios físicos</strong></div>
<div><em>Para aliviar la fatiga</em></div>
<div>La fatiga por cáncer, que aparece en la mayor parte de las personas que padecen esta enfermedad, sobre todo mientras permanecen sometidas a tratamiento, puede tener unos efectos devastadores sobre la calidad de vida de estos enfermos. Hay que tener en cuenta que, a diferencia de una fatiga aguda, en la que el cansancio se presenta rápidamente, dura poco tiempo y se alivia con el descanso, la fatiga por cáncer es prolongada, debilitante y recurrente. Aunque sus causas no están del todo aclaradas, los principales factores que contribuyen a provocarla son:</div>
<div>– Los problemas psicológicos que en muchas ocasiones genera la enfermedad; y en especial, los estados de estrés, ansiedad o depresión. A pesar de que estos trastornos son básicamente emocionales, en el plano físico provocan apatía, decaimiento y sensación de debilidad.</div>
<div>– Algunos medicamentos, como los opiáceos, los betabloqueantes, etc., usados en ciertas ocasiones y que suelen causar somnolencia y aumentar la sensación de cansancio.</div>
<div>– Las deficiencias nutricionales generadas por el propio cáncer y por los efectos secundarios de su tratamiento. En primer lugar, se produce una alteración metabólica en el organismo del paciente, el cual reduce su habilidad para procesar los nutrientes; y ello se produce, además, cuando dicho organismo necesita de energías adicionales para poder competir con las células tumorales. Por otro lado, como consecuencia de la pérdida de apetito que suele llevar aparejada la enfermedad, se tiende a comer menos. Ambas circunstancias contribuyen a que el enfermo, al no tener suficientemente cubiertas sus exigencias nutricionales, pierda peso y se encuentre más débil y cansado de lo ordinario.</div>
<div>– La anemia. Es una complicación muy común en los pacientes con cáncer, que puede estar originada por la propia enfermedad, por su tratamiento (quimioterapia, radioterapia o cirugía) o por una combinación de ambos factores. Consiste en un descenso significativo de la cantidad de glóbulos rojos que hay en la sangre. Y como la función de estos corpúsculos es transportar el oxígeno a todas las células del organismo, cuando su número se reduce la oxigenación de las células corporales se torna deficiente. Por tanto, cuando una persona padece de anemia, su cuerpo dispone de menos oxígeno para llevar a cabo las contracciones musculares que requiere la vida habitual, lo que se traduce en una mayor dificultad para realizar esfuerzos y una sensación permanente de cansancio.</div>
<div>De estos cuatro factores debilitantes, el de la anemia es donde el ejercicio puede influir más positivamente, ya que permite compensar la escasez de glóbulos rojos en sangre, con un mayor riego sanguíneo del tejido muscular; pero también ayuda a combatir &lt;&lt;las deficiencias nutricionales&gt;&gt;, pues aumenta el apetito del enfermo, así como &lt;&lt;los problemas psicológicos&gt;&gt;, al mejorar su estado de ánimo.</div>
<div>Cuando un paciente sufre de anemia, lo más probable es que se encuentre fatigado y tienda a moverse lo menos posible, en cuyo caso su riego sanguíneo es más pobre de lo habitual, y ello produce un doble efecto: el oxígeno del que disponen sus células para poder realizar las contracciones musculares será muy escaso (por falta de movimiento apenas les llega sangre, y la poca que les llega es pobre en glóbulos rojos y transporta muy poco oxígeno); pero es que, por otro lado, esa escasez de riego sanguíneo también afectará negativamente al estado nutricional del enfermo, el cual, como resultado de todo lo anterior, se sentirá decaído y con pocas energías.</div>
<div>Nos encontramos, pues, ante un auténtico círculo vicioso: como el enfermo se encuentra cansado, tiende a moverse lo menos posible; pero al hacerlo así, su riego sanguíneo y sus niveles de oxigenación y nutrición celular disminuyen, por lo que su fatiga aumenta; ahora bien, como consecuencia de ese aumento, procura moverse menos aún, lo que a su vez supone menor riego y más cansancio&#8230; y así sucesivamente. En el caso de que este proceso -que es claramente perverso, puesto que encima que dispone de pocos operarios (glóbulos rojos), permite que estos se tumben a la bartola- se prolongue lo suficiente, nuestro paciente puede terminar postrado en cama, incapaz de tenerse en pie. Y esto se produciría, además, en un momento de su vida en el que necesita hacer acopio del máximo de energías para intentar superar su enfermedad.</div>
<div>Volviendo a mi experiencia personal, desde el inicio del cuarto ciclo de quimioterapia, y hasta bastante después de que finalizara la medicación, mi recuento de hematíes evidenció la existencia de una anemia moderada. Supongo que ello me debería haber incapacitado para ejercitarme con cierta intensidad durante tres horas diarias, y sin embargo apenas llegué a sentirme algo más cansado; es más, si bajé de cuatro a tres horas la duración de mi entrenamiento no fue por fatiga, sino por pura precaución, en atención a lo que me había aconsejado el médico. Pues bien, yo creo que si no acusé ese déficit de glóbulos rojos fue porque los mantuve trabajando a destajo a través del entrenamiento. Evidentemente, no puedo asegurar que ese fuera la razón fundamental de que una anemia moderada apenas afectara a mis energías, pero a mí no se me ocurre otra.</div>
<div>Aun a riesgo de ponerme algo pesado, voy a resumir lo que acabo de exponer, pues lo considero la piedra angular de la teoría que me impulsó a iniciar este trabajo. Mientras que en el caso de una fatiga aguda, que es la causada por las contracciones musculares, es imprescindible el reposo de los músculos afectados para que estos puedan recuperar sus niveles habituales de oxígeno y nutrientes, en el de la fatiga crónica (la típica de los enfermos de cáncer), al ser producto de un deterioro orgánico global, un reposo continuado contribuye a descender más aún dichos niveles, por lo que no hace otra cosa que agudizarla. En consecuencia, creo firmemente que el descanso por sistema resulta perjudicial en situaciones de este tipo, y que los mejores medios de combatir un cansancio crónico son una buena alimentación y un ejercicio convenientemente amoldado a las energías del paciente.</div>
<div><em>Otros beneficios físicos</em></div>
<div>Las cardiopatías (enfermedades cardíacas) son uno de los efectos secundarios más comunes en el tratamiento contra el cáncer. Hay que tener en cuenta que cualquier clase de fármaco antineoplásico es potencialmente dañino para el corazón; daño que, de producirse, puede limitar las posibilidades de continuar recibiendo quimioterapia. Por otra parte, prevenir los problemas cardíacos que se pueden derivar de este tipo de tratamientos es especialmente importante hoy en día, ya que la tasa de supervivencia de los pacientes con cáncer ha aumentado hasta el punto de que el manejo de esta enfermedad se parece cada vez más al de una dolencia crónica, como pueden ser la diabetes o la hipertensión, y por tanto, aumentar la fortaleza y eficacia del corazón a través del ejercicio físico permite contrarrestar los problemas cardíacos que puede provocar una medicación prolongada.</div>
<div>Muchos de los medicamentos  incluidos en la quimioterapia a veces producen toxicidad pulmonar, y la radiación aplicada a la cavidad torácica la provoca con frecuencia. Y si bien es cierto que no existe un tratamiento específico que permita reparar los daños que puedan sufrir los pulmones a causa de estas terapias, existen técnicas de rehabilitación que ayudan a controlar sus síntomas (falta de aliento, cansancio, tos seca, etc.). Una de las más eficaces consiste en incrementar la ventilación pulmonar a través de la actividad física y de los ejercicios de respiración; incremento que también ayuda a prevenir la neumonía y otras infecciones.</div>
<div>Entre los perjuicios más comunes que provoca la quimioterapia sobre el sistema musculo esquelético destacan la pérdida de masa muscular y la reducción de densidad ósea, carencias ambas que se pueden paliar mediante un ejercicio físico, preferentemente de fuerza, que propicie el desarrollo de nuevas células saludables que reemplacen a las que murieron a lo largo de la enfermedad y su tratamiento. Con respecto a este efecto secundario de la pérdida de peso, de nuevo debo manifestar que, en mi caso, supongo que gracias al ejercicio y a una alimentación adecuada, no sólo no experimenté pérdida alguna, sino que a la finalización de las terapias pesaba unos cuatro kilos más que cuando me detectaron la enfermedad.</div>
<div>El tratamiento contra el cáncer, a largo plazo, también puede provocar severas alteraciones en el sistema endocrino, inhibiendo la producción de ciertas hormonas, como la tiroxina; así como en el metabolismo, disminuyendo la habilidad del organismo para procesar los nutrientes. Por tanto, como el ejercicio físico tiene la facultad de estimular la liberación de las hormonas y la eficiencia de las vías metabólicas comprometidas por el cáncer, puede contribuir a mitigar ambos problemas.</div>
<div>Cuando una célula normal se convierte en cancerosa, algunos de los antígenos de su superficie cambian, circunstancia que provoca la actuación de determinadas células del sistema inmunitario que, en el ejercicio de sus funciones de vigilancia orgánica, patrullan por todo el cuerpo para atrapar y eliminar a las células malignas. Pues bien, numerosos estudios científicos realizados al respecto han comprobado que un entrenamiento físico intenso, regular y de larga duración produce un aumento en el número y funcionalidad de estas células autoinmunes; especialmente, de los neutrófilos, los macrófagos y las células NK (<em>natural killers</em> o asesinos naturales).</div>
<div>Por último, los trastornos del sueño son particularmente frecuentes entre los enfermos de cáncer, pudiendo afectar a la calidad de vida tanto de los propios pacientes como de sus familias. Dichos problemas pueden ser ocasionados por la propia enfermedad, por el dolor o el estrés emocional que provoca o por los medicamentos ingeridos para combatirla. Los más habituales son el insomnio y las alteraciones del ciclo sueño-vigilia; trastornos que, como ya hemos comentado anteriormente, el entrenamiento físico puede contribuir a resolver (si se tiene la precaución de terminarlo por lo menos dos horas antes de acostarse), ayudando al paciente a relajarse y a dormir mejor.</div>
<div><strong>Beneficios mentales</strong></div>
<div>El enfermo cáncer, por lo general, está más cansado y lleva una vida menos activa de lo habitual, de manera que su sangre, que circula muy lentamente, apenas tiene fuerza para vencer la acción de la gravedad y llegar hasta las células cerebrales. En consecuencia, estas células a menudo se encuentran deficientemente oxigenadas y alimentadas, en cuyo caso la actividad mental se resentirá. Pues bien, como ya he indicado anteriormente, la práctica de cualquier tipo de actividad física, y en especial de la aeróbica, es un excelente método para aumentar la funcionalidad de nuestras neuronas; y si además establecemos una serie de marcas a alcanzar a lo largo de nuestro programa de ejercicios, y efectuamos un seguimiento de su grado cumplimiento y de las mejoras obtenidas, nuestra mente estará ocupada por pensamientos más positivos y dispondremos de menos tiempo para recrearnos en nuestra desgracia.</div>
<div><strong>Beneficios psíquicos</strong></div>
<div><em>Para incrementar el afán de lucha</em></div>
<div>Gracias al cine, son bien conocidas las danzas a las que se entregaban desde tiempos inmemoriales la mayor parte de los pueblos primitivos antes de entrar en combate. Ahora bien, me parece poco probable que el objetivo de esas ceremonias rituales fuese fomentar la afición de aquellas tribus por el baile, más bien me inclino a pensar que lo que pretendían aquellos guerreros era infundirse valor antes de la contienda, incrementando su combatividad y agresividad hacia el enemigo a través de la práctica de un ejercicio físico extremadamente intenso, que básicamente consistía en ejecutar una serie de frenéticas contorsiones, saltos y carreras.</div>
<div>De igual forma, creo muy aconsejable que los enfermos de cáncer afrontemos nuestra situación como lo que realmente es: una guerra a muerte, y además contra un enemigo muy poderoso, y en consecuencia, que sigamos el ejemplo de aquellos «salvajes» y fortalezcamos nuestro ánimo y nuestra voluntad de vencer en la pelea diaria contra la enfermedad realizando de buena mañana, o cuando nuestras obligaciones nos lo permitan, una sesión de ejercicios físicos lo más dinámica y enérgica posible. Evidentemente, esta práctica no nos garantiza la victoria final, pero si puede aumentar las probabilidades de conseguirla, y, en cualquier caso, ayuda a mejorar la calidad de vida y hace más difícil dejarse abatir por la pesadumbre y la desesperanza.</div>
<div>Los expertos en tauromaquia sostienen que los toros bravos, embebidos como están en su lucha por la supervivencia, no sufren en absoluto durante la lidia. Mientras yo creo que los mansos lo deben pasar bastante mal, pues parecen bastante atemorizados y se limitan a mugir y escarbar en el albero de la plaza. Además, no hay que olvidar que la bravura, en ocasiones, es merecedora del indulto</div>
<div><em>Para combatir la ansiedad</em></div>
<div>La ansiedad, que equivale a descontento, nerviosismo, preocupación o temor excesivos, es un problema muy común en los enfermos de cáncer, hasta el punto de que los investigadores manifiestan que en torno al 44% de estos pacientes declaran tener algún tipo de ansiedad. Los síntomas más comunes de este trastorno, que se suele presentar durante las pruebas previas o en el momento del diagnóstico, tratamiento o recidiva, son los siguientes:</div>
<div>– Físicos: taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, falta de aire, temblores, sudoración, náuseas, vómitos, tensión y rigidez muscular, cansancio, hormigueo, sensación de mareo, etc.</div>
<div>– Psíquicos: inquietud, agobio, sensación de amenaza o peligro, ganas de huir o de atacar, inseguridad, indecisión, dificultad para tomar decisiones, etc.</div>
<div>– De conducta: estado de alerta, sentimientos de bloqueo, torpeza y dificultad para actuar, impulsividad, dificultad para estarse quieto, etc.</div>
<div>– Intelectuales y cognitivos: problemas de atención, concentración y memoria, aumento de los despistes y descuidos, susceptibilidad, preocupación excesiva, negativismo, etc.</div>
<div>– Sociales: irritabilidad, ensimismamiento, dificultad para expresarse, temor exagerado a posibles conflictos, etc.</div>
<div>La ansiedad puede ser leve, moderada o grave. La grave suele tener consecuencias físicas tales como náuseas, diarrea y colon irritable, y es capaz de afectar al sistema inmunitario, disminuyendo así la resistencia del organismo ante las enfermedades. Este trastorno, que si se deja sin tratar puede conducir a una muerte prematura, reduce considerablemente la calidad de vida tanto de los pacientes con cáncer como de sus familias.</div>
<div>Como he reflejado en el capítulo anterior, el ejercicio físico posee un gran poder relajante, lo que lo convierte, junto con los fármacos ansiolíticos y la psicoterapia, en uno de los tratamientos más eficaces para enfrentarse a este tipo de problemas. No obstante, también puede ser útil recurrir a otros medios reductores del estrés, como las técnicas de relajación, los ejercicios respiratorios, el yoga, etc.</div>
<div><em>Para combatir la depresión</em></div>
<div>La depresión es un trastorno emocional que se caracteriza por un estado de abatimiento, tristeza e irritabilidad, a menudo acompañado de una pérdida de interés por todo y una cierta incapacidad para desarrollar las actividades habituales. Esta enfermedad, que padecen alrededor del 25% de los enfermos oncológicos, afecta al ánimo del paciente, a su autoestima y a su manera de pensar y actuar.</div>
<div>La tristeza y la congoja moderadas son reacciones que se pueden considerar normales en aquellas personas que se enfrentan a un cáncer; de hecho, lo normal es sentirlas en algún momento de la enfermedad. Por eso es muy importante saberlas distinguir de una auténtica depresión, que es una enfermedad incapacitante. Algunos de los síntomas de este mal son los siguientes:</div>
<div>- Sentimientos de apatía y abatimiento la mayor parte del día y casi todos los días.</div>
<div>– Perdida del gusto e interés por la mayor parte de las actividades.</div>
<div>– Cambios en los hábitos alimentarios y en el sueño.</div>
<div>– Nerviosismo y/o pereza exagerados.</div>
<div>– Cansancio agudo.</div>
<div>– Sentimientos injustificados de inutilidad o culpa.</div>
<div>– Concentración deficiente.</div>
<div>– Pensamientos recurrentes de muerte o suicidio.</div>
<div>Según un estudio recientemente elaborado por investigadores del Hospital Clínico de Barcelona, la depresión severa disminuye la capacidad y posibilidad de actuación de los mecanismos de defensa de que dispone el paciente para afrontar la enfermedad, duplicando el riesgo de mortalidad en los enfermos de cáncer. Además, la apatía y el pesimismo que acompañan a este trastorno pueden afectar al comportamiento del enfermo a la hora de observar las pautas necesarias para su curación, dificultando el seguimiento de los tratamientos y consejos médicos. Asimismo, muchos de los investigadores que han analizado cómo repercute esta alteración psicológica en los pacientes con cáncer, han llegado a la conclusión de que es la principal responsable del empeoramiento de la calidad de vida de estos enfermos.</div>
<div>Como también hemos indicado anteriormente, el ejercicio físico es la actividad humana que produce una mayor liberación de endorfinas; unos compuestos hormonales que producen una intensa sensación de bienestar y constituyen un magnífico antidepresivo. Y aunque es cierto que la actividad física, por sí sola, no es capaz de curar una depresión, si puede prevenir que aparezca.</div>
<div><strong><em>Otros beneficios psíquicos</em></strong></div>
<div>Desde el punto de vista del bienestar emocional, el ejercicio físico proporciona otras ventajas a los pacientes con cáncer, entre las que destacan las siguientes:</div>
<div>– Mejora la autoestima, ayudando a contrarrestar un cierto sentimiento de culpa bastante común en estos enfermos, que a veces tienden a considerar su problema como el resultado de un descuido o un fracaso personal.</div>
<div>– Incrementa la confianza en la capacidad del propio organismo para superar la enfermedad.</div>
<div>– Aumenta el autocontrol y la competencia para hacer frente, con entereza, a una situación tan estresante como la que se está viviendo.</div>
<div>– Desarrolla la fuerza de voluntad, la capacidad de trabajo y el espíritu de sacrificio del paciente, ayudándole a perseverar en su esfuerzo por reponerse y a desechar la tentación de arrojar la toalla.</div>
<div>– Mantiene al enfermo parcialmente ocupado, disminuyendo así el riesgo de que una ociosidad excesiva le lleve a recrearse en la contemplación de su problema, actividad que sólo puede contribuir a agravarlo.</div>
<div><strong>Una referencia admirable</strong></div>
<div>No querría cerrar este tema, sobre los beneficios que puede aportar el ejercicio físico a la calidad de vida de los enfermos de cáncer, sin mencionar la extraordinaria historia de la inglesa Jane Tomlinson. Si he decidido incluirla en este capítulo no es porque ella haya corroborado con hechos lo que yo, torpemente, estoy tratando de expresar con palabras, sino por considerar que su lucha contra la enfermedad constituye un hermoso y extraordinario ejemplo de hasta dónde puede llegar el espíritu humano en su afán de superación.</div>
<div>Hace unos cuatro años, casualmente, escuché por la radio la noticia de la muerte de esta gran mujer, considerada en las Islas Británicas como una auténtica heroína en la lucha contra el cáncer. Posteriormente, tras recordar esa noticia con ocasión de iniciar la redacción de este libro, comencé a navegar por Internet para conocer los detalles de su odisea vital, que paso a resumir a continuación.</div>
<div>A esta radióloga infantil, casada y con dos hijos, le diagnosticaron en 1990 (a los 26 años) un cáncer de mama. A continuación, le practicaron una mastectomía, pero diez años después de la operación su mal se había reproducido de forma tan agresiva que le había afectado a los pulmones y los huesos. Los médicos le dijeron que su esperanza de vida era de unos seis meses, pero Jane, en lugar de amilanarse, decidió que tenía que aprovechar lo mejor posible el tiempo que le restaba por vivir y emprendió una nueva existencia. Para demostrarse a sí misma que en esta vida no hay nada imposible si se cuenta con el coraje suficiente, comenzó a hacer deporte como si en lugar de una enferma terminal fuera una atleta de élite.</div>
<div>Con el objetivo de prepararse para los retos deportivos que, de contar con tiempo para ello, estaba resuelta a afrontar, y pese a estar siendo tratada con quimioterapia, empezó a entrenarse intensamente seis veces por semana. Mientras tanto, los meses y los años se iban sucediendo, y Jane no sólo no se moría, como le habían vaticinado, sino que comenzó a asombrar al mundo con sus hazañas.</div>
<div>La más extraordinaria fue en 2004: a la edad de 40 años, finalizó el Ironman de Florida (EE.UU.) en un tiempo de 15 horas, 48 minutos y 32 segundos, cuando el tiempo límite para dar por realizada la prueba es de 17 horas. Conviene hacer constar que esta competición de resistencia está considerada como la más exigente del mundo: sin pausas entre las diferentes modalidades, el participante debe correr una maratón, es decir 42,195 kilómetros, nadar 3.800 metros y recorrer 180 kilómetros en bicicleta.</div>
<div>Aparte de lo anterior, y entre otras muchas gestas, Jane corrió dos maratones londinenses, uno de ellos mientras estaba recibiendo quimioterapia. Su último reto lo afrontó en el año 2006, y consistió en atravesar andando los Estados Unidos desde San Francisco hasta Nueva York.</div>
<div>Finalmente, esta admirable mujer, que se ha convertido en un símbolo para su país por haber desafiado a la lógica y la ciencia médica, falleció en noviembre de 2007. No logró eludir la muerte (que se sepa, ningún ser vivo lo ha logrado hasta la fecha), pero sí vivir, y muy intensamente además, durante un período unas catorce veces superior al que le habían augurado inicialmente (al parecer, hubo más de un periodista que, supongo que escamado por sus proezas y su empecinamiento en continuar con vida, insinuó la posibilidad de que fuera una farsante).</div>
<div>Por si esto fuera poco, todo lo que fue recaudando a lo largo de esos siete años (parece ser que entre premios y donaciones la cantidad total ascendió a unos 2,5 millones de euros) lo donaba al centro de investigación UK Cancer Research. No me negareis que esta excepcional mujer, después de una trayectoria vital tan extraordinaria y ejemplar, debería estar considerada como una especie de guía espiritual para los enfermos de cáncer.</div>
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		<title>Capitulo 3. BENEFICIOS DEL EJERCICIO FISICO PARA LOS INDIVIDUOS EN GENERAL</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Oct 2011 17:40:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capitulo 3. BENEFICIOS DEL EJERCICIO FISICO PARA LOS INDIVIDUOS EN GENERAL]]></category>

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		<description><![CDATA[Tanto nuestro organismo como nuestro genoma, que no en vano compartimos con los chimpancés en un 99%, han sido seleccionados a lo largo de millones de años de evolución para seguir unos determinados patrones de actividad física. Pues bien, desde hace tan sólo 200 años, coincidiendo con la llegada de la revolución industrial, el ser]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Tanto nuestro organismo como nuestro genoma, que no en vano compartimos con los chimpancés en un 99%, han sido seleccionados a lo largo de millones de años de evolución para seguir unos determinados patrones de actividad física. Pues bien, desde hace tan sólo 200 años, coincidiendo </span><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">con la llegada de la revolución industrial, el ser humano ha alterado completamente tales modelos de comportamiento, ignorando que su cuerpo e información genética son los mismos que tenían sus ancestros en la Edad de Piedra, cuando el hombre era un animal cazador, en constante movimiento, y cuya supervivencia frente a otros predadores, incluidos los de su propia especie, dependía fundamentalmente de cualidades físicas tales como la resistencia, la fuerza y la agilidad. En cambio, hoy en día, ese hombre se ve obligado a permanecer físicamente inactivo la mayor parte del tiempo, desatendiendo las exigencias de movimiento que tiene su cuerpo para poder desarrollar<span>  </span>adecuadamente una serie de funciones vitales que le son básicas. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por otra parte, a los perjuicios corporales que ocasiona la falta de actividad física, hay que añadir los emocionales, pues los científicos consideran que buena parte del estrés generado por la vida moderna obedece a la reacción de protesta de un organismo que, pese a estar diseñado para llevar una vida plenamente activa, se encuentra condenado al sedentarismo por una civilización que ha transformado radicalmente su hábitat.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Como consecuencia de todo ello, y dado que en la actualidad no resulta demasiado sencillo, sobre todo en las grandes urbes, ponerse a trabajar la tierra o a cazar animales en busca de sustento, el ejercicio físico regular es la mejor herramienta de la que dispone el ser humano para mantener la salud de su organismo, desarrollando no sólo su fortaleza física y mental (fuerza, resistencia, memoria&#8230;), sino también la psíquica o anímica (fuerza de voluntad, optimismo, tenacidad&#8230;).</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">A continuación, paso a detallar los principales beneficios que produce esta actividad, agrupándolos en tres ámbitos que, aunque diferentes, están estrechamente vinculados entre sí: el físico, el mental y el anímico.</span></p>
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<p><strong><span style="font-family: 'Sabon-Bold','serif';" lang="ES">Beneficios físicos</span></strong></p>
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<p><em><span style="font-family: 'Sabon-Bold','serif';" lang="ES">En cuanto a las energías y la salud en general </span></em></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Los partidarios de la vida sedentaria, que por desgracia abundan, afirman que cualquier tipo de ejercicio supone un gasto superfluo de energías, por lo que constituye un auténtico despilfarro (de hecho, no es raro escuchar la despectiva, aunque ingeniosa, frase: «el correr es de cobardes»). Pero si bien es cierto que el ejercicio físico es un trabajo, y como tal requiere un determinado consumo de energía, no lo es menos que, tras finalizarlo, el organismo no sólo repone las energías gastadas, sino que las incrementa considerablemente. A continuación, voy a tratar de explicar, de la forma más sencilla posible, a qué se debe esta aparente paradoja.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Para hacer cualquier movimiento es necesario contraer un determinado número de fibras musculares, y ello exige un cierto consumo de energía, la cual es proporcionada por la combustión de las sustancias nutrientes que se encuentran en las células de los músculos implicados. Ahora bien, esa combustión, como cualquier otra, sólo se puede llevar a cabo en presencia de oxígeno; un elemento que es transportado hasta las células del tejido muscular por medio de los glóbulos rojos que circulan por la sangre.</span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por lo tanto, mientras un organismo se encuentra en reposo, como su musculatura permanece prácticamente inactiva, <span> </span>sus necesidades de oxígeno y de riego sanguíneo, que es el encargado suministrarlo, son muy escasas. En consecuencia, el corazón, que es un músculo que actúa como un motor, bombeando la sangre por todo el cuerpo, trabaja a un ritmo bajo de bombeo (pocas pulsaciones) y con escasa amplitud y potencia en cada bombeo (baja presión sanguínea); de este modo, esa sangre discurre con muy poca fuerza y sólo consigue abrirse camino a lo largo de los capilares de mayor calibre del organismo.</span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Estos capilares son unos vasos sanguíneos muy estrechos (entre 8 y 12 micras de diámetro) y muy numerosos (la red tiene una longitud total de unos 100.000 km) que están situados en el interior de los tejidos y son los encargados del intercambio de sustancias entre la sangre y las células corporales. Pues bien, se calcula que, en situaciones de reposo, la sangre únicamente transita por un 5-10% de esos capilares, los de mayor diámetro, de manera que más de un 90% de las células corporales, las servidas por los capilares más angostos, se encontrarán deficientemente oxigenadas. Pero es que, además del oxígeno, la sangre también transporta a las células los nutrientes incorporados al organismo a través de los alimentos; luego si una persona se mantiene durante mucho tiempo inactiva estará deficientemente alimentada, y si esa inactividad se convierte en habitual, sus energías y su salud general a la larga se resentirán.</span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Cualquier lector que se haya visto obligado a permanecer en cama durante varios días probablemente recordará que, una vez abandonado el lecho, no sólo no se encontraba tan pletórico de fuerzas como sería de esperar en alguien que ha comido con regularidad y no ha consumido energía alguna, sino que se sentía tan débil y mareado que apenas podía tenerse en pie. Esta aparente paradoja evidencia que para estar bien alimentado no basta comer adecuadamente (una condición necesaria, pero no suficiente), es preciso, además, que la mayor parte de las células corporales se beneficien de lo ingerido, circunstancia que es incompatible con la falta de riego sanguíneo que provoca un acusado sedentarismo. </span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Veamos ahora el caso contrario: cuando un individuo comienza a ejercitarse (sobre todo si se trata de un ejercicio generalizado, como puede ser la carrera) su organismo necesita una mayor cantidad de oxígeno, para activar a los músculos implicados, y ordena al corazón que aumente el número de sus latidos y la amplitud y potencia de los mismos, lo cual tiene dos consecuencias: el volumen de sangre en circulación se incrementa extraordinariamente (en reposo, el volumen/minuto de una persona es de unos cinco litros, mientras que cuando se ejercita con intensidad puede llegar hasta los 25); y la presión a la que circula esa sangre la permite abrir la casi totalidad de la red de capilares y alcanzar hasta el último rincón del cuerpo. Como consecuencia de todo ello, el organismo<span>  </span>surte de nutrientes a la mayor parte de sus células y se da un auténtico festín.</span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Resumiendo: las energías (como dicen que ocurre con el dinero) conviene ponerlas a trabajar, porque si no terminan menguando; y el ejercicio físico, lejos de despilfarrarlas, como pretenden los detractores del deporte, las incrementa considerablemente.</span></p>
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<p><em><span style="font-family: 'Sabon-Bold','serif';" lang="ES">Para el aparato cardiovascular</span></em></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">La vida sedentaria, al generar una demanda muy escasa de la función cardíaca, disminuye la calidad funcional (como bomba que es) del corazón: el músculo más importante de nuestro cuerpo. En sentido inverso, y dado que la función hace al órgano, el aumento de las exigencias cardíacas que supone el ejercicio, permite que el corazón se desarrolle, fortalezca y pierda grasa; en consecuencia, sus pulsaciones se harán más potentes e impulsarán más sangre al resto del cuerpo, necesitándose menos latidos para cubrir las necesidades de riego sanguíneo que se tengan en cada momento, lo que se traducirá en una mayor eficiencia y economía del músculo cardíaco y en una bajada de sus pulsaciones en reposo, reduciéndose el riesgo de sufrir un infarto. </span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">De igual forma, las arterias coronarias (responsables de numerosos accidentes cardiovasculares), al estar sometidas a mayores requerimientos durante el ejercicio, aumentan su calibre, se fortalecen y pierden grasa, lo que origina un mejor transporte y retorno de la sangre, ayuda al corazón a ser más eficaz y provoca una bajada significativa de la tensión arterial en reposo de la que se beneficia todo el organismo. </span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">En suma, la actividad física, al actuar beneficiosamente sobre el corazón y los vasos sanguíneos, es uno de los medios más eficaces que existen para prevenir la aparición y el desarrollo de las enfermedades cardiovasculares, primera causa de mortalidad en el mundo occidental. Pero es que, además, esta labor de prevención es también indirecta, dado que entre los principales factores de riesgo para contraer estas enfermedades se encuentran el tabaquismo, las alteraciones del colesterol, la hipertensión arterial, el sedentarismo, la diabetes, el estrés y la obesidad, trastornos todos ellos que una actividad física regular contribuye eficazmente a combatir.</span></p>
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<p><em><span style="font-family: 'Sabon-Bold','serif';" lang="ES">Para el aparato respiratorio</span></em></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Cuando se pasa de una situación de reposo a una de máxima actividad el consumo de oxígeno y, consiguientemente, la ventilación pulmonar total pueden llegar a aumentar hasta veinte veces; debido a ello, cualquier tipo de ejercicio físico trabaja y fortalece también a los músculos encargados de la respiración, lo que se traduce en un incremento de la capacidad pulmonar (con cada inspiración se recoge un mayor volumen de aire, y con un menor gasto energético) que conlleva una mejora de la eficiencia de los pulmones y del estado de oxigenación del organismo en su conjunto.</span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por otra parte, el ejercicio produce una mayor capilarización del tejido pulmonar (como del resto de los tejidos corporales), lo que incrementa la superficie de transmisión del oxígeno inspirado a la sangre y supone un factor más en la mejora de la oxigenación del organismo en su conjunto.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por último, la actividad física ayuda a limpiar los pulmones de aquellas partículas nocivas que pueden haber incorporado a través de la respiración.</span></p>
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<p><em><span style="font-family: 'Sabon-Bold','serif';" lang="ES">Para el aparato locomotor</span></em></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">A través de un entrenamiento regular, los huesos, a medida que se van adaptando al incremento de la carga de trabajo, aumentan su grosor y densidad y se hacen más resistentes a los golpes y lesiones. Todos estos cambios se experimentan de forma lenta pero continua. </span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">En cuanto a los músculos, las fibras contráctiles que los constituyen se hipertrofian con el ejercicio, aumentando considerablemente su fuerza y grosor. Por contra, la edad y la inactividad física hacen que dichas fibras disminuyan paulatinamente su fortaleza y su volumen, el cual es reemplazado por grasa. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">El trabajo físico produce también una mejora en el tono muscular reflejo o tono postural (grado de contracción de la musculatura en reposo). Una musculatura bien tonificada permite mantener una postura corporal correcta, protege a los huesos y articulaciones y evita molestias y lesiones de todo tipo. Este aspecto ha cobrado una especial relevancia en las sociedades desarrolladas, pues en torno a un 50% de su población, a causa del sedentarismo imperante, sufre <span> </span>de molestias y lesiones en la espalda, causadas, en general, por una falta de tono de la musculatura encargada de mantener erecta y protegida la columna vertebral (fundamentalmente la abdominal y la dorsal). </span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por último, el trabajo combinado de músculos, cartílagos, tendones y ligamentos, que requiere todo ejercicio, mejora la elasticidad de las fibras musculares y la movilidad de las articulaciones, y aumenta la flexibilidad del individuo en su conjunto; circunstancia que ayuda a prevenir un gran número de lesiones (contracturas, esguinces, lumbago, etc.), propicia unos movimientos más amplios, fáciles y seguros, retrasa el proceso de envejecimiento y permite mantener durante más tiempo la calidad de vida.<span>  </span></span></p>
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<p><em><span style="font-family: 'Sabon-Bold','serif';" lang="ES">Otros beneficios físicos</span></em></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Numerosos estudios han llegado a la conclusión de que el trabajo físico refuerza y rejuvenece el sistema inmunitario de las personas mayores, lo que se traduce en un aumento de su salud y longevidad. Es cierto que el ejercicio no disminuye la edad, pero puede retrasar espectacularmente el envejecimiento, entendido como sinónimo de enfermedad, dependencia y falta de productividad (buena prueba de ello es que numerosos alpinistas continúan subiendo </span><em><span style="font-family: 'Sabon-Italic','serif';" lang="ES">ochomiles </span></em><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">después de haber cumplido los 65 años). </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por otra parte, la actividad física atenúa la sensación de fatiga, baja los niveles de colesterol y refuerza la capacidad de la sangre para disolver coágulos, dificultando la aparición de trombosis.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Además, el ejercicio regular, mucho más eficazmente que las dietas, evita caer en el sobrepeso (un problema que está incrementándose notablemente en la sociedad actual, gracias a una perversa combinación de sedentarismo y sobrealimentación), lo que asimismo contribuye a vivir más años y en mejores condiciones.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por último, las personas que han adoptado el deporte como un estilo de vida, al estar prácticamente vacunadas contra el estrés, generalmente duermen mejor que las poco activas, lo cual también tiene consecuencias beneficiosas para la salud. De hecho, está comprobado que las personas que se dedican a un trabajo sedentario (actualmente la mayor parte de la población) sufren más de insomnio que el resto, cuando una cosa tan sencilla como hacer 15 minutos de ejercicio al día proporciona al cuerpo la actividad y el oxígeno que necesita para poder relajarse y dormir mejor.</span></p>
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<p><strong><span style="font-family: 'Sabon-Bold','serif';" lang="ES">Beneficios mentales</span></strong></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">El viejo aforismo romano </span><em><span style="font-family: 'Sabon-Italic','serif';" lang="ES">mens sana in corpore sano </span></em><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">ya reconocía la evidente conexión que existe entre salud física y mental. Son varias las razones por las que un entrenamiento habitual fortalece no sólo el cuerpo, sino también la mente.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">En primer lugar, el ejercicio físico aumenta considerablemente el flujo de sangre que llega al cerebro (flujo que para poder regar esta parte del cuerpo tiene que superar el obstáculo que representa la acción de la gravedad), lo cual permite que las células cerebrales, al estar abundantemente oxigenadas y alimentadas, mejoren su salud y funcionalidad.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Pero es que, además, para realizar cualquier tipo de actividad física, aparte del correspondiente trabajo muscular, se requiere una activación cerebral generalizada que permita mover coordinadamente los diferentes grupos musculares y aumentar el flujo sanguíneo, el consumo de glucosa, el ritmo respiratorio, la frecuencia cardíaca, la capacidad del sistema sensorial, etc. Y como todas esas funciones se regulan a través de distintos centros nerviosos que están situados en diferentes áreas del cerebro, el ejercicio exige activar amplias zonas cerebrales, lo que se traduce en un aumento del número y la capacidad funcional de las neuronas.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por último, el trabajo físico provoca un cierto estrés en el ejecutante, circunstancia que, al parecer, también entrena una serie de procesos orgánicos encargados de proteger a las células nerviosas de las agresiones, tanto internas como externas, a las que se ven sometidas a lo largo de la vida. Por esta razón, se considera que el ejercicio es un excelente método de protección frente a las enfermedades mentales degenerativas. Buena prueba de ello es que el sedentarismo constituye un importante factor de riesgo para una serie de trastornos, como el Alzheimer, que cada vez son más comunes en la sociedad actual.</span></p>
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<p><strong><span style="font-family: 'Sabon-Bold','serif';" lang="ES">Beneficios psíquicos</span></strong></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Poseer un organismo sano, vigoroso y resistente no sólo produce un gran bienestar físico, sino también emocional, ya que el cuerpo y el espíritu (o el alma), lejos de ser dos realidades independientes, como defendían los escolásticos, están estrechamente interrelacionadas. Por esta circunstancia, cuando un individuo desarrolla su condición física, no sólo mejora su salud puramente orgánica, sino también la anímica, por lo que suele sentirse más activo, optimista y alegre. En cambio, si está habitualmente triste y abatido (mala salud emocional) es muy probable que su sistema inmunitario acabe por resentirse, aumentando las posibilidades de que su salud física empeore y contraiga una enfermedad.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Como vamos a tratar de explicar a continuación, a través del ejercicio se pueden prevenir y combatir eficazmente una serie de trastornos psíquicos, fundamentalmente la depresión, el estrés y la ansiedad, que apenas eran conocidos en las sociedades primitivas y cada vez son más comunes en las civilizaciones desarrolladas.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">En primer lugar, la actividad física posee un cierto efecto euforizante, al provocar generalmente en quién la practica una intensa sensación de bienestar; sensación que está relacionada con un aumento de la producción de endorfinas a nivel cerebral, además de otras sustancias, como la serotonina y la dopamina, que producen el mismo efecto. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Las endorfinas son un tipo de hormonas que libera el cerebro y que poseen un efecto estimulante. En el plano puramente físico, actúan como unos analgésicos endógenos (no se venden en farmacias) que inhiben la transmisión del dolor al cerebro; en el emocional, provocan un aumento de los sentimientos de placer, alegría y optimismo y constituyen un magnífico antidepresivo. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Fueron descubiertas, casi por casualidad, en el año 1975, cuando unos científicos estadounidenses decidieron investigar las posibles causas de un extraño hecho relatado por numerosos maratonianos. Según comentaban estos deportistas, a menudo, en plena carrera, notaban descender bruscamente sus percepciones de dolor y cansancio extremo (estrés agudo producido por un ejercicio realmente agotador) que sentían en ese momento, siendo sustituidas por una sensación de exaltación, de ligereza, que les permitía continuar corriendo, sin esfuerzo aparente, durante bastantes kilómetros. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Pues bien, los análisis que se llevaron a cabo al respecto revelaron la existencia en el organismo de este tipo de atletas de altos niveles de unas hormonas, desconocidas hasta entonces, a las que se dio el nombre de &lt;&lt;endorfinas&gt;&gt; (también de hormonas de la felicidad), porque son unas drogas endógenas (las genera el propio cuerpo) y producen un efecto parecido al del opio, la morfina o la heroína.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">De hecho, la fuerte dependencia que generan estas últimas sustancias se debe a que, a partir de su ingesta, el organismo necesita menos endorfinas para cubrir el cupo de opiáceos que precisa para encontrarse bien, por lo cual disminuye su producción. De este modo, como la función hace al órgano, la fábrica de la felicidad que todos llevamos dentro se va atrofiando poco a poco, surgiendo la dependencia de las drogas exógenas y, en ausencia de ellas, el terrible «mono». </span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Lo anterior explica también el conocido fenómeno de la &lt;&lt;tolerancia&gt;&gt; en la drogadicción: a medida que se va reduciendo la capacidad del organismo para producir endorfinas, el drogadicto, para sentirse medianamente bien, se ve obligado a ir incrementando su consumo de drogas artificiales paulatinamente; pero ese incremento supone una liberación de endorfinas aún menor; y así sucesivamente. Este proceso, en muchas ocasiones, lleva al adicto a necesitar tales cantidades de estupefacientes que no le queda otro remedio que delinquir.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Lo que acabo de exponer lo he comprobado personalmente, pues hace unos años me ofrecí como voluntario en el Proyecto Hombre de Cantabria para impartir dos sesiones semanales (no me concedieron más) de Educación Física dirigidas a los acogidos al Centro. El motivo que me llevó a hacer tal cosa fue mi convencimiento de que, a través de esa actividad, era posible estimular la producción de endorfinas en estos jóvenes, ayudándoles así a superar la depresiva situación por la que tenían que estar pasando. Pero lo que jamás hubiera imaginado es la respuesta tan positiva que recibí de aquellos muchachos, lo agradecidos que se mostraban, y el entusiasmo que ponían en cada una de las sesiones de trabajo. Todavía estaría realizando esa labor si no llega a ser porque, cuando llevaba unos dos años y medio desempeñándola, la mayor parte de los jóvenes a los que entrenaba en ese momento se encontraban en una fase tan avanzada de rehabilitación que les dieron las tardes libres, por lo cual me vi obligado a cesar en un cometido que me había llegado a apasionar.</span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">La actitud de los peregrinos que hacen el Camino de Santiago es, a mi juicio, otra buena prueba del efecto euforizante que tiene el ejercicio. De todos modos, aquí mi experiencia es más relativa, puesto que no puedo presumir de haber hecho «el camino». No obstante, hace unos 10 años recorrí esa ruta en bicicleta, en compañía de un amigo, desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela, y ello me permitió ser testigo del insólito ambiente de felicidad, entusiasmo e incluso euforia que reinaba entre los caminantes. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Allí vi a gentes de toda edad y condición, que en buena lógica tendrían que estar sufriendo como condenados (en muchos casos parecían caminar al límite de sus fuerzas y llevaban los pies llenos de llagas), y que sin embargo aparentaban exactamente todo lo contrario: en su forma de comportarse y hasta en el brillo de su mirada delataban un entusiasmo y una satisfacción interior que yo jamás había visto hasta entonces y que me impresionó profundamente. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Puede alegarse que quizá esa euforia esté provocada por el significado religioso de la peregrinación, pero dudo que esa sea la motivación más común en los peregrinos; más bien me inclino a pensar que la mayoría de ellos, acostumbrados como están a llevar una vida sedentaria, de pronto se ven sometidos, durante numerosas y largas jornadas, a un ejercicio físico que para muchos es casi sobrehumano, de modo que, para poder contrarrestar el formidable estrés que ese esfuerzo les supone, su organismo se ve forzado liberar una enorme cantidad de endorfinas, provocándoles un &lt;&lt;subidón&gt;&gt;<em> </em>emocional que les libera de sus dolores y penalidades y les produce una intensa sensación de dicha. En otras palabras, es como si se estuvieran metiendo diariamente un enorme <em>chute</em>, con la diferencia que, al generarlo su propio cuerpo, resulta extraordinariamente beneficioso para su salud anímica. Y como esas sensaciones no las experimenta un solo<span>  </span>peregrino, sino la inmensa mayoría de ellos, el Camino de Santiago se ha convertido en una especie de río de endorfinas donde imperan una alegría, un compañerismo y una solidaridad que lo han hecho mundialmente famoso (a mí, pese a recorrerlo en bicicleta, la euforia me duró unos seis meses).</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Hoy en día está científicamente comprobado que el ejercicio físico, especialmente el aeróbico, es la actividad humana que aumenta en mayor medida el flujo de endorfinas (otras que también lo hacen son la risa, las caricias y abrazos, el contacto con la naturaleza, la música melódica, el masaje, los ejercicios de relajación, como el yoga y el taichí, etc.), constituyendo un magnífico remedio contra la tristeza y la depresión. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Pero es que la actividad física posee, además, un efecto calmante: una vez realizado el ejercicio, <span> </span>la tensión corporal y la presión sanguínea, aumentadas durante el mismo, se normalizan rápidamente y tanto el cuerpo como la mente se relajan. Esta sensación de sosiego permite combatir eficazmente situaciones tan habituales en el mundo actual como el estrés y la angustia.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">El estrés es una reacción refleja que alerta al individuo ante cualquier amenaza capaz de alterar su equilibrio. Ante una situación de este tipo, los sistemas nervioso y hormonal del organismo reaccionan liberando una serie de sustancias que le preparan para afrontar, mediante la lucha o la huida, el peligro que ha detectado; es decir, lo predisponen para realizar una actividad física inmediata. Por tanto, en principio, el estrés es beneficioso para el ser humano, porque le permite afrontar en mejores condiciones los estados de riesgo. El problema estriba en que la mayor parte de las situaciones estresantes que sufrimos en la actualidad (el ruido, las prisas, la masificación, el tráfico etc.) no pueden combatirse con los métodos ancestrales (lucha o huida). De este modo, la tensión generada por un entorno cada vez más agresivo e inhumano no suele encontrar un alivio adecuado, y en algunos casos se va acumulando, pudiendo llegar a hacerse crónica y a convertirse en una grave enfermedad: la angustia. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Pues bien, una de las maneras más eficaces de prevenir este trastorno consiste en imitar al hombre primitivo y neutralizar las reacciones de estrés mediante la actividad física, impidiendo así que algún día lleguen a convertirse en un problema. Por otro lado, la ansiedad genera en el organismo una serie de subproductos que pueden resultar nocivos si no se eliminan correctamente,<span>  </span>y que el ejercicio ayuda a quemar. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Pero es que, además, aparte de la utilidad del ejercicio físico para combatir el estrés, la ausencia del mismo, el sedentarismo, lo favorece en gran medida. Todos hemos notado alguna vez la sensación de hormigueo y desazón que se experimenta, por ejemplo, tras estar varias horas sentado frente el televisor; sensación que suele desaparecer al irse a dar una vuelta. La razón es que la permanencia en una determinada postura, salvo la de tumbado, exige mantener parcialmente contraída la musculatura del tronco. Ahora bien, al no haber movimiento, esa contracción no es dinámica, sino estática; es decir, la fibra muscular, en lugar de contraerse y relajarse alternativamente, permanece continuamente en tensión (como ocurre con la musculatura del antebrazo si apretamos el puño durante un cierto tiempo). En tales circunstancias, como el estímulo nervioso que contrae los músculos consiste en una descarga eléctrica, el cuerpo se va cargando paulatinamente de electricidad estática, lo que provoca el consiguiente estrés. </span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">Por lo anterior, habida cuenta de que «gracias» a los adelantos tecnológicos cada vez nos movemos menos, resulta muy saludable hacer unos minutos de ejercicio al día, así relajaremos la tensión nerviosa acumulada y evitaremos que nuestro cuerpo se transforme en una especie de pila eléctrica y acabar convertidos en un manojo de nervios.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">El ejercicio físico produce otros beneficios en el plano emocional, entre los que destacan los siguientes:</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">– Mejora la confianza en uno mismo, la autoestima y la propia imagen.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">– Refuerza el autocontrol y la capacidad del individuo para afrontar y superar situaciones estresantes.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">– Desarrolla cualidades tan importantes como la fuerza de voluntad -especie de musculatura anímica que, a la larga, es mucho más importante que la corporal-, la capacidad de trabajo y el espíritu de sacrificio.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">– Especialmente cuando se realiza al aire libre y/o en compañía, supone una evasión de los problemas cotidianos y permite a la mente liberarse de preocupaciones y malos «rollos».</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';" lang="ES">– Mejora la vitalidad del individuo y la conciencia de su propio cuerpo, haciéndole más respetuoso con las necesidades del mismo.</span></p>
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		<title>Capitulo 2. LAS TERAPIAS NATURALES</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Oct 2011 17:41:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capitulo 2. LAS TERAPIAS NATURALES]]></category>

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		<description><![CDATA[Importancia   Las modernas sociedades desarrolladas han propiciado un tipo de existencia dominado por tres características a cual más perniciosa para nuestra salud: una forma de vida básicamente sedentaria, que no cubre las necesidades de movimiento que dimanan del genoma humano y debilita el organismo; unas pautas de comportamiento cada vez más antinaturales, que generan]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Importancia</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Las modernas sociedades desarrolladas han propiciado un tipo de existencia dominado por tres características a cual más perniciosa para nuestra salud: una forma de vida básicamente sedentaria, que no cubre las necesidades de movimiento que dimanan del genoma humano y debilita el organismo; unas pautas de comportamiento cada vez más antinaturales, que generan unas tensiones emocional difícil de liberar por producirse, además, en un entorno agresivo e insolidario; y una alimentación en la que abundan los productos transformados, desnaturalizados e incluso manipulados genéticamente. Todo ello está afectando gravemente a la capacidad de nuestro sistema inmunitario para hacer frente a los retos que tiene ante sí, y muy especialmente al que representa el cáncer, cuya incidencia en la población era de un 3% a comienzos del siglo XX, mientras que en la actualidad se sitúa en torno al 20% y continúa su ritmo ascendente.</p>
<p>La aparición y desarrollo de un tumor puede obedecer a diferentes causas, como traumas emocionales, herencia genética, disfunciones metabólicas, etc., pero hay una que interviene en todos los casos: el mal funcionamiento del sistema inmunitario. Pues bien, existen una serie de terapias naturales que, mediante el fortalecimiento físico, mental y psíquico del individuo, aumentan notablemente su capacidad de autodefensa, por lo que deberían desempeñar un papel importante tanto en la prevención como en lucha contra todos los tipos de cáncer. Pero es que, además, estas terapias aportan otra ventaja muy significativa: hacen posible que el enfermo, en lugar de comportarse como un mero «sufridor» pasivo, pase a convertirse en agente activo de su propia curación. Todo lo cual justifica sobradamente el que sean consideradas como un valioso complemento de los tratamientos  convencionales: cirugía, radioterapia y quimioterapia.</p>
<p>Por tanto, sería conveniente que aquellas personas que presentan un mayor riesgo de contraer la enfermedad, por tener familiares que ya la han padecido (una de sus causas es genética) o por haber recibido un tratamiento anticancerígeno con anterioridad, recibieran de sus médicos una información encaminada a intentar prevenir la enfermedad o una recaída de la misma. Pese a ello, en la práctica, la medicina convencional acostumbra a tratar el tumor como si fuera una enfermedad local: en cuanto lo detecta, se limita a intentar destruirlo hasta la última célula, y utiliza para ello todo el arsenal terapéutico disponible, aun a riesgo de dañar gravemente el sistema inmunitario del paciente.</p>
<p>No obstante, hay que reconocer que este método obtiene cada vez mejores resultados: a los cinco años de recibir el diagnóstico, el 63% de los enfermos de cáncer aún vive, y si el tumor se ha descubierto en un programa de detección precoz, el porcentaje sube hasta el 84%. Por tanto, es cierto que actualmente muchos cánceres se curan, pero los miedos continúan. Después de un primer tratamiento, los pacientes suelen caer en los llamados «vacíos terapéuticos»: de repente los médicos los dejan marchar, limitándose a citarlos para los correspondientes controles periódicos. De este modo, a los afectados les falta información sobre la forma de actuar para tratar de evitar la aparición de un nuevo brote; y cuando la solicitan, generalmente tienen que contentarse con unas recomendaciones básicas, como no fumar y seguir una dieta equilibrada. Puesto que de momento no existe un enemigo al que destruir, parece que sólo cabe esperar (y rezar si uno es creyente); pero el enemigo puede seguir ahí, acechando, y, si no se modifican los hábitos vitales que antaño condujeron al fracaso de los sistemas orgánicos de defensa, puede dar señales de vida en cualquier momento.</p>
<p>Pues bien, los que no se resignen a vivir intimidados y quieran hacer algo para precaverse de la amenaza que se cierne sobre ellos, pueden recurrir a la práctica de estas terapias naturales que, al equilibrar los sistemas energéticos del organismo y reforzar su sistema autoinmune, no sólo reducen las posibilidades de contraer un cáncer o una recaída del mismo, sino que, en el caso de que tal cosa ocurra, aumentan la calidad de vida del enfermo y mejoran sus expectativas de curación.</p>
<p>Estudios realizados en los años 90, en la universidad de Wurzburg (Alemania), con pacientes de cáncer de mama avanzado, comprobaron que, desde la aparición de la primera metástasis, la mediana de supervivencia entre las mujeres que solamente habían seguido el tratamiento convencional era de 24 meses, mientras que entre las pacientes que además habían utilizado este tipo de terapias complementarias se situaba entre 53 y 81 meses, y en el 65% de los casos los tumores habían llegado a desaparecer.</p>
<p>Como he indicado antes, el objetivo que se persigue con estos tratamientos es fortalecer los sistemas de regulación y curación del propio cuerpo, pues una célula que muta de forma maligna y es capaz de crecer y multiplicarse sin hallar resistencia es porque ha encontrado un organismo que se lo ha permitido. Además, este tipo de terapias tienen otras características comunes, que las diferencia de las convencionales: no son agresivas para el organismo, sino todo lo contrario; y tratan de potenciar la capacidad de autodefensa del paciente a través de medidas que requieren su colaboración activa. Y la propia medicina convencional reconoce que los enfermos que no se conforman con su situación y luchan por mejorarla, viven más tiempo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Tipos de terapias</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>El fortalecimiento del sistema inmunitario se basa en los tres pilares que se indican a continuación, los cuales se irán desarrollando con detalle a lo largo de este libro:</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Activación corporal</em></p>
<p>El ejercicio físico es casi tan necesario para el organismo como el respirar. Cuando se practica moderada y regularmente, mejora la actividad del sistema inmunitario, actúa como un masaje que vitaliza los órganos y tejidos internos y favorece  la oxigenación de todo el organismo, circunstancia que en ocasiones resulta determinante en la aparición de un cáncer, puesto que muchas personas que lo padecen presentan un déficit de oxígeno en la sangre y los tejidos corporales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Estabilización psíquica</em></p>
<p>Numerosas investigaciones han demostrado que el estrés excesivo y la ansiedad, unos problemas emocionales que han llegado a ser crónicos en el mundo moderno, afectan seriamente al sistema inmunitario. Entre sus posibles causas se encuentra la soledad, la frustración, las dificultades económicas, la falta de apoyo social, el ritmo de vida acelerado, el alejamiento del entorno natural y el carácter impersonal del trabajo de cada día.</p>
<p>Los mamíferos respondemos siempre del mismo modo ante las situaciones de tensión: nuestros sistemas nervioso y endocrino liberan una serie de hormonas y neurotransmisores (mensajeros químicos situados en el cerebro) que afectan al funcionamiento de los nervios y tejidos corporales, en el sentido de alertar al organismo para que reaccione ante cualquier agresión.</p>
<p>Ahora bien, cuando la activación de esos sistemas no es esporádica sino habitual, produce un efecto «inmunosupresor» que puede tener consecuencias muy  perjudiciales para el individuo. Es decir, la tensión emocional continuada, tan característica en las sociedades modernas, reduce el número y la eficacia de las células autoinmunes, que son las encargadas de defender el organismo y combatir las enfermedades.</p>
<p>Existen diversas señales que avisan de que el estrés puede estar comenzando a perjudicar el funcionamiento del sistema inmunitario:</p>
<p>– Resfriados más frecuentes de lo habitual.</p>
<p>– Menor resistencia a las infecciones.</p>
<p>– Dificultad para dormirse.</p>
<p>– Dolores de cabeza.</p>
<p>– Palpitaciones frecuentes.</p>
<p>– Sensaciones de letargo o fatiga.</p>
<p>– Trastornos gastrointestinales relacionados con la tensión emocional.</p>
<p>Todo aquel que crea que su tensión nerviosa puede estar afectando a su salud, debería tratar de aliviarla recurriendo a una o varias de las siguientes medidas:</p>
<p>– Practicar alguna técnica de relajación.</p>
<p>– Hacer ejercicio físico, preferentemente aeróbico.</p>
<p>– Aprender a manejar mejor su tiempo.</p>
<p>– Fijarse unos objetivos apropiados y realistas, evitando así la frustración que genera el no poderlos cumplir.</p>
<p>– Establecer un sistema sólido de apoyo social, por medio de la familia, los amigos, los compañeros, el trabajo voluntario o las aficiones de cada uno.</p>
<p>El estrés es un problema muy habitual en los enfermos de cáncer, pues no existe un diagnóstico tan temido como el de esta enfermedad. Tras recibirlo, como reacción natural, a la mayor parte de los afectados se les cae el mundo encima, pudiendo entrar en una crisis vital, a menudo acompañada de sentimientos de pánico y desesperación, que en ocasiones acaba sumiendo al paciente en una depresión severa, disminuyendo notablemente sus posibilidades de curación. Para intentar superar una situación de este tipo, aparte de recurrir  a las medidas expuestas más arriba, el enfermo debe apuntalar por todos los medios a su alcance la confianza en su propia recuperación, y a continuación tratar de resolver los conflictos internos que le han podido llevar a sentirse deprimido, debilitando su sistema inmunitario y enviando a sus células el mensaje de que no merece la pena seguir luchando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Cuidado de la alimentación</em></p>
<p>A principios de 2007, el Instituto Internacional de Investigación del Cáncer de la OMS hizo público un estudio según el cual un 35% de los tumores malignos tienen su origen en una alimentación inadecuada.</p>
<p>Hoy en día, casi todo el mundo es consciente de que el modo de alimentarse influye poderosamente en el  estado de salud general del individuo, y que hacerlo incorrectamente puede originar numerosas patologías, entre ellas el cáncer. Pero lo que ya no resulta tan conocido es que con una buena alimentación no solo se previene la citada enfermedad, sino que se ayuda a combatirla.</p>
<p>Hay que tener en cuenta que un tumor, cualquiera que sea su origen, para poder desarrollarse tiene que vencer previamente la resistencia del sistema inmunitario de su futuro anfitrión. De lo cual, puesto que la alimentación es la base del régimen de defensa biológica del organismo, resulta lógico concluir que la dieta alimenticia tiene una gran trascendencia tanto en la prevención como en la cura de todo tipo de cánceres.</p>
<p>Además, a través de lo ingerido se pueden estimular los procesos inmunitarios de eliminación de las células precancerosas. Para lograr ese efecto, la dieta debe proporcionar una cantidad suficiente de alimentos ricos en antioxidantes: vitaminas (C, E y betacaroteno) y minerales (selenio, zinc y cobre), sustancias todas ellas que desarrollan una actividad claramente anticancerígena, gracias a su capacidad para contrarrestar el efecto pernicioso de los radicales libres.</p>
<p>Estos agentes agresivos son unas moléculas inestables que pueden alterar la vida celular «robando» electrones a los átomos vecinos. Como consecuencia de ello, cuando se encuentran en exceso en el organismo —a causa de una dieta inadecuada o de la presencia de elementos contaminantes, como la polución química ambiental, la radiación, el tabaco, los pesticidas presentes en los alimentos o los rayos ultravioleta, entre otros—, tienen la facultad de dañar nuestro material genético, colaborando decisivamente en la aparición y desarrollo de un tumor.</p>
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		<title>Capitulo 1. MI EXPERIENCIA PERSONAL</title>
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		<pubDate>Tue, 11 Oct 2011 17:39:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Capitulo 1. MI EXPERIENCIA PERSONAL]]></category>

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		<description><![CDATA[Me produce un cierto sonrojo dedicar este apartado a contar  los sentimientos y vivencias que experimenté durante los seis meses que transcurrieron desde que me diagnosticaron el cáncer hasta que finalizó su tratamiento. Soy consciente de que puedo parecer algo petulante y aburrir a mis hipotéticos lectores con la narración de unos acontecimientos que, si]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me produce un cierto sonrojo dedicar este apartado a contar  los sentimientos y vivencias que experimenté durante los seis meses que transcurrieron desde que me diagnosticaron el cáncer hasta que finalizó su tratamiento. Soy consciente de que puedo parecer algo petulante y aburrir a mis hipotéticos lectores con la narración de unos acontecimientos que, si bien han tenido una enorme trascendencia en mi vida, no tienen por qué interesarles lo más mínimo. Si al final me he atrevido a abordar un tema tan íntimo ha sido por mi firme convicción de que la forma en que afronté ese periodo decisivo de mi existencia influyó positivamente en la respuesta de mi organismo a las terapias que entonces recibí; respuesta que a juicio de los médicos que me trataron fue insólitamente buena.</p>
<p>A últimos de abril de 2007, tras sufrir varios  accesos de tos, me hicieron una radiografía que reveló una pequeña condensación en mi pulmón derecho. Posteriormente, tras pasar cuarenta y tantos días entre pruebas e intervenciones varias, a primeros de junio me diagnosticaron un cáncer de pulmón en estadio III, con metástasis en el mediastino.</p>
<p>Al inicio de ese proceso, sumido en el lógico abatimiento que produce un mazazo de este tipo, comencé a navegar frenéticamente por Internet para recabar información sobre las características de mi dolencia y mis posibilidades de superarla; pero al poco tiempo decidí abandonar tal actividad, porque el sombrío escenario que me estaba desvelando tan sólo podía conducirme a caer en una profunda depresión.</p>
<p>De hecho, un tanto acobardado al descubrir la gravedad de mi problema, tuve la tentación de bajar los brazos y abandonarme a mi suerte (algunas veces, al acostarme, llegué a pensar que no me importaría sufrir un paro cardíaco durante esa noche). Ahora bien, esa actitud derrotista no me duró demasiado: poco tiempo después me sobrepuse y me apresté a luchar con todas mis fuerzas contra la enfermedad.</p>
<p>No obstante, apenas me hacía ilusiones sobre los beneficios que pudiera obtener de esa lucha, incluso llegué a dudar que mereciera la pena pasar por un largo y penoso calvario para intentar ganarla. Pensaba que aun en el caso de que consiguiera curarme, cosa altamente improbable, sólo habría logrado prolongar mi vida unos pocos años, y no precisamente los mejores ya que acababa de cumplir los 64. Pero finalmente rechacé estas sombrías consideraciones y me dije que tenía la obligación de hacer todo lo que estuviera en mi mano para tratar de derrotar a mi enfermedad; que se lo debía a mis hijos y, sobre todo, a mi mujer.</p>
<p>Por otra parte, desde el principio tuve meridianamente claro que mi papel durante el tratamiento no iba a ser el de un mero espectador de la evolución de mi dolencia; que lejos de limitarme a poner mi destino en manos de la Medicina y de la Divina Providencia, debía colaborar activamente con ambas instituciones para intentar curarme. Por aquel entonces pensaba: «De ésta es muy probable que no salgas, pero por culpa tuya no va a ser», y me dispuse a obrar en consecuencia.</p>
<p>Consideraba que, en muchas ocasiones, el que un organismo enferme no obedece a una sola causa, sino a un conjunto de ellas, tanto físicas como mentales y anímicas; y que a pesar de que los  médicos son plenamente conscientes de ello, como consecuencia de la actual  especialización y masificación de la Sanidad, se ven incapaces de atender a la totalidad de aspectos que concurren en la aparición y desarrollo  de cada enfermedad concreta, teniendo que conformarse con tratar de detectar y eliminar su causa más inmediata. Por poner un ejemplo, en el momento de enfrentarse a un tumor, el oncólogo suele carecer del tiempo y los medios suficientes para averiguar y procurar corregir todas aquellas circunstancias del enfermo que han podido provocar que determinadas células de su cuerpo se malignicen, limitándose a intentar destruirlas por todos los medios a su alcance.</p>
<p>En consonancia con lo anterior, decidí que iba a ser en el campo de la salud integral del individuo, que incluye facetas tan importantes como el ejercicio físico, la alimentación y la relajación, donde tenía que presentar mi batalla a la enfermedad, complementando de este modo la, por otra parte insustituible, labor de la medicina convencional.</p>
<p>Además, para llevar a cabo mi propósito, me favoreció el que cuando me detectaron el cáncer apenas había comenzado a sufrir sus estragos. De hecho, dedicaba aproximadamente una hora diaria a hacer ejercicio (como he venido haciendo, en general, durante la mayor parte de mi vida) y mi forma física, pese a sentirme algo más flojo de lo habitual, era bastante aceptable. También conté con la ventaja de estar titulado en Educación Física y haber dedicado una parte de mi actividad profesional a la enseñanza de esta disciplina. Ambas circunstancias, junto con la labor de documentación que emprendí al efecto, de alguna manera me habilitaron para confeccionar y poner en práctica un programa de fortalecimiento orgánico que me ayudara a afrontar en las mejores condiciones posibles la dureza de los tratamientos médicos que se me avecinaban.</p>
<p>No obstante, mi formación en el campo de la Educación Física, como es lógico, no abarcaba los efectos que un ejercicio prolongado y relativamente intenso pudiera tener sobre los enfermos de cáncer, por lo cual, antes de poner en práctica esa parte de mi programa, me puse a navegar de nuevo por Internet para tratar de documentarme sobre el particular, no fuera a ser que el remedio fuese peor que la enfermedad.</p>
<p>Tras mucho rebuscar en los más prestigiosos portales médicos, intentando averiguar lo que decían sobre ejercicio y cáncer, llegué a las siguientes y desalentadoras conclusiones: en primer lugar, que la información existente sobre el particular es sorprendentemente escasa; y en segundo, que apenas existe uniformidad de criterio entre las distintas fuentes (incluso más de una aconseja un reposo sistemático para afrontar la típica fatiga que genera el cáncer). De todas formas, la opiniones mayoritarias, y especialmente las de los estudios más actuales, coincidían en afirmar que un ejercicio moderado, tanto anaeróbico como aeróbico, siempre que se realice con las precauciones debidas, resulta beneficioso para aquellas personas que están luchando contra el cáncer o recuperándose de él. Si bien dichas fuentes añaden, con la lógica cautela que emplea la ciencia cuando algo no está suficientemente probado, que  serán necesarias más investigaciones antes de que, con carácter general,  se pueda considerar al ejercicio físico como una de las terapias significativas a emplear con los pacientes oncológicos.</p>
<p>Todas esas opiniones, evidentemente, no disipaban mis dudas, pero como no tenía tiempo de esperar a que la ciencia médica se pronunciase definitivamente sobre si una actividad física intensa y prolongada era aconsejable en mi situación, y yo consideraba que el no hacer nada podía ser mucho peor, me apliqué la conocida frase: «de perdidos, al río», y decidí someterme al programa que había previsto inicialmente.</p>
<p>Con todo, no podía ignorar que fortalecer excesivamente mi organismo podía ser un arma de doble filo, porque las células cancerígenas entonces también formaban parte de &lt;&lt;mi organismo», de modo que si aumentaba su fortaleza podía mermar la eficacia de las terapias que me iban a aplicar para conseguir su eliminación. Pero, finalmente, deseché todas esas dudas y me mantuve fiel a mi criterio de que la pelea contra la enfermedad debe iniciarse en el propio paciente, con independencia del tratamiento médico que reciba.</p>
<p>Es más, a fuerza de pensar sobre el tema, llegué a la conclusión de que en la lucha contra el cáncer son perfectamente válidos los dos primeros «Principios del Arte de la Guerra» que establece (o establecía) la doctrina militar española:</p>
<p>- La «Voluntad de Vencer», que significa fe en el triunfo y tenacidad para alcanzar el objetivo marcado, sobreponiéndose a todas las dificultades que se pudieran presentar. Este axioma, aplicado al caso que nos ocupa, implica que no basta con que el paciente tenga el firme propósito de curarse, es preciso, además, que ese propósito se materialice en acciones concretas encaminadas a tal fin. En caso contrario, equivaldría al comportamiento de un soldado que, pese a ser consciente de que su vida depende del resultado de la batalla, permanece resguardado en la trinchera, limitándose a confiar en que la pericia de sus generales (léase sus médicos) le saque del atolladero.</p>
<p>- La «Acción de Conjunto», principio que, adaptado a nuestro caso, refleja la necesidad de coordinar estrechamente todas las acciones, en especial por parte de los doctores, pero también del propio paciente, encaminadas a conseguir la derrota de la enfermedad.</p>
<p>Tras este preámbulo (que quizá me haya quedado demasiado largo) en el que he tratado de describir los sentimientos, dudas y preocupaciones que me embargaron durante los primeros días de mi dolencia, paso ya a relatar, sucintamente, lo más importante que aconteció desde que me detectaron una condensación en mi pulmón derecho (últimos de abril de 2007), hasta que me comunicaron que había cesado la actividad tumoral (mediados de noviembre de ese mismo año).</p>
<p>Lo más duro, y con mucha diferencia, fueron los cuarenta y tantos días anteriores al inicio del tratamiento, por la serie de malas noticias que se iban sucediendo a medida que me hacían las diferentes pruebas e intervenciones, así como por el lógico desasosiego que produce el ver que los días van pasando y, mientras tanto, al no haberse iniciado aún ningún tipo de terapia, lo más probable es que el tumor siga creciendo.</p>
<p>A pesar de ello, traté de dejar a un lado mis tribulaciones y me dediqué íntegramente a fortalecer mi cuerpo y mi ánimo con vistas a la quimioterapia que iba a recibir. Para conseguirlo, aumenté progresivamente la cantidad e intensidad de trabajo físico, hasta el punto que al comenzar el tratamiento ya me entrenaba unas tres horas diarias; y modifiqué mis hábitos alimentarios: comencé a hacer 4 ó 5 comidas al día e introduje en mi dieta gran cantidad de frutas, verduras y frutos secos.</p>
<p>El 12 de junio, ¡por fin!, me ingresaron en el hospital para someterme al primer ciclo de quimioterapia. Voy a reseñar aquí un detalle que creo que refleja con bastante precisión mi actitud durante aquellos días, caracterizada por una beligerancia total hacia mi enfermedad. Durante las casi 30 horas que permanecí ingresado, me encontraba permanentemente unido a la bomba de infusión que me suministraba la quimioterapia a través de una cánula de menos de medio metro de longitud. Pues bien, a pesar de lo limitado de mis movimientos, cada dos horas (excepto por la noche) me levantaba de la cama y, prácticamente pegado a la bomba, me ponía a correr sobre el propio terreno durante 10 minutos. Si actué de ese modo no fue porque la quimioterapia hubiese comenzado a afectar seriamente a mis neuronas: pensaba que el aumento de presión arterial producido por las sucesivas carreras, al provocar la apertura de la mayor parte de mis capilares, incluidos los situados en el tumor, permitiría que casi todas mis células cancerosas recibieran su correspondiente ración de veneno; una ración muy reforzada, además, por el incremento del volumen de sangre en circulación que produce la carrera.</p>
<p>De todas formas, al no conocer ningún precedente al respecto, no podía saber cómo iba a afectar a mis células sanas aquel baño extra de platino (un fármaco muy agresivo y potencialmente cancerígeno)  al que las estaba sometiendo, pero me dije que, con tal de intentar reforzar la potencia destructiva del tratamiento, merecía la pena arriesgarse. Como anécdota,  cuando mi mujer, alarmada por lo que estaba haciendo, y tras tratar de disuadirme, &lt;&lt;porque me iba a marear&gt;&gt;, buscó a mi oncólogo por todo el  hospital para comunicárselo, éste le dijo que me dejara hacer; que yo era un fenómeno.</p>
<p>En la mañana del día 14, recién dado de alta de la clínica, el programa de bienvenida al veneno que había comenzado a circular por mi cuerpo consistió en una hora de bicicleta, así como en hora y media de caminata a ritmo rápido por la tarde.</p>
<p>Durante el primer y segundo ciclos de quimioterapia mi forma de encajar el tratamiento superó con creces mis mejores expectativas: hice una vida completamente normal, apenas experimenté los efectos secundarios asociados a este tratamiento y cada vez me sentía más fuerte y con más energías. Por otra parte, la guerra contra el tumor ya no la estaba entablando yo solo, a través de  mi programa, sino que por fin se disputaba en todos los frentes. Como consecuencia de todo ello, mi moral, optimismo y afán de lucha se incrementaron considerablemente.</p>
<p>Volviendo al entrenamiento físico, en un principio continué ejercitándome unas tres horas diarias, repartidas entre montar en bicicleta —estática o normal, según la climatología— y caminar a paso rápido, simultaneando la marcha con ejercicios respiratorios; pero poco después, con objeto de fortalecer mi  musculatura y ganar peso, incorporé una hora de gimnasia a mi programa de ejercicios; de este modo, la duración de mi entrenamiento pasó a ser de unas cuatro horas diarias, en total.</p>
<p>El 24 de julio me realizaron un TAC para ver el tamaño de mi tumor tras haber recibido las dos primeras dosis de quimioterapia, y resultó que había aumentado 5mm. Entonces mi oncólogo, impulsado por esta falta de respuesta al tratamiento, y supongo que también por la tolerancia que yo había mostrado al mismo, me comentó la conveniencia de que, a partir del inicio del tercer ciclo de quimioterapia, recibiera también sesiones de radio (anteriormente no se había mostrado partidario de emplear esta fórmula por considerarla demasiado agresiva).</p>
<p>Como no podía ser de otra manera, aquel empeoramiento de mi dolencia afectó bastante a mi estado de ánimo, reforzando mis dudas iniciales sobre la utilidad del programa que había tenido la osadía de prescribirme. Pensé que tal vez me había pasado de listo y había cometido una barbaridad; que ese aumento de mi flujo sanguíneo durante cuatro horas al día también podía haber aumentado la vitalidad y resistencia al tratamiento de mis células cancerígenas, haciendo posible que se reprodujesen con una rapidez mayor de lo habitual. Sea como fuere, consideré que cada vez me encontraba mejor físicamente y que ya no era el momento de echarse atrás, así que continué con mi rutina de ejercicios (algunos días llegué a ejercitarme durante cinco horas).</p>
<p>Con anterioridad, un médico amigo mío me había aconsejado que, en el caso de que tuvieran que tratarme con radioterapia, me aconsejaba que me atendieran en Madrid (yo actualmente resido en Santander). Por eso, tras consultarlo previamente con mi oncólogo, que no opuso el menor reparo, el día 29 de julio mi mujer y yo nos fuimos a «veranear» a la capital, a casa de una hermana mía.</p>
<p>El uno de agosto me administraron la tercera dosis de quimioterapia; dosis que, al igual que las anteriores, encajé como si en lugar de un veneno me estuviesen suministrando un reconstituyente (y no estoy exagerando). El día ocho acudí a la consulta de mi nuevo oncólogo, provisto de la radiografía que me había encargado con objeto conocer el tamaño del tumor con antelación al tratamiento de radio. Pues bien, en ese instante se cortó la racha de malas noticias que me habían estado golpeando desde finales de abril y apareció por fin una buena (aparte de las que me enviaba mi propio organismo, que eran excelentes): el doctor, tras consultar la placa, me comunicó que «el tumor se había reducido algo».</p>
<p>A partir de ese momento, mi ánimo, por aquel entonces un tanto decaído, se robusteció considerablemente: empecé a estar convencido de que había emprendido el camino correcto y a entrever ciertas posibilidades de superar mi enfermedad, al menos temporalmente. De hecho, como corroboraron los acontecimientos posteriores, aquel momento equivalió a lo que los montañeros llaman «hacer cumbre»: desde entonces, y hasta el final del tratamiento, todo fue un continuo y cada vez menos penoso descenso hacia la normalidad.</p>
<p>Los días 28 de agosto y 29 de septiembre, respectivamente, inicié el cuarto y quinto ciclos de quimioterapia, con unos resultados bastante similares a los de los ciclos anteriores, si bien es verdad que mis recuentos sanguíneos comenzaron a evidenciar un moderado descenso de glóbulos rojos y blancos; descenso que, sorprendentemente, apenas afectó a mis energías.</p>
<p>Ya he mencionado que durante mi estancia en Madrid recibí también un tratamiento con radioterapia, el cual fue supervisado por el director de la clínica Cinca; un especialista para el que sólo puedo tener palabras de reconocimiento, como profesional y como persona. El citado doctor me recibió por primera vez el 30 de julio, mostrándose muy sorprendido de que, pese a haber iniciado el tercer ciclo de quimioterapia, presentara tan buen aspecto. Pero aún se sorprendió más cuando le manifesté que, en mi opinión, ello se debía a las cuatro horas de ejercicio que practicaba diariamente. Entonces me dijo que, a partir de entonces, en cuanto comenzaran mis sesiones de radio, veía prácticamente imposible que pudiera seguir ejercitándome de ese modo, puesto que encima esas sesiones iban a coincidir en el tiempo con los dos restantes ciclos de quimioterapia. Yo le repuse que al menos pensaba intentarlo, añadiendo que, puesto que durante el ejercicio solía &lt;&lt;escuchar&gt;&gt; los mensajes que me enviaba mi organismo, sería éste quién tuviese la última palabra al respecto. Finalmente, aunque se mostró un tanto escéptico, dijo estar de acuerdo.</p>
<p>El 26 de agosto, tras haber recibido mis primeras siete sesiones de radio (de un total de 28), pasé de nuevo consulta con el doctor, comunicándole que seguía haciendo ejercicio sin problema alguno, aunque, en consideración a su advertencia, había reducido la dosis de actividad a tres horas diarias. Al final de aquella visita, tras reconocerme físicamente, exclamó: «Desde luego, es usted un portento» (algo que estimé totalmente exagerado, pues en la vida he destacado por mi fortaleza, al menos física).</p>
<p>Al término de la siguiente consulta, cuando a la sazón llevaba 19 sesiones de radio, me reconoció de nuevo y me comentó que en toda su carrera profesional había visto un caso como el mío, que lo consideraba tan insólito que habría que publicarlo; una frase que, con posterioridad, me indujo a considerar la posibilidad de elaborar este trabajo.</p>
<p>Finalmente, el 20 de septiembre, cuando me faltaban tan sólo tres sesiones para terminar la radioterapia, me reconoció por última vez, espero, y me dijo que me encontraba perfectamente. Un momento después, cuando mi mujer y yo, después de agradecer las atenciones recibidas, nos disponíamos a abandonar la clínica, el doctor, tras dar un beso de despedida a mi esposa, le dijo, escuetamente: «Enhorabuena». Un término que, como es lógico, me llenó de asombro (y también de optimismo), pues pensé que felicitar a la mujer de un paciente que tiene un cáncer de pulmón con metástasis en el mediastino, o bien era una muestra de humor negro del peor gusto, cosa que descarté de inmediato, o expresaba el convencimiento de mi médico, sin ningún dato objetivo que lo corroborara, de que yo iba a superar, al menos provisionalmente, mi enfermedad.</p>
<p>Posteriormente, los hechos justificaron sus parabienes. El 30 de septiembre, una vez recibido el quinto ciclo de quimioterapia, regresamos a Santander, y el siete de noviembre, de vuelta en Madrid, y tras el consabido TAC, me comunicaron que había cesado la actividad tumoral.</p>
<p>Desde entonces, ha transcurrido ya más de un año, sigo ejercitándome una media de tres horas diarias (el ejercicio se ha convertido en una especie de droga para mí) y, pese a estar sometido a controles periódicos para prevenir un posible rebrote de mi enfermedad, mi calidad de vida es superior a la que tenía antes de declarárseme el mal. Después de haber estado a punto de perderla, me he hecho mucho más consciente de lo efímera que es la vida, consciencia que me ha llevado a valorarla mucho más y a gestionarla mejor que nunca, preocupándome por lo que realmente merece la pena y no agobiándome por tonterías. De hecho, cada vez tengo más claro que lo fundamental no es la fecha en que te vas a morir (trámite un tanto enojoso, pero que en todo caso hay que pasar y que, bien mirado, ofrece la contrapartida de ser el último disgusto que te vas a llevar en esta vida), sino la forma en que vives hasta que llega esa fecha.</p>
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		<pubDate>Wed, 28 Sep 2011 17:58:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>cmatasaez</dc:creator>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';">Hace unos 14 meses, poco antes de que concluyera mi tratamiento con radioterapia, el ilustre oncólogo que me atendió (socio fundador de las sociedades españolas de Oncología y de Investigación sobre el Cáncer) me dijo que la positiva evolución de mi enfermedad constituía un caso clínico tan sorprendente que «habría que publicarlo». A partir de entonces, esa idea me estuvo rondando por la cabeza, aunque tardé más de un año en materializarla para dar tiempo a que dicha evolución se consolidara, no fuera a ser que me apresurase a pregonar las excelencias de un método prematuramente condenado al fracaso por el temprano fallecimiento de su promotor.</span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';">Una vez transcurrido ese tiempo, pese a ser plenamente consciente de que la batalla no está ganada y que mi mal puede reaparecer en cualquier momento, ya puedo afirmar, con menor margen de error, que el programa de fortalecimiento integral al que me sometí cuando me diagnosticaron la enfermedad, aparte de posibilitar el que apenas me afectaran los tratamientos que en su día recibí, pudo tener una cierta influencia en la posterior mejora de mi estado de salud. </span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';">Si ahora trato de divulgarlo, no es porque piense que mi experiencia va a ayudar al millón y medio de personas que, según los cálculos, conviven con el cáncer en nuestro país, ni a los doscientos mil nuevos casos que se diagnostican en él cada año. Soy consciente de que la evolución de la enfermedad y la respuesta a las diferentes terapias anticancerígenas depende, entre otras cosas, del tipo de tumor (existen más de 300), de su grado de desarrollo y de las características personales de cada paciente. Por ello, mi único objetivo es proporcionar unas pautas generales de actuación personal que, una vez adaptadas a la situación del enfermo, puedan contribuir a su mejora física, mental y anímica, aminorando los efectos secundarios de los tratamientos convencionales y potenciando su eficacia.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';">Tampoco pretendo que las tesis que expongo al abordar los diferentes temas objeto de este libro tengan el carácter de verdades absolutas (actualmente, apenas queda de eso); es más, me apresuro a declarar que algunas de ellas no pasan de ser meras opiniones, aunque contrastadas por una experiencia de casi dos años de enfermedad y en cierto modo avaladas por el trabajo de documentación que he realizado durante ese tiempo. Ahora bien, sí estoy convencido de que las terapias naturales que expongo más adelante, aparte de comprometer al propio paciente en la evolución de su enfermedad, pueden mejorar considerablemente su calidad de vida y, en determinados casos, incrementar sus posibilidades de curación.</span></p>
</div>
<div>
<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';">A lo largo del texto, he procurado emplear un lenguaje lo más sencillo y claro posible, tratando de evitar que excesivas complejidades y tecnicismos lo hicieran poco accesible a personas escasamente familiarizadas con los temas tratados. Al hacerlo así, espero no haber caído en otros defectos que serían aún  más graves, como la frivolidad o la falta de rigor.</span></p>
</div>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';">Tal vez me haya mostrado algo reiterativo en la exposición de algunos conceptos que me parecen fundamentales, pero no me arrepiento de haberlo hecho: creo que determinados mensajes conviene recalcarlos con cierta machaconería, aun a riesgo de aburrir a sus futuros destinatarios; no en vano la repetición es la base de todo aprendizaje.</span></p>
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<p><span style="font-family: 'Sabon-Roman','serif';">Por último, quiero hacer constar que el único propósito que me impulsó a redactar este trabajo fue el tratar de contribuir, con mis limitados conocimientos y experiencia, a la lucha contra esta cruel enfermedad. Si con el presente libro consiguiera ayudar a alguien a superarla, o a sobrellevarla en mejores condiciones, mi esfuerzo habrá valido la pena. A los restantes lectores (de existir), al menos les quedará el consuelo de haber cooperado con una buena causa, pues, en el muy hipotético caso de que se vendiera algún ejemplar, donaría la totalidad de mis derechos de autor a un organización dedicada a la lucha contra el cáncer.</span></p>
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