Las Provincias

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La grasa política
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Paco Moreno | 05-07-2012 | 17:05

Cada semana que pasa, el Gobierno nos da un susto. La subida del IVA es la última de las amenazas, a la par que la rebaja de las pensiones o un nuevo tijeretazo a los sueldos de los funcionarios. Y el comentario que surge cada vez más en la calle es que ha llegado el turno de que sea la propia Administración la que adelgace, la que se quite esa gruesa capa de grasa que tan cara nos sale a todos.

Me dirán que es el chocolate del loro, que eliminar tres plazas de asesores o un par de empresas públicas no lleva a ningún sitio, aunque lo único que sabemos ahora es que estamos cayendo por el abismo y la caída será durísima. Los últimos datos del CIS arrojan una más que preocupante desconfianza de los ciudadanos en la clase política, que es considerada ya como un problema, lo que es muy peligroso para el sistema.

Es una cuestión de imagen, de higiene. Cuando hay familias enteras que acuden a la Casa de la Caridad a comer cuando los niños salen del colegio, resulta aberrante ver a los señores con traje lucir estupendos teléfonos de última generación, manejar tabletas y portátiles en las sesiones de Les Corts y cualquier hemiciclo municipal, para subirse después de una “dura” jornada de trabajo a un coche oficial. Y todo gratis.

Por eso, no más remedio que los dirigentes se tomen en serio este asunto. Reduciendo más la asignación a los grupos políticos, el gasto electoral, los cargos de libre designación, los coches oficiales, los privilegios de las dietas por asistir a comisiones que no deciden nada y tantas otras cosas, para finalmente pasear por la calle como unos ciudadanos más, para sentir de verdad los problemas de los vecinos. Ejemplos no faltan de esos michelines que sobran en todas las instituciones.

En unas más que en otras. Desde la creación de las autonomías se cuestiona la función de las diputaciones, aunque no se ha hecho nada en los últimos 30 años. Ahora, esta crisis que algunos economistas consideran incluso peor que la de 1929, la obligación de los políticos es ineludible. Deben transferir las competencias a la Generalitat y desaparecer sin más.

El Ayuntamiento de Valencia tiene un gasto de personal de 244 millones de euros. Menos que en 2011, todo hay que reconocerlo, aunque si quieren ganar en credibilidad ante los vecinos, es hora de pactar una disminución en los cargos de confianza, especialmente en las empresas y entidades satélites del Consistorio. Menos grasa debe ser la consigna. Concejales con plena dedicación, que no acumulen cargos y que se centren en el trabajo para el que fueron elegidos. Y lo antes posible sin el coche oficial ni el escolta porque cualquier gasto debe ser ahora cuestionado, incluso el que se refiere a la seguridad. El mismo día que el Ministerio del Interior lo considere, sin más dilación.

Y cuando se haya exprimido hasta el último gramo de grasa, entonces llegará el turno de los servicios que pueden compartirse con los municipios más cercanos de l’Horta. Seguro que salen varios ejemplos con los que se logran mejores precios. El pavimentado de las calles, sin ir más lejos, el alumbrado público o la misma limpieza, cuando se trata de barrios tan pegados unos a otros que no se distinguen. Hablo de Burjassot, Mislata y Alboraya, tres casos donde podría aplicarse sin problemas.

Entonces, sólo entonces, los vecinos nos creeremos que los políticos están dispuestos a sacarnos de esta crisis. Ahora, la impresión es que intentan sacarnos todo el dinero de nuestros bolsillos sin que ellos pierdan ni uno solo de sus privilegios. Sé que hay servidores públicos con ganas de demostrar  lo contrario. Pues que se muevan de una vez.