La ladrona de libros, de Markuz Zusak

La ladrona de libros

Markus Zusak

Traducción de Laura Martín de Dios

Lumen, Barcelona, 2007, 532 págs

El autor se esconde detrás de un narrador omnisciente, la muerte, quien se dirige al lector para explicarle las causas de los hechos, o bien para adelantarle el futuro mediante frases “lapidarias” en las que resume los hitos de su presencia entre los humanos.

Liesel es una niña alemana que sufre la acción de la muerte en su familia como consecuencia del hambre y la enfermedad que acompañan a la guerra (la segunda gran guerra).

La locura generalizada de la sociedad alemana que persiguió el exterminio de los judíos y de otros grupos raciales no arios, no impidió que algunos alemanes supieran valorar la amistad y los sentimientos de la compasión y supieran arriesgarlo todo en ayuda del más necesitado.

Hans Hubermann, el padre adoptivo de Liesel, pertenece a ese grupo de personas que saben ver en el otro, un ser humano. Hans sobrevivió a la primera gran guerra porque un judío aseguró que sabía escribir: el resto de su batallón pereció en aquella batalla. Hans visitó a la viuda del hombre judío a quien le debía la vida y de quien había aprendido a tocar el acordeón. Pocos años después pudo devolver el favor al hijo aquel hombre. Acogió en el sótano de su casa a Max, el hijo de aquel judío. Su mujer, Rosa, supo también colaborar tan buena obra.

Entre Liesel y Max surgió una amistad fuerte; más fuerte que la propia muerte. Liesle también contaba con la amistad de una mujer importante: la mujer del alcalde quien había perdido un hijo y quién le permitiría disfrutar de los libros de su biblioteca privada, incluso robarlos.

Liesel conoció la amistad profunda y cálida de un adolescente de su edad: Rudy. Con él cometió sus hurtos de libros y con él compartía juegos y juicios sobre la situación de Alemania.

Rudy era un chico fuerte y noble que sufrió el reclutamiento de su padre y el hambre. Esperó incansable un beso de Liesel. Pero llegó antes la muerte que el deseado beso.

La Alemania nazi se deslizó, poco a poco, desde 1930 a 1935 por el terreno inclinado de la búsqueda de la ventaja económica: precisaba mano de obra barata para relanzar su economía. Por eso comenzó a reclutar hombres y mujeres de sus cárceles –presos comunes- y extranjeros como mano de obra gratis. Un cambio en las leyes facilitó el tránsito hacia la esclavitud: los campos de concentración se ubicaron en las proximidades de las minas y de las principales canteras o fábricas. Lo primero fue definir qué es un ser humano: un ser sano, un ser con buen aspecto físico, un ser de raza aria. El resto de la humanidad sólo contaba en la medida que podía trabajar gratuitamente para la raza aria o como cobayas para los experimentos de sus médicos e investigadores. Unos seis millones de judíos y extranjeros sufrieron hasta la muerte trabajos forzados o bien el exterminio directo. Pero también murieron muchos alemanes y otros europeos bajo las bombas durante la segunda guerra mundial.

Esta novela es un relato que recoge todo ese dolor aunque de forma poética, fijándose más en la gente de buen corazón.

El sobrino de Atilano Nicolás

Ébano, de Ryszard Kapuscinsky

Ébano

Ryszard Kapuscinsky

Traducción del polaco de Agata Orzeszek y Roberto Mansberger Amorós

Anagrama, Barcelona, 2007

Kapuscinski recorrió África como periodista. Este volumen recoge crónicas de ese viaje en las que la mirada y la mente se abren a una realidad muy alejada de la vieja Europa. África es demasiado grande, y a pesar de su juventud como conjunto de naciones independientes, su cultura merece que le dediquemos algunos momentos de nuestras vidas.

¿Sabía usted que Liberia, un país situado en la costa occidental africana, entre Sierra Leona y Costa de Marfil y próximo al ecuador, fue adquirido por un filántropo norteamericano que pretendía devolver a los descendientes de los esclavos africanos a su continente de origen? ¿Sabía usted que todos aquellos descendientes de esclavos que fueron retornados a África intentaron mantener los usos y costumbres de la sociedad norteamericana (forma de vestir incluida) y arrinconaron en la selva a los aborígenes de Liberia? ¿Y que ése fue el primer gueto de población negra en África?

¿Sabía usted que los habitantes de Ruanda vivían en una sociedad feudal en pleno siglo XX? ¿Sabía que Ruanda pudo conservar su configuración social durante tres siglos sin intervención europea porque es un país situado en un macizo montañoso en pleno corazón de África, muy alejado de la costa? ¿Sabía usted que la sociedad feudal de Ruanda estaba conformada por los propietarios del ganado cebú y de las tierra (los tutsis, 14% de la población) y los trabajadores de las tierra y obreros (los hutus,86% de la población sin derecho a poseer cebúes y por lo tanto sometidos a los tutsis)?

¿Sabía usted que Ruanda dependía de Alemania tras el reparto de la Conferencia de Berlín de 1886 de Berlín y que Alemania la cedió a Bélgica después de la 1ª Guerra Mundial? ¿Sabía usted que fue Bélgica la que buscó alianzas con los tutsis dominadores y que cuando los tutsis se negaron posteriormente a someterse soliviantaron a hutus para que los derribases del poder? Sabía usted que los tutsis tuvieron que abandonar el país y viven en campos de concentración en los países fronterizos (Tanzania, Burundi, Uganda, Congo) y que su principal actividad es entrenarse como soldados para recuperar su posición en Ruanda? ¿Sabía usted que ése es el origen de las terribles matanzas entre las dos etnias? ¿Sabía usted los soldados tutsis fueron contratados como guerrilleros en contra del “psicópata y verdugo” Milton Obote que ocupaba el poder en la Uganda de los años ochenta?

¿Sabía usted que la línea geopolítica y lingüística es la representación geográfica del reparto que Londres y París pretendían del continente africano? ¿Sabía usted que Londres pretendía poseer tierras y dominio lingüístico en los países situados en línea norte-sur, desde El Cairo hasta La Ciudad del Cabo y que París pretendía otro tanto desde Dakar (oeste) a Djibuti (este)? Sabía que ambas potencias enviaron sendas expediciones militares para alcanzar en primer lugar la aldea de Fashoda, situada exactamente al sur del Sudán, a orillas del Nilo, porque es el punto geográfico donde coinciden ambas líneas norte-sur y este-oeste? ¿Sabía usted que ambas potencias llegaron a Fashoda en 1898, en los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial? ¿Sabía que siguen actuando dos lobbies en defensa de la “francophonie” y de los angloparlantes que impulsan políticas en los países africanos alineados en cada bando?

¿Sabía usted que el sentimiento religioso y el respeto a los antepasados constituye un rasgo fundamental en la visión del mundo de los africanos? ¿Qué el sentido de pertenencia a un clan o a una tribu es mucho más fuerte que las divisiones políticas?

Kapuscinski presenta en este libro una serie de crónicas de sus viajes por el continente africano. Son cuestiones puntuales que dan al lector europeo la oportunidad de entender las razones –si es que puede existir una razón- de los conflictos actuales en ese continente.

Por sus páginas desfilan los diamantes de Sierra Leona, los mercados de Zanzíbar, los paisajes del Serengueti…

El sobrino de Atilano Nicolás

Cuando el mundo gira enamorado, de Rafael de los Ríos

Cuando el mundo gira enamorado. Semblanza de Víctor Frankl.

Rafael de los Ríos

Rialp, Madrid, 2009

Víctor Frankl (1905-1997) fue uno de los más importantes psiquiatras del siglo XX. Cuando Austria quedó anexionada al III Reich, y a causa de su origen judío, fue deportado junto con su mujer a un campo de concentración. Desde allí le trasladaron al terrible Auschwitz, donde sufrió vejaciones infrahumanas. A pesar del hambre, del frío y de las enfermedades, la prisión de Víctor en Auschwitz y Dacha fue el mejor laboratorio que pudo nunca imaginar para aplicar la logoterapia, su teoría médica, según la cual el hombre necesita un sentido último para vivir, ya que en todos nosotros existe una semilla de dignidad que no puede destruirse ni siquiera en las circunstancias más adversas.

Los campos de concentración fueron una prueba de fuego para la logoterapia que él mismo se aplicó para poder sobrevivir y de la que luego se sirvió para salvar del suicidio y de la desesperación a tantos judíos que padecía su mismo sufrimiento.

“Existen en el hombre tres tipos de valores que dan sentido a su vida –anota Víctor-. Primero: valores creativos. Segundo: valores vivenciales. Tercero: valores de actitud. Por ejemplo, un enfermo que yo atendí vivió sucesivamente estos tres valores de forma casi dramática. Era un hombre joven. Profesión: diseñador de publicidad; al diseñar anuncios vivía los valores creativos. Sufrió un tumor en la parte alta de la columna vertebral: ya no pudo ejercer su profesión ni, por tanto, esos valores creativos.

En el hospital, se entregó a la lectura de buenos libros, se deleitaba oyendo música escogida y animaba a otros pacientes: entonces pasó a experimentar los valores vivenciales, es decir, da ahora un sentido a su vida acogiendo ese segundo tipo de valores. Primer viraje.

Finalmente, su parálisis progresa tanto que ya no es capaz de leer, ni aguanta los auriculares. ¿Qué actitud toma ante su destino? Sin quejarse, ofrece a Dios sus dolores por los seres queridos. Pues bien, cuando yo pasé la visita de la tarde, la víspera de su muerte, y sabiendo perfectamente lo que le aguardaba, ese admirable enfermo me rogó que le pusiera la inyección de medianoche: para que yo no me molestara en levantarme a mitad de la noche. Este hombre, en las últimas horas de su vida, no se preocupaba en absoluto de sí mismo, sino sólo de los demás. Segundo y maravilloso viraje hacia el tercer tipo de valores: los valores de actitud, que son los más importantes para la persona, y los más difíciles de asumir, porque no todos aceptan el sufrimiento con dignidad.”páginas 13-14

El autor de este libro, Rafael de los Ríos, es periodista, escritor y Doctor en Filosofía. Ejerce como profesor de Psicología General y de Comunicación en la Empresa. Al escribir esta semblanza del psiquiatra judío Viktor Frankl aciertó a plasmar sus pensamientos, la autenticidad de su amor. Así resume la teoría de Víctor Frankl:

“Tenemos que enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Es la vida quien nos pregunta a nosotros, y no nosotros a la vida. Y nuestra respuesta consiste en asumir la responsabilidad personal y en cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.” Páginas 121 y 122

“Recuerdo un conocido abogado a quien fue necesario amputarle una pierna. Rompió a llorar al dejar la cama por primera vez y dar los primeros pasos con una sola pierna. Para ayudarle a vencer aquella crisis, yo le pregunté si aspiraba, de viejo, a convertirse en corredor, pues sólo así podía explicarse su desesperación. La pregunta hizo que las lágrimas se cambiasen por una débil sonrisa. El eminente jurista comprendió que la vida ni es tan pobre en posibilidades, ni pierde todo su sentido porque el cuerpo tenga una extremidad menos.” Página 130

Podemos comprender la desesperación a la que llegaban aquellos hombres sometidos a trabajos forzados en los campos de exterminio nazi, sometidos al frío, al hambre, a la enfermedad… Que intentaban disimular sus padecimientos y aparentaban ser fuertes, al menos lo imprescindible para evitar la cámara de gas.

Nuestra sociedad del siglo XXI parece disfrutar en exceso de comida, de abrigo, de calor y de tiempo libre para la diversión y el relax. Sin embargo, el valor que le damos a nuestra vida parece haber disminuido, al menos en la misma proporción en que la desesperación, el no esperar ya nada más de la vida, se hace presente entre nosotros. Suicidios y homicidios aparecen en las crónicas diarias de los periódicos y noticiarios. Quizás estas 151 páginas ayuden a corregir el desenfoque del problema y nos ayude a comprender qué es lo que aún podemos dar, con qué podemos contribuir en la mejora de la sociedad, en definitiva, cuál es el sentido de cada una de nuestras propias vidas.

El sobrino de Atilano Nicolás

Verde agua, de Marisa Madieri

Verde agua

Marisa Madieri

Minúscula, Barcelona, 2006

Posfacio de Claudio Magris

Claudio Magris (Trieste, 1939), en el posfacio incluido en Verde agua, enmarca la obra escrita por su esposa, Marisa Madieri (Fiume, 1938-Trieste 1996), aportando el contexto histórico en el que se desenvolvió la infancia de la autora.

“Al final de la Segunda Guerra Mundial la Yugoslavia de Tito, tras su extraordinaria resistencia partisana, no sólo recuperó tierras étnicamente eslavas incorporadas con anterioridad a Italia, sino que ocupó e hizo también suyas tierras en las que vivían italianos, como Istria y Fiume –actualmente Rijeka, en Croacia-, donde Marisa Madieri nació y vivió, de niña, con su familia.” (Pág. 190)

Marisa Madieri escribió un conjunto de apuntes fechados, a modo de diario. El tema que da sentido al conjunto es la vida misma. Un relato que incorpora pasado y vida presente de la autora y de su familia en un momento muy difícil de la historia del país, y de la propia historia de los emigrantes. Las dificultades, la pobreza y la dureza de la vida de emigrante no dejaron odio, rencor ni egoísmo en esta mujer de sensibilidad exquisita. El relato se entreteje con palabras ajenas, con ideas ajenas, que son los libros que frecuentó durante su vida:

La dama del mar, de Ibsen

El Cantar de los Cantares

La poesía de Gabriel D’Annunzio

Gran Serton: Vereda, de Joäo Guimaräes Rosa

Al faro, de Virginia Wolf

La Gerusalemme liberata, de TorquatoTasso

La Iliada y La Odisea, de homero

Guerra y Paz, de Leon Tolstoi

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

Sleepy Hollow, de Washington Irving

Vehículos que piensan de Braintegerg.

Maria Madieri no cita, no comenta. Tan sólo sugiere, alude y permite a la imaginación del lector el viaje personal, la recreación particular. Al concluir la lectura de estas 185 páginas el lector puede dibujar perfectamente, o mejor, reproducir como una fotografía los paisajes en los que María y su familia se desenvolvieron, las casas que habitaron los muebles, los enseres que utilizaron, y por supuesto, los distintos personajes que compusieron su universo familiar y de amistad.

El lector llega a comprender cómo puede afectar la frialdad de un hecho histórico o político a la vida de una niña, y cómo lucha esa niña por superarse y alcanzar la madurez. La forma de reaccionar ante ese dolor y esa injusticia es lo que diferencia al ser humano. La grandeza o la ruindad es el fin de trayecto de los sucesivos ejercicios de libertad personal. No consiste en no ver el dolor, en no padecer el sufrimiento o la miseria. Marisa Madieri describe situaciones muy duras. Pero las describe con el señorío que da el haberlas superado. Un libro que se recrea en descripciones líricas, lleno de contenidos culturales y valores humanos y que propone al lector la consideración de la importancia del ser humano por encima de las condiciones materiales que lo rodean.

El sobrino de Atilano Nicolás

Beatriz Galindo la Latina, de Almudena de Arteaga

Beatriz Galindo, La Latina. Maestra de reinas

Almudena de Arteaga

Ediciones Algaba

Madrid, 2007

Premio Algaba 2007

La vida de Beatriz Galindo en la corte de Isabel la Católica es una confirmación de los desvelos de aquella reina por asegurar una formación humanista a sus cuatro hijas (Isabel y María –ambas reinas de Portugal por su matrimonio con Manuel el Afortunado-, Juana –reina de Castilla- y Catalina –reina de Inglaterra por su matrimonio con Enrique VIII-). Una formación pareja a la recibida por su hijo, el príncipe Juan, malogrado heredero de un gran imperio.

El libro es el resultado de una investigación minuciosa de todo lo relacionado con la maestra de reinas, no sólo de la Católica; también de las cuatro princesas, después reinas. Vivió Beatriz Galindo toda su vida al lado de la soberana como maestra, confidente y amiga. Hija de un caballero, Gricio, oriundo de Zamora, en 1479 tenía la edad de los pupilos más jóvenes que acudían a las escuelas menores como oyentes (14-21 años) para después licenciarse o comenzar los cursos de doctorado y magisterio de la Universidad de Salamanca. Por entonces pensaba en hacerse novicia para continuar los estudios, cuando Don Tello Buendía llegó a Salamanca, como rector, nombrado por los Reyes Católicos. Sin duda fue este Don Tello el que aconsejara a la reina la designación de Beatriz Galindo, a la que había conocido en su época de estudiante, cuando incluso había ocupado ocasionalmente alguna cátedra vacante.

Parece ser que Beatriz Galindo fue una de las ávidas lectoras que disfrutaron del invento ideado por Gutenberg en 1449. El libro más antiguo de la biblioteca de la universidad es el Speculum vitae humanae impreso en Roma en 1468 y es muy probable que fuera consultado por Beatriz Galindo, quien ya acudía a sus aulas en 1467.

La reina Isabel la Católica era consciente de su carencia en cuanto a cultura y, tras su coronación, se aplicó al estudio del latín, para mejor desenvolverse en las cortes europeas. Su esposo, Fernando de Aragón, sabía latín desde su juventud.

Luis Vives, el más grande humanista y autor de Instrucción de la mujer cristiana, recoge con asombro la prontitud con la que la reina Juana y su hermana Catalina podían responder en lengua latina. Precisamente, la encargada de esa instrucción fue Beatriz Galindo. Y una juventud casi paralela a la suya, fue la de Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática del español.

El libro de Almudena de Arteaga es un relato minucioso de la vida de Beatriz Galindo en la corte de los Reyes Católicos. De su amistad con la reina y con las cuatro princesas y de cómo influyó esa amistad en el devenir de su propia vida. Casó, por voluntad real con Francisco Ramírez, apodado Artillero por su valiente labor al frente de los ejércitos reales hasta entregar su vida en batalla. Relata el libro la vida de la viuda de Ramírez y del destino de sus bienes, información que Almudena de Arteaga encontró en los Archivos del Ayuntamiento de Madrid y en el General de Simancas.

La mayoría de los documentos referentes a Beatriz Galindo desaparecieron en la Guerra Civil Española al ser quemados y expoliados los archivos de los conventos de las Jerónimas, uno de los cuales fue fundación de Beatriz Galindo. Es sabido que las guerras no sólo pretenden hacer desaparecer a los hombres a quines se consideran contrarios, también todo rastro de memoria que pudiera quedar de ellos.

El sobrino de Atilano Nicolás

El mundo incierto de Vikram Lall, de M. G. Vassanji

El mundo incierto de Vikram Lall

M.G. Vassanji

Salamandra, Barcelona, 2006

445 págs, 18,60 €

Moyez G. Vassanji nació en Nairobi en 1950. Su familia, como tantas otras, se movía dentro del ámbito de la Commonwealth, y permaneció en Kenia hasta la muerte del padre para emigrar luego a Tanzania. A los diecinueve años, Vassanji obtuvo una beca para el Massachusetts Institute of Technology (más conocido como MIT), donde estudió física nuclear. Contratado en 1980 como investigador en la Universidad de Toronto, empezó a escribir su primera novela, The Gunny Sack, publicada en 1989 y premiada con el Premio de la Commonwealth. Fue entonces cuando abandonó la física para dedicarse a la escritura.

En el inicio de esta magnífica novela, El mundo incierto de Vikram Lall, el protagonista, un Vikram Lall ya maduro, nos cuenta que se lo considera uno de los hombres más corruptos de África (si es cierto o no, lo descubrirá el lector a lo largo de la obra). A partir de aquí, nos narra retrospectivamente su vida, con cierto paralelismo con la del autor. M.G. Vassanji pretende contarnos a través de la historia de ese alter ego el desarraigo de los hijos de hindúes en África, alejados de la patria de sus padres o abuelos, los cuales tuvieron que marcharse a otros países de la Commonwealth tan pronto como Kenia se convirtió en un estado independiente.

La narración comienza en el año 1953. Eran tiempos felices en la infancia despreocupada de Vikram y sus amigos. Vassanji, mediante Vikram, nos estimula la fantasía con la evocación de los vivos colores, olores y sabores de aquella Kenia que, en realidad, era su única patria, puesto que el vínculo con la India estaba ya perdido. Habían pasado demasiadas generaciones desde el primer emigrante de su familia.

Luego vendría la insurrección Mau Mau y la independencia de Kenia, que obligó a los hindúes a huir, considerados colaboradores de los blancos británicos. De ahí que el país sufriese un retroceso brutal, dado que los más preparados para hacer progresar el país eran, justamente, los colonos blancos e indios. Normal, teniendo en cuenta que lo habían inventado ellos.

Vassanji no tiene ningún apego a lo políticamente correcto, por lo cual la novela plantea claramente la pregunta de si la descolonización se hizo bien y en buen momento. Al respecto, cabe señalar que la descolonización más exitosa (y con diferencia) fue la de Singapur, país con una renta per cápita actual que casi dobla la española, mientras que Kenia y Tanzania, con su corrupción generalizada y economías de corte socialista, permanecen enfangadas por debajo de los 500$ anuales.

El tema de la independencia de Kenia, aunque sustenta el relato, no es el principal. Sí lo es, en cambio, el tema de la integración. La integración y la tolerancia parece que no fueron compatibles con el grito de independencia “África para los africanos”, las masacres y las injusticias traspasaron rápidamente el círculo de los europeos y de los hindúes y asiáticos para llegar a la discriminación de los diferentes grupos étnicos que conformaban el estado de Kenia.

“Vivíamos en una sociedad compartimentada; todas las noches, cada ciudadano de Nairobi salía del crisol de culturas de la ciudad y regresaba a su casa con su familia, sus creencias, su pueblo. Para los kikuyus, los luos eran los astutos y rebeldes cerebros del lago Victoria; y los masais, unos nómadas que hasta hacía poco iban desnudos. Los merus se enorgullecían de ser especiales, pues descendían de una tribu semítica nómada. Estaban los dorobos, los turkanas, los borans, los somalíes, los suajilis, y todos eran diferentes. Y también los wahindis, los arteros asiáticos que no eran verdaderamente africanos”… Pág. 319

“Si eras de la costa jamás podías abrir un pub en Nakuru; si eras luo, no podías buscar trabajo en Nyeri. Pero los asiáticos éramos especiales: teníamos la tez morena, éramos pocos, estábamos asustados y nos caricaturizaban, y podían amenazar con deportarnos como extranjeros aunque viviéramos en Kenia desde los tiempo de Vasco de Gama, incluso antes de que algunos pueblos africanos llegaran al país.

Esa aversión a todo un pueblo, esa tendencia a despreciarlo y culparlo de todas tus desgracias -ese intento de librarse de él en masa-, podía tener y de hecho tuvo otras manifestaciones en África. Idi Amin deportó de Uganda a toda su población asiática, y muchos líderes africanos aplaudieron su decisión. Ellos no sabían que de eso al genocidio de Ruanda, y posteriormente a los de otras regiones, había muy poco. Ahora, en Nakuru, la ciudad de mi infancia, son los kikuyus quienes se han convertido en los demonios explotadores indeseables, y en Internet los MuKenia Patriots juran, si no venganza, al menos defensa propia.” Pág. 337

Los hindúes, llevados por los británicos a Kenia, como expertos constructores de la red de ferrocarriles, nunca llegaron a ser considerados keniatas. Dejaron, la mayor parte de ellos, sus provincias del noroeste de la india -posteriormente Pakistán- y llevaron a Kenia sus costumbres y su pureza religiosa musulmana. Muchos de ellos, con la independencia de Kenia solicitaron la nacionalidad británica. Las primeras oleadas fueron aceptados en el Reino Unido donde, al verse incrementado el número de solicitudes, se cerró la frontera dejando a muchos de ellos sin posibilidades de retornar a sus provincias de origen que en ese momento ya no pertenecían a la India, sino al Pakistán independiente; sin poder entrar en el Reino Unido y perseguidos en Kenia.

El sobrino de Atilano Nicolás

Mil soles espléndidos, de Khaled Husseini

Mil soles espléndidos

Khaled Hosseini

Traducción del inglés de Gema Moral Bartolomé

Salamandra, Barcelona, 2007, 382 págs.

En esta novela histórica, Hosseini nos relata la vida de dos mujeres en el Afganistán de la segunda mitad del siglo veinte. El autor nació en Kabul, en 1965, así que, probablemente, lo que no conoció directamente sin duda lo escuchó de labios de personas que sí estuvieron allí. Comprender el turbulento devenir de la historia de este país no es tarea fácil.

Mariam vive durante el último reinado, el de Zadir Shah (1933-1973). Se estrenó este monarca con 19 años y lo primero que hizo fue encargar la formación de gobierno a Mohammed Hashem, su tío, quien intentó una reforma “light” del país para contentar a los líderes tribales que asesinaron al anterior monarca, su padre. Como el motivo de la rebelión había sido el acercamiento del anterior gobierno a la URSS, Hashem se dirigió a los EEUU para conseguir la participación de las empresas americanas en la construcción de caminos y del aeropuerto.

De 1949 a 1952 y siempre bajo el reinado de Zadir Shah, el gobierno estuvo controlado por un Parlamento Liberal del que salió, a instancias de las tribus conservadoras, el nombramiento de Mohammed Daud Khan como Presidente de Gobierno. Daud encontró en la URSS la ayuda que los EEUU no le llegaron a dar: formación para técnicos y funcionarios afganos, institutos politécnicos, formación de mandos para el ejército y los caminos y el aeropuerto que necesitaba.

Este periodo es en el que se desarrolla la infancia de Mariam, a las afueras de Herat. Ella no podrá asistir a la escuela pero sabe que las niñas de Herat asisten. Herat es una ciudad que cuenta con un cine, el de su padre, y parece que se trata de un buen negocio.

En 1974, Mariam, de 15 años, es entregada en matrimonio a Rashir, un zapatero de Kabul. Cuando Mariam llega a Kabul, ya con Daud como Presidente de la República, se encuentra con una ciudad en la que se respira algún aire de libertad, aunque Rashir exige a Mariam que use el burka y que no salga sola a la calle.

Mariam conoce a mujeres que sólo usan un pañuelo para cubrirse la cabeza y que envían a sus hijas a la misma escuela que a sus hijos. Y también hay cine.

Con el apoyo de la URSS, Daud destronó al rey Zadir Shah, en 1974 y proclamó la República. Pero fue asesinado en 1978. Su sucesor, Tarik, se inclinó demasiado hacia la URSS y como consecuencia, provocó el levantamiento armado de las tribus. Más de tres millones de afganos huyeron a Pakistán.

La URSS envió a 118.000 soldados soviéticos que controlaban los caminos y las ciudades mientras que las tribus organizaban sus fuerzas en las montañas y se dirigían a Kabul.

El otro personaje importante de la novela es otra mujer, Laila, nacida en 1977. Hija de un maestro, asiste a la escuela y juega al ajedrez. Corre con libertad por las calles de Kabul y comparte sus juegos con un niño llamado Tarik. Laila tiene dos hermanos que se van a las montañas porque quieren luchar y expulsar del país a los soldados rusos. Han sido educados en un cierto clima de liberalidad pero defenderán las tradiciones tribales porque identifican tradición con libertad.

En 1988-1989, las tropas rusas abandonan Afganistán pero los afganos, de tribus muy diferentes, se enzarzan en una sangrienta guerra civil.

Así llegamos a 1994, cuando Laila ya tenía 15 años y su familia decide abandonar Kabul. En el último momento los padres de Laila mueren y es este suceso lo que hace que Mariam y Laila compartan sus vidas.

Una vida en una sociedad controlada por los Talibán que toman Kabul en 1995 e instauran un régimen basado en la sharia: nada de cines ni espectáculos públicos; las mujeres en casa, y en la calle con burka y acompañadas de un hombre de la familia; no podrán las mujeres asistir a las escuelas; los hospitales públicos serán sólo para hombres; los hospitales para mujeres no recibirán los mismos recursos…

Hosseini nos describe la vida de estas dos mujeres en una sociedad para la que sólo cuentan los hombres. Y lo sorprendente para el lector es encontrarse a dos mujeres que pese no recibir de la vida más que injusticia, saben descubrir el valor del sacrificio y de la entrega para hacer feliz a otro ser humano.

Algunas de sus páginas son fuertes por la crueldad de los hechos que ambas mujeres tienen que vivir. En otras, se encuentran textos llenos de lirismo. Es una novela que deberían leer los adolescentes de 16 a 18 años. Les ayudaría a considerar las diferencias culturales que existen entre la cultura musulmana y la tradición cristiana en la que vivimos y a valorar la libertad de que disfrutamos las mujeres en la sociedad europea.

El sobrino de Atilano Nicolás

Agua de noria, de José Jiménez Lozano

Agua de noria

José Jiménez Lozano

RBA, Barcelona, 2008

252 págs., 18€

La posibilidad de enfrentarme a una novela policíaca, con todas las características de tal género, despertó mi curiosidad y se me presentó como un desafío en la obra de José Jiménez Lozano. ¿Sería el comisario Desi un policía tan astuto como Jessica Fletcher, Hércules Poirot, Sherlock Holmes, y un largo etcétera? ¿Uno más entre esos seres especiales capaces de descifrar sutiles jeroglíficos de pruebas invisibles y de llegar a identificar, sin la menor duda, al culpable acreedor del peso de la justicia?

¿Qué tienen en común –si es que tienen algo- Sherlock Holmes, Hércule Poirot, el inspector Maigret de Simenon, Philip Marlowe de Raymond Chandler, Sam Spade de Hammett, el Father Brown de Chesterton, Jessica Fletcher de Angela Lansbury, Philo Vance de S.S. Van Dine y el comisario Desi de José Jiménez Lozano? Precisamente eso, su infatigable empeño por encontrar al culpable para que pague su crimen.

Otros autores, creadores de enigmas policíacos, se han decantado por soluciones sofisticadas en las que manifiestan su preferencia por encumbrar la sagacidad del investigador en detrimento u olvido de las víctimas. En ese grupo cabría mencionar a los investigadores de John Dickson Car: Gideon Fell y Sir Henry Merrivale (bajo el seudónimo Carter Dickson). Ambos cultos, brillantes, gordos, algo sudorosos, lentos al caminar y decididamente sedentarios. Las novelas de Dickson Carr son las del “cuarto cerrado”. Es el maestro de esta modalidad que heredó del Gaston Leroux de El misterio del cuarto amarillo (con su personaje Rouletabille, un joven periodista convertido en detective aficionado). Sin embargo para Dickson Carr, lo importante no es agarrar al asesino y condenarlo por el asesinato que cometió. Dickson Carr ama más la lógica que la vida. Un muerto, para él, es un enigma con mayor o menor importancia. Lo que importa en grado sumo es el enigma. En suma, un ejemplo de escritor cuyos investigadores han perdido el norte, el concepto claro de a quién sirven con su trabajo, deshumanizados.

Y es ahí, en las antípodas de estos investigadores sofisticados y deshumanizados, dónde encontramos al comisario Desi. Puede que no destaque por su sagacidad. Tal vez su trabajo se asemeje más al trabajo constante del borrico que llena de agua los cangilones de la noria y hace brotar con su esfuerzo el orden y la vida del huerto. Un hombre con una infancia feliz en la que se sintió querido. Un hombre con raíces que podía distinguir la autenticidad de los sentimientos porque los había experimentado previamente. Y por lo tanto un hombre que había aprendido a mirar a otro hombre, fuera quien fuese, como un ser igual a él, a quien serviría con su trabajo de policía si hubiera menester.

En esta novela, José Jiménez Lozano, enfrenta al comisario Desi, no a un crimen cualquiera, sino al mismo concepto de crimen y de culpabilidad. Lo que está en juego es el concepto de libertad, de justicia, de independencia del ser humano frente al poder –político o científico-.

En el trasfondo, la lenta marcha de la sociedad democrática, a la que se puede manejar con el cuarto poder: la prensa. Y el triunfo -la impunidad- de los poderosos sobre los débiles.

Una novela inquietante y sumamente peligrosa para aquellos que pretenden imponer sus intereses a la mayoría mediante el control de la opinión. Una novela que alcanza la cima de la expresión de la lengua castellana capaz de naturalizar los decires cervantinos. Una novela filosófica. Una novela profundamente humana.

El sobrino de Atilano Nicolás

El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón

El juego del Ángel

Carlos Ruiz Zafón

Planeta, Barcelona, 2008

667 páginas, 24,50 €

El realismo mágico de Jorge Luís Borges, con su biblioteca fantástica, está presente. Un realismo mágico que sumerge al lector en una vertiginosa espiral de crímenes que se suceden a mayor gloria y honra de un escritor que triunfa sobre la pobreza, la enfermedad e incluso, la muerte.

Que un escritor joven y proletario triunfe hoy día, hasta tiene su gracia. A comienzos del siglo XX, cuando dominaba una clase adinerada y burguesa, parecería cosa de brujas. Y brujas, también desfilan por las páginas del libro. Unas brujas que resultan inocentes al lado del Ángel que figura en el título y que parece ser el culpable de quemar a vivos y asesinar a muertos (al menos a alguno cuyo nombre rezaba en una lápida).

Carlos Ruiz Zafón sabe liar: domina el arte de enlazar acciones y dejar al lector con el ánimo suspenso hasta ver en qué para todo aquello. Levanta misterios por todas las esquinas de la ciudad condal, Barcelona. Y esa parece ser una virtud suficiente para promocionar este libro, allende los mares, con una edición millonaria.

Pero para el lector que busca una trama consistente podría resultar una sorpresa insulsa en la que todo lo “intelectual” se reduce a establecer las bases relativistas encaminadas a rebajar el concepto de “religión” a “conducta bonachona”. Cualquier idea religiosa se justifica con un interés de dominio económico-social por parte de una minoría que quiere controlar a la gran masa. Nada de lo que hasta ahora hemos entendido: religión como relación personal con un Dios que me hace superar mi tendencia egoísta para favorecer al otro, al prójimo.

De las influencias literarias en la obra cabe citar también, aunque Carlos Ruiz Zafón sólo le dedique una línea, a Oscar Wilde y su Retrato de Dorian Gray. De eso se trata: un joven escritor al borde de la vida o de la muerte que recibe la visita de un personaje misterioso –e inmortal por cierto- que le propone un pacto. Conservará su vida y su juventud, además de engrosar una cuenta bancaria, a condición de vender su arte y su alma. Deberá escribir una teoría religiosa nueva que subyugue a la masa. Una teoría que englobe todas las religiones existentes y que pueda, por lo tanto, atraer a todos los hombres: algo así como un “pacto de religiones”. Este doctorado en “religiones” es lo que le asemeja al Fausto de Christopher Marlowe, a su vez basado en un personaje alemán, posiblemente real, que también vivía de brujerías, poco anterior a la época de Shakespeare.

Para los anteriores Faustos, la elección entre el bien y el mal era una opción merecedora del cielo o del infierno. Para David Martín (que en algún momento se descuelga como Daniel Martín), el “Fausto” de Zafón, la opción es clara: el beneficio “bien vale una misa o unas cuantas homilías.”

El sobrino de Atilano Nicolás

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