Las Provincias

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ERASMUS
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Fernando Giner | 22-05-2014 | 19:23

Cuando en 1987 nació el programa Erasmus, menos de medio centenar de universitarios lo cursaron, mientras muchos otros se encontraban haciendo el servicio militar. Por el contrario, durante el último año, 2013, casi 45.000 universitarios emprendieron este programa y ninguno hizo, evidentemente, el servicio militar obligatorio. En estos 25 años muchísimos de nuestros jóvenes han podido disfrutar de un cuatrimestre o de un curso académico completo en otro país, ampliando así su formación profesional. Sin embargo, cuando se puso en marcha el programa despertó la oposición de muchos profesores y expertos, porque pensaban que suponía una interrupción en el currículum educativo y que el alumno perdería de esta forma los conocimientos necesarios e imprescindibles para poder desarrollar la profesión para la que se estaba formando. Desde la universidad siempre se ha pensado que si el alumno no estudia todas las lecciones que están en el temario y el profesor no dispone de todos los medios, horas y mecanismos para poder impartirlas, la formación es incompleta. Hay parte de verdad en esto, en el sentido de que cuando compruebas las convalidaciones que se hacen entre una universidad y otra y entre un país y otro, no se acaba de ver la lógica, pero estas diferencias me llevan a pensar que esa visión mesiánica, categórica y dogmática que tienen los docentes a la hora de impartir conocimientos debería ser considerada con menor devoción. Es decir, que está claro que hay unos mínimos que las personas tienen que conocer, pero no hasta el grado de exigencia y cabezonería con el que se empeñan algunos desde el ámbito académico. En definitiva, que si un alumno no sabe ciertas cosas, no pasa absolutamente nada.

El programa Erasmus supone muchas ventajas para los alumnos. En primer lugar, salen de casa. Esta función la cumplía el servicio militar en su día, ya que obligaba a las personas a salir de su entorno familiar y doméstico y a enfrentarse a nuevas situaciones. Yo recuerdo que en el servicio militar conocí a personas de pueblos muy pequeños de Castilla-La Mancha y de Aragón que era la primera vez que salían de sus poblaciones, y era aquél su primer contacto con una realidad distinta, lo que en aquellos tiempos podíamos llamar ver mundo. Ahora que está tan de moda eso del machismo, recordemos que era una obligación que afectaba estrictamente a los hombres. Hoy el Erasmus, además de ampliar a ambos sexos la posibilidad de la movilidad, viene a contemplar la realidad de que hay que ver mundo, en este caso, ver Europa. Empate a uno entre el servicio militar y el Erasmus.

Por otra parte, en la mili, exceptuando los primeros tres meses de instrucción, no se hacía nada durante los otros nueve, era tiempo restado para alguien que tenía en mente acabar sus estudios o ponerse a trabajar. En el caso del Erasmus, la rumorología indica que el nivel de exigencia de las universidades receptoras respecto a los estudiantes Erasmus es mucho más benigno que el que pueda tener la universidad de origen. Aún así, Erasmus es universidad y mejora un currículum en términos de idiomas y diversidad intercultural respecto al servicio militar.

Hay un tercer concepto que también se daba en la mili, y era que, además de ver mundo, uno aprendía a buscarse la vida. El convivir en un barracón con decenas de jóvenes, el estar sujeto a una disciplina y el estar tantos meses fuera de casa obligaba a una persona a lo que se dice espabilarse. O te espabilabas o acababas siendo el más tonto de la promoción, y eso en el ejército era un problema. El Erasmus obliga también a que la gente aprenda a desenvolverse por sí misma. El conocer ofertas low cost, el investigar combinaciones para los desplazamientos, el ver cómo puedes hacerte entender en un idioma distinto al tuyo y sobre todo, aprobar y hacer informes en inglés, cuando la mayoría de los estudiantes no pasan de un nivel medio en este idioma. Es decir, que tanto el servicio militar en su día como el Erasmus hoy cumplen una función similar: son un período en el que los jóvenes conocen mundo y aprenden a buscarse la vida.

La gran diferencia que aporta el Erasmus –además de que es voluntario y de que está abierto a las mujeres– es que los jóvenes aprenden a conocer, a comprender y a interiorizar el europeísmo. Este tema es muy importante, porque un estudiante que ha hecho un Erasmus es una persona que tiene un concepto de Europa más real que un individuo de mi edad que ha desarrollado sus estudios y su profesión fundamentalmente en su país de origen, y solo por este motivo, si de verdad creemos en la construcción de Europa y en el futuro de Europa, deberíamos apostar por el Erasmus, porque nos hace más europeos. Cuando se eliminó la obligatoriedad de la mili, en el 2001, eran 16.000 las personas que cursaban el Erasmus y el gran boom se produjo cinco años después, cuando llegaron a sobrepasar los 20.000 estudiantes, hasta alcanzar las cifras actuales. El programa Erasmus no debería considerarse como unas vacaciones pagadas, el nivel de exigencia académica debería redoblarse, pero de verdad creo que aunque los niveles de aprendizaje de conocimiento sean mínimos, es importantísimo en aptitudes y en actitudes. Necesitamos que nuestros hijos aprendan a buscarse la vida y que conozcan los lugares, las culturas y las sociedades donde años después, seguramente, trabajarán. Esto abre todo un abanico de posibilidades, porque una persona que pasa un año fuera de su casa, en un país distinto, está más expuesta a conocer a un novio, novia o amigos extranjeros y ya no volver a su casa. Éste es el coste que los padres tenemos que pagar, pero es que éste es también el mundo en el que estamos entrando y al que no podemos oponernos.

Esta nueva situación está haciendo cambiar muchas cosas, por ejemplo, la paella de los domingos, como no sea por Skype, ya me dirá usted cómo la hacemos, y como consecuencia, tener a la familia completa va a ser más ocasional de lo que era. Además, aspectos tan importantes como la compra de una vivienda dejan de ser lógicos, ya que hasta qué punto tiene sentido que yo adquiera activos para vivir si no sé dónde voy a trabajar. Todo esto nos lleva a un mundo más del pagar por usar que del pagar por tener, donde la movilidad es una competencia clave y un requisito mínimo imprescindible para la vida del siglo XXI. Por suerte, cuando se cierra una puerta, se abre una ventana, así que el consuelo para los padres es que las nuevas tecnologías están permitiendo que las distancias sean menos largas de lo que lo son físicamente. Éste es nuestro mundo y desde este blog este humilde cronista pide que lo que se ha iniciado con el programa Erasmus no se desactive; que se apueste, se ayude y se invierta en formar a los jóvenes para que sean más europeos y tengan más movilidad. En esta semana de elecciones europeas, los partidos políticos deberían defender la movilidad de los jóvenes en Europa, promocionarla y apoyarla. Y da la impresión de que de eso se habla muy poco, muy poquito, por no decir nada.

Gracias, como cada jueves, por leerme y hasta el próximo.