Las Provincias
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Quimi y Valle cumplen 18 años
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Mikel Labastida | 11-01-2016 | 20:46

 

Los años 90 son Twin Peaks, los Power Rangers, el príncipe de Bel Air, Oasis, Blur y Nirvana. Y Wally, y los chupetes de la suerte y los tamagotchis. Son los años de ‘Kids’, de ‘Clerks’ y de ‘Trainspoting’. Y de la cita de Vincent y Mia en ‘Pulp Fiction’, del inicio de la relación entre Jesse y Céline en ‘Antes del amanecer’, y de la pasión de Clarence y Alabama en ‘Amor a quemarropa’. Son todo eso, sí. Pero también son Quimi y Valle, referente sentimental patrio para una generación nacida a mediados de los 80 que, cuando esta pareja alcanzó la popularidad en la televisión, rozaba los 14 años y comenzaba la adolescencia.

Lo confesarán o no, pero hay mucho treintañero por ahí suelto que en algún momento se identificó con Quimi y Valle o deseó ser como ellos. O, como mínimo, se entretuvo con sus escarceos y peleas. Ahora lo negarán, seguro, mirarán hacia atrás y sentirán un poco de vergüenza ajena. Es lógico. Cualquier tiempo pasado es mejor, menos cuando el pasado somos nosotros estampados en fotos antiguas o en vídeos de super8.

Los americanos tenían a Blossom Russo, a Dawson Leery o a Brooke McQueen. Y nosotros a Quimi Verdet y a Valle Bermejo. Y también a Sara, César y Arancha, entre otros. Ellos tenían el Jacqueline Kennedy High School y el Bayside. Y nosotros el Azcona. Renunciar a él sería como hacerlo a una parte de nosotros, porque representa lo que fuimos, de dónde vinimos. Nos guste ahora más o menos.

Sí. Fuimos compañeros del trabajo, de la vida y del amor, compañeros de las dudas que tenga tu corazón. Ahí queda eso.

 

 

En 2016 esos compañeros cumplen 18 años, alcanzan la mayoría de edad. Fue en 1998 (en marzo) cuando la díscola pareja y el resto de sus amigos se asomaron por primera vez a Antena 3 para intentar reflejar lo que les pasaba, preocupaba e interesaba a los chavales de la época. La idea era trasladar a España las historias de estudiantes que tan bien se les daban a los americanos. Si nos habíamos identificado con los problemas e inquietudes de unos adolescentes de Beverly Hills cómo no lo íbamos a hacer con los de un barrio obrero madrileño. La apuesta parecía segura. Se daba la circunstancia además de que en Telecinco un año antes había comenzado con éxito una serie diaria de corte similar, ‘Al salir de clase‘. Antena 3 necesitaba su propia pandilla. Y la encontró.

No fue fácil. Los inicios de ‘Compañeros‘ resultaron tibios, con una primera temporada que logró datos de audiencia discretos y obtuvo una incidencia escasa. Fue a partir del segundo curso (en el que salieron algunos actores como Concha Velasco y entraron otros como Beatriz Carvajal) cuando los jóvenes espectadores (y los no tanto) se engancharon a las tramas del Azcona y la convirtieron en oferta líder durante años, tantos como pudieron alargar la vida estudiantil de sus protagonistas. Hasta que fue imposible que repitiesen más veces y hubo que buscar un relevo, que ya no conectó tanto con la audiencia. O quizá es que esa audiencia había crecido también y se interesaba por otras cuestiones y ofertas.

 

 

Los personajes emblemáticos fueron, sin ninguna duda, Quimi y Valle: arquetipos de manual, el chico malo y la chica ‘suelta’, problemáticos pero con buen corazón, etiquetados por una sociedad en la que no se sentían a gusto y a la que acusaban de no entenderles. Y blablabla. Los enésimos rebeldes con causa. Como el DiCaprio de ‘Diario de un rebelde’, como los de ‘El club de los cinco’, como Rusty de ‘La ley de la calle’, como J. D. de ‘Escuela de jóvenes asesinos’, como Broderick en ‘Todo en un día’, como Cry-Baby…

Él fumaba (era un acto de rebeldía en la época y algo por lo que se distinguían los canallas y los repetidores, que a veces eran los mismos), sacaba malas notas, se metía en peleas, tenía moto y vivía solo en una buhardilla (la independencia le confería un valor añadido, porque representaba un anhelo de cualquier chaval que viese la serie). Un malote en toda regla, pero cuidado, no un mal tipo. Su carácter conflictivo en realidad se debía a una infancia algo atormentada, pero en cuanto le rascabas (¡oh!) descubrías su verdadera personalidad. Lo habíamos visto cien veces en cine y televisión, pero también en la vida real. Todos en nuestra clase teníamos un Quimi y eso nos unía a él.

Y también una Valle. Era la chica más popular del instituto, no por su expediente académico, sino más bien por sus relaciones con los chicos. La tía buena de la época que triunfaba en las fiestas, algo que no era bien digerido después, ni por ellos, que no la respetaban, ni por ellas, que le acusaban de fácil. Tanto que en uno de los primeros episodios los alumnos votaban para ver quién era “la más puta del instituto” y ganaba ella. Muy burdo, sí, pero muy realista también en los terribles 90.

La puta, el malo, el pringao, la estrecha, el líder, la enterada, el empollón, el marica, el borde, el fantasma. Son personajes típicos y tópicos, que conocemos perfectamente porque convivimos con ellos o porque fuimos uno de ellos. Era inevitable. El acierto de ‘Compañeros’ fue reflejar situaciones cotidianas, como las primeras experiencias, el acoso escolar, los problemas alimenticios, los conflictos sentimentales, las dudas sexuales, la incomprensión con las familias… No inventaron nada ni falta que hacía. Nada sobre lo que no hubiesen escrito Susan E. Hinton o Salinger, salvando las distancias de cada medio, no nos vengamos arriba. A veces los argumentos en la serie se resolvían tontamente o se enrevesaban sin necesidad y las vinculaciones familiares estaban un poco forzadas (Valle era hija de la bedela y del dueño del bar; la otra, hija de una profesora y del director; todos tenían un hermano pequeño…). Sí, seguramente eran exigencias de la cadena para conectar con el mayor tipo de públicos.

 

 

Trataron lo que ya se había tratado antes y lo que se trataría después, pero de acuerdo con los cánones de entonces, que por cierto, vistos hoy, resultan bastante pacatos y recatados. Podríamos comparar a Bea de ‘Verano Azul‘, a Valle de ‘Compañeros’ y a Yoli de ‘Física o Química‘ y descubriríamos que no existen más diferencias entre ellas que la época en que se sitúan sus tramas. Los escollos son idénticos. Sucede igual si enfrentamos a Javi de ‘Verano Azul‘, a Quimi de ‘Compañeros‘ o a Cabano de ‘Física o Química‘. El mérito es haber sabido erigirse en representantes juveniles del momento. No todos lo consiguen. En esos años, por ejemplo, ‘Nada es para siempre‘ también en Antena 3 no lo logró.

Quimi y Valle representan el primer amor y ese tira y afloja que mantenían tirabo. Muchos de los que se sentaban los miércoles frente a la televisión estaban empezando a vivirlo y otros no veían el momento en que les pasase. Ellos se pelearon, se disgustaron, se reconciliaron, se enfrentaron al mundo, se escaparon juntos, se decepcionaron, se traicionaron, se reencontraron, se enseñaron, se divirtieron, se defendieron, se reconfortaron. Vamos, lo que pasa con los primeros amores. O lo que queríamos que pasase.

No te fallaré, decía la sintonía de la cabecera. No te follaré, decíamos de broma. Qué malotes nosotros también, ¿eh? La letra de la canción no tenía desperdicio: “como un cielo abierto cuando nadie lo esperaba, como esa palabra que estremece a mi razón desde la otra orilla del río que nos separa, cruzas nadando a prestarme el corazón, te has ganado a pulso siempre atento a cada gesto”. Almíbar puro. Pero el mensaje final, reconozcámoslo, era bonito: “siempre estaré aquí si me necesitas”. Es al fin y al cabo lo que todos hemos esperado de aquellos primeros amigos que hicimos en el colegio y en el instituto, a los que considerábamos nuestra familia y a los que recordamos ahora con nostalgia y cariño. Como a Quimi y Valle, los adolescentes que, como nosotros, hace tiempo dejaron de serlo.
 

 

 

Títulos de crédito: Para quejas, sugerencias y otras necesidades humanas mi correo es mlabastida@lasprovincias.es

 

Sobre el autor Mikel Labastida
Crecí con 'Un, dos, tres', 'La bola de cristal' y 'Si lo sé no vengo'. Jugaba con la enciclopedia a 'El tiempo es oro' imitando al dedo de Janine. Confieso que yo también dije alguna vez a mi reloj: "Kitt, te necesito". Se repiten en mi cabeza los números 4, 8, 15, 16, 23, 42. Tomo copas en el Bada Bing. Trafico con marihuana en Agrestic y con cristal azul en Albuquerque. Veo desde la ventana a mi vecino desnudo. El asesino del hielo se me aparece en cada esquina y no me importaría que terminase con mi vida para dar con mis huesos en la funeraria Fisher.