Las Provincias

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El marido de Carmen Montón
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Héctor Esteban | 30-12-2015 | 15:59| 2

Fui el primer periodista en conocer a Carmen Montón. Todavía me acuerdo de aquellas palabras. Las tengo grabadas porque fue un proceso a la inversa. La lógica invita a que sea el plumilla el que pregunte. En este caso fue al revés: “Hola, ¿eres periodista no? “Sí”, contesté. Fue frente a la fachada del Ayuntamiento de Burjassot. De noche, después de un pleno municipal. A finales de los noventa. Yo era un colaborador que trataba de ganarse su primer contrato. Carmencita, como la llamaban los pesos pesados de la agrupación socialista de Burjassot, era la hija de Pedro Montón, un concejal que cerraba filas en aquel grupo que dirigía José Luis Andrés Chavarrías.

Carmencita solía acudir a muchos plenos municipales. En compañía de otra joven postadolescente, también hija de concejal a la que nunca le pronostiqué larga carrera en política. La hija de Pedro Montón era otra cosa. Se le veía a la legua. La actual consellera de Sanidad quería vivir de esto y desde el inicio  supo cobijarse bajo las mejores sombras. Al menos, bajo aquellas que le evitaran achicharrarse al sol de la políticas.

Aquel plenario de Burjassot era un buen master para conocer de cerca el arte de la guerra política. Mi querido Andrés Chavarrías era uno de los alcaldes de la vieja escuela, con Pepe Ruiz a su derecha como elemento de presa para atizar y contener los ataques de la oposición. En el PP lideraba el grupo Vicente Burgos, uno de los íntimos de Francisco Camps, Gerardo Camps y Esteban González Pons, miembros de la tertulia política que se daba en el bar El Agujero. Burgos vivió la vida subido en una montaña rusa con más descensos que subidas y terminó en prisión después de liquidar RTVV. En Izquierda Unida, un larguirucho Ricardo Sixto era un enfant terrible junto a Iván Castañón con las poses propias de un guerrillero que alborotaba cada pleno sin llegar a digerir que una tránsfuga de Nova Esquerra le hubiera dado el gobierno al PSPV. En ese ambiente político se crió Carmencita. Con gente de primera fila, curtida en la política municipal, a imagen y semejanza de concejales que hoy siguen viviendo de la política.

A partir de aquellas primeras palabras en la puerta del Consistorio, mi relación con Carmen Montón ha sido como un guadiana. Idas y venidas. Algún encuentro esporádico y llamadas discontinuas de teléfono.Con un aroma de desconfianza de su parte, como si siempre la quisiera pillar en un renuncio.

Carmencita, que asumió el papel del padre en el Ayuntamiento de Burjassot, se abrigó al calor del lermismo. Pura estrategia. Mientras la mayor parte de la agrupación de Burjassot jugó a caballo perdedor, la joven se posicionó para ser elevada por Ignasi Pla al Congreso de los Diputados. Carmencita pasó a ser Carmen Montón.  Como nuevo referente del joven socialismo valenciano controlado por los dinosaurios de siempre. La niña de los ojos del lermismo de Pla. La diputada Montón se implicó de lleno en los temas de igualdad, lo que valió una gran popularidad los días en los que Bibiana Aído convirtió en “miembras” a todas las féminas del Congreso.

Clásica en el vestir, displicente en la actitud y dulce en su tono de voz, volvió a Valencia por la puerta grande. Aprobó pediatría para exhibir la licenciatura que le valida como consellera de Sanitat sin haber ejercido. El título es lo de menos. Por la cartera han pasado consellers ajenos al ramo. Hasta Rafa Blasco fue titular del área.

Con Carmen llegó al polémica al Consell. La primera, cuando casi a la búlgara colocó a la señadora del PSC Mónica Almiñana como directora de La Fe. Ahora, el enchufismo le explota en casa con la colocación de su marido, Alberto Hernández Campa, como gerente de Egevasa. La madre de Hernández fue persona de máxima confianza de José Bono y el chico, líder de los yogurines manchegos del PSOE. La política enamoró a la pareja Hernández-Montón. Alberto es un buen tipo. Noblote. Siempre bajo el dintel del tirón público de su esposa. Tiene puesto en Bancaja, pero siempre le ha gustado más lo de la política y lo público. Integró uno de los núcleos duros de Ignasi Pla en calidad de asesor. En los años de la última derrota. Antes de que Ignasi saltara por los aires por culpa del alicatado de la cocina.

Los trifásicos familiares están a la orden del día. No es estético, como dijo Mónica Oltra sobre el caso del marido de Montón. Aquello del César. Pero ningún partido está libre de pecado. Ni siquiera Compromís. Montón ni es la primera ni será la última. Blanquerías siempre ha tenido la etiqueta de cierto pesebre alejado de la pregonada regeneración política.

No me sorprende lo del marido de la consellera. Lo que de verdad me irrita es la reacción de Carmen Montón: “Pasado el tiempo volverá la normalidad al Gobierno”. El matrimonio, bien colocado, rubricará su compromiso al calor de unos 120.000 euros al año entre los dos. Viejos vicios para los nuevos tiempos. Piedras en el camino del cacareado cambio. Normalidad antiestética para un mal uso de la política. La vida, a derechas e izquierdas, sigue igual.

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Ayuden a la chica burbuja
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Héctor Esteban | 09-12-2015 | 14:57| 1

James Herriot (1927-1929), Rodolfo Galloway (1931-1933) y Jack Greenwell (1933-1934) han sido los tres entrenadores ingleses que ha tenido el Valencia hasta que se oficializó la llegada de Gary Neville. El checo Anton Fivébr fue el primer técnico del equipo y posteriormente vivió viajes de ida y vuelta intercalado entre las etapas británicas. Aquellos inicios los vivió muy de cerca José Llorca Rodríguez, uno de los miembros de la tertulia del Bar Torino y que firmó la constitución del Valencia Football Club en marzo de 1919. Hoy, con la llegada a la ciudad del mayor de los Neville, me acuerdo de Elvira Roda, la chica burbuja que llenó portadas e informativos en su día y que se marchó a Dallas en el avión de El Pocero.

A su vuelta le cargaron el zurrón de pomposas promesas incumplidas. No sé si Elvira sabrá que el Valencia tiene nuevo entrenador. Un británico de nombre Gary, heredero ocho décadas después de los Herriot, Galloway y Greenwell. Allí, en su casa a orillas del Mediterráneo, la chica sigue en su burbuja, la de la sensibilidad química múltiple, donde una simple rutina es una tortura permanente. Una enfermedad no reconocida ni por la Seguridad Social ni por la Organización Mundial de la Salud, donde las dudas imponen su jerarquía y donde no existe subvención posible. Elvira es nieta de José Llorca, del tertuliano de Torino, de una de las personas que engrendró el Valencia y el valencianismo. Junto a Milego, Medina y compañía. De la raíz de la que hoy cuelga la rama de Meriton, de la de Peter Lim y Layhoon Chan.

En su día, hubo una ventana de ayuda abierta en un editorial de la revista oficial. Porque Elvira necesita apoyo. Económico y médico. El doctor Zaragosí, patrono de la Fundación, se quedó al cargo de un caso complejo. La voluntad existe pero es la hora de dar el paso necesario. Elvira Llorca pasa el tiempo junto al mar. A la espera de una ayuda que servirá al valencianismo para honrar su memoria. Mientras llega, con la necesidad de que sea a corto plazo, la familia y amigos mantienen la lucha con aquellos elementos que han permitido completar el gasto diario. Por eso, la afición del Valencia tiene una buena oportunidad de agradecer a José Llorca aquellas tertulias de Torino, y no hay mejor kilómetro cero que pasarse el próximo sábado 12 de diciembre por el rastrillo ubicado en el casal fallero de Rubén Darío-Fray Luis Colomer, junto al colegio El Pilar, a un paso de Mestalla, para colaborar con Elvira. Porque eso también es hacer equipo. Incluso puede que haya hasta una camiseta del club como paso previo al gesto definitivo hacia la nieta del fundador. Herriot y Neville hilan la historia del Valencia. De la misma manera que José Llorca y Elvira Roda.

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¿El Ágora es el edificio más inútil de Valencia?
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Héctor Esteban | 02-11-2015 | 12:52| 4

Valencia es ciudad de carpas, especialmente falleras. Durante estos días, los cámaras de Teledeporte hacen virguerías para exhibir un Open de Tenis con pizcas de dignidad. El problema viene con la apertura del plano, cuando las gradas aparecen cubiertas por una lona que simboliza la decadencia de otro de los grandes eventos que boquea con estertores, como el tic tac de una esperanza acabada. En la Valencia de Calatrava, esa ciudad de postal, han levantado una carpa churrera en el cogollo de la modernidad.

El Tomorrowland de Clooney ha dado paso a una cutrez forzada por la falta de seguridad del Ágora, una obra inacabada que alimenta las vergüenzas del despilfarro de antaño. La piel descamada de la cubierta de trencadís del Palau de Les Arts sirvió de argumento para la chanza mundial. Ahora, el edificio más inútil de toda la ciudad, el Ágora interruptus, servirá de ejemplo permanente de una gestión manirrota y alejada de la realidad. Francisco Camps, expresidente de la Generalitat, quiso culminar la Ciudad de las Artes y de las Ciencias con una construcción simbólica. Cubierta con los mismos colores que las cúpulas de las iglesias de Valencia. Excesos de irrealidad. En aquellos días de millones a borbotones, alguien debió de ser valiente y susurrarle al oído al presidente la virtud de la prudencia. Y en su defecto, si el proyecto seguía adelante, que le diera un toque de utilidad. El problema es que las decisiones no iban más allá de las cuatro paredes del Palau y la mayoría prefirió abrigarse con el sueldo público de los días de vino y rosas antes de argumentar con cordura los presupuestos de la Generalitat.

El inacabado Ágora se levantó encofrado entre los sobrecostes. Ahora, con los nuevos tiempos en el Consell, el Open de Tenis –el penúltimo gran evento que queda en la Comunitat– agoniza bajo la carpa churrera, con un torneo de segunda fila y en el que hasta las grandes figuras se han borrado del cuadro en beneficio de un peloteo entre jornaleros. Hoy, salvo sorpresa, certificará su defunción. La supervivencia pasaría por la colaboración público-privada para lograr patrocinadores que mantengan con vida el torneo. Pero siempre se impone la (i)lógica búsqueda de culpables para cincelar la frase de entre todos lo mataron y él solo se murió. Se irá el tenis.

El Ágora se quedará como un nicho vacío. Cerrado. Sin contenido, sin ganas y sin futuro. Valencia perdió una gran oportunidad para disponer de un recinto cubierto funcional, de un pabellón multiusos, de un espacio para convecinos y de un área de vida familiar. Sueños de grandeza transformados en la pesadilla manirrota de millones destinados a nadie sabe qué. No hay peor paradoja que un espacio para la vida social mudo, silenciado por los excesos de lo público.

 

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El 1984 de Nuno
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Héctor Esteban | 02-11-2015 | 12:50| 0

Un día me equivoqué con Nuno. Fue la temporada pasada en Granada. En la crónica del partido, tras el insípido empate en Los Cármenes, escribí que el entrenador del Valencia no había ido a saludar a los aficionados del equipo desplazados a las faldas de Sierra Nevada. La pifié. Algunos me pusieron delante el felpudo del insulto para advertirme del error. Otros, los más, me corrigieron con educación. Días después, en esta misma columna pedí perdón. Era lo justo. Cuando uno se equivoca y lo asume siempre duerme mejor.

Mis padres me enseñaron a rectificar como sana costumbre. Igual que a dar los buenos días o desear un buen viaje. Los valores son gratis pero carísimos a la hora de aplicarlos. Nuno lee, ve y escucha todo. Devora la prensa, no digiere la crítica y se martiriza con fantasmas que no existen. La causa de sus males no son ni las crónicas de plumillas incordiosos ni las preguntas de los reporteros dicharacheros. Ni siquiera aquello que pasó con Amadeo Salvo y Rufete al amanecer del pasado verano. El luso ejerce como el Gran Hermano de 1984, la novela de Orwell, obsesionado por el control absoluto y el pensamiento único. Sin la autocrítica como motivo para crecer. Los renglones torcidos se ajustician según su distancia a la neolengua. No justifico a Negredo. Este artículo no va de eso. El delantero ha gozado de oportunidades y las ha desaprovechado. Si la razón es deportiva, lo acepto.
Lo que no entendería es que la grada fuera un castigo por ser un Winston Smith en una plantilla que obedece a los deseos del entrenador. El debate enriquece. Otra cosa es el que delantero no haya pedido la palabra en el vestuario porque no quiere o no puede. Si Nuno mantiene que su cáncer es la prensa se ha equivocado de molinos de viento. El ‘nunismo’ de los buenos tiempos atrajo a un gran número de creyentes. A tantos como los que ahora se declaran agnósticos en pleno viaje hacia el ateísmo. Los caminos del fútbol son inescrutables.
Ni la prensa ni la salida de Salvo y Rufete. El expresidente ejecutivo es tan batallador como previsible. Sus impulsos le dejaron al descubierto. El técnico, en cambio, aplica la receta del miedo para desenmascarar
al rebelde. Y la ejecución siempre es planeada y silenciosa. En 1992, George Bush era el favorito para ganar la Casa Blanca. James Carville, el estratega de Clinton, buceó hasta la esencia de los problemas ciudadanos para ganar aquellas elecciones: «La economía, estúpido». Aquella frase sirve para el Valencia. Adaptada. Para saber lo que siente la grada. El balón y el gol tapan cualquier debate. Ni periodistas ni Negredos ni pitos que valgan. Sólo hay que aplicar la frase de Carville para que salga el sol. La clave está en el juego, en el fútbol.

(Columna publicada en LAS PROVINCIAS el 23/10/2015)

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Carta a los padres del fútbol base
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Héctor Esteban | 13-10-2015 | 11:54| 0

Mis padres nunca vinieron a verme jugar al fútbol. Formé parte del primer cadete del E-1 Valencia, que se destrozaba las rodillas en uno de los campos de tierra-piedra del Pont de Fusta y donde acabé jugando de lateral derecho a la fuerza porque el hijo del entrenador siempre era el delantero centro. Ni mis padres ni los de Leo Catalán, Genaro Fragueiro, Isaac o Vela aparecieron nunca por allí. Sólo acudía los de un chico al que llamábamos Pajarito y el de Esteve, un chaval al que el técnico le tomó algo de ojeriza. Un sábado, que un servidor salía de titular, el padre de Esteve cogió a su chico para llevárselo a casa. La razón era que su niño empezaba en el banquillo. Cogí mi camiseta con el 2, me la quité y se la di. Me salté el once del entrenador, me quedé en el banquillo, apacigüé a aquel ogro de padre y el chico jugó. Nunca metí un gol. Pero mi madre todavía recuerda la llamada a casa del presidente del equipo agradeciendo mi gesto. Creo que fue la única vez que mi madre se interesó por mis andanzas futboleras, que estaban hiladas por las tarjetas amarillas que recibía partido sí y partido también.

Hoy mi hijo juega al fútbol. En un benjamín del Juventud Chiva. El fútbol base vertebra la Comunitat. Por los polideportivos municipales, apoyados en las barras que rodean campos, hay decenas de padres. La mayoría son respetuosos. Bendecidos por el don de la deportividad. Por el respeto al rival. Gente normal que entiende que los que están sobre el verde son niños con el único objetivo de disfrutar. Pero hay una minoría ruidosa que viste el chándal de entrenador. Algunos dirigen al equipo con la cerveza en la mano. Otros premian los goles de sus hijos con euros. He visto a alguno saltar al terreno de juego a abrazar al niño tras machacar a un equipo rival 18-0. Ufanos de la machada. Gente que aspira a salir de pobres gracias a los goles de sus hijos. El fútbol base es un nido de pájaros en la cabeza.

La competición comienza el fin de semana que viene. Un desahogo para muchos reprimidos. Que nutren su sinrazón de insultos sin caer en los menores. Con actitudes bárbaras. Afortunadamente es una minoría muy minoritaria entre el colectivo de padres, aunque suficiente para amargarte un sábado por la mañana.

En el E-1 Valencia jugaba con nosotros un chico argentino. Se llamaba Sevi. Como no podía tener ficha, disfrutaba de prestado. Un día, en el río, ante el Juventud Manisense, los padres de Esteve y Pajarito -sus hijos eran suplentes- comenzaron a chivarle al árbitro a gritos que el 9 jugaba con ficha falsa. Suspendió el partido y nos dejaron sin diversión. Un palo, aunque al final los que más avergonzados salieron el campo fueron sus propios hijos. Señores padres, dejen jugar a los niños.

 

 

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Mónica Oltra hará sudar sangre al PSPV
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Héctor Esteban | 31-05-2015 | 15:08| 5

Cada vez que hablo de Mónica Oltra cuento la misma historia. Soy repetitivo, pero aquello me fascinó. Está tan de actualidad como hace 12 años. El que no aprendiera de aquello no tendrá futuro hoy. En esa mesa de pactos. En esa negociación para cerrar la presidencia de la Generalitat.

Las elecciones de 2003 otorgaron 36 escaños al PSPV de Ignasi Pla. El último de la fila era Ramón Vilar. El acta le duró un suspiro. L’Entesa, una coalición de izquierdas como embrión de Compromís, peleó el recuento y, tras varias semanas de batalla, arrebató aquel escaño a los socialistas valencianos para que entrara Dolors Pérez. Vilar, el afectado, asumió la sentencia y anunció que esperaba volver al sillón una vez prosperara el recurso. Obviamente, nunca regresó a Les Corts.

El escaño 36 se peleó en ocho mesas electorales. L’Entesa la lideraba Joan Ribó, hoy favorito a ocupar la alcaldía de Valencia. Junto a él apareció una treinteañera menuda. Paliducha. Con una melena larga y lacia. Casi hasta la cintura. Incluso me atrevería a decir que con aspecto de novicia. Entre susurros. Una secundaria en el fango político pero causa principal de aquella decisión final que le daría el escaño a l’Entesa. La adjunta exprimió cada uno de los votos que pasó por sus manos. Le sacó hasta la última gota de jugo. A favor o en contra. Ella sola se merendó al PSPV de Ignasi Pla. La chica, abogada de profesión y con aromas de empollona, se llamaba Mónica Oltra. Fue la primera vez que los periodistas parlamentarios vimos a aquella joven que volvería a nuestras vidas cuatro años después.

En 2007, el Compromís de Glòria Marcos aterrizó a Les Corts herido de muerte. Aquella coalición antinatural -Esquerra Unida y Bloc- se forzó para ser subalternos del PSPV en el caso de una hipotética coalición electoral que nunca se dio. En ese grupo apareció Mónica Oltra. Con la misma pinta de mosquita muerta, pero más vivaracha. Distinta. Me llamó la atención que la primera persona que se acercó a ella a darle dos besos y un gran abrazo fue el popular David Serra. Compañeros del consejo de la juventud. Hoy, la vida de Serra y Oltra son antónimas.

 

 

Oltra va a hacer sudar sangre al PSPV para pactar la presidencia de la Generalitat. Como exprimió cada una de aquellas papeletas. La jugada es maestra. Apostaría fuerte a que no será la presidenta del Consell. Pero no dará el sí hasta que vea que es ella la que domina la partida. Una torsión política dolorosa para los socialistas valencianos. Que la sentirán todos los días en su propia testosterona. Puig será presidente, pero dirigido desde la cruceta de hilos que manejará Oltra. La lideresa de Compromís, la mejor valorada por el conjunto de los valencianos, sometió a Enric Morera hasta hacerle claudicar. El nacionalista fue listo al asumir que no tendría ni una sola posibilidad. Se dejó llevar. Hoy Oltra sería diputada con cualquier otro partido. Morera con su Bloc, no. Las camisetas fueron una excusa. La ventana perfecta. La estrategia era a largo plazo.

En Blanquerías tienen miedo. No desde la noche de la debacle electoral, que fue también una “hostia” para los socialistas, como se encargó de rotular su derrota Rita Barberá en brazos de Serafín Castellano, sino desde hace muchos años. Desde el día que Oltra sacó a Ramón Vilar de Les Corts. El terror se palpa en las redes sociales, donde advenedizos del puño y la rosa lanzan pulsos patéticos a las huestes de Compromís. Bravuconadas sin recorrido. Sin entender que el PSPV todavía no ha tocado fondo y la coalición aún no ha alcanzado su techo.

Mónica Oltra es una animal político. Voraz. Descomunal. Insaciable y con legítimas ansias de poder. Ella quiere ser presidenta de la Generalitat. Y así lo dijo hace ya muchos meses en la sala de prensa de Les Corts. No engaña. En realidad es todo fachada. Tan insensible en el parqué del hemiciclo como frágil en lo personal, en el tacto de la piel. Una Mónica Oltra que sólo los que quieren ver más allá descubrirán.

Ximo Puig es un buen tipo rodeado de vividores de lo público. Gente apoltronada que en derrotas hirientes ven triunfos por la mera ansia de no tener que buscar más trabajo que los garbanzos de la nómina pública. Cargos del siglo pasado perpetuados con el arma de la coacción interna. Donde el yoísmo puede al relevo generacional.

Miren, subo la apuesta. Dejen a Manolo Mata y a Mónica Oltra frente a frente en una mesa y verán como en breve habrá fumata blanca. Es el mal menor. Para no sufrir. Mata se acuerda de aquello de Vilar. Lo sufrió en sus carnes. De lo contrario, apunten, Ximo Puig sudará sangre.

La rágafa: Dije que no volvería, pero yo también digo sandeces.

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El último disparo
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Héctor Esteban | 16-11-2014 | 17:34| 4

Este es el fin de El Francotirador. La última bala. El último disparo. Tras casi tres años apostado en la azotea periodística -desde el 31 de enero de 2012-  llega la hora de desmontar el fusil. Y guardarlo para siempre.

No habrá segunda parte. Los retornos no valen. Siempre restan.

La libertad de salir es tan personal como necesaria. No ha sido premeditada. Ni estudiada. Por impulsos. Igual que escribo. Sin marcha atrás.

Durante estos meses cruzas por delante de muchas puertas, hasta que abres una y pasas bajo el dintel. Y cierras con un portazo sonoro. Para que el cuaderno no se vuelva a abrir nunca más.

El Francotirador nació como extensión de ‘Un ácrata en la corte’, un blog personal sin más expectativas que soltar pequeñas rágafas contra políticos y rumiantes de lo público.

Hoy me voy con el ego satisfecho. Sería hipócrita si dijera que nunca me importaron los datos, el impacto, la trascendencia de cada uno de los post. Soy narcisista, egocéntrico, acaparador de atención por naturaleza. Y honesto. 143 posts, casi 734.500 páginas vistas, 610.000 páginas vistas únicas, 562.700 entradas, 2.479 comentarios libres, sin censura más allá de la educación.

El Francotirador ha salido en la revista Time, en The Independent, en programas de radio como ‘La Ventana’ en la Ser y ‘Queremos hablar’ de Punto Radio. Hasta Santi Balmes en la antesala de uno de sus conciertos me miró y me señaló con el dedo para decirme sin decirmelo: “Cabrón, la que has liado con la dichosa paella”. Después nos echamos unas risas. Manuel Jabois me dio espacio para un cameo -gracias Rodrigo Terrasa por saciar mi ego- en una de sus columnas a propósito de Luis Salom.

Y me dejó sin palabras aquel alto ejecutivo de una multinacional cerámica de Castellón que, sin atreverse a pisar el pasillo que rodea el hemiciclo de Les Corts, esperó pacientemente a que el diputado Ricardo Martínez me localizará y me acompañara para presentármelo. Era como el mundo al revés.

Entiendo que muchas veces no ha sido un blog fácil de leer. Incómodo. Puñetero. Es cierto que en otras tantas ocasiones no ha sido fácil de escribir. Me ha obligado a desnudarme más de lo que en realidad estaba dispuesto enseñar. Sentimientos desparramados.

Tampoco pediré perdón a nadie. Ni siquiera a los que se sintieron ofendidos. Nunca puse en este blog una palabra equivocada, un exceso que no fuera medido, un argumento que no fuera pensado. Mis impulsos, para lo bueno y para lo malo, están madurados en esa milésima de segundo.

No baso el periodismo en hacer amigos. Ni tampoco los busqué en la política. En ambos casos los hice pero nunca más allá de los dedos de una mano.

Hoy me voy vacío. Con posts en el baúl, algunos incluso iniciados pero nunca acabados. Con un panorama político y social ideal para disparar. Pero no tengo ganas de escribir más. No quiero escribir más.

La marca El Francotirador se quedará en la columna semanal de la sección de Deportes. Para de vez en cuando, mirar arriba y sacar una media sonrisa al leer el encabezado. Como el retrato de la abuela.

P. D. Sólo me queda una espina. No haberle hecho el mejor de los posts a Cristina Moreno. La persona por encima de diputada que me amparó en mis primeros pasos en política. Que me sacó de los charcos, que me enseñó y me guió como un lazarillo en el laberinto de Les Corts hasta que supe medio econtrar la salida solo. No conozco en persona ni a Jordi ni a Juan Carlos, pero sé que tienen en ella a una gran madre y esposa. Gracias Cris.

 

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Teresa Romero sobrevive a los políticos
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Héctor Esteban | 09-11-2014 | 15:10| 2

Teresa Romero ha vencido al ébola. Teresa Romero ha sobrevivido a los políticos.

El equipo médico, el tratamiento y el plasma de la hermana Paciencia han hecho posible la primera parte. La segunda ha sido un milagro.

Si la enfermera gallega es culpable, es de presentarse voluntaria para atender al misionero Manuel García Viejo, el segundo español repatriado desde África con ébola.

Javier Limón besa a su esposa, Teresa Romero

Teresa Romero ha sobrevivido a la falta de un material adecuado para aislarse del virus. A la escasez de información. A la insolencia del consejero de Sanidad madrileño, Javier Rodríguez, que acusó a Romero de ocultar información y le afeó ir a la peluquería días antes de caer enferma. A las especulaciones de si se tocó la cara o no con un guante. Sentenciada antes de hora. Sin escuchar su versión. Sin conocer la verdadera historia.

Personajes de lo público más preocupados en buscar culpables y asignar culpabilidades que de poner remedio. Menos mal que de eso ya se han encargado los sanitarios: médicos, enfermeras, celadores…

Los esfuerzos perdidos en reproches, excusas, (sin)razones para no asumir la mala gestión, sin admitir que en España hubo el primer caso de ébola de Europa porque la prevención no fue adecuada.

No es fácil sobrevivir a la parálisis del gabinete de crisis liderado por la ministra Ana Mato, que tuvo que ser sustituida por Sáenz de Santamaría ante la preocupante falta de reacción.

Sobrevivir a las tertulias mediáticas de florecientes expertos de ébola que nunca dijeron ni una palabra sobre la enfermedad en los 40 años que lleva castigando el África más pobre.

La superación de Teresa Romero no ha sido un milagro. Es fruto del trabajo, del esfuerzo, de la voluntad, del cariño, de la profesionalidad, de los sueños…

El mismo cariño que demostró la sanitaria sin guardar rencor a aquellos que la intentaron culpar por ayudar, por desvivirse por un enfermo, por jugarse la vida.

Lo demás, todo lo demás, sí que ha sido un milagro.

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Valencia huele a caca
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Héctor Esteban | 01-11-2014 | 16:21| 33

Valencia huele mal. A caca cocida por el calor. Está sucia. Repele. La mala educación ciudadana y la falta de servicios han convertido a partes iguales la vía pública en un basurero. En un estercolero.

Los chicles, como lapas pegajosas, inundan el centro de la ciudad. Mugriento. En plena milla de oro. En el cogollo turístico como lamentable tarjeta de presentación. Si el centro está dejado, el extrarradio está olvidado. Barrios perdidos, los que forman parte de la ronda, donde el 89 y el 90 transportan a obreros y parados. Asfixiados por los impuestos. Ahogados por la falta de servicios municipales, por el hedor de las calles llenas de mierda -no puedo ser fino-, donde se ha recuperado la vieja y peligrosa costumbre del azufre para ahuyentar a los perros de los portales. Las quejas por falta de limpieza se han incrementado con la crisis. Oídos sordos.

El jueves 30 de octubre, a las diez de la mañana, una vuelta a la manzana fue suficiente. La pastilla que forma la avenida Burjassot, la calle San Pancracio, la plaza Joaquín Dualde, la calle Goleta y la avenida Peset Aleixandre. En los límites de Zaidía. A las puertas de Benicalap. Donde viven los obreros. Los emigrantes. Los pobres.

Cerca de donde el nuevo Mestalla, esa vergonzosa tartaleta de hormigón, divide a las clases sociales. En la fachada principal, en la avenida Cortes Valenciancias, hay poder. Detrás, en la fachada trasera, pudor.

Excrementos como ensaimadas. Orines impregnados en la acera. Ennegrecidos por el sol. Alcorques convertidos en basurero. Cagallones como ristras de longanizas. Una vuelta me bastó.

Esta es la primera pieza con la que me encontré en la avenida Burjassot. Bonito ejemplar. En su jugo. 

La primera ensaimada

Un poquito más adelante, objetos no identificados reposando en las esquinas ennegrecidas por los orines perrunos.

¿Esto es un Ovni?

Y lo que puede ser un vómito seco o cualquier cosa que se le parezca.

Que cada uno piense lo que quiera

Los alcorques de los árboles, abandonados a su suerte, son el espacio idóneo para que los maleducados que pasean al perro y no recogen sus desperfectos dejen huella.

Excremento vegetariano (por la planta)

Catálogo de cacas aplastadas y cilíndricas

Blanco y negro

Morir en la orilla

En la esquina de la avenida Burjassot con la calle San Pancracio, un contenedor de recogida de vidrio debe de llevar semanas sin ser levantado. Arena y orín a partes iguales.

Farola modelo WC

La vida es una paradoja. Un poquito más adelante. Papel higiénico. A discreción sobre la acera.

Para limpiar las cacas

Unos pasos más allá un ejemplar cum laude. Cinco estrellas.

El cagallón por excelencia

En mi escatológico paseo me encontré con una solución casera. Ilegal incluso. Peligrosa para los niños. Veneno puro. El azufre, ese método para evitar que los perros orinen en los portales. En uno de los patios de la plaza Joaquín Dualde.

Veneno como remedio

Uno metros más allá, ya en la calle Goleta, un catálogo de decoración. Muebles, ese clásico de las calles valencianas.

Sillón con orejas

Lo que queda de una silla

Para que la fiesta fuera completa, no hay que olvidar la combinación pipí y caca. Como los niños pequeños.

Pis sobre plástico y guarnición

Al final de mi recorrido, para volver al punto de partida, doblé la esquina de Peset Aleixandre con la avenida Burjassot. Primero, un catálogo hecho trizas.

Papelitos

Bajos inmundos, con aceras repletas de chicles y mugre a mansalva.

Suciedad

Y, con el modelo ensaimada (ver la primera foto) a la vista, lo inevitable

¿Fue con el pie derecho o el izquierdo?

El rastro...

Todo pasó en cinco minutos. Lo que tardé en dar la vuelta a la manzana con una parada para comentar con un vecino la jugada. La falta de educación ciudadana, incapaz de salir de casa con una bolsa para recoger el mojón del perro, se sitúa al mismo nivel que la escasez de servicios de limpieza para barrios abandonados por la crisis, dejados de la mano municipal, olvidados hasta llegar al dintel de las elecciones.

Un barrendero para toda la zona. Recogiendo las hojas del parque. Garbillando agua. Ante la pasividad del área de limpieza del Ayuntamiento. La crisis se ha llevado por delante hasta la higiene.

Ni un policía de barrio. Capaz de meter en vereda a aquellos que minan las aceras. A los culpables del estercolero. Papeleras repletas. Todo lleno de mierda. En Benicalap, en Zaidía, en Torrefiel, en Malilla, en San Isidro, en Nazaret… Nunca nos dijeron que pagar impuestos fuera sinónimo de tener servicios. Hace falta mano dura. A partes iguales. Sanciones ejemplarizantes para los guarros. Responsabilidades mayúsculas para los que gestionan lo público.

Valencia es un basurero. Huele mal.

La ráfaga: Abro una encuesta. ¿Sancionaría usted a aquellos que tiran las colillas al suelo? Yo sí

 

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Mónica Oltra domina Compromís
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Héctor Esteban | 18-10-2014 | 14:30| 18

La actual coalición de Compromís es un parto bastardo de la formación original. Hoy, pese a los esfuerzos de chapa y pintura para disimular las diferencias internas, el partido danza al ritmo que marca Mónica Oltra, la auténtica lideresa de un grupo en el que el Bloc es el protagonista mayoritario pero con un papel secundario en el horizonte de la formación. Mónica Oltra maneja los hilos de la marioneta con intenciones maquiavélicas.

El ex nacionalista Enric Morera – ha pervertido la esencia de su formación- ha vendido al Bloc por cuarenta monedas. Las mismas que le garantizan un plácido futuro ahora que a la izquierda se le abren los mares del Consell aunque sea en modelo cuchipanda tri o cuatripartita. Morera, que en su día ya encontró la oposición del ‘frente Amigó’ por su querencia a traicionar la pureza, prefiere un futuro acomodado en lo público antes de ser un romántico.

Enric Morera hermanó su futuro a alguien que fue capaz de traicionar a las primeras de cambio un ideal, unas siglas y unas urnas. Las de Esquerra Unida. Mónica Oltra, con Mireia Mollà como cómplice necesaria, urdió un golpe de Estado en el Compromís original. Tránsfugas. No tiene otro nombre. El Bloc fue el tonto útil. La ejecución de Glòria Marcos fue más una cuestión de ego que de fondo político. Mónica Oltra -con una humanidad superlativa lejos del hemiciclo- siempre estuvo encantada de conocerse en el barro del escaño. Y el que la hace una vez, repite. La diputada, con televisiones a su servicio a modo de una Pablo Iglesias regionalizada, sabe que el futuro de Compromís está en su mano con Podemos en el horizonte. Se lo ha trabajado.

Las amenazas de Mónica Oltra -mi compañero Juan Carlos Ferriol fue el primera en colocarla en Podemos antes del verano- dibujan una ‘dictadura’ muy particular en una formación que puede morir de éxito. El triunfo electoral será la cumbre de una diputada que agrandará su leyenda y que convertirá la pureza del Bloc (con el beneplácito de Morera) en especie en extinción. La victoria traerá víctimas.

Enric Nomdedéu, un romántico que bombea nacionalismo desde el corazón, ya lo dijo en las redes sociales: “Las primarias de Compromís son una estafa”. El tiempo le ha dado la razón. Mónica Oltra es la cara de Iniciativa, un partido sin bases ni historia. Sin memoria. Aliado de una rémora como Equo. Sustento de ganapanes como Els Verds. Se presentó como el socio necesario del Bloc cuando el tiempo ha demostrado la traición. Oltra le dio la patada al nacionalismo, donde más duele, en el cogollo del sentimiento, cuando logró que Compromís no fuera nada sin ella. La diputada franquicia.

Mónica Oltra quiere ser el número uno. Una lideresa descontrolada. Lejos del mando a distancia del Bloc. Por eso pide cuotas. Una reserva necesaria para los suyos. Una guardia de corps que le permita maniobrar sin ataduras. Sin el lazo nacionalista. Por eso, la venta de las primarias libres y abiertas se han quedado en una burra mediática para vestir una amenaza política. Si Oltra se fuera a Podemos al calor de los sondeos, Compromís caería y el Bloc firmará su acta de defunción para necesitar una refundación

La partida hace tiempo que empezó. Desde el momento en el que Oltra y Mollà traicionaron a Marcos, Torró y Albiol. Muchos se han enterado tarde.

 

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Berlanga, ¿por qué te fuiste?
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Héctor Esteban | 12-10-2014 | 17:53| 0

Luis, ¿por qué te fuiste? No te lo merecías con lo que estaba por venir. Se echa de menos tu guión. Tu dirección en esta alborotada España, tan dada a la pandereta y al indigno ridículo de aquellos que llenan la sobremesa de malidicencias cada vez más cargadas de razón.

Tu todos a la cárcel se quedó pequeño para un país situado en el mapa por desmanes, chapuzas y abusos de lo público para joder al prójimo con todas las consecuencias.

Hemos sido capaces de meter el ébola en Europa echándole la culpa a una enfermera utilizada como cobaya y mujer barburda. A la que si nos dejan le ponemos una bata de cola en lugar de un traje para prevenir el alto riesgo.

Un consejero de la sanidad madrileña caduco, grosero y maleducado. Con una ministra, de inapropiado apellido para gestionar la vida, que se atreve a decir que se entera de la evolución de Teresa por lo que lee en la prensa entre el horóscopo y las esquelas.

Un país en que la asunción de responsabilidad está a la orden del día. Donde el muerto se le echa al muerto, aunque esté en vida. El accidente del metro fue culpa del maquinista. Lo mismo que el del Alvia. Y al piloto del Yak-42 le cargaron la tragedia del batallón español. Como a los técnicos de Spanair por no arreglar el maldito chivato.

Una España pública que no entiende de balizas de control. De dispositivos para atajar el exceso de velocidad. Que mete a sus soldados valerosos en aviones como una piara de cerdos. Donde se da pista a un avión que es un ataud a punto de despegar

Luis ¿por qué te fuiste? En una región en la que el Palau de la Generalitat se ha convertido en el tablero de una partida de Cluedo. Donde hay que buscar al asesino filtrador de las facturas de las papas y de noches de verano. Con métodos de otras épocas, contra la pared. Muy a lo instinto básico. En un Palau donde hasta Finito de Córdoba ha hecho el paseíllo montera en mano con salida a hombros.

Ahora buscan a un chivato cuando un servidor se saludaba con el presidente de la Asociación contra la Corrupción día sí y día también en la puerta de la olivera de Les Corts. El señor, un mandado a la búsqueda de papeles.

Luis ¿por qué te fuiste? Ahora que se emblanquecen las tarjetas negras de banqueros, políticos y sindicalistas que han satisfecho sus obscenos deseos. Que ahora entonan el mea culpa con el carrito del helado derritiéndose en sus manos. Y tratan de lavar su imagen a golpe de dimisión sin devolver el dinero gastado. Golpeados por un merecido desprecio público.

Luis, te fuiste porque no quisiste que todo esto fuera verdad.

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El olvido de la vieja Fe
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Héctor Esteban | 05-10-2014 | 19:13| 4

Alguien la dejó olvidada. Tirada. Como un trasto viejo. Inservible y oxidada por el paso del tiempo. La hiedra la ha hecho suya. Día a día. Trepa.

Nadie la quiere. Con miles de kilómetros a cuestas.

 

Le prometieron una jubilación dorada. Pero nadie ha pasado a recogerla. Con los pedales enredados entre la hiedra. Bloqueados.

Con el piñón oxidado. Y la cadena rígida. A la intemperie. Día y noche. Ajusticiada por el sol del verano. Sedienta. Aterida en las madrugadas de invierno.

La engancharon a su condena. Incluso hay quien le habla. Cada día. La toca. La mira.

En la puerta de ese hospital de referencia. Con miles de nacimientos. Y otras tantas defunciones.

Junto a la entrada del pabellón principal está la bicicleta. Quieta. En ese hospital fantasma. La Fe. Tan vieja como olvidada.

 

Esa bicicleta, que dicen que fue de un gorrilla, ha sido invadida por la hiedra. Por el mal que ha condenado a un barrio. A comercios y empleados.

Persianas que nunca más se subieron. Cercanas al que fue un hospital de referencia. Calles obreras desiertas. Oxidadas como la bicicleta.

La misma hiedra que invade pabellones. Salas de parto olvidadas. Habitaciones enmohecidas. Melancólica mirada perdida para un centro de primera.

La vieja Fe. Hospital olvidado. Echado a perder. Enredado en un futuro complicado. Como esa bicicleta, que aguarda atada con una cadena un futuro lejos de la hiedra.

 

 

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La política y la realidad
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Héctor Esteban | 30-09-2014 | 09:38| 2

Alberto no conoce a Guillem. Guillem no sabe quién es Alberto. El primero, de apellido Fabra, es el presidente de la Generalitat. El segundo, de apellido Navarro, un valenciano más.

Alberto Fabra se presentó el martes en el debate de política general con el último cartucho de la legislatura. No habrá más. Las elecciones de mayo no darán una nueva oportunidad.

El presidente prometió una rebaja fiscal. Otra más. Invisible a los ojos del ciudadano que cada día paga más. Ofreció 200.000 nuevos puestos de trabajo. Como churros de domingo. Prometió 800 millones para el empleo cuando las colas del paro son como una tenia que adelgaza el nervioso estómago del desempleado.

Sacó pecho de un plan de empleo juvenil cuyos primeros presuntos beneficiarios ya ven con el rabillo del ojo los cuarenta. Filfa. Y prometió ayudas para las empresas, que sufren el síndrome de la persiana bajada.

Puso encima de la mesa un plan de regeneración democrática que sólo será efectivo si se acompaña de salfumán. Y lo anunció unas horas antes de que florecieran los escandalosos sueldos de nuestros políticos, tanto en neto como en bruto, que no recuerdan cuando fue la última vez que doblaron el lomo.

El debate de política general trae grandes recuerdos. Como la resurreción de la Esfera Armilar  y el entremés de los Juegos Olímpicos Europeos para el terremoto Urdangarín años después. Ambos anuncios en boca de Camps. Y como siempre, el presidente de la Generalitat recurrió a las señas de identidad como el retal necesario para cubrir el momento en el que lleguen los descosidos.

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El PSPV enchufa a exdiputados como asesores
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Héctor Esteban | 30-09-2014 | 09:40| 2

El mundo de los asesores políticos me fascina. Durante los 12 años que cubrí información política me cautivó lo que finamente se denomina personal eventual. Tiene más valor un puesto de este tipo que te elija el pueblo como cargo público. Hay que medrar más. Pero para no herir susceptibilidades, antes de empezar a repartir mandobles, haré un pliego de descargo. Juro que a lo largo de esta docena de años me topé con gente honrada, válida, preparada, eficaz y sobresaliente… pese a ser asesores. Otros fueron ‘bon vivants’.

El post sobre Luis Salom, el superasesor del PP -el chico tiene bula pese a sus barbaridades- me sirvió para descargar la mala baba que me rebosa con algunas cosas de lo público.  Días después, consultando el Boletín Oficial de Les Corts, volví a mi estado de cabreo natural. Eché un vistazo a los nuevos asesores de la Sindicatura de Greuges. Los del PP no me sorprendieron. Más de lo mismo. Enchufe por aquí y trifásico por allá.

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Toni Cantó, la franquicia de UPyD
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Héctor Esteban | 30-09-2014 | 09:40| 6


Toni Cantó es el político franquicia de UPyD. El diputado nacional ha dado el paso para presentarse a las primarias con el objetivo de ser el candidato a la Generalitat. La formación magenta se equivocará si Cantó no es el número uno en 2015.

El espacio político que se dibuja en la Comunitat Valenciana cada día tiene más aristas. El desplome del PP valenciano, donde las guadañas se afilan para el día después, ha encontrado una bolsa de aire a favor con la aparición de Podemos. El partido de Pablo Iglesias ha convertido a la izquierda local en un minifundio a la que se le ha caído el castillo del tripartito. Podemos es ahora mismo el gran enemigo para la oposición valenciana.

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Sobre el autor Héctor Esteban
Periodista. Me enseñaron en comarcas, aprendí en política y me trastorné en deportes. No pretendo caer bien. Si no has aparecido en este blog, no eres nadie.

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