Las Provincias

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Turistas, algo funciona
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Paco Moreno | 06-04-2015 | 10:37

Conste que soy el primero en ponerme en la fila de los criticones y destacar cuando puedo que las quejas vecinales mayoritarias vienen por la falta de limpieza de las calles y el mantenimiento de los jardines, entre otros temas que suelo tratar habitualmente. Tampoco me gusta la falta de acción decidida para salvar las pocas alquerías habitables que quedan en Valencia, de la misma manera que la estrategia de vivir de las rentas en Fallas y convertir una bella fiesta en una verbena continua de bocadillo y orines en la calle, como ha pasado estos años.
Pero no por eso hay que dejar de reconocer las cosas que funcionan, como es el caso del turismo. Cada mes que pasa refleja un aumento sobre el año anterior y se producen pocas excepciones a esta norma, como precisamente las Fallas de este año, lluviosas y entre semana, la peor combinación posible.
¿Qué tiene Valencia para los visitantes? Es difícil contestar a esa pregunta porque para gustos los colores. El otro día vi a una joven fotografiando naranjas en un árbol junto al puente de Aragón y es habitual también que esto suceda en el viaducto de Monteolivete, con selfies continuos con la Ciudad de las Ciencias al fondo.
Quizás yo veo las cosas de otra manera, como las mismas naranjas chafadas en el suelo reventadas por los coches y los peatones. O la ruina del puente de Monteolivete hasta que el Ayuntamiento cambió toda la barandilla de hormigón. Pero el caso es que la ciudad funciona para los turistas, los índices de satisfacción de todos los organismos del sector están por las nubes y el negocio marcha mejor cada día.
No todo ha sido un camino de todas porque el descenso de cruceristas es un hecho, aunque siempre he pensado que se trata de un turismo sobrevalorado. Unas personas que tienen barra libre en un crucero para comer y beber lo que quieran tampoco es que tengan ganas de gastar en las ciudades donde recalan.
Ante esta situación, hay que poner en cuarentena el discurso catastrofista de los que hablan de estancamiento, pérdida de influencia y posición del cap i casal respecto a otras ciudades europeas. A ese cacareado fin de ciclo, donde se incluye al Ayuntamiento por supuesto, hay que enfrentar las cifras de visitantes para atemperar el discurso.
Está claro que no podemos fiar todo nuestro futuro al sector turístico y que hay decenas de factores distintos que influyen para el desarrollo de una ciudad, aunque la pena es que durante años no hayamos tenido el apoyo necesario para alcanzar unas cotas todavía más altas.
Hablo por ejemplo de las ayudas del Gobierno para la rehabilitación de monumentos y edificios turísticos. Si el Ministerio de Cultura hubiera hecho algo más por Valencia que opinar sobre el Cabanyal, el entorno de la Lonja podría ser una bella plaza peatonal y la trasera del Museo San Pío V sería eso, un museo en lugar de un montón de solares.
Dos casos muy sencillos de acciones puntuales y efectivas para ayudar a la ciudad y, al mismo tiempo, aumentar la oferta turística. Y si miramos a la Generalitat, entonces preguntaría cómo es posible que fueran tan ciegos de no ver que el Ágora es un desastre, que no funciona ni funcionará nunca lo necesario para compensar el montón de dinero que costó. Y justo al lado hay unas vías de tranvía que cogen cada día más óxido, dado que la misma Administración es incapaz de poner fecha a la finalización de esta infraestructura. En suma, que Valencia avanza pese a las circunstancias.
Por eso es bueno que se vayan eliminando esos obstáculos poco a poco. Hablo del trabajo realizado por el Consistorio para permitir la construcción de los nuevos restaurantes de la Malvarrosa, los populares chiringuitos. Los hosteleros tienen la certeza de que las gestiones de la concejala de Playas, Lourdes Bernal, han servido para acabar de una vez con los problemas crónicos por las autorizaciones de las terrazas.
Y como para creer muchos tenemos que ver, prefiero reservar parte del optimismo al día que empiecen las obras en el paseo marítimo, donde por cierto no le vendría mal un saneado general aprovechando la inversión privada.
No sólo en el maltratado carril bici y algún equipamiento más, sino en el enorme solar propiedad del Consistorio en la calle Eugenia Viñes, en la esquina con la Marina. Los sueños de las piscinas termales hace tiempo que se disiparon y toca hacer algo más realista, palpable y capaz de ser rentable. Nada de ágoras ni similares que ya no nos quedan ganas para tantos experimentos pese al aumento de los turistas.