“No estaba en absoluto preparado para aquel viaje. Mi agenda no contenía nombres ni direcciones. Mi inglés dejaba mucho que desear. Y todo porque en su día había acariciado el sueño de alcanzar lo inalcanzable, es decir, ‘cruzar la frontera’”.
‘Viajes con Heródoto’. Ryszard Kapuscinski
Tenía abandonadas mis ‘Historias con Delantal’ por causa mayor. Estaba de misión por tierras lejanas y tengo que reconocer que he vuelto con mi cabeza y mi estómago repletos de experiencias gastronómicas que pienso ir contando a lo largo de los días. Al menos hasta que haya hecho la larga digestión de una historia que ha parecido más bien un sueño.

Foto Jesús Trelis
Pero bueno, vamos a ponernos el delantal y a empezar a cocinar esta trama gastronómica. En este caso, de altos vuelos. Para ello nos metemos, como mucha gente estos días, en un avión. O en varios. Bien metidos, como si de contorsionistas se tratara y con un cinturón agarrándonos por la cintura, no nos vayamos a escapar. El objetivo: emprender uno de esos viajes extralargos en los que el avión se convierte en nuestra casa por un día. Un mundo que navega por los cielos, muy lejos de la realidad. La plomiza realidad.
Lo importante en estos casos es ser paciente y respirar hondo. Como en una clase de Pilates. Y estar muy concentrado, para poder soportar lo que nos viene encima: empezar a pensar dónde colocamos las piernas para que no nos molesten, estudiar cómo redondeamos la espalda para que no nos duela y decidir qué hacemos con los brazos, que suelen entablar batallas silenciosas con los compañeros de la derecha y de la izquierda (si es que la mala fortuna te ha colocado en el asiento de en medio).
Saber dominar los brazos va a ser determinante en el viaje. Especialmente a la hora de enfrentarse a lo que realmente nos interesa: juguetear con esa especie de sobre sorpresa que suele ser la comida de los aviones. Odiada por algunos y añorada para otros, motivo de elogios y de reproches, es la verdadera protagonista de los vuelos. Las comidas y lo que les rodea. Azafatas y azafatos, el carrito y sus bebidas… Ellos mandan y con ellos vamos. Abróchese el cinturón: despegamos.
-Desayuno con Air France: De la compota de manzana a la colección de fiambres.

Un gran desayuno que firma Air France. Foto J. T.
Para empezar, por eso de seguir el orden del menú, nos ponemos a devorar un desayuno en un vuelo de Air France. La sorpresa, que es muuuuy copioso. Lo mejor, la bandeja de fiambres franceses con dos tipos de quesos, jamón al estilo de nuestro Serrano (aunque no tiene nada que ver) y una especie de mortadela de pavo. No falta el queso para untar, la mantequilla, la crema para el café… y una compota de manzana, que yo lo siento pero la tuve que dejar sin probar porque mi cuerpo no daba más de si a esas horas de la mañana. Por cierto, mencioné el café. Uno espera ese café aguado al que nos tienen habituados las compañías aéreas pero, mira tú por dónde, estaba rico. Fue un desayuno, en resumen, que podías tomar sin hacer excesivos equilibrios con los brazos. Fácil de cortar y de tragar.
-Almuerzo ligero con la Britihs Airways: macarrones con queso y compañía.

Macarrones con queso. J. T.
Este menú para la hora de la comida me sentó de cine. La verdad es que no era excesivo, pero sí suficiente. La pasta estaba sorprendentemente buena. Los macarrones, en su punto -al punto que puede estar una comida que se ha cocinado varias horas antes-. Incluso gratinados. La salsa de queso era gustosa y envolvente. Notable, diría yo. La ensalada que la acompañaba me gustó menos. Parecía una tabulé. Quedé feliz. ¡Sí, esto de la comida me hace feliz!
-Una cena para dormir bien: Pollo al pimentón y sus cosillas.
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Pollo al pimentón para cenar. Foto J. T.
Esta bandeja en un vuelo de Air France guardaba la grata sorpresa de un pollo al pimentón riquísimo. O al menos a mí me sabía al pimentón. Especiado y acompañado de una salsa y unas verduras al vapor que no estaban mal. ¿Y las patatas? Las patatas siempre están buenas. La bandeja la completaba una ensalada de pasta fresca, con pimiento verde y rojo, bastante potable. Y sí, había un buen postre. Un pastel de piña. Acompañé la cena con una botellita de vino blanco francés. Bueno, con dos. Quizás por eso dormí bien. Lo bien que se puede dormir cuando estás encasillado en un asiento que se va haciendo duro (como una roca) con el tiempo. Pero eso es otra historia…
-Un tentempié. Bocadillo de queso y ensalada.

Bocadillo de queso. J. T.Bocadillo de par en par. J. T:
Nuevo asalto a la bandeja de un avión. En este caso al mediodía, ni para desayunar ni para comer. Es lo que tiene volar de un lado a otro. Te tienen que entretener comiendo y a veces, como en este caso, se despachan con un bocata. De queso -dos tipos de queso diferentes-, con algo muy parecido a la rúcula, tomate (con sabor), mantequilla y una especie de pesto untando el bocadillo. Todo montado en un pan de cereales. De sabor, muy bueno. El pan, un poco chicle y muy frío, aunque a esas alturas parece normal. En conjunto: bastante comible.
Y para acabar la ruta, café de despedida con Heródoto.
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- Café con Kapuscinski
En cualquier caso, lo que siempre se agradece en un avión es tener un buen libro entre las manos para que te acompañe en la larga travesía y te permita, si es posible, soñar al margen de lo que esté pasando allí abajo. Allí donde la prima de riesgo se da bofetadas con todo el mundo porque quiere imponer su ley. ¡Qué bien hice llevándome los ‘Viajes con Heródoto’ de Kapuscinski! Releer su libro me ha servido para convencerme aún más de que viajar no es sólo necesario, sino vital para saber en qué mundo vivimos y para tener claro hacia dónde queremos ir. Sí, debemos ‘cruzar la frontera’.
Twitter: @JesusTrelis