Las Provincias

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Y TÚ MÁS
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Fernando Giner | 30-10-2014 | 23:09

Comentábamos en el último post que en España hay cuatro crisis: la económica, la de la unidad de España, la del modelo de Estado y la crisis institucional de la corrupción. Semanas después, no puedo más que decir que todas ellas se han agravado. Lógicamente me preocupan todas, pero hoy quiero hacer incidencia, desde una perspectiva estratégica, en las dos últimas.

La crisis del modelo de Estado significa que en estos momentos nadie entiende muy bien cuál es el papel de las Autonomías. Resultan aparatos injustificados y sin significado y, en la medida que no se aclare la financiación de éstas, es incoherente que asuman las competencias que hasta la fecha tienen atribuidas. La pregunta es: ¿Qué modelo de Estado queremos? ¿Más centralizado, un modelo más federal o que cada región adopte el que pueda o le convenga? Más concretamente, en el caso de la Comunidad Valenciana la pregunta debería ser: ¿Qué papel cumple la Generalitat en la vida de los ciudadanos? ¿Puede ofrecerse el mismo servicio desde otras instituciones y con un menor coste sin perder calidad?

Porque, como es lógico, esta falta de financiación se ve necesariamente compensada con una subida de impuestos, de multas y sanciones, dando la impresión al ciudadano de un afán única y exclusivamente recaudatorio por parte de las Administraciones locales. Y ya no hablemos de cuando el ciudadano se dirige a esta Administración que, por su idiosincrasia, tendría que ser de proximidad y se encuentra con rigidez, falta de respuesta y, en muchas ocasiones, tonos de cordialidad que como ciudadano-cliente no se merece.

Y en esto aparece la cuarta crisis, la corrupción. No puede llegar en peor momento. Mejor dicho, uno tiene la sensación que desde que empezó la democracia, la corrupción ha sido una característica propia del sistema. Y de ahí vienen la desafección y el desencanto del ciudadano respecto a las instituciones.

España ha tenido una suerte –y, por favor, pido que se me entienda lo que voy a decir a continuación–: esa suerte se llama Podemos. No quiero decir que comparta sus ideales, ni siquiera que crea en su aplicabilidad, pero sí que pienso que toda la ira e indignación de los ciudadanos, que además sufren la crisis económica, ante la corrupción se está canalizando, de forma ordenada y oficial, a través de esta propuesta política. Y eso es una suerte, porque en caso contrario a lo mejor estábamos hablando de una quinta crisis, una crisis de orden público.

Resulta paradójico y, sobre todo, desesperante, comprobar cómo en el parlamento español el debate sobre la corrupción se quedó en «Y tú más». Es increíble que dos partidos que cuentan con cerca del 80% de los votos de los ciudadanos en su representación parlamentaria, capaces de pactar y modificar la Constitución para el objetivo del déficit económico, no lo sean para poner una medida normativa, legal y definitiva sobre este aspecto. De poco sirve pedir perdón, decir que se siente vergüenza por los compañeros y, menos aún, decir que el contrario tiene más casos de corrupción entre sus filas. Desafección política.

En España es muy difícil probar judicialmente un caso de corrupción porque la prueba está en demostrar que lo que se cobró fue una comisión. En mi opinión la clave está en que una persona que ejerce un cargo público tiene que  demostrar la procedencia de cualquier ingreso que tenga. Actualmente, cuando, por ejemplo, un alcalde ingresa una cantidad extraordinaria, se ha de demostrar que esta cantidad es una comisión ilegal. En mi opinión, debería ser quien recibe un dinero con una procedencia opaca el que justifique de antemano su procedencia.

Pero es que a los partidos establecidos no les interesa eso, sino el juicio mediático, el desgaste del contrario, el sacarlo de la escena política, el neutralizarlo como adversario y ya está. No se va detrás de una solución real del problema y mucho menos de crear una normativa que impida que vuelva a suceder en el futuro. Y todo lo que no sea esto supone que volverá a pasar, antes o después, pero volverá a pasar.

La clave no está en el «y tu más», sino en justificar los ingresos de los cargos públicos.

Gracias, como cada jueves, por leerme y hasta el próximo.