Las Provincias

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Amancio Ortega, la infamia y el valenciano de los 2.000 tumores
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Paco Huguet | 31-03-2017 | 16:22


Dos formas opuestas de encarar las cosas. Y más tratándose de una cosa tan delicada en el trato como el cáncer. En menos de un día. El infame Paco Sanz, aunque lo de infame pueda quedarse corto, en el vídeo repugnante en el que pedía ayuda. El presunto estafador y también acusado de blanqueo de dinero y apropiación indebida (que, para entendernos, son delitos relacionados con lo que viene siendo robar) se cachondeaba en las grabaciones de sus falsedades de las personas de buena fe que prestan su dinero para que él combata sus supuestos 2.000 tumores. Y apenas unas horas después se conoce que Amancio Ortega, el hombre más rico de España, y según Forbes uno de los más adinerados del mundo, dona 320 millones para equipamientos de diagnóstico y tratamiento oncológicos.


El presunto ladrón Paco Sanz (lo de presunto, ya saben, es porque ya se verá si se demuestran los delitos de estafa, blanqueo y apropiación) pedía donaciones de dinero. Y en las ‘tomas falsas’ o material cortado se mofaba de la gente. «Necesito vuestra VISA y billetitos morados», se burlaba en el vídeo alentado por su novia, una joven también acusada de dos delitos relacionados con el latrocinio. Que menuda pajarita la chica, a sus 19 añitos. ¿Qué televisión habrá visto esta muchacha? ¿De dónde surgirá tremenda ambición? ¿Qué educación habrá recibido? Y no nos referimos sólo a la educación escolar (ya sea pública, concertada oprivada), sino también a la familiar, a la de su entorno social.

Paco Sanz, presunto estafador y acusado de blanqueo y apropiación indebida.Gentuza como Paco Sanz y la pajarita de 19, ejemplos de parte de esta Españistán, son una muestra evidente pero exagerada de la historia de este país. Del ladronzuelo, del pillo, del pícaro. Eso sí, llevado al extremo y en una época como la actual en la que el Estado (en el sentido de todos los ciudadanos) no permite que nadie, o casi nadie, se muera de hambre, frío y desatención. No lo permite o al menos no debería. Hartos de ver tanta podredumbre social, no faltan las voces que rápidamente clamaban por la cadena perpetua para este sujeto e incluso la pena de muerte. Olvidaban estos el principio de que el delito y su pena deben estar proporcionados. Otra cosa, y ahí puede estar el asunto, es reclamar una vez se hayan demostrado los delitos que se impongan las penas en su grado máximo y que no haya beneficios o reducciones penitenciarias. Aquí, y para simplificar el argumento, se trataría de aplicar otro principio, el de ejemplaridad del castigo, y reforzar su carácter disuasorio. Por decirlo en corto: que ya está bien de chorizos.

Porque al margen de la mayor o menor gravedad de los delitos se ha generado un daño, enorme, a la convivencia social, al sentido de ayudar al prójimo, al necesitado. Al ejercicio solidario. A la puesta en práctica de la humanidad de toda persona.

El caso de Paco Sanz y el de Amancio son muy diferentes, pero a ambos los han puesto casi igual de tibios. A uno por dedicar, presuntamente (es obligado recordarlo) gastarse en farras la pasta y al otro, por dar su pasta para combatir el cáncer.

Aunque parezca mentira existe otro punto de conexión con el anuncio de la donación de 320 de Amacio Ortega, el mandamás de Inditex y de marcas como Zara. ¿Habría espacio para las estafas que se le atribuyen a Sanz si hubiera un sistema sanitario público que cubriera sus tratamientos, ya sean estos tratamientos presuntos o no, reales o ficticios, que ya es lo de menos?

En términos generales, no deja de ser bueno que alguien que pueda permitírselo, como ocurre con Amancio, ayude a la sociedad dando dinero contra el cáncer. Poca discusión seria puede haber ahí más allá de quién debe decidir a qué área se destina el asunto o si sería más necesaria, o urgente, esa inversión en otros campos, siempre según unos parámetros más o menos discutibles.

Amancio Ortega, fundador de Inditex.

Amancio Ortega. / Efe

Otra cosa, también muy típica del españistaní de toda la vida, es criticar por otra vía a Ortega, que destina a lo que le da la real gana el dinero que acumula. En algunos casos, lo de rajar al prójimo viene en el ADN ibérico y en una bilis interna que emerge por diversas razones como las propias inseguridades o simplemente por envidia. Seguro que conocerán casos de estos en su mismo círculo, ya descritos en los clásicos griegos.

Otras veces, afortunadamente, la crítica puede estar más o menos argumentada. Un ejemplo podría ser parecido al siguiente: y si Amancio es tan bueno y altruista, ¿por qué no gana su dinero de otra forma? ¿Por qué no de otra forma más noble? Alguien podría preguntarse, ¿por qué Amancio no ‘devuelve’ a los españoles este dinero de otra forma? Por ejemplo, seguro que a miles de parados de este país del sector textil les gustaría coser la ropa de Zara o Massimo Dutti. Lo que pasa es que eso tendría unos costes de producción más elevados y Ortega no dispondría de esos 320 millones entre sus ganancias para repartir a través de su Fundación. La respuesta de Amancio, podría ser muy sencilla: es su dinero y se lo gasta en lo que le viene en gana.

Esos costes de producción, llamados impuestos, servirían tanto evitar que personajes viles como los el presunto estafador Paco Sanz se atrevieran a hacer esas cosas. Gentuza son, tanto él como la novia y su madre: eso ya se ve en las ‘tomas falsas’ de los vídeos, al margen de que hay habido delito y se pueda demotrar su autoría.

Producir en España, en lugar de Vietnam o Birmania o donde carallo se fabrique o se subcontrate de aquella manera, podría suponer repartir el dinero de una buena manera, a ser posible por Gobiernos capaces e incorruptos, como el brazo de San Vicente. Esa inversión moviéndose desde un principio en este país, como diría más de un economista, supondría mayor beneficio más allá de que pudiera acabar en algo que toca tanto el corazón como el diagnóstico y el tratamiento oncológico. O la investigación, que también podría haberle dado por ahí a Amancio. Ahora bien, habrá que preguntarse por qué estas empresas acaban marchándose a otros países (sin protección social ni apenas un Estado propiamente dicho) y por qué no les resulta más rentable quedarse en su país. Habrá que preguntarse eso y darse cuenta de lo difícil que resulta encontrarle solución justa.

En todo caso, no nos confundamos. Mano dura por medio de la legalidad para las estafas y ‘robos’ como los que se atribuyen a Paco Sanz, si es que se han producido. Rechazo social al límite para las mofas de Sanz, su madre la que baila y la que sería su pareja. Y bienvenidos los 320 kilos de Amancio aunque, puestos a pedir, ojalá fueran invertidos de otra forma y quizás mejor.

 

 
Amancio Ortega, la infamia y el valenciano de los 2.000 tumores

Sobre el autor Paco Huguet
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