Rafa Nadal nunca ha dado positivo. Ni Pau Gasol. Tampoco Gemma Mengual se ha pringado jamás por el dopaje. Tres ases del deporte español admirados e inmaculados. Alberto Contador no puede decir lo mismo. El ciclista de Pinto dio positivo por clembuterol. Es decir, su sangre contenía esta sustancia prohibida. Un control detectó 50 picogramos. Un contraanálisis lo confirmó.
Y ahora, por si no fuera suficiente, después de que la federación (española, claro) de ciclismo le exonerara, el Tribunal de Arbitraje del Deporte, ante el recurso de la UCI y la AMA, ratifica aquel primer positivo.
La decisión del TAS destrona al rey del pedal. Aligera su palmarés y, lo peor, subraya su nombre para siempre. La noticia ha indignado a muchos. Españoles, claro. No he leído todavía queja alguna de ciudadanos italianos, chinos o luxemburgueses. Tampoco han abierto la boca los franceses. Aunque estos, dirán los mismos indignados, nos tienen manía. Envidia, más bien. El sentimiento patriótico a menudo nubla la objetividad. Pues objetivo es que una trampa merezca un castigo.
Aquí cada uno interpreta la sanción a su gusto. Los falsos patriotas -que, al contrario de lo que piensan, perjudican la honorabilidad del deporte español- dicen que no se ha aplicado aquello de ‘en caso de duda, el reo es inocente’. El TAS, dicen, no ha demostrado que Contador tomara el clembuterol para mejorar su rendimiento deporte. Que lo han condenado sin pruebas, sentencian. Y con ello parecen olvidar que hace meses ese ciclista dio positivo. Que debería ser él, su defensa, en la que se ha gastado un millón de euros, quienes demostraran aquello de la contaminación alimentaria.
Antes que Contador, en España dio positivo por clembuterol Josephine Onyia. Su federación española, la de atletismo en este caso, también creyó su versión de inocencia. Pero la IAAF no. Y el TAS tampoco. Onyia, una vallista nacida en Nigeria y nacionalizada española en 2007, no encontró patriotas que lamieran sus heridas. Y eso que en su sangre había menos clembuterol que en la de Contador (20 picogramos). Su entrenador, Rafa Blanquer, también habló de contaminación alimentaria y de que un filete te puede arruinar la vida injustamente. Así que, una vez cumplido el castigo, volvieron a juntarse para regresar a la competición. Hasta que Onyia dio positivo de nuevo. Y la trampa, claro, acarreó otra sanción. Como Gervasio Deferr perdió un día una medalla mundialista por un porro. Son las normas.
El patriotismo debería ensalzar a los héroes y ningunear a los tramposos. Y al frente de esta actitud, dando ejemplo, deberían estar las autoridades deportivas españolas, que tienen en sus manos endurecer las medidas contra el dopaje. Para evitar que haya gente que regrese antes de tiempo. Para castigar a todos los mentirosos que quedan impunes porque la ley no les alcanza. Para que el deportista limpio, al fin y al cabo, tenga ventaja sobre el sucio. Y no al revés.
Y en lugar de pensar en Contador, estaría bien pensar por un momento en Andy Schleck. O en Michele Scarponi. Campeones sin celebración. Ciclistas a los que un rival con clembuterol en su organismo les privó de una corona de laurel, de un aplauso, de un paseo triunfal. Qué diran los patriotas luxemburgueses. O los italianos. Disfrutemos con Nadal, con Gasol, con Mengual. Ignoremos a Contador. Salvo que la justicia demuestre que su trampa, avalada por un positivo, tenía una justificación.
El teléfono de Paco Borao está apagado. Y su buzón de voz, lleno. No paran de lloverle las felicitaciones al presidente de Correcaminos. El trigésimo primer Maratón de Valencia Divina Pastora ha sido un rotundo éxito. Se habló durante días de la espectacularidad de la llegada… y la salida dejó boquiabierto a casi todo el que la vio. José María Odriozola, que estuvo presente, se atrevió a decir que fue “más bonita”, incluso, que la del Maratón de Nueva York. No tanto, pero fue preciosa. Los miles de corredores del maratón y del 10K arrancando al unísono por los dos brazos del puente, con una especie de mascletà de fondo, fue un momento impagable.
La carrera, al margen de una organización modélica, estuvo tocada por la varita de un mago. Un día fresco, luminoso, sin un ápice de viento… Vamos, un día perfecto para correr. El cambio de fecha, de febrero a noviembre, forzado por el Ayuntamiento ha sido un acierto, aunque conviene recordar que el domingo anterior, el 20 de noviembre, que era la fecha inicial antes de que se supiera que coincidía con las elecciones, las condiciones hubieran sido peores. Y la marca del ganador (2:07.59), el keniano Isaiah Kiplagat Kosgei, impulsa a Valencia entre los 20 maratones más rápidos del año.
La previsible magia de la carrera me empujó, en la medida de mis posibilidades, a verla por dentro. Corrí hasta el kilómetro 16. Y lo que vi me satisfizo por completo. El ambiente, la eterna asignatura pendiente de esta cita, fue excelente. Mejorable, pero excelente. En las zonas más alejadas del centro, el corredor se encontró bandas de rock, animadores subidos encima de zancos y hasta una legión de pitufos. Y el regreso al centro fue vibrante. El puente que une la avenida de Aragón (kilómetro 10) con la Gran Vía estaba atiborrado por un gentío entregado al atleta.
Ya como espectador, me asomé a los kilómetros 29 y 41. Y en ambos puntos los dos márgenes de la carrera estaban repletos de gente. Desde el 40 hasta la meta, en el corazón de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el público se apretujaba para ver pasar a los corredores. Y estos, los que no iban demasiado cascados, agradecían el aliento, la palabras de ánimo pronunciando su nombre (figuraba en el frontal).
Pero no sólo de la marca del vencedor vive un maratón. Y ahí es donde se aprecia realmente la excelencia de este circuito. Un altísimo porcentaje de los corredores, incluidos los seis primeros en hombres y las tres primeras en mujeres, mejoraron su marca, y un total de 469 corredores bajaron de las tres horas frente a los 279 que lo hicieron en 2010, aunque también ha crecido ostensiblemente el número de atletas que cruzaron la meta: de 3.100 el año pasado a casi 5.800 el domingo.
De los participantes en el maratón sólo he escuchado quejas por dos motivos. La más grave, el caos para acceder a los ‘boxes’ que agrupaban a los corredores en función de su marca -esto ahorra adelantamientos innecesarios y mejora el flujo circulatorio- en la salida. Algún otro también echó en falta bebidas isotónicas en algunos puntos de avituallamiento.
Pero ya habrá tiempo para ir puliendo la carrera, ahora es tiempo de celebraciones, de felicitaciones para el club organizador, Correcaminos, y para la cabeza visible de este éxito, Paco Borao, quien ya sueña con 2012. “El año que viene habrá que pensar en 10.000+10.000 (la suma de corredores entre el maratón y el 10K) y en todo lo que implica, como un mayor espacio para la Feria del corredor, porque se avecina una marea de atletas”.
El Maratón Divina Pastora ya puede prenderse una insignia en la solapa. Casi 7.000 personas -ojo con los redondeos que después, con la cifra de los que cruzan la meta, llegan las lamentaciones- saldrán a correr el domingo por Valencia, más los que 5.000 y pico que acudan al 10K. Es éste un éxito rotundo, pues se trata del doble de la pasada edición. Correcaminos, con Paco Borao al frente, ha trabajado duro para anotarse este tanto. Pero no contento con esto, el presidente de este club que fue el punto de partida del aerobismo en Valencia se fijó otro reto superlativo: que este maratón se convirtiera en el más rápido de la historia en España.
Borao ha hablado durante meses de una marca de 2.07. Y hasta, en círculos más íntimos, de 2.06. En la presentación de la carrera auguró que se bajará de 2:07.30, la plusmarca que acredita el Maratón de Barcelona desde 2010. El anuncio encierra un gran riesgo. Los agentes con los que ha negociado Borao traerán a Valencia buenos fondistas, pero no extraordinarios. De hecho, para que alguno se vaya con el tiempo que pronostica tendrá que darle un buen mordisco a su marca personal, pues ninguno ha bajado nunca de 2:07.30.
Entre los kenianos que se disputarán el triunfo en Valencia sólo hay uno que haya cruzado el umbral de los 2.08. Se trata de Stephen Kibiwot, un maratoniano de 31 años del grupo de Tom Ratcliffe, atleta casado y con un hijo de 10 años. Kibiwot llega con la etiqueta de sus 2:07.54 logrados hace dos años en Praga, además de sus dos triunfos en Turín. Es también un hombre de buen currículo en el medio maratón, con un cuarto puesto en el Mundial de 2008 y las victorias en París y Lille, donde acreditó 59.37.
Nadie más ha bajado de 2.08. Por detrás destacan otro keniano, David Kisang, de 28 años y una marca de 2:08.54, quien este año, en Seúl, se fue por encima de 2.17, y el marroquí Mohamed El Hachimi (2:08.17, hace un año en Seúl), 31 años, quien en marzo hizo 2.12 en Otsu.
Con estos datos en la mano, el dardo va directo hacia Borao: “¿Cómo te atreves a aventurar una marca próxima a la frontera del 2.07?”. Y el presidente de la AIMS, sereno, un punto eufórico, replica: “Tenemos algo que muy pocos maratones tienen, la bondad de este circuito. El año pasado los primeros clasificados rebajaron su marca en más de un minuto. De ahí que prevea una marca por debajo de 2:07.30″. La idea es que haya varios atletas que puedan pasar la media en torno a 1:03.40 y que los más fuertes se puedan acercar al objetivo.
A más de 6.000 corredores les importa bien poco si se corre en 2.07, 2.08 o 2.10. Los populares preferirán que haga buen tiempo (la previsión es favorable, con 9 o 10 grados a la salida y 13 o 14 más adelante) y, sobre todo, que no se sientan solos durante los 42,195 kilómetros. Este es otro de los retos de un maratón: el público. Valencia debe hacer un esfuerzo, y más si mantiene esta línea ascendente, para sacar al ciudadano de su casa y llevarlo a los márgenes de la carrera. Esto es tan importante como traer lebreles de África capaces de volar sobre el asfalto.
Pero esto ya es para nota. Valencia no podía soñar hasta hace bien poco con un maratón de este calibre. Y ya lo tiene. Así que Borao y Correcaminos, con la ayuda de Divina Pastora y el Ayuntamiento, pueden levantar la copa y brindar. Se lo han ganado. Eso sí, no estaría de más que la organización tuviera un detalle, unas palabras de disculpa, con el Maratón de San Sebastián, con el que se solapará el domingo por culpa del 20N -la fecha inicial coincidía con las elecciones-.
No es fácil encajar las zancadillas del destino cuando tienes 19 años y empiezas a comerte el mundo. Y si tienes 19 años, como era el caso de Miguel Ángel Sancho, y eres un chico hiperactivo, es mucho más complejo dejar correr un año de tu vida sin competir. El saltador de altura valenciano, integrante de, quizá, la mejor generación de talentos del atletismo de la Comunitat, tuvo que marcharse de las pistas después de varios años en los que dejó un rastro repleto de récords. Todo eran éxitos hasta que, hace dos veranos, su rodilla dejó de soportar sus explosivos saltos.
Sancho pasó por el quirófano. Las sabias manos del doctor Orava, el gurú de los tendones, arreglaron su articulación, pero al valenciano le esperaba un año en blanco. Cuando regresó, además de recuperar el punto, la forma, la tensión competitiva, tuvo que corregir su técnica para que la rodilla no volviera s sufrir. Por eso, porque además de reencontrarse, debía reinventarse, su entrenador, Pepe Peiró, le aisló de los grandes retos y le fijó un desafío al alcance: el Europeo sub23.
El atleta del Playas de Castellón -este club ha pescado tres medallas en el Europeo- llegó a Ostrava de puntillas, con un mejor salto de 2,21, y se marchó con una medalla de bronce (hasta ayer Concha Montaner, plata en Ámsterdam’01, era la única valenciana que había subido al podio en un Europeo sub23) al igualar su mejor registro del año en un concurso impoluto, en el que superó, hasta ese 2,21 que rebasó a la tercera, todas las alturas en el primer intento.
Ahora le falta la propina. Sancho ya ha superado con nota sus objetivos de esta temporada, pero en el horizonte aún le queda el Campeonato de España absoluto, dentro de tres semanas. Y entonces, cubierto el primer año de transición, será el momento de volver a esperar los grandes vuelos del valenciano, a romper sus techos de 2,25 (aire libre) y 2,27 (pista cubierta) y a hacer buenos los augurios que le señalan como el cuarto español que traspasará la frontera de los 2,30.
El atletismo está de enhorabuena. No sólo ha recuperado a un gran atleta, a una promesa para el salto de altura, sino que rescata a un genio, a un chico espontáneo que disfruta en la pista y que compite como los grandes. Sancho tiene la suerte de contar un entrenador que simpatiza con ese espíritu libre y que, lo más importante, sabe lo que lleva entre manos -suyos son los campeones de España júnior y promesa de este año en salto de altura-. Pepe Peiró, opositor acérrimo del dopaje, amasa en Valencia un grupo de entrenamiento que cada año tiene más atractivos. Este tipo de entrenadores, como Ureña en Onil, Veneziano o Alonso en Castellón, Schwab en Valencia o Eduardo Gómez en Burjassot, permite que el atletismo valenciano, a pesar de la nefasta gestión de la federación autonómica, viva una de sus mejores épocas.
Uno de los lugares comunes al hablar o escribir sobre el maratón es el muro. El hombre del mazo que te sacude allá por el kilómetro 30. Pero los portentos, aquellos hombres capaces de correr los 42,195 kilómetros en menos de dos horas y cinco minutos, están reescribiendo la forma de correr esta distancia. Ellos no conocen ni el muro ni al hombre. La gesta de Geoffrey Mutai, ese fondista que conocimos en Valencia cuando, en noviembre de 2009, venció en el Medio Maratón con un tiempo de 59.30, aún resuena en mi cabeza.
Todavía tintinean esos números, la combinación ganadora, ese increíble registro de 2:03.02, el tiempo que invirtió para ganar el Maratón de Boston, una prueba que ya se corría hace dos siglos. La marca que rubricó este keniano de 30 años de edad es casi un minuto más rápida que el récord del mundo de Haile Gebrselassie (2:03.59). Pero no figurará en las tablas porque el recorrido de Boston no está homologado. Por dos motivos, la altimetría, en Boston hay una diferencia entre la salida y la llegada de 139 metros, tres veces por encima de lo permitido (42 metros), y la distancia que hay entre el inicio y la meta, que nunca puede superar el 50 por ciento del total, 21 kilómetros en el caso del maratón.
Es decir, que, exagerando, es como si corrieran en línea recta y hacia abajo. Y cuando el viento sopla a favor, como en este lunes inolvidable, la ventaja es notoria. Pero esta es una exageración para que los profanos lo entiendan. Porque correr en 2.03 ‘pelados’ es mucho correr. Como lo son los 2:03.06 del debutante Moses Mosop, los 2:04.53 de Gebremarian o los 2:04.58 de un corredor blanco como el estadounidense Ryan Hall, fundamental durante los primeros kilómetros para que Mutai realizase ese registro futurista.
La marca de Mutai, al que el sabio Paco Borao, de Correcaminos, reclutó hace año y medio, tiene un valor superlativo. Ahora parece que nadie se acuerde de la célebre Heart Break Hill, la colina del infarto, una dura ascensión en la segunda mitad del maratón. Y ahí, en ese tramo que va desde el ecuador a la meta, es donde Mutai más ha deslumbrado.
El keniano fue capaz de correr la segunda mitad de la prueba más rápido, por 54 segundos, que la primera. Sin liebres, sin ritmos constantes, con leves tirones en ese pulso salvaje entre Mutai y Mosop. Y entre el kilómetro 30 y el 40, pasada ya la colina rompecorazones, pasó por debajo de 29 minutos (28.22). Eso, sean las condiciones que sean, es un hito en las 26,2 millas.
Mutai, que se entrena a unos 30 kilómetros de Eldoret, es ahora el caramelo más codiciado por los organizadores de los grandes maratones. Ahora todo el mundo se pregunta qué marca hará el keniano en un recorrido homologado. Berlín, Londres o Rotterdam pueden tener la respuesta. Gebrselassie, que un día antes de la cita de Boston, corrió, con 38 años recién cumplidos, el medio maratón de Viena en 60.18, quien asegura que quiere ser campeón olímpico en Londres, ve en Mutai una firme amenaza para su récord universal.
Pero los expertos mirán más allá. Y después de Boston muchos están convencidos de que, antes o después, algún corredor bajará de las dos horas en un maratón. Será dentro de una década. O de dos. Pero ahora sí parece factible.

