Las Provincias

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RIDÍCULO
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Fernando Giner | 23-04-2014 | 11:54

Como se nota que soplan vientos electorales: unos insisten en que hemos cruzado el Cabo de Hornos, que lo peor ha pasado y que vienen tiempos buenos, y otros no paran de incidir en los graves problemas de la desigualdad social y en que todo sigue igual de mal. Lo peor de todo, lo más mísero, es que, para justificarse, unos y otros emplean las cifras del paro como arma arrojadiza. Al final va y resulta que los más perjudicados de esta dura crisis, los que de verdad han pagado los platos rotos, las personas en paro, serán los que hagan ganar las elecciones a unos u otros. De vergüenza.

La pregunta que me hago es ¿de verdad podemos hablar de recuperación? En el 2008, como conoce mi querido lector, escribí mi primer libro, que se llamó El reto. Hoy puede resultar anecdótico, pero mi intención en aquel momento era titular el libro 2009, crónica de una recesión. Ante la insistencia de mi querido editor, decidí cambiarlo por uno mucho más optimista y positivo como es El reto. En éste, indiqué que íbamos hacia una crisis en forma de “L”, que la economía estaría cayendo prácticamente hasta el 2012 (palo vertical de la “L”) y que después, se mantendría en un pequeño crecimiento, simulando el palo horizontal de la “L”. ¿Recuperación? Sí, pero en forma de dientes de sierra, con muchísimos claroscuros, muy lenta, con grandes desigualdades sociales y con datos macroeconómicos muy desconcertantes por la nueva situación que estamos viviendo. Es decir, que cada trimestre podemos estar hablando de signos que indican en una dirección y al mismo tiempo en la contraria, y pienso que esto va para largo. ¿Y esto por qué es así? Vayamos por partes.

En primer lugar, nos hemos olvidado que lo que ha provocado el crecimiento en la economía española en los últimos años han sido burbujas, ya sean tecnológicas o inmobiliarias. En los últimos años de bonanza económica, España no ha conocido una situación real de desarrollo productivo que sentara las bases para tener capacidad de resistencia en caso de una crisis como la que hemos vivido. Lógicamente, ese sector inmobiliario que antes impulsaba la economía tiene que ser sustituido ahora por otros motores. Por desgracia, aún estamos preguntándonos cuáles tiene que ser. ¿Cuánto tiempo hay que invertir para que un albañil, un trabajador de la construcción que abandonó los estudios para irse a la obra se convierta en un empleado de las nuevas tecnologías o de la industria del conocimiento? Pensar que esto se puede hacer en un año, o a base de cursos de formación subvencionados, potenciando determinadas habilidades y el uso de ciertas herramientas, me parece que, como poco, es ilusorio. Como indiqué en El reto, sentar las bases del desarrollo económico es un proceso lento que requiere consenso y pacto de Estado y hablar de esto en España es lo más utópico que existe. Señores políticos, ¿no son capaces de comprender que el futuro de una sociedad es consecuencia de las decisiones estratégicas que se adopten en el presente? ¿Que una decisión de carácter estratégico o de Estado requiere tiempo y, por lo tanto, no puede ser cambiada cada vez que gana un partido? ¿Que no hay más remedio que consensuar las decisiones y llegar a pactos?

En segundo lugar, ni España ni ningún otro país de la zona euro tiene capacidad por sí mismo para marcar su política monetaria. Esto significa que realizar una expansión cuantitativa (es decir, darle a la máquina de hacer dinero) está en manos de un Banco Central Europeo cuya sede está y cuyas decisiones se toman a miles de kilómetros. A su vez, si lo que queremos es provocar más llegada de dinero al mercado para que éste fluya y llegue a la economía real, las familias y las empresas, el Banco Central debería, por ejemplo, penalizar los depósitos que el propio sistema bancario realiza cuando recibe dinero de éste. Es curioso, el Banco Central presta dinero a los bancos a un interés ridículo y éstos lo depositan en el propio Banco Central a un interés muy superior. Ganancias seguras, riesgo cero y todo tipo de facilidades para estos señores. El Banco Central debería penalizar y no incentivar este tipo de depósitos. ¿Por qué no sucede esto? Porque al señor Draghi no le dejan actuar desde Alemania. El señor Draghi y el Banco Central Europeo tienen una solvencia profesional elevadísima. De hecho, cuando en verano indicó que haría “todo lo que hiciera falta para salvar el euro”, es decir, ocho palabras y nada más, ese fue todo su arsenal, consiguió con ello la retirada de los ataques especulativos de los mercados y el comienzo de la paz financiera en Europa. Pero ahí se quedó todo. ¿Por qué Alemania no le deja actuar? Porque los alemanes siguen teniendo presente el concepto del riesgo moral de la monetización del sistema. Ellos piensan que si dan dinero a las economías derrochadoras del sur, esto solo servirá para que éstas, es decir, nosotros, nos volvamos otra vez plácidos, vagos y malgastadores y volvamos a estar como estábamos. Para los alemanes, nuestra cura de actitud aún no ha terminado. Y sin fluidez de dinero, es muy difícil que la economía repunte.

En tercer lugar, los elevados índices de paro, la devaluación interna para recuperar la competitividad y el empobrecimiento general de las familias están provocando un proceso que si bien no podemos calificar todavía como deflacionista, deberíamos definir al menos como de elevadísima desinflación. Esto significa que si usted compra productos low cost, la empresa no tiene más remedio que darle un salario low cost. Entonces usted, con esa porquería de sueldo, no tiene más remedio que ir a por productos más baratos y vuelta a empezar. Esta es una espiral perversísima de la que es muy difícil salir. La mejor manera de solucionarla es no entrando en ella y, por desgracia, estamos a un paso.

Con estos tres puntos se comprobará cómo decir que el paro ha disminuido en unos miles de personas, cuando estamos hablando de millones que siguen en él, es muy ridículo y lanzar todos los demonios hacia el actual Gobierno es igualmente ridículo. Y es que la política se ha convertido en algo ridículo.

Tal vez esté equivocado, pero es lo que pienso y así lo he querido escribir.

Gracias, como cada jueves, por leerme y hasta el próximo.