EL CUENTO DE COMER EN SAMSHA
De nuevo me toca quitarme el traje gris -el de los días que nos toca ir por la sombra- y ponerme el equipaje de superagente Cooking. Ya sabes: ropas de camuflaje para pasear entre terrestres. En esta ocasión -ya puedes tener un arrebato de envidia- para descubrir el galáctico mundo de Samsha, un restaurante en el que todo es mentira: la comida es un cuento y sus ingredientes, los protagonistas. Una secuencia de fábulas en la que igual te aparece una lubina que te canta una ópera que te tienes que engullir unos paquetitos transparentes que esconden en su interior hechizos envasados con sabor gianduja de nuez de Macadamia.
Con mi querida acompañante, también debidamente camuflada de humana, entramos en el restaurante. Una especie de nave espacial hecha de metacrilato naranja y morado en el que un juego de luces permite liberar las ataduras de la imaginación. Todo es aparentemente chic y refinado, como queriendo parecer austero. Pero que en verdad, pronto descubres que tras esa sobriedad colorista se esconde un barroquismo desatado. Una puesta en escensa controlada en la que de la mano de Víctor (Víctor Manuel Rodrigo, chef de Samsha y Cocinero del Año 2012) empiezan a aflorar las fantasías. Un escritor con delantal que crea sus historias con la tinta de los fogones. Un cocinero con chistera de la que surge la magia, la sorpresa. No siempre agradable, no creas… Los cuentos son así.
La historia empezó a escribirse ante la carta. Como ya lo tenía claro, bastó con decir: ¡Qué dancen los siete sentidos! (Que es como denominan en Samsha el menú largo). Sobre la mesa optamos por poner un vino blanco como compañero de viaje. Como me pirra el Godello, busqué y opté por un Mengoba sobre lías. Un vino con cuerpo del Bierzo elaborado con las variedades de Godello y Doña Blanca. (Era como redondear la escenografía con esa extraña pareja, don Godello y doña Blanca). Y tras la elección , se abrió el telón con imprevistos de última hora. “La señora vieira no puede participar en el cuento de hoy, cosas de la casa”, nos vino a decir la amable narradora de la historia. Hicimos un gesto de indiferencia, como dejando patente que daba igual, y ansiosos miramos a todos los lados del escenario gastronómico esperando que empezara el festival.
Lo hizo con unos divertidos chips que se pusieron a bailar por nuestras boca, como Gene Kelly bajo la lluvia. Un divertimento de bienvenida sin más matices ni pretensiones. Eso sí, luego llegaron de forma inesperada los tomatitos con corazón de atún fresco. O mejor dicho, el atún fresco disfrazado de tomate con flotador y sobre una especie de toalla que era en verdad una el tabulé rodeada por el caldo de bonito… Y un primer guiño panero: pan de espelta y pimientos verdes.
El siguiente cuento irrumpió con fuerza. Don Octopus apareció mostrando su amor por la berenjena y por la cebolla. ¡Vaya drama no saber con quién quedarse de las dos hermanas! Al final los tres -el pulpo a la llama y las dos doncellas- acabaron envueltos en los dos salmojeros (uno de ellos de remolacha, creo recordar) mientras a su alrededor afloraban uñas de gato encurtidas. Espectacular historia para el paladar con premio: pan de aceite y remolacha.
Luego llegó la historia más espectacular -para mí, también la más discutida- con un falso boletus relleno de dos texturas como protagonista. A sus pies: ”su hábitat de orégano, setas, piñones y cremoso de parmesano… y pan focaccia de parmesano y orégano”. Espectacular puesta en escena, te insisto, que sin embargo fue demasiado desconcertante. Quizás esperaba demasiado de ella. Y quizás por eso, su trama no me cautivó… Quizás, quizás, quizás… ¡Cuántas dudas!
Eso sí, pronto por aquel mantel en el que seguían danzando don Godello y doña Blanca, llegó una lubina flotando en un mar de caldo de calamar. En el fondo de aquel océano se apreciaban gotitas de yema y cortezas de seitán. El pescado tenía una ejecución perfecta. El caldo era muy sentido, puede ser que demasiado, por ello apenas pude saborear aquellos guiños de yema. Pero bueno, no debo ponerme arrogante ante esta hermosa historia de la lubina salvaje que, en verdad, me fascinó. Era como un cuento en el que todos jugaban el papel que les tocaba para acabar gestando una historia notable. Mira, mira….
Las olas de ese mar de caldo de calamar nos llevaron hasta las orillas de un mundo espectacular que parecía sacado de un cuadro del mismísimo Miró. Era el turno del refinado buey Wagyu con torta de maíz relleno con espuma de Cabrales, toffee de miel de alta montaña y polvo helado de sidra natural… Así lo describió la narradora. Y así fue. De nuevo, maravilloso. Y es que a mí esto de las historias y el buen comer me fascina ¡Qué le vamos a hacer!
Hasta el pan de maíz y miel que acompañaron la selecta carne me conquistaron, pese a tener mi capacidad estomacal ya casi repleta. Digo casi porque aún me quedó espacio para jugar un rato más. JUGAR con mayúsculas porque luego llegó una de las sorpresas de la recta final: el cubo Rubik de frutas y romero. Un estallido en la boca de infinitos y refrescantes sabores que gozaban mezclándose en la divertida soda de mandarina. Una especie de comedia gastronómica que te divierte y agradeces muuuuucho cuando ves que se acaba el espectáculo.
Eso sí, todavía estábamos deleitándonos con el Rubik, cuando nos sorprendieron con un pequeño ejército de paquetitos transparentes de gianduja de nuez de Macadamia, helado de leche, escaramujos esféricos, crumble de miel y roquitas de chocolate… Todos juntos, como una colección de insectos siderales, ofreciéndose una vez más en una puesta de escena impecable (de la que no encuentro la foto) y que volvieron a disparar mi placer gastronómico. Me comí hasta la “scone de cereza y chocolate”. Contundente, ella.
Luego volvieron los divertidos chips (dulces, en esta versión) y el café… Pero fue sólo para empujar el telón que finiquitaba la representación. Casi dos horas y media (quizás tres) en la ópera de Samsha que acabó con mi barrigota cantando un aria de despedida y la mirada nublada de tanto coquetear con don Godello y doña Blanca. Y sí, con todo eso me sentí feliz. No fue la mejor comida de mi vida, pero fue sorprendente, creativa y divertida. Tanto que hasta me pareció ver a Johnny Deep. O no, quizá fuera el sombrerero loco de Alicia que se ocultaba en la cocina. No sé… Aquella chistera mágica de Samsha me cautivó. Y así lo cuento, sin compromisos ni contraprestaciones. Ya sabes, Cooking, el superagente Cooking, es así. Un loco contador de historias, que amenaza con volver.
Y si quieres contactar con Mr Cooking o conmigo, que al fin y al cabo tanto monta, monta tanto, ya sabes: jtrelis@lasprovincias.es o @JesusTrelis
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