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La indignación valenciana

La indignación en Valencia no lleva coleta pero tiene nombre de mujer. No habla de la “casta” pero tiene identificados a sus propios “malos”. No es fruto del 15M pero se ha nutrido de él. Los indignados de Valencia han respaldado algunas opciones de oposición fuerte y mediática en estas elecciones, pero ninguna como la representada por la candidata de Compromís, Mónica Oltra. Ella introdujo la política de eslóganes y camisetas, de denuncias y terremotos verbales, cuando Pablo Iglesias y Errejón aún andaban cambiando el bollycao por el calimocho. Sin embargo, nunca como anoche su coalición había conseguido un protagonismo tan notable. Los de Compromís han pasado de teloneros a prima donna en solo una legislatura y sin sufrir la condición de bisagra en todo ese tiempo. En especial, durante los últimos meses. La labor de Oltra ha sido constante en estos años cultivando una imagen dentro y fuera de la Comunidad Valenciana y marcando un perfil personalísimo que, incluso, podía haber perjudicado a su propia formación. Su presencia en las televisiones fue un riesgo con final feliz. Podía haber desencadenado una parodia caricaturesca de sí misma pero eso no llegó a suceder.

El ascenso se aceleró sobre todo en los últimos meses, tras resolver la guerra de egos que pende siempre sobre la cabeza de toda coalición. Salió bien la jugada. Mónica Oltra se ha convertido en el azote de corruptos que conoce el terreno, el discurso, el quehacer de los mass media y la fibra sensible de los valencianos. Un cóctel de éxito en el momento oportuno y en el lugar adecuado. Ha sabido moldearse para ser catalizadora de un sentimiento retroalimentado por su propia campaña. Como las nubes de tormenta que anuncian lluvia pero crecen tomando agua del mar. Dispuesta a dejar caer el chaparrón pero después de haberlo engordado con ese mismo anhelo.

Hace cuatro años, Mónica Oltra era el elemento anecdótico, curioso y llamativo de una política valenciana centrada en la bipolaridad de PP y PSPV. Hoy es la triunfadora de la noche electoral. Como ya anunciara el CIS, llegó al 24M siendo la líder con más posibilidades de ser presidenta de la Generalitat, a tenor de la valoración que los ciudadanos. Los resultados de anoche confirman que muchos lo veían así. Casi el triple que hace cuatro años. Oltra escenifica como nadie el cambio que ha habido en la Comunidad Valencia durante la última legislatura. El hundimiento de los grandes partidos y la fragmentación y llegada de nuevas opciones, como Podemos, ha hecho que entre todos sobresalga la más consolidada, con una experiencia parlamentaria de la que no pueden presumir los novatos de Les Corts. Ha tenido clones durante los últimos meses, como Ignacio Blanco, que creyó tocar con las puntas de los dedos el cielo a cuenta del caso Rus, pero que vio cómo el espejismo duró poco. Lucha de renos que hacían chocar las cornamentas a las puertas de la Fiscalía anticorrupción.

Todo lo contrario de Antonio Montiel, la indignación contenida, que ha subido con el impulso de Podemos y no al revés. No es él quien ha arrastrado el voto en la Comunidad sino “el niño de las coletas” y su mensaje mesiánico de una nueva glaciación que se avecina sobre los adoradores del becerro de oro. Se acabó, pues, vivir de ese tirón. Ahora le toca a él hacerse una imagen, un rol en Valencia y una personalidad definida que lo diferencie de Compromís pero le dé una oportunidad en el juego de las sillas que está a punto de comenzar. La situación que se abre ahora es distinta a la de hace tan solo quince días. Los egos pueden ser sometidos durante un tiempo limitado y por una buena causa. El poder es la mejor de ellas. Sin embargo, su reparto -una vez obtenido- puede hacer saltar todo por los aires. Antonio Montiel es el reverso de Oltra. Pausado y desconocido; técnico y reflexivo. Profesor y alérgico a demagogias efectistas. Un contrapunto difícil, interesante y novedoso. Su reto, ahora, es justificar la existencia de dos modos de vivir la indignación. De lo contrario, el tsunami Oltra podría devorarlo en muy poco tiempo.

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Tarde de madre (homenaje a la Virgen, en el Besamanos)

Tarde de madre y Madre.

Tarde de visita a la Virgen

con la madre en volandas sobre su silla de ruedas.

Llegué ante la imagen y la deposité a sus pies,

y la dulzura de su mirada me pareció que se contagiaba

y sus brazos la abrazaban y la levantaban y la besaban.

Luego miré y seguía allí, inmóvil la Madre,

emocionada la madre.

La volví a sentar y me la llevé.

Nadie creerá en esa escena sentida,

pero yo sé que Ella la abrazó y la bendijo.

Yo me limité a mirarla a los ojos

y a pedirle en silencio:

“cuando tengas que llevártela

hazlo como hoy,

que apenas me dé cuenta,

que ella no lo note

y que al final me quede la dulzura de tu mirada

y sepa, al verla, que ella me mira también”.

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Sobre el autor María José Pou
Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.

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