Las Provincias

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OTOÑO ECONÓMICO
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Fernando Giner | 03-10-2014 | 09:34

La actualidad vuelve a ser rabiosamente económica, porque en los temas más candentes de esta semana, aunque algunos tengan también componentes políticos y sociales, el trasfondo es indudablemente económico: los presupuestos del Estado, la consulta de Cataluña y Draghi, nuestro héroe, de quien estoy pendiente de escuchar sus nuevas resoluciones en el momento en que escribo este post.

Los presupuestos me parecen coherentes y serios. El gasto se ajusta al crecimiento económico y, según el Gobierno, no cabe duda de que España va a crecer, porque si el ministro erra en sus previsiones macroeconómicas todos los presupuestos se desplomarán como un castillo de naipes, pues están basados exclusivamente en las previsiones de crecimiento del Gobierno.

En líneas generales, hay una cosa que me gusta, una que no entiendo, otra que me asusta y por último, una que no me gusta. Me gusta la coherencia de la apuesta fiscal, porque ante una rebaja de impuestos se esperan mayores ingresos, sobre todo en los impuestos indirectos. Esto significa lo que comentaba antes, que se espera, aunque sea leve, una recuperación en el consumo de las familias. Lo que no entiendo es la correlación entre el gasto en prestaciones de desempleo y la previsión del descenso de éste. El Estado gastará menos en desempleo, pero esta disminución del gasto no va en proporción al número de desempleados, por lo que entiendo que las autoridades esperan que el problema de estas prestaciones se solucione ya sea por gente que abandone España como lugar de búsqueda de trabajo y se vaya fuera o por el agotamiento de la prestación en parados de muy larga duración.

Por otra parte, lo que me asusta es el importe destinado a pensiones. Nos estamos haciendo mayores y, si comparamos el gasto en pensiones presupuestado con por ejemplo el dato de 2009, el incremento alcanzan casi el 25%: en cinco años vamos a pasar de gastar 106.098 millones de euros en pensiones a gastar 131.658, resultando así cerca del 38% del gasto total. Me asusta porque la segunda mayor partida del gasto son las prestaciones por desempleo, así que parece que vamos camino de convertirnos en un país de jubilados y parados. Sé que puede sonar duro, pero las cifras del gasto así lo indican. Me pregunto cómo podemos mantener ese estado del bienestar con una deuda que supera ya el 100% del PIB. Como digo, ésta es la parte que más me asusta del futuro de mi país al leer los presupuestos. Y por último, lo que no me gusta es de nuevo el trato que recibe la Comunidad Valenciana en cuanto al destino de las inversiones. Una vez más (y no sé cuántas llevamos ya), un andaluz o un castellano leonés reciben por habitante más que un valenciano. Coincido al 100% con los que han definido el importe destinado a la Comunidad Valenciana como “un jarro de agua fría”.

Esto me lleva al segundo punto, que es la cuestión catalana. Por su parte, los vascos tienen un régimen especial –calificado de histórico– por el que ellos se auto gestionan prácticamente todos los impuestos. Alguna insignificancia, como los impuestos de las loterías, y poco más se gestionan desde el Gobierno de España. A cambio, los vascos pagan un cupo al Estado central por los servicios generales que éste les presta, como Defensa, etc. En mi opinión, lo que los catalanes están reivindicando es algo parecido, aunque todo se presenta bajo el paraguas de una consulta por la que se reclama un Estado independiente y hay parte de verdad en que la sociedad así lo requiere. A éste respecto, no podemos olvidar que el Gobierno de España ha cedido durante veinticinco años las competencias de educación a Cataluña a cambio de la gobernabilidad en Madrid –pensemos en cuántas veces ha formado parte CIU de los Gobiernos centrales de Felipe González, Aznar o Zapatero–. Esto significa que cualquier persona que tenga hoy menos de treinta y cinco años y haya estudiado en Cataluña ha sido educada y formada bajo criterios que presumiblemente no han coincidido en el concepto de España-nación. La juventud hoy está en la calle reclamando la consulta, pero hay un aspecto racional, práctico y económico que dice todo lo contrario.

Un reciente estudio del profesor del IESE Pankaj Ghemawat explica cómo las relaciones comerciales de Cataluña se establecen con Aragón, Francia, Madrid y Valencia, es decir, principalmente con sus territorios limítrofes. Una posible independencia implicaría poner trabas a sus relaciones comerciales. El principal socio comercial de Cataluña sería, pues, España, así que habría que plantearse qué sentido tiene pervertir una relación que está funcionando. Por otro lado, según declaraciones de Juan Rosell, presidente de la CEOE, la mitad de la deuda pública catalana la tiene el Gobierno de Madrid. Es decir, que económica y financieramente hablando, la supervivencia de Cataluña depende de su relación con España… La practicidad y el sentido común pueden llegar a superar a los sentimientos en la cuestión de la independencia. Por cierto, tal y como comentaba en el post anterior, el lector de VCJ habrá podido comprobar que la sociedad PP-PSOE está funcionando como una auténtica máquina de precisión en este asunto. Podría decirse que la unidad de España bien vale una ley del aborto y un ministro.

En cuanto al Banco Central Europeo, nos tiene que dar noticias porque sus últimas decisiones han sido insuficientes: los bancos pagarán por dejar su dinero depositado en el BCE, pero aún así prefieren soportar ese pago o comprar deuda del Estado; cualquier cosa antes que prestar el dinero a familias y empresas. No sé qué hará el señor Draghi para convencer a los bancos de que redirijan el dinero sobrante hacia el mercado, pero ésa es la cuestión. Sin este último punto resuelto y con un paro que supera los cuatro millones de personas, hablar de recuperación, sinceramente, me parece demasiado optimista. Nuevamente, Europa y España están en manos de “el hombre”.

Gracias, como cada jueves, por leerme y hasta el próximo.