Las Provincias
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Autor: pouamerigo
Las seis de la tarde
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María José Pou | 04-04-2016 | 5:28| 0

La última promesa electoral –o quizás habría que decir “la primera” de la nueva campaña- llegó de la mano de Rajoy y se materializó en una medida concreta: que la jornada laboral termine a las seis de la tarde.

La conciliación familiar es un tema muy agradecido en términos de apoyo social. ¿Quién va a reprochar el esfuerzo por lograr que los ciudadanos puedan compaginar su trabajo con su vida personal? Lo de las seis suena bonito pero no es más que humo. La solución no pasa por el horario sino por el concepto; hay que cambiar horas por productividad. Las horas no aseguran el buen trabajo pero tampoco la jornada reducida facilita la conciliación. Se trata de modificar la forma de valorar la dedicación de un trabajador que hasta ahora ha sido su capacidad para “echar horas”. Aún hoy consideramos mejor empleado al que llega primero y se va el último que a quien reduce su almuerzo a diez minutos y evita las conversaciones inútiles de pasillo. Y no es un problema de los jefes sino también de quienes trabajamos.

Es una de las razones que explican que una mujer, con las mismas capacidades, promocione menos que un hombre. A veces es por decisión de jefes machistas, sin duda, pero en ocasiones es porque ella misma no quiere hacerlo a sabiendas de que eso supondrá más horas, más reuniones y más sacrificios familiares. Lo acabamos de ver hace unos días con las estadísticas del Consejo General del Poder Judicial. Seis de cada diez nuevos jueces son mujeres y ellas ya alcanzan el 51% del total. Sin embargo, apenas las vemos en los grandes órganos del Supremo, las Audiencias Provinciales o la Nacional. El caso demuestra que cuando hombres y mujeres son medidos por el mismo patrón, ellas ofrecen las mismas capacidades que ellos. La promoción, sin embargo, no exige solo capacidad sino disponibilidad y ahí se ve el abismo entre ambos.

La realidad está exigiendo un cambio de modelo, no solo de horario. Mejor que reducir la jornada sería plantear flexibilidad horaria; premiar a las empresas que valoran la productividad y no la dedicación, y subvencionar servicios dentro y fuera de la empresa. ¿Por qué guarderías y no centros de día para adultos dependientes? Esa diferencia es discriminatoria y refleja una miopía social que tendría que revisar Javier Maroto, el artífice de la propuesta que presentó Rajoy. Igual que en educación debería enterrarse el modelo de concertación cambiando las subvenciones a los centros por ayudas a alumnos en función de sus circunstancias, en términos laborales deberían buscarse métodos de ayuda al trabajador en aquellas realidades familiares que le impiden dedicarse más a su tarea, sean niños pequeños, dependientes, ancianos o enfermos crónicos. Para eso hay que revisar el modelo por completo, no imponer una jornada a la que quizás solo los funcionarios podrán sumarse. Y no todos.

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Trucos de magia
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María José Pou | 02-04-2016 | 5:26| 0

Una de las consecuencias del impasse político en el que estamos es que, carentes de actividad y noticias sobre proyectos de futuro, fijamos la atención en cosas que de otro modo pasarían a un segundo plano. Bien lo sabe Pablo Iglesias que sigue jugando a la escenificación mediática con paseos, regalos o “robados”. En su caso no es un topless indiscreto sino unas notas pulcras y elocuentes. Hasta cuando se aparta, consigue ser el centro de atención.

Quien peor lo tiene, sin embargo, es un PP inactivo que sufre un protagonismo nada deseado, amplificado por la ausencia de guirigay. Es lo que sucede cuando en un bar ruidoso alguien intenta hacerse oír por el interlocutor y de pronto todos callan por casualidad. Su voz y lo que dice llenan el silencio ensordecedor. Y no puede evitar quedar en evidencia.

Al PP le está sucediendo eso con la Operación Taula, el Gürtel y el Brugal. Siempre hubiera estado en las portadas con los datos que vamos conociendo, pero no es lo mismo hacerlo compartiendo sumario con debates de investidura, crisis en otros partidos o cumbres europeas, que tal y como está ocurriendo. Copándolas.

Hay un aspecto, sin embargo, que le beneficia y tiene que ver con las redes sociales. A menudo, éstas se entretienen más en temas secundarios -pero jugosos- que en los grandes asuntos. Ayer, sin ir más lejos, era mucho más significativo que un empresario afirmara haber financiado ilegalmente al PP que el exabrupto de un escritor harto de la retórica izquierdista pero falto de mesura y contención en un entorno de vorágine polemista. Sin embargo, era más apetitosa la condena a éste que el análisis de aquel. Es cierto que la merece, no por decir que Ada Colau “debería servir en un puesto de pescado” sino por pensar que eso la sitúa en un lugar menos cualificado o menos honroso. Las redes sociales tienen para dos o tres días con el tema y, sin calcularlo, lo convierten en cortina de humo con la que ocultar otros asuntos más importantes.

Que Félix de Azúa sea un bocazas, un machista o un clasista no cambia nada ni de su buena literatura ni de la situación de la RAE o del país entero. Solo de su reputación. En cambio, los datos sobre presunta financiación irregular del principal partido de la Comunidad Valenciana, sobre la honradez de la “alcaldesa de España” o sobre las sospechas de una orquestación provocada para inculparla sí nos afectan a todos. La crucifixión de un escritor inoportuno a quien no le falta razón cuando cuestiona la preparación de quienes nos gobiernan pero la pierde en los modos que usa para hacerlo quedará en nada, en espuma de rápido consumo. Lo otro permanecerá durante años. Si el PP tuviera capacidad de reacción, provocaría polémicas de ese corte con mucha más frecuencia. Puro ilusionismo sin consecuencias pero con capacidad de distraer la atención de Escila y Caribdis.

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Bajo control
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María José Pou | 01-04-2016 | 5:24| 0

Dicen que para saber si alguien es periodista solo hay que mirar hacia dónde se dirige cuando hay una catástrofe. Mientras todos salen huyendo de ella, el periodista corre hacia allí. Lo mismo puede aplicarse hacia las fuerzas de seguridad, los servicios médicos o los responsables de protección civil. Ellos son quienes van en dirección contraria. Lo pensaba estos días mientras veía alguno de los vídeos grabados por los ciudadanos que se encontraban cerca de las explosiones del aeropuerto de Bruselas. Un río de gente corría despavorida buscando una salida de la maldita terminal y dejando sus maletas, los trolley para llevarlas e incluso a la gente herida en medio de la sala. En esas circunstancias no es fácil quedarse a ayudar con el miedo de que haya más bombas a punto de estallar. Lo normal es intentar alejarse todo lo posible. Sin embargo, policías, bomberos o médicos superan su temor y atienden a las víctimas de la tragedia. De hecho, no son pocas las veces que una bomba actúa de señuelo para hacer explotar una segunda justo cuando llegan los servicios sanitarios y de seguridad. Su tarea, así, es especialmente sacrificada y profesional. Lo vimos con toda su crudeza en los atentados del 11-S en los que un buen número de bomberos de Nueva York perecieron al derrumbarse las Torres Gemelas cuando intentaban desalojarlas y apagar las llamas.

En los sucesos de Bruselas, como en los de París, también hemos comprobado cómo la policía, los bomberos y los sanitarios entraban en el aeropuerto, cortaban las calles o se adentraban en una estación de metro convertida en el infierno y sin saber si los terroristas habían planificado más dolor cuando lo hicieran. Su trabajo en estos días es duro en lo físico pero sobre todo en lo psicológico. Han de hacer frente al Mal en estado puro, al que hace daño gratuito en inocentes, en niños que van a la escuela o en padres de familia que dejarán huérfanos solo por la maldita casualidad de haber cogido un metro u otro. Por muy preparados que estén para encontrarse con eso y seguir cumpliendo los protocolos, hay que tener una vocación especial para no sucumbir, para no hacerse un descreído y terminar desconfiando de la bondad humana. El encuentro de esos hombres y mujeres con sus hijos después de una jornada así debe de ser especial. Imagino que no lo mostrarán ni dejarán que se les note pero cada noche debe de ser una celebración. Ellos están preparados para aceptar que puede que algún día no vuelvan a casa, justo lo que deberíamos aprender todos. Es una enseñanza que hemos perdido desde que creímos tener todo bajo control. Ellos saben cómo mantener ese control pero también que, una vez perdido, el resultado puede ser letal. No significa dejar de pelear por evitar el daño sino tener la conciencia de ser vulnerable. Y agradecer cada segundo como si fuera el único.

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Las condenas abusivas
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María José Pou | 30-03-2016 | 5:20| 0

Una de las consecuencias de la supremacía moral de la izquierda se hace visible cada vez que un miembro de sus grupos, partidos o colectivos se ve envuelto en algún caso penal. Cuando eso ocurre, la aplicación de la Justicia es presentada como una persecución ideológica que nada tiene que ver con los hechos juzgados y condenados. El último ejemplo es el del concejal Andrés Bódalo, de Jaén en Común, que debe entrar en prisión por haber agredido a otro del PSOE. “Es inocente”, dicen sus defensores. “La condena es abusiva”, dice el aludido. Poco importa que haya un Código Penal, unos jueces y unas pruebas que hayan dicho lo contrario. Sus partidarios alegan que se está coartando la libertad de expresión. En efecto. Se hace. Pero tiene su sentido, porque mi mala opinión sobre alguien y mi discrepancia con él no pueden justificar una agresión. Tampoco la libertad creativa, que debe defenderse, puede explicar que se dañe a la infancia con unos inoportunos títeres o la libertad para considerar inadecuados los espacios religiosos en instituciones públicas puede permitir que se ofenda con intención manifiesta a quienes los utilizan legalmente.

El problema de esa izquierda es que se enfrentan a la legalidad y la moralidad desde un pedestal que les permite diferenciarlas y despegarlas. Ambas van unidas en la ley como un adhesivo al que debemos quitar el papel para pegarlo en la ventana. La legalidad se basa en lo que una sociedad considera moral pero no lo abarca todo. Para un católico es legal el aborto, pero no es moralmente aceptable. Para un miembro de la Plataforma Anti-desahucios expulsar a una familia de su casa por impago es legal pero atenta contra los principios morales de la sociedad. La diferencia de esas situaciones de desajustes entre lo legal y lo moral es la resistencia a aceptar la legalidad y los distintos modos de actuar para cambiarla. Un anti-abortista no puede quemar un centro médico donde se practiquen abortos, como a veces vemos en Estados Unidos, ni un anti-desahucios, agredir a la comisión judicial que acude a una casa para el desalojo. Tampoco puede exculparse a quien daña a un oponente político solo porque se discrepe de la ley que lo pena. El camino es cambiar la legislación, no interpretar individualmente la norma. De ser así, también Rato podría considerar abusiva la acción de la Justicia sobre él o Julián Muñoz reclamar que se le indulte por sentirse perseguido. Dice Bódalo que “el derecho a la protesta no puede significar cárcel”. Depende. Seguro que esa frase no la aplica a un “provida” que pegue puñetazos y patadas a un médico abortista. ¿No tiene derecho a protestar por una acción que considera criminal? Lo tiene, sin duda, pero no así. Eso es lo que persigue el Código Penal. No lo que piense o deje de pensar Bódalo, un anti-desahucios, un próvida o un titiritero.

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Simples ciudadanos
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María José Pou | 28-03-2016 | 5:19| 0

Los terroristas no ganan las batallas en el frente. Ni siquiera cuando el frente de batalla está en cada plaza y cada parada de metro. Ellos vencen en la retórica, las palabras y la narración histórica. Lo hemos visto estos días en Bruselas por mucho que algunos, como el alcalde Ribó, se empeñen en explicar el yihadismo en la acción de Occidente y la foto de las Azores. No es ajena su existencia a una intervención desafortunada de algunas potencias occidentales pero el extremismo radical y violento existiría sin que Aznar se hubiera hecho un inoportuno selfie avant-la-lettre con Bush y Blair. Reducir todo el fenómeno de los puristas del Islam, que pretenden imponerlo a sangre y fuego, a las guerras que Occidente se ha propuesto ganar en Oriente Próximo es ignorar sus propias raíces anteriores al nacimiento del presidente honorario del PP y las luchas de poder en territorio afgano. En cualquier caso, aunque el imperialismo y hasta la subvención de grupos locales para contrarrestar a Rusia durante la Guerra Fría hayan tenido influencia en la gestación del Daesh o de Al Qaed, es demasiado simplista establecer una relación causa-efecto tan pobre. Y lo que es peor, alimenta la retórica terrorista. Una cosa son los errores estratégicos de Occidente y otra, la justificación que un asesino encuentra de sus acciones. Ayer mismo lo vimos en ETA y su condena de los atentados de Bruselas. Dice la banda que son rechazables esas matanzas por dirigirse contra “simples ciudadanos”. Debe de ser que los 22 niños a los que ETA ha arrebatado la vida eran peligrosos estrategas militares y los 60 a los que ha mutilado o herido, como Irene Villa, eran terribles enemigos dispuestos a impedir el triunfo de la Confederación de Estados Vascos, en palabras de Iñigo Urkullu durante el Aberri Eguna.

Con su condena ETA, lejos de mostrar un talante nuevo y una reconversión nacida de su derrota, solo confirma lo que ya sabíamos: que el terrorista mata y luego se justifica. No al revés. Y no deberíamos aceptar como “simples ciudadanos” solo a los niños, trabajadores de autopistas o panaderos. También los policías nacionales, los jueces o los militares muertos en sus atentados lo eran. Como lo son las víctimas de Bruselas. Nadie ha declarado una guerra, sino los terroristas contra el mundo entero. Todos los ciudadanos libres que no queremos un modelo único y totalitario somos objetivos y enemigos. Y la policía, los militares o los servicios de espionaje están para garantizarlo. Por primera vez, las guerras se libran en las calles porque no buscan conquistar territorios sino almas. El terror quiere romper la convivencia, como ocurrió en el País Vasco y ayer mismo en la plaza de la Bolsa de Bruselas. Solo así conseguirá imponer su modo de vida. Por eso la unidad es la única respuesta eficaz, aunque sea a largo y amargo plazo.

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Sobre el autor María José Pou
Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.

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