Las Provincias

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CALENTANDO
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Fernando Giner | 18-07-2014 | 19:23

Es impresionante mirar hacia atrás y comprobar las cosas que han pasado en España en el terreno político en tan solo dos meses. Las elecciones europeas fueron el detonante de todos los acontecimientos, pero qué duda cabe que la España de julio de 2014 tiene unos protagonistas completamente diferentes a los de la de abril de 2014: tenemos un nuevo rey, un nuevo líder en el partido de la oposición y un nuevo partido político que, por mérito propio, ha alcanzado su cuota de protagonismo. Han sido muchos cambios en tan solo dos meses para una España que no sabe muy bien adónde va. Es perfectamente normal pensar que todos estos hechos se trasladarán de una forma u otra a la vida cotidiana de los ciudadanos, porque siempre se ha dicho que las instituciones son las personas que las dirigen y las gobiernan, aunque también es verdad que al final éstas están por encima de las personas.

Además, el 30 de julio conoceremos la cifra de crecimiento de PIB y, si se cumplen los pronósticos, España podrá gozar de un dato alentador, en torno al 0,5 % de crecimiento. Si esta cifra se confirmara y no hubiera ninguna otra catástrofe (por ejemplo, en Ucrania o en Gaza, escándalos financieros, cracks bancarios, etc.), es decir, que todo siguiera más o menos la misma tendencia, podríamos afirmar que España finalizará el año con un crecimiento cercano al 2 %. Y decir esto es decir mucho, porque aunque es cierto que la realidad macroeconómica tarda mucho en descender a lo cotidiano, al final desciende. Así pues, estos datos, si se van confirmando y se consolidan, nos permiten ser optimistas en cuanto a que la recuperación, si bien lenta, pausada y tímida, ha llegado para quedarse. Y creo en ello, ya estamos hablando de recuperación, aunque insisto en que no será espectacular ni meteórica, sino que marcará una línea en forma de dientes de sierra.

Podríamos afirmar entonces que el Gobierno de Rajoy ya ha cumplido con su propósito: evitar la intervención en España y situarla en cifras de crecimiento positivas, en términos de recuperación. En tan solo dos años, este Gobierno ha conseguido lo que parecía imposible: que se vea la luz. Es verdad que hay aspectos sociales y humanos que deben ser atendidos con la mayor diligencia y urgencia posibles, pero Rajoy ha hecho lo que la mayoría de los españoles le pidió en 2012: solucionar el desaguisado económico y social que había dejado el anterior Gobierno.

Entonces mi pregunta, siempre desde una perspectiva estratégica y no política, es que si un Gobierno ha hecho en dos años lo que tenía que hacer en cuatro, ¿tiene legitimidad para presentarse a los ciudadanos y solicitar la ratificación de esta política? O, dicho de otra manera, ¿tiene sentido convocar unas elecciones generales en otoño? Como siempre, desde un punto de vista estratégico, hay argumentos a favor y en contra. Para bien del actual Gobierno, una convocatoria electoral en los próximos meses no le deja tiempo al nuevo líder de la oposición para posicionarse, es decir, que pilla a su principal enemigo con el pie cambiado. A día de hoy Pedro Sánchez, con todo el mérito de haber ganado las primarias, aún no ha tenido tiempo de organizarse para elaborar su propio proyecto y desarrollar una estructura que le permita presentar un programa de gobierno. Por otra parte y sobre todo, unas elecciones generales en otoño, fagocitarían y harían sombra al principal enemigo institucional que tiene hoy España, que es la consulta catalana. Por todo ello veo, estratégicamente hablando, dos motivos muy sólidos para que este otoño pasen cosas que ahora mismo no parecen ser probables.

Lo contrario puede suponer la fijación desmedida, irracional y continua que estamos presenciando contra el partido Podemos, algo que, en mi humilde opinión, lejos de desgastarlo y perjudicarlo, lo que está permitiendo es que cada vez tome mayor protagonismo social. Si eso es precisamente lo que se persigue, mi enhorabuena a los estrategas, pero si lo que quieren es minimizarlo, creo que se están equivocando. Algo parecido ya les ocurrió con la Esquerra Republicana catalana, que emergió de una situación de descontento nacionalista en Cataluña y toda la artillería mediática que se desplegó contra ella no consiguió más que alentarla y alimentarla.

Sin embargo y en mi opinión, el problema lo tenemos en Valencia. El gran reto del Gobierno valenciano, que era la financiación, se presenta como el gran fracaso de la actual gestión. No sé cuántos informes y dossiers han preparados institutos, instituciones, universidades y asociaciones para demostrar que la financiación valenciana es injusta y deficitaria y tampoco sé cuántos más esperan tener para plantar cara definitivamente. El gesto del otro día de juntar a las fuerzas vivas valencianas para reclamar la financiación está muy bien, pero plantea un problema: que ahora hay que hacer algo. Este tipo de eventos tienen un cartucho en la recámara, así que si haces esa demostración de disgusto y después la acción no refrenda tu escenificación, quedas en evidencia. No obstante, el problema que tenemos en Valencia es que el que tiene que protestar, debe hacerlo ante sus mayores, que son precisamente quienes confiaron en él para poner orden en esta comunidad autónoma. Difícil, ¿no?

Además, ahora resulta que Valencia es la Grecia de España. Respecto a este asunto, hay una cosa que tengo muy clara y es que nadie en Europa se hubiera atrevido a hacer un informe y una advertencia como la que se ha hecho contra Valencia sin el conocimiento y, seguramente, consentimiento del Gobierno de Madrid.

Gracias, como cada jueves, por leerme y hasta el próximo.