Las Provincias
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Autor: Lidón Sancho
Pensar más allá de toda imagen
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Lidón Sancho | 11-04-2017 | 2:51| 0

Mi tatuador ―que es para mí como un médico que saca a la luz retazos de mi alma que ansían ver la luz del mundo― estuvo enseñándome el otro día unas obras pictóricas suyas; en una de ellas aparecía Marilyn Monroe mirando al frente, con la mandíbula ligeramente levantada y su boca entreabierta en una posición adelantada que desafiaba abiertamente a quien la observaba. El autor me miró y me preguntó: «¿Qué opinas de esta mujer?». Yo había visionado la obra brevemente pero en mi cabeza surgieron de repente miles de imágenes distintas y múltiples de la tentación rubia. Recordé que, hace tiempo, estuve ojeando un documental sobre su vida en el tren de camino a Barcelona. Lo escuché sin volumen, intentando que el sueño me venciera y creo que eso hizo que se me grabaran a fuego en el inconsciente esos fotogramas en blanco y negro de Monroe acercándose a la lente de la cámara, con esos ojos entrecerrados de gata y sus labios apretados en un beso invisible.

La mirada perdida de Marilyn

La mirada perdida de Marilyn

Le respondí que me parecía un icono sexual muy potente. Su sutileza en el movimiento y exuberancia corporal eran, sin duda, rotundas. Él me miró largamente y me respondió: «¿Ves lo que le he escrito en el pecho?», me dijo señalando el cuadro. Entre clavícula y clavícula aparecía la expresión prostituta política. Entonces me adujo que, para él, se convirtió en una vulgar ramera en cuanto supo que se acostaba con dos hermanos a la vez (concretamente de la poderosa familia Kennedy).

No corran tanto en juzgar a mi tatuador: es un tío inteligente y culto; él no la demonizaba por su promiscuidad sino por su falta de sinceridad para con sus amantes. Ninguno de ellos supo de la relación con el otro y, según la teoría de la conspiración, eso la llevó a la muerte por la vía menos dolorosa y más femenina: un montón de pastillas y whisky. Vino entonces a mi mente un libro titulado Ética promiscua, escrito por las autoras Doisse Easton y Janet W. Hardy, en el que ambas plantean la existencia de unas normas dentro de una vida sexual activa que se formula fuera de las rígidas leyes de la monogamia y el matrimonio.

Con todo, esta experiencia me ha llevado a tres ideas fundamentales; la primera es corroborar el gozo que supone observar una obra de arte frente a su creador. No solo hace acto de presencia nuestra relación íntima con la pieza sino que, además, se nos aporta información adicional que genera conexiones con otros campos distintos del arte (algo por lo que luchamos cada día, y a veces salimos muy heridos, los educadores en arte).

La segunda reflexión viene dada por ese salto cuántico de observar una obra a acordarme de un libro que me ha hecho plantearme de manera reveladora (y tentadora, no me lo nieguen) de la existencia de una moral en una orgía sexual desenfrenada donde hombres y mujeres viven, follan y aman juntos formando un gran nudo y, además, llevándose divinamente.

La tercera idea es más preocupante… ¿Qué iconos hemos ensalzado en nuestra sociedad contemporánea? ¿Son dignos y dignas de semejantes escaparates que observamos impávidos? ¿Los evaluamos, alguna vez, desde la crítica? Me da la sensación de que son solo espantapájaros que colocamos en nuestras vidas para espantar nuestra propia mediocridad pero que, en el fondo, son tan mezquinos y poco glamurosos como todas las personas que habitamos en el mundo. También son humanos, claro, y también tienen virtudes a destacar; sin embargo, creo que elegimos mal los iconos que seguimos, o, ¿es que acaso no ven la televisión? No hacemos más que generar programas televisivos de los cuales salen unos personajes que dan ganas de detonar todas las cabezas nucleares de todos los silos existentes.

Es cierto, exageré. La sociedad se encargará de hacer su propia criba, aunque me temo que será una selección desigual: sobrevivirán los personajillos y personajillas de fama efímera y flaca cultura frente a las miles de personas que, con un doctorado a sus espaldas, se convierten cada día en anónimos camareros y en anónimas limpiadoras; o aquellas personas que sin estudios pero mucho espíritu autodidacta y muchas horas de trabajo en sus manos mudan en invisibles ejemplos a seguir. Esas mentes brillantes son las que deberían convertirse en nuestros baluartes pero también son las más sensibles a la injusticia: no tolerarán mucho más los mecanismos funestos que construyen nuestro actual modo de vida. En esta sociedad que ensalza la vulgaridad cultural, acabarán tragándose un bote de opiáceos con bourbon, viendo Gran Hermano a todo volumen y con la absoluta desesperanza en la raza humana como postrero pensamiento.

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Menos es más
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Lidón Sancho | 05-03-2017 | 5:24| 0

Ahora que hemos pasado la vorágine de ferias de arte contemporáneo y que la opinión general comenzará a repetir, cual mantra, que muchas personas que han asistido a las mismas no van a recordar absolutamente nada de lo que han visto, me atrevo a romper una lanza a favor de ciertos planteamientos comisariales que han evitado una desmemoria colectiva, inevitable en ocasiones ante la sobredosis de oferta.

El silencio cultural tras las ferias dispersa la ingente cantidad de información visual, táctil y auditiva de las pinturas, esculturas, instalaciones e imágenes colgadas de las paredes, del techo, del suelo, incluso habitando pantallas de plasma que nos proyectan sin cesar un código oculto que debemos descifrar. Sin embargo, cuando la coherencia a la hora de estructurar temática y visualmente una serie de obras hace acto de presencia, existe el milagro que todas las personas que nos dedicamos al arte deseamos: que en cada retina de cada persona se haya grabado a fuego una experiencia estética, imposible de derribar. Y ahí es donde Carlos Delgado Mayordomo―comisariando el programa One Project de la feria ArtMadrid― y Alberto Cornejo Alcaraz ―como director de la feria― entran en escena, aportando tres líneas de acción fundamentales: fluidez, coherencia y calidad; son términos difíciles de medir o de pesar, palabras polémicas a veces (¿calidad? ¿quién determina la calidad?) pero sencillas si las decimos desde la orilla del sentido común, de la pulsión, de la intuición creativa que todos los seres vivos (sí, absolutamente todos, como dijo Joseph Beuys) sentimos bailando en nuestro espíritu.

La obra de Irene Cruz, onírica y simbólica

Y me muerdo las uñas, mientras intento evitar la comparación odiosa con la gran bestia llamada ARCO, tan bella y tan demoledora, tan gigantesca que te aplasta bajo su peso, y tan sublime que te ciega… y no puedo evitar asentir con la cabeza y creer casi secretamente que menos es más, siempre. Carlos Delgado ha apostado por un proyecto comisarial que proyecta una trayectoria directa al corazón de quien la ve. Paseando por sus stands, me siento sosegada, casi en paz y sé que ese sentimiento proviene de un planteamiento ricamente elaborado que sublima la experiencia allí vivida y que son fruto tanto de Carlos Delgado como de la dirección de la feria comandada por Alberto Cornejo, apostando por una plataforma sólida y caleidoscópica en un espacio luminoso e inspirador.

No voy a demonizar a ARCO. Creo firmemente que existen propuestas, piezas y proyectos francamente interesantes dentro de ella. Pero, entiendo que la gente se vaya con la sensación de haber comido demasiado y dolerle el estómago después de ingerir tanta pintura, escultura, performance y demás mientras intentan no dejarse ninguna parte del stand sin mirar (que son como gigantescos cubos de Rubik que intentamos encajar gramática y semánticamente para llegar a un significado posible o válido para nuestra consciencia).

Tal vez nuestro cerebro, aún en una escala ínfima de evolución ante su verdadero potencial, necesita aún ese salto cuántico para absorber cada partícula de arte que ha vibrado estos días en Madrid y sublimarlo y sentirlo en la piel como se siente el primer amor o el deseo sexual, inevitable ante una mirada impecablemente brillante… Carlos y Alberto han sido magos esta vez de lo casi imposible de conseguir: vivir el arte.

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El cómplice es inocente
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Lidón Sancho | 23-01-2017 | 8:21| 0

Si a alguien se le ocurre comentar en estos meses que eliminar la filosofía de la rama de ciencias ―tanto para el curso académico como para el nuevo examen de selectividad― no acarreará consecuencias graves en el alumnado (futuros y futuras ciudadanas, por si se nos había olvidado), voy a contarles un cuento… de terror, obviamente.

Érase una vez un alumno de ciencias que andaba ensimismado en clase de inglés. Pensaba en un hecho acaecido hace poco en su ciudad que le había dejado con un resquicio de asombro y duda. Finalmente, se atrevió a verbalizarlo a su profesora:

―Profesora, ¿sabe que mataron a un hombre en nuestra ciudad?
―¿De veras?― la profesora detuvo su escritura en la pizarra y se volteó para escucharle.

Entonces, el alumno le contó que fue un ajuste de cuentas entre un deudor y su prestamista que acabó en un crimen digno de retratar en La huella del crimen; empezó con una paliza recordatoria y acabó en una mutilación múltiple (mediante una herramienta muy autóctona: un hacha) y cuarenta y cinco minutos de agonía de la víctima, semienterrada y desangrada hasta la muerte. Los autores del crimen, tres chavales de 20, 17 y 14 años. El más joven iba al instituto del alumno; una cercanía que dejaría azul al más valiente de los padres y madres. Y ahora viene lo gordo del asunto: al alumno le parecía inexplicable que casi le hubiese caído los mismos años de reclusión a un colega de instituto de 14 años por ser tan solo cómplice, como si no empuñar el hacha pero observar impertérrito cómo otros rematan la faena fuera justificable. Aquí, gentes de bien, es donde la ética juega un papel capital (insertar la filosofía aquí, como decían las recreativas: insert coin here). Le costaba entender un término casi olvidado entre la gente joven y no tan lozana: la responsabilidad moral.

La profesora le explicó que las decisiones de cada individuo son cruciales, y en casos extremos, deciden la vida o la muerte de una persona. Si a ese cómplice se le hubiese ocurrido darle un mamporro al leñador asesino, la víctima sería ahora una persona viva. Si al testigo del ese delito de sangre tan funesto se le hubiese dado filosofía (una rama que sirve para aprender a pensar, reestructurar y gestionar pensamientos complejos y no para citar autores griegos como un maldito snob) entendería el concepto del bien y del mal, de lo correcto e incorrecto y, sobre todo, de las consecuencias de sus actos. Y ahora, como una justificación velada muy típica de nuestro tiempo para eludir responsabilidades, leo que uno de ellos era un sociópata que lo tenía ensimismado al pobre chaval de 14 años… Es que la ética también sirve para diferenciar a los manipuladores emocionales y saber deshacernos de su influjo. Pero claro, los de ciencias eso no lo necesitan porque se ve que si le cantas la tabla periódica a un sociópata, este se desvanece como Drácula con la luz del sol: los de ciencias no necesitan moral. Las personas de letras debemos ser unas viciosas y corruptas por leer tanto a Baudelaire y necesitar filosofía a mansalva.

Luego vino algo mucho más terrorífico, cuando el alumno saltó al otro lado de la balanza y creyó que el incumplimiento de la responsabilidad moral debía desembocar en la silla eléctrica.

―Nadie tiene el poder de quitarle la vida a otra persona, ni siquiera las instituciones carcelarias― sentenció la maestra.
―¿Y si ha matado a veinte personas?
(La cantidad es un factor contemporáneo muy importante…)
―La única persona que tendría derecho a matarte es tu madre porque te ha dado la vida. Y debería matarte a collejas por haber suspendido ocho asignaturas, cenutrio.

Y, así, el alumno continuó en silencio con sus divagaciones entre la gramática inglesa y los delitos de sangre. La profesora se quedó con una sensación agria en la boca de desesperanza y pánico. La filosofía, fundamental para la construcción del pensamiento lógico y ético, desaparecerá de las mentes del futuro junto con Economía (para no entender la influencia financiera de nuestras sociedades), Historia del Mundo Contemporáneo (para no conocer los errores que no deberíamos repetir) y Literatura Universal (para no estetizarnos demasiado ni volvernos demasiados crític@s). Y entonces se acordó de su sentimiento de estupidez cuando no lograba entender las derivadas en Matemáticas… Y se sintió aliviada porque el alumnado de ciencias, a partir de ahora, tendría un problema mayor: no saber pensar.

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José Luis Serzo, explorador de corazones.
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Lidón Sancho | 01-09-2016 | 5:29| 0

Veo a un hombre sentado frente a mí, integrado en una conversación ligera y parece que está ahí, que puedo estirar mis manos y tocar su presencia con la yema de mis dedos… luego veo su mirada, una mirada que contiene un orbe mágico que te atraviesa cada fibra de tu cuerpo y entonces comprendo que está más allá de la distancia que mis manos pueden alcanzar fácilmente, igual que su manera de hacer arte: tan cercana y tan distante, tan presente y tan onírica, jugando con la dualidad de los seres, haciendo justicia a la belleza perdida. Pero este no es José Luis Serzo, sino mucho más, tan cercano y tan insondable como el océano sereno y oscuro.

Su visión artística va unida piel con piel con la necesidad de contar una historia, con la construcción de un universo metafórico. Sin embargo, nos olvidamos que las metáforas no viven exclusivamente en ese mundo inteligible en el cual Platón ansiaba volver sino que son un mero reflejo de nuestro propio mundo. Serzo busca reparar el daño causado a ese planeta, al que hemos convertido en ingrato y traicionero, mediante el don sublime y brillante que nace de su corazón. Ha caminado una senda muy conocida para todas las personas que habitamos aquí, con el dolor y la alegría acompañándonos en el caminar y agriando o endulzando nuestra copa de la vida; pero la vida es como es y Serzo, consciente al cien por cien de cada chispa energética del entorno, plasma con una maestría mágica los problemas y las superaciones del día a día que son, al fin y al cabo, la suma de nuestra existencia.

La magia de Serzo hecha imagen.

La magia de Serzo hecha imagen.

El artista glorioso usa las emociones y el corazón como maquinarias al servicio de la creación artística para la mejora de las sociedades. Pero el artista que compone sus obras desde la oscuridad del corazón sólo sirve al propósito de emponzoñar nuestras gargantas; por muy buenas intenciones que tenga, el infierno está lleno de ellas. Sembrar la desidia, la discordia, la muerte, el hedor de nuestras almas no ayudará a elevar nuestro estado de consciencia, pues así sólo estaremos alimentando al lobo equivocado. José Luis Serzo ha detenido esa dinámica en el arte contemporáneo de darnos latigazos a la espalda y se ha erigido como baluarte de las historias que hablan de esperanza para el ser humano, usando además una técnica (la pictórica) tan vilipendiada por los artistas actuales. Y nadie puede reprocharle absolutamente nada porque su valentía, su destreza y su capacidad para amar ha enmudecido al mundo. Sus obras son un flechazo directo al corazón, una celebración de lo bueno que hay en nosotros y nosotras. Serzo bucea por nuestra alma en busca de la inocencia perdida, en busca de la luz que somos y que se ha escondido en lo más profundo de nuestro ser, asustada por la creencia de que somos sólo oscuridad. Y miramos sus piezas artísticas y volvemos a enamorarnos de la vida y empezamos a asumir sus contradicciones. Entonces, nos volteamos y vemos no sólo al artista sino al hombre, con su inmenso corazón y la esperanza brillando sobre su cabeza, y nos enamoramos también de José Luis Serzo.

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Falsos ídolos
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Lidón Sancho | 25-07-2016 | 4:37| 0

La capacidad de captación de público me parece cada vez más beligerante; bueno, no debería utilizar la palabra captación en esta frase, más bien engaño, pues a lo que me enfrento en estas líneas que siguen no es más que poner en énfasis cómo los mensajes publicitarios usan las herramientas artísticas y los procesos de imágenes contemporáneas como reclamo hipócritamente inocente.

Paseando frente a la Plaza de Toros de Valencia, un monumento tosco y rudo hecho de ladrillo que se asemeja pálidamente al Coliseo Romano (y dónde sólo torturan animales y no gladiadores, no se preocupen) me fijo en la nueva campaña de captación (perdón, de engaño) de público para la nueva temporada taurina. Son grandes carteles colgados a lo largo de la fachada de la plaza que me recuerdan, en un primer golpe de vista, a las obras del artista Roy Lichtenstein, un genio a la hora de plasmar la técnica usada en el grafismo del cómic en sus obras de gran formato…ilusa de mí…

Cuando me detengo y miro con más atención veo que los publicistas han aprovechado la estética de dichas obras gráficas para anunciar los actos que van a darse lugar en el recinto. Le pregunto a mi marido, que caminaba a mi vera, qué es lo que buscaban estos genios del panfleto, no porque yo no supiese la respuesta (que luego supe que efectivamente no la sabía completamente) sino para que me diese su punto de vista. Mi primera creencia fue pensar que era una simple llamada de atención a un sector más joven para que ocupara filas en su Coliseo cañí y dar un aire fresco a algo tan caduco y tan salvaje. Mi pareja mira más allá de la plaza y ve posicionado encima de las taquillas otro cartel que reza: «Acércate a tus héroes» acompañado de figuras de toreros, rejoneadores y demás farándula, presentando al grupo como si de un cómic de superhéroes se tratara. ¿Buscan captar gente joven? Sí, por supuesto, pero también una clase social más de los cuarenta y para arriba que hemos crecido en esa franja friki a las que muchos y muchas les daba alergia entrar cuando iban al instituto y preferían ser los guays de la clase llevando ropa pija y escuchando a los malditos Hombres G.

Héroes a mi...parafraseando a Hulk.

Héroes a mi...parafraseando a Hulk.

¿Héroes? ¿Perdón? A estos publicistas tan tan simples, ¿no se les ha ocurrido un eslogan que sea tan vergonzoso y tan humillante para los tiempos que corren? Se han atrevido a llamar héroes a unos individuos que cobran sumas millonarias, se benefician de subvenciones europeas, maltratan y torturan animales durante su jornada laboral y algunos incluso venden alguna que otra exclusiva con muchos ceros mientras la pobreza infantil suma enteros en nuestro país. En serio os lo digo: que me parece muy bien que haya gente muy rica gastando champán en vez de agua para bañarse en sus bañeras de mármol pero no confundamos los términos, por Zeus os lo pido. A las personas pobres, a la clase media que sólo nos queda la terminología para saber qué es verdadero y qué es una patraña y que ya la filosofía medieval del nominalismo se lo curró pero bien para poner nombres a las cosas sin armarse un lío con Dios, no nos toméis el pelo. Porque los héroes, al menos para mí, son gente que ni cobra esas millonadas ni tortura animales en pos de una tradición cavernaria. Para mí los y las héroes son aquellas personas que recogen animales abandonados en las calles y, sin apenas dinero, los acogen y los cuidan; a los servicios médicos que trabajan con el material que pueden (y no que tienen), a las madres y padres que se desgañitan por darles una comida al día a su prole, al cuerpo de bomberos que se dejan la piel por detener los incendios, al profesorado que se busca la vida para dar calidad educativa a su alumnado, al que tiene palabras de aliento para los desterrados sociales mientras ellos se sostienen con un pie ya alcanzando el acantilado del olvido social. Vamos, no me jodáis con vuestra publicidad de mierda, que aún sé lo que significa cada definición en vuestro mundo de rosas y champán.

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Sobre el autor Lidón Sancho
Este blog ha sido creado con un fin poco usual: hablar sobre arte contemporáneo real, práctico y claro. También para perderle el miedo a las exposiciones, así como criticar la gestión cultural de nuestras instituciones museísticas. Y se hablará no sólo de ARTE sino también de cuestiones sociales y reflexiones sobre la gestión que hacemos de la educación y la cultura en el mundo.