TQMC? YA A LA VENTA

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EL FUNAMBULISTA COJO

Despierto repleto de océanos abandonados, y es que anoche me dejé el alma encendida toda la madrugada esperándote a que regresaras como quien espera que vuelva una paloma a la que le pegaron un tiro por la espalda.
Orino, me miro, me ducho, me peino, sonrío, me duermo, bostezo, me giro, me visto, me acuerdo, me voy.
El mar que nado para ir a desayunar cada día te encuentro, todavía empapado de sal y gotas de agua, te doy los buenos días.
Paula está harta de la lluvia ese verano, del charco en medio de la calle, de que no se le seque la ropa bajo el plástico en el deslunado, de que no la llamen de ningún trabajo y siga sin saldo en el móvil y sin trabajo.
- Te he comprado una gallina -repito la frase en mi cabeza esperando a tener fuerzas para levantármela y decírsela- esta gallina, para que no pases hambre. ¿Lo entiendes? Mira qué bonita que es, qué plumas más blancas tiene. ¿Serás mi novia ahora? -pero no me atrevo, de hecho, ni siquiera a mirarla de lejos.
Paula sorbe a pequeños tragos el café con leche en el bar mientras mira por el reflejo del cristal de la calle al zumbao de su finca que hoy ha bajado a desayunar con una gallina debajo del brazo. Lo cierto es que está harta de verlo, se lo cruza a todas horas por el barrio, ella en paro y él tonto, se ven bastante; pero también es verdad que le gustaría levantarse y preguntarle qué coño ha pasado por su cabeza esa mañana para que haya bajado al bar a desayunar con una puta gallina. Seguro que la respuesta tiene que ser de órdago.
Vuelve a llover, Paula mira a la calle con desesperación mientras la gente corre y se amaga bajo los portales, de pronto Paula se muere. Ahí mismo, sobre la mesa y el café con leche. En medio de un bar, a las nueve de la mañana, sin avisar, se ha muerto sin tener tiempo ni de desayunar.

Cuando abre los ojos, sólo ve una gallina y una sonrisa de tonto. Está en el suelo, sucio de azucarillos y migajas, a su alrededor, demasiadas cabezas mirándola. ¿Qué ha pasado?
- Este chico es un milagro -repite una vieja-.
- Decidle a la ambulancia que ya respira, decídselo -insiste un ejecutivo medio calvo-.
- Jose, no corras, no corras que la han reanimado -llama emocionado un pintor a otro con el que estaba almorzando-.
- ¿Qué me ha pasado? -acierta a pronunciar Paula entre el revuelo de satisfacción y gritos-.
- Nada demasiado grave, has sufrido un infarto de miocardio, seguramente, por el estrés, por suerte, hemos podido reaccionar a tiempo y practicarte una reanimación cardiopulmonar inmediata, que es lo que he impedido que llegaras a padecer insuficiencia de riego sanguineo en el cerebro. Ah, te he comprado esta gallina.

TQMC? 20

Una de las cosas que deberás aprender de la vida es a no hacer caso nunca a nadie, pues todo el mundo te aconsejará prudencia, olvídalos, aprende a escuchar a tus impulsos, a tu instinto, pues es el único que sabe lo que realmente quieres.
Pablo lleva una semana castigado en la resi, por culpa de hacer playas en hospitales; ni siquiera Nacho le permite ir al instituto, algo que incluso va contra las propias normas. Pero Pablo ya ha descubierto que Nacho nunca suele cumplir sus amenazas de expulsión, aunque todavía no sepa que lo hace porque él mismo fue un niño interno en esa misma resi. Total, que Pablo se pasa los días encerrado en esa finca haciendo todas las tareas que le encomiendan: desde fregar los platos a ayudar a limpiar los servicios.
Su único consuelo es saber que Marta está mejorando, pues le dejan llamar al hospital por las tardes y hablar un rato con ella; la nota de mejor humor, y piensa que es por su culpa. A veces se siente un poco ridículo preguntándole cosas ordinarias como si fueran adultos, pero no le da importancia; además, luego siempre aparece Vera buscándole y le devuelve a su vida real de adolescente con deberes y cotilleos del instituto.
Pese a ser octubre ya, hoy hace mucho calor, tanto que parece verano, Vera se ha asomado a la habitación de Pablo con el pelo recogido en una coleta, como colgándose del marco, le habla:
- Tengo cotilleos nuevos del instituto, si me ayudas a recoger la ropa tendida de la terraza, te los cuento.
Pablo todavía no ha aprendido a decir que no, y sube, mientras respiran juntos en el ascensor hasta el quinto piso donde está la terraza de la finca, Pablo piensa que Vera muchas veces hace movimientos raros con la cabeza: la mueve así como si siempre quisiera que el pelo le girara, o a veces sonríe sin motivo e incluso en alguna ocasión la ha visto mirar hacia atrás dentro del propio ascensor. Pero tampoco le da mucha importancia, ella será así…
Una vez en la terraza, Vera lo lleva hasta su cuerda, pues las normas de la residencia establecen que cada interno se ocupará de su limpieza en todos los aspectos y, para evitar excusas, cada uno tiene sus turnos y espacios reservados para ello. Sin embargo, al pedirle a Pablo que él recoja las prendas de aquella punta y ella recogerá las de ésta, él por fin se da cuenta de que a él sólo le ha tocado recoger sus prendas de ropa interior, que no tiene nada en contra de hacerlo, pero que… le sorprende la casualidad.
- ¿Te cuento?
- Ah, sí, lo del insti.
- Pues bueno, lo primero, ya todo el mundo sabe que Marta está en el hospital, pero también van diciendo todos que ha abortado. Te digo lo que me cuentan.
- Pero tú les has dicho que no.
- Yo les dije el primer día lo que tú me dijiste. Vale, pero lo mejor es que ya tenemos profesor nuevo de Castellano.
- Ah, sí. ¿Y cómo es?
- Pues no sé, es raro. Es así joven, no es guapo, pero es superlegante, ¿me entiendes? De estos que llevan su chaqueta y sus pantalones así modernos. Que lo ves así de lejos y dices, mira lo que viene, pero luego se acerca y ves que es feo pero que era la ropa, que viste así super bien.
- Pero que cómo es de profe.
- Ah, de profe. Pues eso, raro. Dice que nos va a hacer leer tres libros por trimestre y escribir tres redacciones, y que si no lo hacemos, nos suspende. Pero nadie se lo ha creído porque eso no lo puede hacer. ¿Te gustan?
- ¿El qué?
- Esas. Es que esas son como las que llevo.
Pablo, por un instante, piensa en la teoría del caos, en lo irónico que resulta que por culpa de querer demostrarle a Marta que prefiere amarla a ella a colgarse de cualquier otra como Vera, haya acabado recogiéndole la ropa interior precisamente a Vera.
- ¿Y sabes qué libros son lo que hay que leerse?
- No sé, me los he apuntado abajo, me sonaba uno de El guardián entre el centeno o algo así; pero sí que ha dicho que para mañana quiere una redacción contándole nuestra vida así de manera original. Y yo eso paso.
- ¿Por qué?
- Pues porque yo no le cuento a nadie mis problemas.
- En eso tienes razón.
- ¿En qué?
Pablo se acerca a Vera en esa terraza de finca al sol a las cuatro de la tarde, con suelo de adobes rojos quemando y sus cuerdas de ropa tendida provocando sombras blancas contra el cielo azul, le ofrece su ropa interior seca en las manos y se atreve a decirle lo que lleva mucho tiempo pensando:
- Sólo hablas conmigo en la resi, y ni siquiera yo sé por qué estás aquí. Sólo me dijiste que tu padre era arquitecto y que te irías en unos días; sin embargo…
- Sin embargo, ¿qué?
- Nadie te llama, nadie viene a visitarte.
Vera, de repente, cambia el gesto, abraza su ropa contra el pecho así como queriendo protegerse:
- ¿Qué quieres saber?
- ¿Por qué estás aquí?
Al día siguiente, el nuevo profesor de castellano podría empezar a leer, en su piso recién alquilado sin muebles, una redacción que empezaba así:
“Me llamo Pablo Civera Arnau, tengo quince años y soy huérfano de madre; me crié de pequeño con mi abuela Celia hasta que ella también murió y entonces conocí a mi padre. Pero tuve problemas con mi padre y ahora él tiene una orden de alejamiento que hace que haya perdido mi custodia y que yo viva interno en una residencia.
No estoy orgulloso de mi vida, quizás me gustaría haber tenido cosas que otros compañeros tienen, sin embargo, hoy he aprendido algo muy importante, hoy he escuchado una vida mil veces más terrible que la mía y, mientras abrazaba a esa persona en una terraza de ropa tendida, mientras la notaba llorar como si se hubiera abierto un grifo en su pecho, he pensado que lo importante de la vida no es lo que te ha pasado, y se lo he intentado decir, sino lo que te vaya a pasar. Usted me pide que le cuente mi pasado para saber quién soy, usted se equivoca como me he equivocado yo esta tarde con esa amiga, pregúnteme sobre el futuro que quiero, pregúnteme sobre lo que seré y entonces sí que podrá conocerme.
Firmado:
Pablo Civera Arnau.”
(Dedicado a todos vosotros que tuvisteis que escribirme aquellas redacciones)

TQMC? 19

Un pez naranja nada atrapado en un vaso sobre la repisa de una ventana de hospital, a su lado, una tortuga de agua se hace la muerta en su tortuguera con palmera de plástica; casualidades de la vida, se llama Elisa y es la mascota de Marta. Afuera, a través de la ventana, se observa un descampado, abajo, coches aparcados y un árbol grande que los tapa; también se ve a dos obreros gandules descargando sacos de arena en un pequeño parque infantil que están haciendo.
Pablo mira al pez y a la tortuga desde su silla. Piensa que Marta es la tortuga y él el pez.
Hay momentos en tu vida en que te conviertes en otra persona, de repente, eres alguien diferente sentado en un lugar desconocido e incluso tú mismo puedes escucharte pensar con una claridez sorprendente, eso se llama crecer, e implica una despedida del niño que fuiste antes de vivirlos.
Una enfermera regordeta entra a la habitación con mucha alegría, bromea sobre lo callados que están, habla con mucha confianza con Marta mientras revisa goteros; cuando se va, Pablo tiene la excusa para iniciar de una vez la conversación:
- Parece que te conoce.
Marta había imaginado que diría eso.
- He pasado aquí tantas noches que prácticamente conozco a todo el hospital.
Pablo vuelve a quedar callado, no es fácil.
- ¿Sabes? A veces, te miro en clase y te imagino bañándonos en la playa.
- ¿Con el pez?
- No, es más que eso. Verás, al principio de estar en la resi, había un chico que dormía en mi cuarto que me contó que su madre era hippie y que los dos vivían en una playa por Andalucía, que es una cala a la que no puede llegar nadie y que allí hay un poblado de hippies que viven aislados y que él vivió allí y en verano dice que todo el mundo se pasaba el día desnudo yendo a la playa, a recoger fruta de los árboles, que nadaba entre las rocas, que tenían una barca… Yo te imagino allí, los dos juntos, viviendo con los hippies en su playa.
- Es bonito. Pero… estamos en un hospital, hay que ser realista, Pablo.
- A eso me refería, verás, cuando te dije que había investigado sobre la leucemia, lo que no me dejaste explicar no es eso de que hay pocas posibilidades de cura, lo arriesgado que es el tratamiento y todo eso, yo de eso no entiendo; pero sí que encontré una página de un hombre que contaba que a su mujer también le diagnosticaron leucemia y que él consiguió que viviera años porque la animaba, que el marido ese cogió y lo vendió todo y renunciaron al tratamiento y se fueron a vivir a Australia a una isla desierta y que otro hombre a su hija la llevaba todos los días a nadar con delfines y que así vivió…
- Pablo, ¿qué me quieres decir?
- Pues te quiero decir que si tú cambiases de actitud, que si me dejases que te hiciera como ese hombre, que te divirtieras, que te olvidaras, que quizás…
- ¿Que quizás qué, Pablo? Que quizás un día te hartaras de aguantar a una enferma y se te cruzara por delante una Vera en esa playa enseñndote las tetas y entonces tú me mirarías y entenderías que lo has hecho todo por pena, y que la pena se te ha acabado.

- Pero podrías dejar que, quiero decir, podríamos intentarlo.
- Pablo, no soy un perro abandonado que recoges por pena y pruebas a meterlo en tu casa y cuando ves que se caga en la alfombra lo echas a la calle. No se prueba con los sentimientos.
- Yo sólo te digo que si no quieres discutir lo de curarte, al menos sí podrías pensar lo de dejarme que te haga feliz.
- Pablo, cuando estás en esta cama, ves a las personas entrar y comprendes rápidamente que están por compromiso, que se sienten aliviados cuando se levantan y se van; lo sé, lo llevo viendo desde hace años. Yo no quiero que tú hagas eso, yo no quiero que tú me trates así y cuando nos despidamos por la noche digas: “Vale, hoy ya he cumplido con mi pena, ya me siento mejor, cierro la puerta y respiro aliviado.”
- Pero es que entonces no hay manera de acercarse a ti.
- Claro que la hay. De hecho, me juraste que lo harías.
- ¿Morirnos?
- Sí.

- ¿Por qué te empeñas en eso?
- Porque es el único compromiso que puedo conseguir de alguien que sé con total seguridad que no lo hace por pena. Alguien que quiera morir conmigo es alguien que está a mi nivel, que no le doy pena porque está a mi nivel.
- ¿Piensas que a mí me das pena?
- Evidentemente, estás deseando irte, de hecho, preferirías estar en tu maldita puta playa con Vera en pelotas que en esta asquerosa habitación de hospital conmigo llena de goteros; y no me mientas, ni el más imbécil del mundo elegiría la segunda opción.
- Entonces, según tú, ¿por qué estoy aquí?
- Te lo he dicho, joder, por pena, por puta pena, como todo el mundo. ¡Vete, vete a tu puta playa!
Pablo se levanta con las lágrimas de Marta, lo cual le da la razón a ella, demasiada pena molesta, que se vaya, da igual, que se vaya…
Vuelve el silencio a la habitación, vuelve el ruido de los operarios abajo en el parque infantil, el pitido de una pequeña excavadora, unas voces o gritos como de discusión. De repente, la puerta se vuelve a abrir de golpe, es Pablo que la abre de un culazo, de espaldas, entra arrastrando con rabia un saco de plástico, coge la cucharilla encima de la mesita ante los ojos atónitos de Marta, se oye por megafonía un aviso a seguridad, raja el saco de arriba a abajo y se desparrama un montón de arena por el suelo de mármol de la habitación, deprisa, Pablo la extiende con el pie sin dejar de mirar a Marta, luego se arremanga los pantalones, va a la ventana, coge la palmera de la tortuga y la clava en un montoncito de arena, en ese momento irrumpen los guardias de seguridad en la habitación, Pablo se queda tieso encima de su pequeña playa de hospital.
Irrumpen los guardias de seguridad.

Pablo tendrá problemas, muchos.

Las chicas de la limpieza serán superdesagradables mientras limpien toda la arena de la habitación.
Incluso la enfermera amiga de Marta se mostrará enfadada.
Sin embargo, esa tarde, esa noche, Marta se dio la vuelta, miró hacia la ventana, vio al pez y a la tortuga y… por primera vez en muchísimo tiempo, sonrió sin que nadie la viera.

TQMC? 18

A menudo deseamos que la persona que amamos se dé cuenta de lo que hacemos, reconozca sus errores, se siente y nos dé la razón sin llegar a calcular la cantidad de dolor que eso le provocaría; incluso, a menudo, nos olvidamos de que la amamos por culpa de eso.
Pablo viaja en un autobús amarillo hacia un hospital con una bolsa llena de agua en la mano y la mochila en los pies. Mientras mira pasar los coches que les adelantan por la autovía, piensa en lo que sucedería si de pronto él desapareciese, si ese autobús tuviera un accidente en ese momento y él acabase también en un hospital. Piensa en quién iría a verle: los educadores de la residencia, algún profesor del instituto… quizás su padre, no, su padre no, no podría por la orden de alejamiento… Marta, Vera… la peque… Marta, Vera… Y no sabe quién desearía que fuera.
Volviendo atrás mientras el bus se sale de la autovía y enfila una rotonda, Pablo recuerda que anoche el mundo se detuvo por unos instantes y a punto estuvo él de cometer una locura por culpa de Vera. Pues habían acabado de cenar, estaban todos los internos de la resi en el salón de la tele viendo Gran Hermano cuando Pablo decidió subirse a su cuarto a estudiar. Los chicos tienen prohibido entrar al segundo piso de las chicas y viceversa; sin embargo, a esa hora que todavía no era la de acostarse, Vera no tuvo problemas para colarse en la habitación de Pablo tocando a la puerta. Tenía una excusa, Vera fumaba. Pablo siempre quiere resolver los problemas de todo el mundo, por eso, comprobando que aún no había subido Nacho, el educador, que llevaba un rato largo hablando por teléfono en la garita de conserjería, salió con Vera por su ventana a la terraza de tender la ropa que da a la parte de atrás de la finca, allí Vera pudo fumar, pero luego volvieron a la habitación. A veces dos personas, después de estar un buen rato largo contándose la vida, se quedan calladas y nadie sabe qué decir y se miran como bobos. Eso sucedió allí después de media hora de risas.
- ¿Tú crees que podré quedarme a dormir aquí?

Pablo, primero, consiguió devolverse los ojos a su estado normal y luego contestó muy seguro:
- No.
- ¿Por qué? ¿Porque nos pillarán?
- No. Porque yo no soy gay.- Pablo, entonces, dejó que el corazón se le bajara por la garganta y esperó a que Vera se fuera corriendo.
Pero Vera siguió allí. Ya no tan cómoda. Pero siguió allí.
También es cierto que Pablo pensó que podía haberse callado.
- Si no me voy pronto, pensarás que es que quiero quedarme todavía.-Le insinuó Vera.
- Sí.-Le respondió con seguridad Pablo.
Y Vera se levantó, salió, se quedó parada en la puerta, se giró y, con una sonrisa encantadora le dijo a Pablo sentado en su silla.
- ¿Sabes? Toda mujer tuvo, tiene o tendrá un momento en que te habría dicho que sí.
Y se fue. Y Pablo se tumbó en su cama a oler su presencia todavía tibia en las sábanas cuando entró Nacho, el educador, y lo pilló olfateando el colchón como un perro antidroga. No se rió, no traía buena cara.
- Pablo, siéntate, quiero hablar contigo. Llevo una hora al teléfono con el director de tu instituto. Toda la historia que montó tu amiguita Marta ya se ha descubierto, ¿me entindes? Bien. De modo que ya está claro que ni está ni estuvo embarazada, y otras muchas más mentiras que a mí ni me importan, pero bueno… El caso es que ahora, ante esta nueva situación, tenemos que volver a tu expediente de expulsión, y tu expediente dice claramente que te vas de esta resi, de hecho, tu plaza en la resi de Camarillas sigue pendiente de que te subamos al taxi y te llevemos. ¿Me entiendes?
Pablo asiente sentado en la cama, con las manos apretándose las rodillas.
- Mira, Pablo, uno no se hace educador para tomar este tipo de decisiones. Yo ahora sé en todo el lío que estabas metido por culpa de la chica esta, de Marta; sin embargo, que conozca las causas no quiere decir que comprenda las consecuencias, y tus consecuencias fueron que un alumno de esta residencia se hizo fotos en pelotas y se las pasó a todo el instituto. Eso no es uno, eso son veinte motivos para expulsarte, ¿me entiendes?
Pablo asiente sentado en la cama, le sudan las manos encima de las rodillas.
- Mira, Pablo, vamos a hacer una cosa. Te voy a dejar en previsión de que, es decir, que te quedarás aquí pero, a la mínima, al más pequeño, al más ínfimo incidente que provoques o simplemente tengas en el instituto, aunque sea que te mees fuera en los wáteres. Te expulso definitivamente, ¿me has entendido?
Pablo asiente sentado en la cama.
- Por cierto, a tu amiga, imagino que lo querrás saber pero no hagas ninguna tontería, a tu amiga la han ingresado en el Vírgen del Carmen por un cuadro severo de desnutrición que seguramente sea anorexia. ¡Espera! Espera, Pablo. Ahora es muy tarde. Sabía que ibas a hacer esto. Ahora es muy tarde, no ibas ni a poder llegar ni mucho menos te dejarían entrar. Mira, vamos a hacer una cosa. Mañana yo llamaré temprano al instituto y diré que estás malo, luego, yo mismo te acompañaré a la parada del autobús y te diré cómo puedes ir a verla y en qué habitación está, ¿de acuerdo? Bien, así me gusta. Nos vemos mañana a primera hora en el hall.
A las siete y media de la mañana Pablo ya estaba como un clavo recién peinado en el hall de la residencia. Nacho bromeó, pero cumplió lo prometido, le dio diez euros y lo subió al autobús amarillo. Sin embargo, había dos cosas que Nacho no tuvo en cuenta: primera, que nadie va a ver a una enferma sin llevarle un regalo; segunda, que el bus amarillo descansa cinco minutos en la última parada antes de salir a la autovía.
Por desgracia para Pablo, la única tienda abierta a esas horas frente al autobús era una funeraria y al lado una de animales.
Cuando Pablo entra a la habitación de Marta y la encuentra tirada en la cama mirando a la puerta como si lo hubiese estado esperando toda la noche, Pablo sólo puede hacer una cosa: levanta la bolsa y le explica:
- Te he comprado un pez.
Y ambos sonríen.

TQMC? 17

Cuando miramos a otra persona, no la vemos, sólo intentamos descubrir qué versión de nosotros estará viendo ella; es un poco lo que Pablo estaba pensando cuando caminaba por su acera hacia la residencia y seguía mirando a Vera que no dejaba de andar por la otra acera de la misma calle. ¿Y si Vera viviera en la residencia de Pablo? ¿Por qué si no iba a seguir su mismo camino?
Por su parte, Marta parece el esqueleto de un barco tras el bombardeo, destruida y a punto de hundirse en lo más hondo del océano; el profesor de guardia pilló a su amiga Lucía hablando por el móvil y no se le ocurrió otra cosa que cogérselo para decir que iba a colgar cuando, como en un chiste, el director le dijo que era un profesor y el profesor que él sí que era profesor. Les costó bastante a los dos caer en la cuenta de la trampa que acaban de descubrir.
Llamaron a Elvira Carles, la madre de Marta, y delante de su cara estalló toda la mentira: ni estaba embarazada, ni esas vendas ridículas tenían que seguir allí, ni la foto desnuda en el ordenador que estampó contra la pared, ni el haberse cortado el pelo a tijeretazos… (ahora entendía su madre porqué siempre iba por casa con el pañuelo en la cabeza, aunque Marta le dijera que era por ensayar para cuando se quedase calva debido a la quimio…). Es decir, todo el mundo que Marta había inventado se derrumbó como un castillo de cartas delante de sus narices.
Tan brutal fue la paliza que le pegaron entre todos a sus mentiras, que Marta sintió que mataban y pisoteaban a la chica que ella había ido creando desde el principio para defenderse de ese nuevo instituto, de la muerte, de la vida, del amor… Y Marta sintió que no volvería a ser la misma después de aquello; que quizás le hubiese gustado que Pablo estuviese allí afuera, esperándola en el pasillo, sin poder hacer nada, sin querer curarla, tan sólo simplemente para saber que piensa en ella, que no está sola, que la necesita como esa Marta que han dejado desnuda de mentiras en un despacho necesita del único habitante del mundo que no las hubiera necesitado para creerla.
Pablo sigue caminando sin dejar de mirar a Vera, tampoco es un mérito, más bien, resulta difícil evitarlo. Aunque tenga la cabeza en otro lado, porque esa noche se dormirá por primera vez sin pensar en Marta desde hacía tiempo, porque Pablo está queriendo que Vera tenga que vivir también en la residencia.
- Te vi anoche, cuando llegué, estabais viendo la tele. Yo subí a instalarme y no bajé.
Pablo no ha podido decir nada, y menos ahora, los dos en el ascensor de la resi, que hasta ella ha tenido que pulsar el 2, el de la planta de las chicas, porque Pablo sólo había apretado el 3 de los chicos.
- Pero… ¿tú también eres una interna?
- Eso te quería preguntar, por eso me he sentado a tu lado, ¿en el instituto eso lo sabrán, quiero decir, no los profesores, sino que si todo el mundo…?
- No lo sé, yo sí porque yo.. (a la mente de Pablo viene su foto desnudo con el cartel de perdóname) yo… (a la mente de Pablo vienen los comentarios sobre Marta embarazada)… lo dije. Pero si tú no lo dices.
- Tú te pones rojo enseguida, eh…
- Ah, no, no, es que he venido corriendo.
- Qué gracioso.
El ascensor hace rato que llegó al segundo y Pablo lo retiene.
- Vera, ¿te importa si te pregunto una cosa?
- Claro, dime, digo que no, no me importa. Ay, qué tonta, al final hasta yo me voy a poner roja.
- Pues, quería saber si estás de paso o te vas a quedar aquí en la resi por un tiempo.
Ante esa pregunta, Vera sí reacciona verdaderamente incómoda, se pasa el pelo por detrás de la oreja y todavía intenta sonreír aunque se nota que le tiemblan los labios.
- No lo sé, yo nunca había estado en un sitio así, mi padre es arquitecto, dicen que en cuanto se resuelva el juicio, volveré con él. -los ojos de Vera se quieren desbordar de lágrimas- No he estado nunca en un sitio como este.
En la vida se habría imaginado Pablo sintiéndose protector y salvador con su caballo y su armadura de una chica como Vera:
- Yo , si quieres, yo intentaré que estés bien. No te preocupes, Vera, yo…
- Gracias, gracias, Pablo, no sabes el alivio que es para mí saber que al menos hay un chico en la residencia que me va a cuidar, de verdad, Pablo, me siento mucho mejor, no te lo puedo explicar, pero estoy mejor, imagino que es la tranquilidad esa que nos dais los gays a las chicas, gracias, un beso, nos vemos luego.
Pablo se queda clavado en el ascensor, pulsando el número 3, mirándose al espejo y repitiendo en su mente esa palabra… mientras que abajo, su educador, recibe la llamada del instituto informándole que todo aquello del embarazo de la chica fue inventado, que qué van a hacer ahora con el expediente de Pablo, si lo mantendrán en el instituto o de verdad lo van a cambiar de residencia y centro.

TQMC? 17

Cuando miramos a otra persona, no la vemos, sólo intentamos descubrir qué versión de nosotros estará viendo ella; es un poco lo que Pablo estaba pensando cuando caminaba por su acera hacia la residencia y seguía mirando a Vera que no dejaba de andar por la otra acera de la misma calle. ¿Y si Vera viviera en la residencia de Pablo? ¿Por qué si no iba a seguir su mismo camino?
Por su parte, Marta parece el esqueleto de un barco tras el bombardeo, destruida y a punto de hundirse en lo más hondo del océano; el profesor de guardia pilló a su amiga Lucía hablando por el móvil y no se le ocurrió otra cosa que cogérselo para decir que iba a colgar cuando, como en un chiste, el director le dijo que era un profesor y el profesor que él sí que era profesor. Les costó bastante a los dos caer en la cuenta de la trampa que acaban de descubrir.
Llamaron a Elvira Carles, la madre de Marta, y delante de su cara estalló toda la mentira: ni estaba embarazada, ni esas vendas ridículas tenían que seguir allí, ni la foto desnuda en el ordenador que estampó contra la pared, ni el haberse cortado el pelo a tijeretazos… (ahora entendía su madre porqué siempre iba por casa con el pañuelo en la cabeza, aunque Marta le dijera que era por ensayar para cuando se quedase calva debido a la quimio…). Es decir, todo el mundo que Marta había inventado se derrumbó como un castillo de cartas delante de sus narices.
Tan brutal fue la paliza que le pegaron entre todos a sus mentiras, que Marta sintió que mataban y pisoteaban a la chica que ella había ido creando desde el principio para defenderse de ese nuevo instituto, de la muerte, de la vida, del amor… Y Marta sintió que no volvería a ser la misma después de aquello; que quizás le hubiese gustado que Pablo estuviese allí afuera, esperándola en el pasillo, sin poder hacer nada, sin querer curarla, tan sólo simplemente para saber que piensa en ella, que no está sola, que la necesita como esa Marta que han dejado desnuda de mentiras en un despacho necesita del único habitante del mundo que no las hubiera necesitado para creerla.
Pablo sigue caminando sin dejar de mirar a Vera, tampoco es un mérito, más bien, resulta difícil evitarlo. Aunque tenga la cabeza en otro lado, porque esa noche se dormirá por primera vez sin pensar en Marta desde hacía tiempo, porque Pablo está queriendo que Vera tenga que vivir también en la residencia.
- Te vi anoche, cuando llegué, estabais viendo la tele. Yo subí a instalarme y no bajé.
Pablo no ha podido decir nada, y menos ahora, los dos en el ascensor de la resi, que hasta ella ha tenido que pulsar el 2, el de la planta de las chicas, porque Pablo sólo había apretado el 3 de los chicos.
- Pero… ¿tú también eres una interna?
- Eso te quería preguntar, por eso me he sentado a tu lado, ¿en el instituto eso lo sabrán, quiero decir, no los profesores, sino que si todo el mundo…?
- No lo sé, yo sí porque yo.. (a la mente de Pablo viene su foto desnudo con el cartel de perdóname) yo… (a la mente de Pablo vienen los comentarios sobre Marta embarazada)… lo dije. Pero si tú no lo dices.
- Tú te pones rojo enseguida, eh…
- Ah, no, no, es que he venido corriendo.
- Qué gracioso.
El ascensor hace rato que llegó al segundo y Pablo lo retiene.
- Vera, ¿te importa si te pregunto una cosa?
- Claro, dime, digo que no, no me importa. Ay, qué tonta, al final hasta yo me voy a poner roja.
- Pues, quería saber si estás de paso o te vas a quedar aquí en la resi por un tiempo.
Ante esa pregunta, Vera sí reacciona verdaderamente incómoda, se pasa el pelo por detrás de la oreja y todavía intenta sonreír aunque se nota que le tiemblan los labios.
- No lo sé, yo nunca había estado en un sitio así, mi padre es arquitecto, dicen que en cuanto se resuelva el juicio, volveré con él. -los ojos de Vera se quieren desbordar de lágrimas- No he estado nunca en un sitio como este.
En la vida se habría imaginado Pablo sintiéndose protector y salvador con su caballo y su armadura de una chica como Vera:
- Yo , si quieres, yo intentaré que estés bien. No te preocupes, Vera, yo…
- Gracias, gracias, Pablo, no sabes el alivio que es para mí saber que al menos hay un chico en la residencia que me va a cuidar, de verdad, Pablo, me siento mucho mejor, no te lo puedo explicar, pero estoy mejor, imagino que es la tranquilidad esa que nos dais los gays a las chicas, gracias, un beso, nos vemos luego.
Pablo se queda clavado en el ascensor, pulsando el número 3, mirándose al espejo y repitiendo en su mente esa palabra… mientras que abajo, su educador, recibe la llamada del instituto informándole que todo aquello del embarazo de la chica fue inventado, que qué van a hacer ahora con el expediente de Pablo, si lo mantendrán en el instituto o de verdad lo van a cambiar de residencia y centro.

TQMC? 17

Cuando miramos a otra persona, no la vemos, sólo intentamos descubrir qué versión de nosotros estará viendo ella; es un poco lo que Pablo estaba pensando cuando caminaba por su acera hacia la residencia y seguía mirando a Vera que no dejaba de andar por la otra acera de la misma calle. ¿Y si Vera viviera en la residencia de Pablo? ¿Por qué si no iba a seguir su mismo camino?
Por su parte, Marta parece el esqueleto de un barco tras el bombardeo, destruida y a punto de hundirse en lo más hondo del océano; el profesor de guardia pilló a su amiga Lucía hablando por el móvil y no se le ocurrió otra cosa que cogérselo para decir que iba a colgar cuando, como en un chiste, el director le dijo que era un profesor y el profesor que él sí que era profesor. Les costó bastante a los dos caer en la cuenta de la trampa que acaban de descubrir.
Llamaron a Elvira Carles, la madre de Marta, y delante de su cara estalló toda la mentira: ni estaba embarazada, ni esas vendas ridículas tenían que seguir allí, ni la foto desnuda en el ordenador que estampó contra la pared, ni el haberse cortado el pelo a tijeretazos… (ahora entendía su madre porqué siempre iba por casa con el pañuelo en la cabeza, aunque Marta le dijera que era por ensayar para cuando se quedase calva debido a la quimio…). Es decir, todo el mundo que Marta había inventado se derrumbó como un castillo de cartas delante de sus narices.
Tan brutal fue la paliza que le pegaron entre todos a sus mentiras, que Marta sintió que mataban y pisoteaban a la chica que ella había ido creando desde el principio para defenderse de ese nuevo instituto, de la muerte, de la vida, del amor… Y Marta sintió que no volvería a ser la misma después de aquello; que quizás le hubiese gustado que Pablo estuviese allí afuera, esperándola en el pasillo, sin poder hacer nada, sin querer curarla, tan sólo simplemente para saber que piensa en ella, que no está sola, que la necesita como esa Marta que han dejado desnuda de mentiras en un despacho necesita del único habitante del mundo que no las hubiera necesitado para creerla.
Pablo sigue caminando sin dejar de mirar a Vera, tampoco es un mérito, más bien, resulta difícil evitarlo. Aunque tenga la cabeza en otro lado, porque esa noche se dormirá por primera vez sin pensar en Marta desde hacía tiempo, porque Pablo está queriendo que Vera tenga que vivir también en la residencia.
- Te vi anoche, cuando llegué, estabais viendo la tele. Yo subí a instalarme y no bajé.
Pablo no ha podido decir nada, y menos ahora, los dos en el ascensor de la resi, que hasta ella ha tenido que pulsar el 2, el de la planta de las chicas, porque Pablo sólo había apretado el 3 de los chicos.
- Pero… ¿tú también eres una interna?
- Eso te quería preguntar, por eso me he sentado a tu lado, ¿en el instituto eso lo sabrán, quiero decir, no los profesores, sino que si todo el mundo…?
- No lo sé, yo sí porque yo.. (a la mente de Pablo viene su foto desnudo con el cartel de perdóname) yo… (a la mente de Pablo vienen los comentarios sobre Marta embarazada)… lo dije. Pero si tú no lo dices.
- Tú te pones rojo enseguida, eh…
- Ah, no, no, es que he venido corriendo.
- Qué gracioso.
El ascensor hace rato que llegó al segundo y Pablo lo retiene.
- Vera, ¿te importa si te pregunto una cosa?
- Claro, dime, digo que no, no me importa. Ay, qué tonta, al final hasta yo me voy a poner roja.
- Pues, quería saber si estás de paso o te vas a quedar aquí en la resi por un tiempo.
Ante esa pregunta, Vera sí reacciona verdaderamente incómoda, se pasa el pelo por detrás de la oreja y todavía intenta sonreír aunque se nota que le tiemblan los labios.
- No lo sé, yo nunca había estado en un sitio así, mi padre es arquitecto, dicen que en cuanto se resuelva el juicio, volveré con él. -los ojos de Vera se quieren desbordar de lágrimas- No he estado nunca en un sitio como este.
En la vida se habría imaginado Pablo sintiéndose protector y salvador con su caballo y su armadura de una chica como Vera:
- Yo , si quieres, yo intentaré que estés bien. No te preocupes, Vera, yo…
- Gracias, gracias, Pablo, no sabes el alivio que es para mí saber que al menos hay un chico en la residencia que me va a cuidar, de verdad, Pablo, me siento mucho mejor, no te lo puedo explicar, pero estoy mejor, imagino que es la tranquilidad esa que nos dais los gays a las chicas, gracias, un beso, nos vemos luego.
Pablo se queda clavado en el ascensor, pulsando el número 3, mirándose al espejo y repitiendo en su mente esa palabra… mientras que abajo, su educador, recibe la llamada del instituto informándole que todo aquello del embarazo de la chica fue inventado, que qué van a hacer ahora con el expediente de Pablo, si lo mantendrán en el instituto o de verdad lo van a cambiar de residencia y centro.

TQMC? 17

Cuando miramos a otra persona, no la vemos, sólo intentamos descubrir qué versión de nosotros estará viendo ella; es un poco lo que Pablo estaba pensando cuando caminaba por su acera hacia la residencia y seguía mirando a Vera que no dejaba de andar por la otra acera de la misma calle. ¿Y si Vera viviera en la residencia de Pablo? ¿Por qué si no iba a seguir su mismo camino?
Por su parte, Marta parece el esqueleto de un barco tras el bombardeo, destruida y a punto de hundirse en lo más hondo del océano; el profesor de guardia pilló a su amiga Lucía hablando por el móvil y no se le ocurrió otra cosa que cogérselo para decir que iba a colgar cuando, como en un chiste, el director le dijo que era un profesor y el profesor que él sí que era profesor. Les costó bastante a los dos caer en la cuenta de la trampa que acaban de descubrir.
Llamaron a Elvira Carles, la madre de Marta, y delante de su cara estalló toda la mentira: ni estaba embarazada, ni esas vendas ridículas tenían que seguir allí, ni la foto desnuda en el ordenador que estampó contra la pared, ni el haberse cortado el pelo a tijeretazos… (ahora entendía su madre porqué siempre iba por casa con el pañuelo en la cabeza, aunque Marta le dijera que era por ensayar para cuando se quedase calva debido a la quimio…). Es decir, todo el mundo que Marta había inventado se derrumbó como un castillo de cartas delante de sus narices.
Tan brutal fue la paliza que le pegaron entre todos a sus mentiras, que Marta sintió que mataban y pisoteaban a la chica que ella había ido creando desde el principio para defenderse de ese nuevo instituto, de la muerte, de la vida, del amor… Y Marta sintió que no volvería a ser la misma después de aquello; que quizás le hubiese gustado que Pablo estuviese allí afuera, esperándola en el pasillo, sin poder hacer nada, sin querer curarla, tan sólo simplemente para saber que piensa en ella, que no está sola, que la necesita como esa Marta que han dejado desnuda de mentiras en un despacho necesita del único habitante del mundo que no las hubiera necesitado para creerla.
Pablo sigue caminando sin dejar de mirar a Vera, tampoco es un mérito, más bien, resulta difícil evitarlo. Aunque tenga la cabeza en otro lado, porque esa noche se dormirá por primera vez sin pensar en Marta desde hacía tiempo, porque Pablo está queriendo que Vera tenga que vivir también en la residencia.
- Te vi anoche, cuando llegué, estabais viendo la tele. Yo subí a instalarme y no bajé.
Pablo no ha podido decir nada, y menos ahora, los dos en el ascensor de la resi, que hasta ella ha tenido que pulsar el 2, el de la planta de las chicas, porque Pablo sólo había apretado el 3 de los chicos.
- Pero… ¿tú también eres una interna?
- Eso te quería preguntar, por eso me he sentado a tu lado, ¿en el instituto eso lo sabrán, quiero decir, no los profesores, sino que si todo el mundo…?
- No lo sé, yo sí porque yo.. (a la mente de Pablo viene su foto desnudo con el cartel de perdóname) yo… (a la mente de Pablo vienen los comentarios sobre Marta embarazada)… lo dije. Pero si tú no lo dices.
- Tú te pones rojo enseguida, eh…
- Ah, no, no, es que he venido corriendo.
- Qué gracioso.
El ascensor hace rato que llegó al segundo y Pablo lo retiene.
- Vera, ¿te importa si te pregunto una cosa?
- Claro, dime, digo que no, no me importa. Ay, qué tonta, al final hasta yo me voy a poner roja.
- Pues, quería saber si estás de paso o te vas a quedar aquí en la resi por un tiempo.
Ante esa pregunta, Vera sí reacciona verdaderamente incómoda, se pasa el pelo por detrás de la oreja y todavía intenta sonreír aunque se nota que le tiemblan los labios.
- No lo sé, yo nunca había estado en un sitio así, mi padre es arquitecto, dicen que en cuanto se resuelva el juicio, volveré con él. -los ojos de Vera se quieren desbordar de lágrimas- No he estado nunca en un sitio como este.
En la vida se habría imaginado Pablo sintiéndose protector y salvador con su caballo y su armadura de una chica como Vera:
- Yo , si quieres, yo intentaré que estés bien. No te preocupes, Vera, yo…
- Gracias, gracias, Pablo, no sabes el alivio que es para mí saber que al menos hay un chico en la residencia que me va a cuidar, de verdad, Pablo, me siento mucho mejor, no te lo puedo explicar, pero estoy mejor, imagino que es la tranquilidad esa que nos dais los gays a las chicas, gracias, un beso, nos vemos luego.
Pablo se queda clavado en el ascensor, pulsando el número 3, mirándose al espejo y repitiendo en su mente esa palabra… mientras que abajo, su educador, recibe la llamada del instituto informándole que todo aquello del embarazo de la chica fue inventado, que qué van a hacer ahora con el expediente de Pablo, si lo mantendrán en el instituto o de verdad lo van a cambiar de residencia y centro.

TQMC? 16

- Estamos llamando a tu madre, Marta.
Marta está sentada en el despacho de director frente a una asistente social, el psicólogo, una chica del ambulatorio, el jefe de estudios y una mujer mayor a la que todos obedecen; frente a ella, formularios sobre aborto, gestación, clínicas, embarazos, fetos, bebés…
Pero antes de que Marta esté allí sentada pensando que su mentira se le ha ido de las manos, han sucedido muchas otras cosas. O, en concreto, una.
Era a primera hora, el profesor de castellano sigue sin aparecer y el de guardia les ha dejado estudiar para el examen de inglés de la siguiente hora, siempre con la condición de que todos estuvieran callados; ni Marta ni Pablo necesitan estudiar mucho para ese examen, pues ambos parecen decididos a querer suspender ese curso. Sin embargo, Pablo estaba extraño esta mañana, no es que Marta esperase que la acompañara desde la puerta para protegerla de las miradas a su tripa, de los comentarios, de las espaldas vueltas cuando ella pasa con su rumor de adolescente embarazada, pero sí, al menos, que le hubiera dicho algo más de un “hola” cuando ha entrado a clase y se ha sentado a su lado.
También es cierto que ella le podía haber dicho más de un “hola”, pero suele suceder que los días que más cariño necesitas acaban siendo los días en que más cariño te piden. El caso es que no era una situación incómoda para ellos, sí para el resto de la clase, que no tiene ni tendrá en mucho tiempo otro tema de conversación que no sea el del embarazo; no era incómoda hasta que ha llegado el jefe de estudios con una chica nueva y todos los chicos de la clase se han callado como si hubiesen visto… A Vera.
Vera es no tan alta como Marta, lleva el pelo moreno, largo y suelto por la espalda como si fuese un anuncio de champú hasta caerle por un acertado escote de blusa blanca que contrasta con su piel morena del recién pasado verano; tiene los ojos marrones pero enormes hasta darle a su cara una expresión actriz que ella sabe que posee y alimenta cuando sonríe y se hace la tímida bajo la lluvia de miradas.
Marta la ha mirado e inmediatamente se ha visto en un espejo: con su cuerpo delgaducho y blanco, su pelo castaño rapado a tijeretazos, sus ojeras, su sujetador relleno con klinnex, sus muñecas vendadas, su ropa vieja, sus zapatillas sucias. Primero ha pensado que le gustaría ser esa chica, tener su físico, pero luego enseguida ha reflexionado que si estuviese tan buena como ella, le jodería más morirse que siendo así de fea.
Lo peor ha sido cuando el jefe de estudios le ha dicho a Vera que se sentara, que esa sería su nueva clase, lo peor ha sido que cualquier chico habría echado a patadas a su compañero de mesa con tal de que ella se sentase a su lado con su aire de anuncio de colonia; lo peor ha sido que ella ha pasado de todos, ha venido hasta el final, y se ha sentado al lado de Pablo, quedando Pablo entre las dos. Pero Vera, a los ojos de Marta, no se ha sentado como se sentaría cualquiera, sino que al pasar junto a Pablo, ya lo ha mirado sonriendo mientras se pasaba el pelo por detrás de la oreja; pero luego, tras sentarse, sabiendo que todo el mundo la estaba mirando, se ha inclinado hacia Pablo y, de nuevo pasándose el pelo por detrás de la oreja, le ha dicho:
- Hola, me llamo Vera.
- ¡¡¡Cómo que me llamo Vera!!! ¡Maldita zorra, todos sabemos que te llamas Vera, te acaba de presentar el jefe de estudios! -Ha pensado Marta mientras se hacía la despistada y Pablo le contestaba.
- Hola, yo Pablo.
Si sólo hubiese dicho eso, aún se habría salvado, pero ha tenido que añadir.
- Bienvenida.
- ¡¡¡Bienvenida!!! ¡Cómo que bienvenida! ¡Tú eres mío! ¡Yo me he cortado las venas por ti, yo me he quedado embarazada por ti! O al menos te he convencido de ello… -Ha seguido pensando Marta mientras Vera le daba las gracias de esa manera que parece que quieres susurrar pero en realidad estás poniendo morritos y sacando la lengua.
- ¡¡¡Zorra!!!
En ese momento se han llevado a Marta al despacho de la directora para disgusto suyo, donde sigue ahora, esperando a que llamen a su madre y le expliquen lo de su embarazo.
- Dices que tu madre ya sabe lo de tu embarazo.
- ¿Pero ella está de acuerdo?
- ¿Seguro que es este el número?
- Sí, yo la he llamado otras veces, de hecho, él la llamó para comunicarle la expulsión de la semana pasada y se lo cogió.
- Es que no me lo coge.
- Prueba otra vez.
- Perdona que te insista, Marta, ¿tú estás segura?
Marta no los oye, Marta sólo piensa en que su única amiga en el instituto, Lucía, obtenga el permiso del profesor para salir al wáter y coger el teléfono. Por supuesto que el teléfono de su madre que Marta puso en la matrícula no es el de su madre, es el de su amiga Lucía, y viceversa; así, si llaman a la madre de alguna de ellas, la otra chica se hace pasar por mamá y le cubre las espaldas sin que hasta ahora las hayan pillado.
- Sí, ahora me lo coge.
Marta se imagina a Lucía hablando en los wáteres de abajo. No le importa la conversación sobre su embarazo que el director pueda tener con su madre que está más o menos debajo de ellos porque ni está embarazada ni es su madre; lo único que le preocupa a Marta es imaginar cómo podrá evitar que Pablo huya ahora de ella.
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