Las Provincias

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LA ERA DE LA ACTITUD IV. EL PENSAMIENTO
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Fernando Giner | 08-05-2014 | 09:22

He podido leer estos días en varios periódicos artículos que demuestran la importancia que se les está dando a los resultados académicos de los alumnos, tanto a nivel escolar como universitario. Llaman la atención los índices de fracaso,  ¿por qué en general las notas son tan bajas? y, sobre todo, se cuestiona la aplicabilidad de los conocimientos adquiridos, si el mucho o poco esfuerzo que hace la gente durante su formación da posteriormente un resultado en el mundo laboral.

Empezaré por la segunda cuestión, la aplicabilidad de los conocimientos adquiridos. Qué duda cabe que el entorno y la sociedad de este siglo XXI son muy distintos de aquel entorno en el que mi generación se formó y se educó. En mis tiempos, el camino era claro, unidireccional y muy previsible. A los niños se les decía: «estudia, pórtate bien, haz los deberes, saca buenas notas y el día de mañana tendrás un buen trabajo». Y era verdad. Era una sociedad estable, estática y de crecimiento económico constante. El esfuerzo, la disciplina y un conocimiento heredado de generación en generación, que no una experiencia, insisto, eran suficientes para garantizar una vida estable. Y ese fue el éxito de aquella sociedad, porque al generalizarse la educación, todos teníamos acceso a ella y desde la formación se pudo crear una gran clase media que, a su vez, daba estabilidad y seguridad al sistema. La cuestión es que la realidad en la que vivimos ya no es así. Hoy un joven que es obediente, disciplinado, que hace los deberes, que luego va a la universidad y que luego estudia tres másteres, es muy probable que esté ahora mismo en su casa y sin empleo. Y esto el mundo universitario y las autoridades no lo quieren ver. Estamos viviendo un proceso y la adaptación y la actitud son claves para vivir en ese proceso. Para poderte adaptar son más importantes la capacidad de aprender y la disponibilidad para abandonar lo que ya has hecho y empezar de nuevo que cualquier otra competencia. Es decir, a nuestros hijos hay que fomentarles la curiosidad, deben cuestionar todo lo que se aprende, y deberían ser, desde un punto de vista intelectual “un grano en el culo” para sus profesores. Lo digo y lo diré: de las tres competencias que tenemos las personas –conocimiento, aptitud y actitud– me quedo con la actitud.

Querido lector, si está estudiando o si tiene la suerte de estar trabajando, ¿se ha preguntado alguna vez si lo que sabe hacer seguirá siendo necesario en el 2020? ¿Es posible que sus destrezas sean sustituibles por una máquina o por el Internet de las cosas? Vamos hacia un mundo impredecible, tanto que cuando acabe el proceso fliparemos al pensar en cómo vivíamos hace tan solo 5 años. Por lo tanto, a la cuestión sobre si lo que se estudia es aplicable en la realidad, lamento decir que muchas disciplinas siguen hoy ancladas en metodologías y propuestas impropias de la realidad en la que vivimos.

La otra cuestión era sobre las notas, sobre por qué las notas son tan bajas y sobre la diferencia entre las calificaciones más altas y las más bajas. Un estudio realizado recientemente por sociólogos de la Universidad de Michigan y de la City University de Nueva York a más de 5000 estudiantes ha apreciado una gran diferencia entre estudiantes de procedencia asiática y estudiantes de procedencia europea. Han detectado que, aunque las habilidades cognitivas no son tan distantes, respecto a las notas se aprecia una desviación muy superior a favor de los asiáticos. Se ha comprobado que, a medida que crecen los alumnos, su motivación y su actitud hacia el aprendizaje es muy superior en los asiáticos que en los europeos. Y la conclusión es espectacular: los asiáticos piensan que uno puede aprender a ser bueno en matemáticas, mientras que los europeos piensan que hay que haber nacido con una habilidad para ser bueno en matemáticas. Es decir, que la diferencia está en la forma de pensar, en la fe que uno tiene en sus propias posibilidades y en su capacidad de esforzarse. En Occidente tenemos la creencia de que el resultado está predestinado y de que los buenos profesionales o los buenos estudiantes lo llevan en su ADN. En Oriente piensan que la acción de la persona a través del esfuerzo, la constancia y el trabajo son determinantes para obtener resultados.

Si antes criticaba la parte de la docencia y, con todos mis respetos, su aburguesamiento y apalancamiento, ahora llamo la atención sobre un necesario cambio de mentalidad en las creencias y pensamientos de nuestros hijos. Debemos transmitirles que si se quiere, se puede; que el destino es un camino que cada persona se labra y se forja a diario a través de sus propias decisiones y de sus propias acciones; que las creencias y las acciones son el germen de la actitud.  Ya lo sé, siempre acabo en la actitud: el querer hacer y el querer saber hacer. Por eso digo que vivimos en la era de la actitud.

Gracias, como cada jueves, por leerme y hasta el próximo.

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