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La Utopía de Camps

2012 junio 13
por Héctor Esteban

Soy voyeur. Me entretiene mirar. Desde mi garita de Les Corts, a lo James Stewart en La Ventana Indiscreta de Hitchcock, husmeo entre sus señorías detalles que me dan vidilla entre los mortecinos debates parlamentarios. A pesar de mi ligera miopía, si me esfuerzo siempre pillo algo.

En el último pleno me llamó la atención Francisco Camps. No porque entrara junto a Rita Barberá tarde al debate con Fabra ya en la tribuna, sino porque lo que llevaba en su mano izquierda alimentó mi pasión de mirón. Un libro pequeño de tapa dura, verdes aterciopeladas, manoseado, gastado,  con el marcador de hilo del mismo color y grabado en el lomo con letras de oro el título y el autor.

No tengo ojo de halcón. Lo único que pude leer es: Tomás Moro. Desconozco si era una biografía del teólogo, político y humanista o si era una edición de Utopía, la obra más conocida de este escritor inglés que fue acusado de traición y condenado a muerte por Enrique VIII.

 

Sobre la mesa de Camps, el libro de tapas verdes

Desde la garita me autoconvencí:  Camps llevaba en sus manos la obra de Moro. La que describe su sociedad ideal en una isla ficticia llamada Utopía.

Mientras en el hemiciclo sólo 40 de los 99 diputados seguían el debate sobre la ejemplaridad de los cargos públicos, fantaseé con mi propia utopía para lograr una sociedad más justa y mejor.

Una sociedad en la que sus políticos sean los mejores. Lo más preparados y con sueldos justos. En la que cada decisión que tomen sus gobernantes sea por el interés general. En la que los partidos no sirvan solo para ganar elecciones. Donde los cargos públicos, por la salud democrática de todos, limiten sus mandatos y no hagan de la política una profesión vitalicia.

En la que sea factible que Gobierno y oposición cierren acuerdos para superar la crisis. Donde se unan esfuerzos para buscar salida a los parados. Para que se cree empleo sin que se cuelguen medallas con un debate en el que haya aplauso al consenso. Donde la única meta no sea buscar culpables.

En la que todos los niños tengan una educación igualitaria, en la que el paciente se sienta atendido sanitariamente, donde el dependiente olvide sus muletas. Una sociedad en la que la falta de oportunidades no obligue al exilio de jóvenes más preparados que sus padres.

Donde los bancos y cajas, si es que existen, sean timoneados por gente que sepa leer un balance y no por botarates. En el que una comisión de investigación no sea patética y no provoque vergüenza ajena el desfile de comparecientes.

En la que el jefe de los jueces dé ejemplo y se juzgue a sí mismo, en la que los fondos de solidaridad lleguen a su destino, en la que los portones judiciales no se abran más para unos políticos que comen de caliente con sueldo público. Una utopía en la que a la Justicia sólo se le pida que sea justa y no se manche con Supremas indulgencias.

En la que los ricos sean solidarios con los pobres, en la que la picaresca y el fraude no sea el modus operandi y donde nadie se los lleve a manos llenas.

Sin banderas de unos ni otros, sin pancartas a favor ni en contra, sin piedras ni pelotas de goma. Sin 15-M, sin 20-N.

Donde los reyes sean magos, donde los duques no se lleven la palma, donde los euros no esté manchados de putrefactas aguas y en la que las primas no sean de riesgo.

Yo quiero una isla. No la de Moro, quiero la mía. Donde la convivencia sea pacífica, la moral como bienestar y los bienes, el disfrute de todos. Con un amanecer que nunca más sea dorado

Maldita utopía.


  • http://www.facebook.com/guillermo.martinezcasan Guillermo María Martínez Casañ

    No es acaso la persecución de la utopía desde el mas absoluto pragmatismo lo que debería guiar la actividad de todo hombre, no solo el político, sino de la persona en su busqueda de la verdad, la excelencia y de una sociedad mas justa como antesala de la perfección?.

  • pepdiu

    Te has dejado una parte importante en tú Utopía.
    Una sociedad en la que la prensa no fuera tendenciosa, y no manipulara la información o la diera en dosis justas, ocultando unas noticias y enfatizando otras, con el fin de conseguir conducir la opinión pública en función de sus intereses políticos.
    Una prensa que abanderara la libertad de opinión, y que no censurara los comentarios de sus lectores en función de su ideología política.
    Una prensa que contrastara las fuentes y recogiera todos los puntos de vista de una noticia.
    Una prensa que no tuviera miedo y cerrara a los comentarios de sus lectores sus propias iniciativas.

    Una prensa, que cuando quiere un mundo mejor, si quien lo impide fuera el partido que la abandera, tuviera lo que hay que tener para denunciarlo.