Las Provincias

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Fernando Giner | 04-08-2014 | 09:11

Antes de irnos de vacaciones me gustaría escribir el último post del curso académico alrededor del tema sobre el que más conferencias he dado durante este año: la prospección. Como ya he dicho en numerosas ocasiones, estamos viviendo un proceso que se abrió a principios de los 90 con la aparición del correo electrónico. Al igual que sucedió con la imprenta o la máquina de vapor, cada vez que la humanidad inicia un descubrimiento en las áreas de comunicación se transforma y metamorfosea a través de un proceso que, cuando termina, las generaciones posteriores flipan al pensar en cómo vivían sus abuelos.

Con la imprenta, aproximadamente en 1440 se inició un proceso que finalizó en 1527 con las indulgencias de Lutero. Antes de su existencia, escribir y difundir las ideas era tremendamente lento y costoso, ya que tenía que ser a base de manuscritos. Con este descubrimiento, poco a poco, la ciudadanía se va aprovechando de una nueva herramienta para expandir de forma exponencial sus pensamientos e ideas. Lutero utilizó el sistema de impresión para difundir su concepto de la teología de la gracia, a partir de la traducción al alemán de la Biblia. Todo este proceso culmina el 31 de octubre de 1527, cuando fueron clavadas sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg. Esas 95 tesis fueron traducidas al alemán y ampliamente copiadas e impresas y en tan solo dos semanas se habían difundido por toda Alemania y, al cabo de dos meses por toda Europa (ver Wikipedia, Martín Lutero).

Con la máquina de vapor sucedió una cosa parecida: cuando en 1774 Watt construyó la primera máquina en Kinneil, después de muchos intentos, se abrió otro proceso que culminó en 1830, con la inauguración de la primera línea de ferrocarril interurbano entre Liverpool y Manchester. (Los habitantes de Whitstable se atribuyen también el primer ferrocarril interurbano entre su ciudad y Canterbury, en la misma fecha). Polémicas aparte, la realidad es que el mundo se estrecha mentalmente a partir de la llegada de este descubrimiento y los ciudadanos de 1830 flipaban al pensar cómo vivían los ciudadanos solo unos años antes.

Como decía, en nuestros días estamos viviendo un proceso de estas características. Se inició en 1990, pero ¿cuándo se cerrará? Estoy seguro de que llegaremos a tener alguna singularidad como las indulgencias de Lutero o el ferrocarril que cerrará el proceso, de tal manera, que nuestros nietos fliparán cuando sepan cómo vivimos nosotros ahora. Se estima que esta singularidad aparecerá entre el 2025 y el 2050. Casi nada. Seguramente el lector de “Vivir cada jueves” habrá pensado: «¡Menudo pronóstico!». La idea es que aceptemos que este proceso va para largo y que vamos a ver cosas que ni imaginamos, fundamentalmente, en nuestro trabajo, profesión y desempeños. La mitad de los empleos que conocemos desaparecerán en los próximos años y surgirán otros. Si usted está muy tranquilo en su trabajo y lo ve muy rutinario, preocúpese. Si su trabajo se puede digitalizar, llevarlo a «ceros» y «unos», preocúpese. Todo lo que pueda hacer una máquina, lo hará y las personas haremos otras cosas. Por ello, con calma pero sin pausas, cada uno debe empezar a plantearse cómo aprecia y observa su actual trabajo y sus destrezas profesionales.

Estoy convencido de que nuestros nietos serán subordinados de algunas máquinas, que trabajaremos junto a ellas y que la vida, tal y como la conocemos, tendremos que reorganizarla. La pregunta clave está en dónde se encuentra el valor de lo que hago. Pensemos en un ejemplo: los drones. ¿En cuánto tiempo puede ser normal, y subrayo lo de normal, que un coche pueda ser conducido automáticamente? ¿Puede llegar a existir un taxi conducido por una máquina? Si la respuesta es que sí, pensemos en qué momentos u ocasiones alguien demandará un vehículo conducido por otra persona y no por una máquina. ¿Qué valor aportará la persona que no aporte la máquina? El ejemplo puede resultar lejano y ficticio, pero estoy hablando de un plazo de once años y estamos creciendo tecnológicamente a un ritmo más que exponencial. Esto me lleva, como poco, a concluir que no cesaremos de formarnos, de aprender, de ir a de nuevo a la facultad o a la escuela y que la inestabilidad se presenta como la gran compañera para los próximos años. Si en el último post hablaba de ciudadanos adaptados, hoy hablo de profesionales y trabajadores adaptándose, en continua adaptación. Qué duda cabe que vivimos en la era de la actitud.

Gracias, como cada jueves, por leerme y hasta el próximo.