Las Provincias

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Una de museos
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Paco Moreno | 05-09-2011 | 13:08

Tras el inoportuno chaparrón, decido coger a la tropa en el siete plazas y largarnos al centro, pero no comercial sino al histórico, al de Valencia. Con ganas de que nos entre en vena algo de historia de la ciudad. Elijo sin dudarlo el museo de la Almoina para empezar.

Suciedad. Nada más llegar a la plaza, el primer comentario que me hace una de mis hijas. ¿Pero esto no era transparente? En efecto, la deseada lámina de agua, empeño personal de la alcaldesa Rita Barberá y con grandes posibilidades, es una gran superficie opaca de un tono tirando a verdoso, que sirve para el baño de las palomas. La depuradora sigue rota, a pesar de que el arreglo es cosa de unos pocos miles de euros. Mala imagen para las turistas.

Carteles. Nos encaminamos a la puerta del museo, sin más problemas porque sé por dónde se entra. Menos suerte tiene un grupo de turistas italianos (benditos sean por venir tantos este verano), que plano en mano me paran para preguntar. Yo no digo que se pongan tubos de neón, aunque un letrero bastaría.

Buena visita. La visita es barata y por 2,50 euros cada uno disfrutamos de 40 minutos de charla con la guía, perfecta conocedora de su trabajo. Echo en falta más de dramatismo cuando llegamos al lugar donde está Boro, como llaman al esqueleto de un romano torturado hasta la muerte en la guerra entre Valentia y las tropas del general Pompeyo, allá por el 75 a.C. Los huesos están incompletos porque el desgraciado fue mutilado de piernas y manos.

Museo de la Ciudad. Ya fuera de las ruinas fundacionales, vamos al palacio del marqués de Campo para apreciar la exposición sobre la Albufera. Y compruebo lo que denunció la edil de Compromís Pilar Soriano. Ni un funcionario ni agente de seguridad en las salas. Tan sólo dos personas en la entrada. Hay crisis, pero esto es demasiado.