Las Provincias
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Autor: hesteban
El marido de Carmen Montón
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Héctor Esteban | 30-12-2015 | 1:52| 4

Fui el primer periodista en conocer a Carmen Montón. Todavía me acuerdo de aquellas palabras. Las tengo grabadas porque fue un proceso a la inversa. La lógica invita a que sea el plumilla el que pregunte. En este caso fue al revés: “Hola, ¿eres periodista no? “Sí”, contesté. Fue frente a la fachada del Ayuntamiento de Burjassot. De noche, después de un pleno municipal. A finales de los noventa. Yo era un colaborador que trataba de ganarse su primer contrato. Carmencita, como la llamaban los pesos pesados de la agrupación socialista de Burjassot, era la hija de Pedro Montón, un concejal que cerraba filas en aquel grupo que dirigía José Luis Andrés Chavarrías.

Carmencita solía acudir a muchos plenos municipales. En compañía de otra joven postadolescente, también hija de concejal a la que nunca le pronostiqué larga carrera en política. La hija de Pedro Montón era otra cosa. Se le veía a la legua. La actual consellera de Sanidad quería vivir de esto y desde el inicio  supo cobijarse bajo las mejores sombras. Al menos, bajo aquellas que le evitaran achicharrarse al sol de la políticas.

Aquel plenario de Burjassot era un buen master para conocer de cerca el arte de la guerra política. Mi querido Andrés Chavarrías era uno de los alcaldes de la vieja escuela, con Pepe Ruiz a su derecha como elemento de presa para atizar y contener los ataques de la oposición. En el PP lideraba el grupo Vicente Burgos, uno de los íntimos de Francisco Camps, Gerardo Camps y Esteban González Pons, miembros de la tertulia política que se daba en el bar El Agujero. Burgos vivió la vida subido en una montaña rusa con más descensos que subidas y terminó en prisión después de liquidar RTVV. En Izquierda Unida, un larguirucho Ricardo Sixto era un enfant terrible junto a Iván Castañón con las poses propias de un guerrillero que alborotaba cada pleno sin llegar a digerir que una tránsfuga de Nova Esquerra le hubiera dado el gobierno al PSPV. En ese ambiente político se crió Carmencita. Con gente de primera fila, curtida en la política municipal, a imagen y semejanza de concejales que hoy siguen viviendo de la política.

A partir de aquellas primeras palabras en la puerta del Consistorio, mi relación con Carmen Montón ha sido como un guadiana. Idas y venidas. Algún encuentro esporádico y llamadas discontinuas de teléfono.Con un aroma de desconfianza de su parte, como si siempre la quisiera pillar en un renuncio.

Carmencita, que asumió el papel del padre en el Ayuntamiento de Burjassot, se abrigó al calor del lermismo. Pura estrategia. Mientras la mayor parte de la agrupación de Burjassot jugó a caballo perdedor, la joven se posicionó para ser elevada por Ignasi Pla al Congreso de los Diputados. Carmencita pasó a ser Carmen Montón.  Como nuevo referente del joven socialismo valenciano controlado por los dinosaurios de siempre. La niña de los ojos del lermismo de Pla. La diputada Montón se implicó de lleno en los temas de igualdad, lo que valió una gran popularidad los días en los que Bibiana Aído convirtió en “miembras” a todas las féminas del Congreso.

Clásica en el vestir, displicente en la actitud y dulce en su tono de voz, volvió a Valencia por la puerta grande. Aprobó pediatría para exhibir la licenciatura que le valida como consellera de Sanitat sin haber ejercido. El título es lo de menos. Por la cartera han pasado consellers ajenos al ramo. Hasta Rafa Blasco fue titular del área.

Con Carmen llegó al polémica al Consell. La primera, cuando casi a la búlgara colocó a la señadora del PSC Mónica Almiñana como directora de La Fe. Ahora, el enchufismo le explota en casa con la colocación de su marido, Alberto Hernández Campa, como gerente de Egevasa. La madre de Hernández fue persona de máxima confianza de José Bono y el chico, líder de los yogurines manchegos del PSOE. La política enamoró a la pareja Hernández-Montón. Alberto es un buen tipo. Noblote. Siempre bajo el dintel del tirón público de su esposa. Tiene puesto en Bancaja, pero siempre le ha gustado más lo de la política y lo público. Integró uno de los núcleos duros de Ignasi Pla en calidad de asesor. En los años de la última derrota. Antes de que Ignasi saltara por los aires por culpa del alicatado de la cocina.

Los trifásicos familiares están a la orden del día. No es estético, como dijo Mónica Oltra sobre el caso del marido de Montón. Aquello del César. Pero ningún partido está libre de pecado. Ni siquiera Compromís. Montón ni es la primera ni será la última. Blanquerías siempre ha tenido la etiqueta de cierto pesebre alejado de la pregonada regeneración política.

No me sorprende lo del marido de la consellera. Lo que de verdad me irrita es la reacción de Carmen Montón: “Pasado el tiempo volverá la normalidad al Gobierno”. El matrimonio, bien colocado, rubricará su compromiso al calor de unos 120.000 euros al año entre los dos. Viejos vicios para los nuevos tiempos. Piedras en el camino del cacareado cambio. Normalidad antiestética para un mal uso de la política. La vida, a derechas e izquierdas, sigue igual.

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Ayuden a la chica burbuja
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Héctor Esteban | 08-12-2015 | 1:22| 4

James Herriot (1927-1929), Rodolfo Galloway (1931-1933) y Jack Greenwell (1933-1934) han sido los tres entrenadores ingleses que ha tenido el Valencia hasta que se oficializó la llegada de Gary Neville. El checo Anton Fivébr fue el primer técnico del equipo y posteriormente vivió viajes de ida y vuelta intercalado entre las etapas británicas. Aquellos inicios los vivió muy de cerca José Llorca Rodríguez, uno de los miembros de la tertulia del Bar Torino y que firmó la constitución del Valencia Football Club en marzo de 1919. Hoy, con la llegada a la ciudad del mayor de los Neville, me acuerdo de Elvira Roda, la chica burbuja que llenó portadas e informativos en su día y que se marchó a Dallas en el avión de El Pocero.

A su vuelta le cargaron el zurrón de pomposas promesas incumplidas. No sé si Elvira sabrá que el Valencia tiene nuevo entrenador. Un británico de nombre Gary, heredero ocho décadas después de los Herriot, Galloway y Greenwell. Allí, en su casa a orillas del Mediterráneo, la chica sigue en su burbuja, la de la sensibilidad química múltiple, donde una simple rutina es una tortura permanente. Una enfermedad no reconocida ni por la Seguridad Social ni por la Organización Mundial de la Salud, donde las dudas imponen su jerarquía y donde no existe subvención posible. Elvira es nieta de José Llorca, del tertuliano de Torino, de una de las personas que engrendró el Valencia y el valencianismo. Junto a Milego, Medina y compañía. De la raíz de la que hoy cuelga la rama de Meriton, de la de Peter Lim y Layhoon Chan.

En su día, hubo una ventana de ayuda abierta en un editorial de la revista oficial. Porque Elvira necesita apoyo. Económico y médico. El doctor Zaragosí, patrono de la Fundación, se quedó al cargo de un caso complejo. La voluntad existe pero es la hora de dar el paso necesario. Elvira Llorca pasa el tiempo junto al mar. A la espera de una ayuda que servirá al valencianismo para honrar su memoria. Mientras llega, con la necesidad de que sea a corto plazo, la familia y amigos mantienen la lucha con aquellos elementos que han permitido completar el gasto diario. Por eso, la afición del Valencia tiene una buena oportunidad de agradecer a José Llorca aquellas tertulias de Torino, y no hay mejor kilómetro cero que pasarse el próximo sábado 12 de diciembre por el rastrillo ubicado en el casal fallero de Rubén Darío-Fray Luis Colomer, junto al colegio El Pilar, a un paso de Mestalla, para colaborar con Elvira. Porque eso también es hacer equipo. Incluso puede que haya hasta una camiseta del club como paso previo al gesto definitivo hacia la nieta del fundador. Herriot y Neville hilan la historia del Valencia. De la misma manera que José Llorca y Elvira Roda.

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¿El Ágora es el edificio más inútil de Valencia?
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Héctor Esteban | 02-11-2015 | 12:52| 4

Valencia es ciudad de carpas, especialmente falleras. Durante estos días, los cámaras de Teledeporte hacen virguerías para exhibir un Open de Tenis con pizcas de dignidad. El problema viene con la apertura del plano, cuando las gradas aparecen cubiertas por una lona que simboliza la decadencia de otro de los grandes eventos que boquea con estertores, como el tic tac de una esperanza acabada. En la Valencia de Calatrava, esa ciudad de postal, han levantado una carpa churrera en el cogollo de la modernidad.

El Tomorrowland de Clooney ha dado paso a una cutrez forzada por la falta de seguridad del Ágora, una obra inacabada que alimenta las vergüenzas del despilfarro de antaño. La piel descamada de la cubierta de trencadís del Palau de Les Arts sirvió de argumento para la chanza mundial. Ahora, el edificio más inútil de toda la ciudad, el Ágora interruptus, servirá de ejemplo permanente de una gestión manirrota y alejada de la realidad. Francisco Camps, expresidente de la Generalitat, quiso culminar la Ciudad de las Artes y de las Ciencias con una construcción simbólica. Cubierta con los mismos colores que las cúpulas de las iglesias de Valencia. Excesos de irrealidad. En aquellos días de millones a borbotones, alguien debió de ser valiente y susurrarle al oído al presidente la virtud de la prudencia. Y en su defecto, si el proyecto seguía adelante, que le diera un toque de utilidad. El problema es que las decisiones no iban más allá de las cuatro paredes del Palau y la mayoría prefirió abrigarse con el sueldo público de los días de vino y rosas antes de argumentar con cordura los presupuestos de la Generalitat.

El inacabado Ágora se levantó encofrado entre los sobrecostes. Ahora, con los nuevos tiempos en el Consell, el Open de Tenis –el penúltimo gran evento que queda en la Comunitat– agoniza bajo la carpa churrera, con un torneo de segunda fila y en el que hasta las grandes figuras se han borrado del cuadro en beneficio de un peloteo entre jornaleros. Hoy, salvo sorpresa, certificará su defunción. La supervivencia pasaría por la colaboración público-privada para lograr patrocinadores que mantengan con vida el torneo. Pero siempre se impone la (i)lógica búsqueda de culpables para cincelar la frase de entre todos lo mataron y él solo se murió. Se irá el tenis.

El Ágora se quedará como un nicho vacío. Cerrado. Sin contenido, sin ganas y sin futuro. Valencia perdió una gran oportunidad para disponer de un recinto cubierto funcional, de un pabellón multiusos, de un espacio para convecinos y de un área de vida familiar. Sueños de grandeza transformados en la pesadilla manirrota de millones destinados a nadie sabe qué. No hay peor paradoja que un espacio para la vida social mudo, silenciado por los excesos de lo público.

 

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El 1984 de Nuno
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Héctor Esteban | 25-10-2015 | 3:00| 4

Un día me equivoqué con Nuno. Fue la temporada pasada en Granada. En la crónica del partido, tras el insípido empate en Los Cármenes, escribí que el entrenador del Valencia no había ido a saludar a los aficionados del equipo desplazados a las faldas de Sierra Nevada. La pifié. Algunos me pusieron delante el felpudo del insulto para advertirme del error. Otros, los más, me corrigieron con educación. Días después, en esta misma columna pedí perdón. Era lo justo. Cuando uno se equivoca y lo asume siempre duerme mejor.

Mis padres me enseñaron a rectificar como sana costumbre. Igual que a dar los buenos días o desear un buen viaje. Los valores son gratis pero carísimos a la hora de aplicarlos. Nuno lee, ve y escucha todo. Devora la prensa, no digiere la crítica y se martiriza con fantasmas que no existen. La causa de sus males no son ni las crónicas de plumillas incordiosos ni las preguntas de los reporteros dicharacheros. Ni siquiera aquello que pasó con Amadeo Salvo y Rufete al amanecer del pasado verano. El luso ejerce como el Gran Hermano de 1984, la novela de Orwell, obsesionado por el control absoluto y el pensamiento único. Sin la autocrítica como motivo para crecer. Los renglones torcidos se ajustician según su distancia a la neolengua. No justifico a Negredo. Este artículo no va de eso. El delantero ha gozado de oportunidades y las ha desaprovechado. Si la razón es deportiva, lo acepto.
Lo que no entendería es que la grada fuera un castigo por ser un Winston Smith en una plantilla que obedece a los deseos del entrenador. El debate enriquece. Otra cosa es el que delantero no haya pedido la palabra en el vestuario porque no quiere o no puede. Si Nuno mantiene que su cáncer es la prensa se ha equivocado de molinos de viento. El ‘nunismo’ de los buenos tiempos atrajo a un gran número de creyentes. A tantos como los que ahora se declaran agnósticos en pleno viaje hacia el ateísmo. Los caminos del fútbol son inescrutables.
Ni la prensa ni la salida de Salvo y Rufete. El expresidente ejecutivo es tan batallador como previsible. Sus impulsos le dejaron al descubierto. El técnico, en cambio, aplica la receta del miedo para desenmascarar
al rebelde. Y la ejecución siempre es planeada y silenciosa. En 1992, George Bush era el favorito para ganar la Casa Blanca. James Carville, el estratega de Clinton, buceó hasta la esencia de los problemas ciudadanos para ganar aquellas elecciones: «La economía, estúpido». Aquella frase sirve para el Valencia. Adaptada. Para saber lo que siente la grada. El balón y el gol tapan cualquier debate. Ni periodistas ni Negredos ni pitos que valgan. Sólo hay que aplicar la frase de Carville para que salga el sol. La clave está en el juego, en el fútbol.

(Columna publicada en LAS PROVINCIAS el 23/10/2015)

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Carta a los padres del fútbol base
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Héctor Esteban | 13-10-2015 | 11:54| 4

Mis padres nunca vinieron a verme jugar al fútbol. Formé parte del primer cadete del E-1 Valencia, que se destrozaba las rodillas en uno de los campos de tierra-piedra del Pont de Fusta y donde acabé jugando de lateral derecho a la fuerza porque el hijo del entrenador siempre era el delantero centro. Ni mis padres ni los de Leo Catalán, Genaro Fragueiro, Isaac o Vela aparecieron nunca por allí. Sólo acudía los de un chico al que llamábamos Pajarito y el de Esteve, un chaval al que el técnico le tomó algo de ojeriza. Un sábado, que un servidor salía de titular, el padre de Esteve cogió a su chico para llevárselo a casa. La razón era que su niño empezaba en el banquillo. Cogí mi camiseta con el 2, me la quité y se la di. Me salté el once del entrenador, me quedé en el banquillo, apacigüé a aquel ogro de padre y el chico jugó. Nunca metí un gol. Pero mi madre todavía recuerda la llamada a casa del presidente del equipo agradeciendo mi gesto. Creo que fue la única vez que mi madre se interesó por mis andanzas futboleras, que estaban hiladas por las tarjetas amarillas que recibía partido sí y partido también.

Hoy mi hijo juega al fútbol. En un benjamín del Juventud Chiva. El fútbol base vertebra la Comunitat. Por los polideportivos municipales, apoyados en las barras que rodean campos, hay decenas de padres. La mayoría son respetuosos. Bendecidos por el don de la deportividad. Por el respeto al rival. Gente normal que entiende que los que están sobre el verde son niños con el único objetivo de disfrutar. Pero hay una minoría ruidosa que viste el chándal de entrenador. Algunos dirigen al equipo con la cerveza en la mano. Otros premian los goles de sus hijos con euros. He visto a alguno saltar al terreno de juego a abrazar al niño tras machacar a un equipo rival 18-0. Ufanos de la machada. Gente que aspira a salir de pobres gracias a los goles de sus hijos. El fútbol base es un nido de pájaros en la cabeza.

La competición comienza el fin de semana que viene. Un desahogo para muchos reprimidos. Que nutren su sinrazón de insultos sin caer en los menores. Con actitudes bárbaras. Afortunadamente es una minoría muy minoritaria entre el colectivo de padres, aunque suficiente para amargarte un sábado por la mañana.

En el E-1 Valencia jugaba con nosotros un chico argentino. Se llamaba Sevi. Como no podía tener ficha, disfrutaba de prestado. Un día, en el río, ante el Juventud Manisense, los padres de Esteve y Pajarito -sus hijos eran suplentes- comenzaron a chivarle al árbitro a gritos que el 9 jugaba con ficha falsa. Suspendió el partido y nos dejaron sin diversión. Un palo, aunque al final los que más avergonzados salieron el campo fueron sus propios hijos. Señores padres, dejen jugar a los niños.

 

 

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Sobre el autor Héctor Esteban
Periodista. Me enseñaron en comarcas, aprendí en política y me trastorné en deportes. No pretendo caer bien. Si no has aparecido en este blog, no eres nadie.

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