Las Provincias

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Las seis de la tarde
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María José Pou | 18-07-2016 | 15:35

La última promesa electoral –o quizás habría que decir “la primera” de la nueva campaña- llegó de la mano de Rajoy y se materializó en una medida concreta: que la jornada laboral termine a las seis de la tarde.

La conciliación familiar es un tema muy agradecido en términos de apoyo social. ¿Quién va a reprochar el esfuerzo por lograr que los ciudadanos puedan compaginar su trabajo con su vida personal? Lo de las seis suena bonito pero no es más que humo. La solución no pasa por el horario sino por el concepto; hay que cambiar horas por productividad. Las horas no aseguran el buen trabajo pero tampoco la jornada reducida facilita la conciliación. Se trata de modificar la forma de valorar la dedicación de un trabajador que hasta ahora ha sido su capacidad para “echar horas”. Aún hoy consideramos mejor empleado al que llega primero y se va el último que a quien reduce su almuerzo a diez minutos y evita las conversaciones inútiles de pasillo. Y no es un problema de los jefes sino también de quienes trabajamos.

Es una de las razones que explican que una mujer, con las mismas capacidades, promocione menos que un hombre. A veces es por decisión de jefes machistas, sin duda, pero en ocasiones es porque ella misma no quiere hacerlo a sabiendas de que eso supondrá más horas, más reuniones y más sacrificios familiares. Lo acabamos de ver hace unos días con las estadísticas del Consejo General del Poder Judicial. Seis de cada diez nuevos jueces son mujeres y ellas ya alcanzan el 51% del total. Sin embargo, apenas las vemos en los grandes órganos del Supremo, las Audiencias Provinciales o la Nacional. El caso demuestra que cuando hombres y mujeres son medidos por el mismo patrón, ellas ofrecen las mismas capacidades que ellos. La promoción, sin embargo, no exige solo capacidad sino disponibilidad y ahí se ve el abismo entre ambos.

La realidad está exigiendo un cambio de modelo, no solo de horario. Mejor que reducir la jornada sería plantear flexibilidad horaria; premiar a las empresas que valoran la productividad y no la dedicación, y subvencionar servicios dentro y fuera de la empresa. ¿Por qué guarderías y no centros de día para adultos dependientes? Esa diferencia es discriminatoria y refleja una miopía social que tendría que revisar Javier Maroto, el artífice de la propuesta que presentó Rajoy. Igual que en educación debería enterrarse el modelo de concertación cambiando las subvenciones a los centros por ayudas a alumnos en función de sus circunstancias, en términos laborales deberían buscarse métodos de ayuda al trabajador en aquellas realidades familiares que le impiden dedicarse más a su tarea, sean niños pequeños, dependientes, ancianos o enfermos crónicos. Para eso hay que revisar el modelo por completo, no imponer una jornada a la que quizás solo los funcionarios podrán sumarse. Y no todos.

Sobre el autor María José Pou
Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.

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