Las Provincias

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Las deudas del callejero de Valencia
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Paco Moreno | 15-07-2015 | 18:24

Ahora que se va a remover el callejero de Valencia para eliminar los nombres de personajes de la dictadura franquista, seguro que hay un hueco para honrar la memoria de un dirigente vecinal poco común, implicado con su barrio y al mismo tiempo con una visión del valor del patrimonio histórico y de la huerta de la ciudad que se han dado pocas veces. Hablo de Eduard Pérez Lluch, vecino de Campanar fallecido recientemente.

Eduard puso en valor la huerta de Campanar cuando nadie daba un duro por ella, masacrada por el mal llamado hipermercado de la droga, un campamento permanente de toxicómanos y traficantes, donde acudían por cientos desde todos los rincones de la ciudad para conseguir la dosis.

Aquello pasó por fortuna, igual que la revisión del Plan General que la condenaba a la desaparición, y el motivo de su supervivencia fue la existencia de personas como Pérez Lluch. Me decía que una de las cosas que más le gustaba era pasear los días de riego por aquellos caminos para escuchar el sonido del agua corriendo por las acequias. Su nombre en el callejero sería un gesto de gratitud hacia todos los que han hecho posible la permanencia de un modo de vida y del paisaje más espectacular del Mediterráneo.

Y después de hablar de una gran persona, toca hacerlo de un dictador muerto hace casi cuarenta años y que todavía es noticia. Increíble pero cierto, la torpeza del PP fue tan grande, con trabas incluso a que se le retirase el título de alcalde honorífico y la Medalla de Oro, que en 2015 todavía hay al menos 40 calles en la ciudad rotuladas con los nombres de gerifaltes de Franco.

El excelente trabajo del exconcejal socialista Salvador Broseta no fue suficiente para convencer a un partido que en el Ayuntamiento mostraba los primeros síntomas de parálisis. La ausencia de consenso en estas cuestiones son imperdonables, dado que a la inmensa mayoría de la ciudadanía le importa una higa mantener en el callejero el nombre de un gobernador franquista. Ahora toca enderezar el rumbo y votar en consecuencia en la comisión de Cultura cuando se presente la ocasión.

Pero si la noticia de los cambios en el callejero es positiva por la normalización que implica, no ocurre lo mismo con el anuncio de la reducción de libertad horaria en el comercio. Puedo estar de acuerdo en la limitación de apertura en algunos distritos, aunque la intención declarada del concejal de Comercio, Carlos Galiana, es mantenerla sólo en Ciutat Vella.

¿Qué pasa entonces con la Marina? El proyecto de la dársena necesita de manera urgente la apertura de tiendas para que deje de ser sólo un enorme local hostelero y una zona de amarre para barcos. Si el Ayuntamiento quiere integrar esta zona como un barrio más necesita mantener la libertad horaria.

De otra manera no saldrá adelante la rehabilitación de los tinglados 4 y 5, además de otras iniciativas previstas en el plan de usos. Este espacio debe estar abierto los 365 días del año para ser un imán turístico y convertirlo en una de las mejores marinas del Mediterráneo.

Los inversores leen los periódicos y a nadie le gusta que se limite su capacidad de negocio. En pleno concurso para la adjudicación del Veles e Vents y con el alcalde Ribó (uno de los mejor pagados de toda España, por cierto) recibiendo a empresarios que quieren traer su dinero a Valencia, no puede haber mensajes equívocos y el Consistorio debe aclarar esta cuestión a la primera oportunidad.

Y ha pasado otra semana sin que se dé entrada a los dos partidos de la oposición en la comisión del barrio del Cabanyal, con lo que el tripartito pierde más argumentos a la hora de querer ganar apoyos en la rehabilitación del barrio.

Ahora se pone todo el interés en las subvenciones europeas, cuando ya hay aprobada una cuantiosa inversión de la Generalitat a través del Plan Confianza. Se trata sólo de cambiar el objeto de las obras y en lugar de derribar y urbanizar ponerse a rehabilitar. Con un tripartito también en el Consell, debería ser coser y cantar.

Pero la realidad puede ser más incómoda y lenta. El concejal de Urbanismo, Vicent Sarrià, ha pedido al Gobierno que acelere el proyecto inmobiliario de los antiguos cuarteles de la calle San Vicente, pero sería más efectivo que hiciera lo mismo con la Administración autonómica en el Cabanyal.

Joan Calabuig pidió en abril de 2014 que los 13 millones conseguidos entonces por Barberá se destinaran a la rehabilitación del barrio. ¿Ya se ha hecho la petición o seguimos descubriendo el Cabanyal con más excursiones?

  • elopinador

    ya era hora ….menudos…gu…..

  • paquitor

    ya les pestaba el sobakillo

  • Rubenc777

    Me hace gracia lo fácil que es hacer un artículo sin tener ni idea ni intención de tenerla.El no cambiar de vestuario era algo definido por el programa para que a la hora de editar las grabaciones de los castings, que se hicieron en días consecutivos,no se pudiera notar diferencia ni se vieran cosas raras,pues si por ejemplo en la realidad Melendi se llevaba a 4 concursantes seguidos eso era cortado y pegado en diferentes partes.Por lo tanto tenían varios cambios de las mismas prendas para las grabaciones.Un poco de interés en lo que uno va a escribir aunque sea sobre un programa de tv.

  • ricardo

    aunque no comparto su posición respecto al cambio unidireccional de nombre de calles que corresponden a un período histórico (otra cosa es la inevitable renovación de nombres por el paso del tiempo o por el cumplimiento de una Ley) percibo un afecto muy sólido por nuestra sufrida Valencia. Le planteo lo siguiente: Valencia tiene una deuda de gratitud con el ingeniero que dirigió el Plan Sur que (aunque se trate de una obra del denostado período). Además de estar muy bien resuelto con el paso del tiempo ha tenido un impacto muy positivo para la ciudad (Parque del Túria) y las comunicaciones del Área Metropolitana. Que yo sepa no hay todavía calle a nombre del Ingeniero D. Claudio Gómez Perretta. Y, al igual que D. Miguel Colomina (autor de la urbanización de la playa de la Malvarrosa), ambos se merecen el reconocimiento de los valencianos.

  • albertserrano78_729

    No estoy de acuerdo en absoluto con su criterio respecto al nombre de las calles. Si hubiera que eliminar cualquier recuerdo referente a regímenes autoritarios, el 99% de los nombres de políticos de nuestro callejero deberían desaparecer, porque el 99% de nuestra Historia ( y de todos los países) ha sido no democrático. ¿Eso significa que nada de nuestro pasado anterior a la democracia es digno de recuerdo? Me parecería absurdo. ¿Es que ningún dirigente franquista hizo nada bueno por sus conciudadanos? Seamos serios, por favor…
    Dice usted que le parece increíble que el PP dificultara el cambio de denominación, pero a mí lo que me parece increíble es que no sean coherentes y no hayan derogado la Ley de Memoria Histórica, una ley, bajo mi punto de vista, parcial, injusta y sectaria.

  • http://blocs.mesvilaweb.cat/bloc/view/id/6909 Josep Blesa

    EDUARD PEREZ i LLUCH. IN MEMORIAM (per Francesc Viadel I Girbés)

    Potser no vaig saber ben bé què era València fins que una primavera de 2001 Eduard Pérez Lluch me la va mostrar per dins com si fóra un sucós meló d’Alger obert amb les mans. Un matí de finals d’abril d’aquell any el fràgil historiador, bibliòfil, antropòleg, campaner i tossut croat veïnal en la ciutat dels despropòsits, em va ensenyar que darrere de lesenormes murades aixecades pel voraç desenrotllisme, bategava encara,
    feblement, un món màgic, vestigis d’un món arrelat a un passat que donava sentit a tot allò que érem. Mai aquella ciutat de què tantes vegades havia abominat per estrangera i estranya, se m’havia fet tan propera al meu àmbit més primigeni.

    Eduard em va citar a una taverna de la plaça de l’Església de Campanar i des d’allà vam fer cap a l’edifici medieval del Molí dels Frares, edificat sobre el braç de Petra, de la séquia de Mestalla, a la Partida de Dalt, enmig de l’horta. El Molí, aleshores ja un deteriorat edifici on funcionava una cavernosa fusteria, guardava en el primer pis –i
    encara ara- un tresor increïble. Sobre un llenç de paret, en una sala fosca, el visitant pot admirar un inadvertit plafó mural d’una extraordinària qualitat, datat en el segle XVII. El dibuix representa una al·legoria del setge de la fortalesa de Salses a la Catalunya nord l’hivern de 1639-40 per part de les tropes franceses i, alhora, l’arribada d’un exèrcit de socors procedent de Perpinyà i format principalment per tropes catalanes i castellanes. L’erudit Josep Martínez Aloy n’havia parlat a principis dels anys vint amb tanta emoció com poca precisió històrica i Eduard les havia redescobert a la claredat d’un llumí encès quan encara portava pantalons curts. Des de ben menut, coneixia cada detall d’aquella batalla de la Guerra dels Trenta Anys… els moviments i les descàrregues letals dels mosqueters, la marxa compacta dels piquers, la de la cavalleria de cuirassers, l’ascens suïcida amb escales dels soldats francesos pels murs de la
    imponent fortalesa, les piles de cadàvers i cossos mutilats fetes pels dispars de les bateries castellanes emplaçades al turó de Tortul, el tremolí dels estendards de Castellà, Aragó, Nàpols, Portugal… cada moviment, cada escena… com coneixia pam a pam l’horta i el seu paisatge de terra i d’homes que tant li agradava donar a conèixer als
    seus conciutadans.El 1994 va ensenyar el mural a Luis Pablo Martínez, aleshores un becari del departament d’Història Medieval de València que dos anys després va
    témer perquè la construcció de la Ronda Nord de circumval·lació destruís el molí. La sospita era infundada però Eduard, que poc temps abans no havia pogut vèncer les grues que van destruir les alqueries de l’Horta del Pouet, va remoure cel i terra per salvar el conjunt que albergava les pintures. La sorprenent troballa es féu pública. El 14 de maig de 1997 fins i tot s’organitzà una visita oficial al molí, a la qual també va assistir l’alcalde de Salses Sylvain Dagues, tot just quan la ciutat es disposava a celebrar el cinquè centenari de la construcció de la fortalesa al peu de les Corberes. La directora general de Patrimoni, Carmen Pérez García, obsequià Dagues amb un facsímil del
    mural i fins i tot la Universitat Menéndez Pidal li dedicà un seminari en què van participar personalitats com Thomas Glick, professor a Boston, René Quatrefages de la universitat de Montpeller i representants institucionals al més alt nivell com Olivier Poisson, del ministeri de cultura francès. A l’última, la bona disposició institucional, per a decepció d’Eduard, va quedar com sempre en foc d’encenalls i el mural, i l’horta, caigué de nou en l’oblit més vergonyant. Encara ara el Molí dels Frares, com el conjunt d’edificis de què forma part, continua sent una molesta runa en meitat d’una horta que immisericordiosament va sent depredada, devorada per la ciutat.

    Mai no li estaré prou agraït a l’amic Eduard perquè aquell llunyà matí d’abril em descobrís aquella meravella, aquell llegat, aquell mural de l’Asitio del castillo de Salca dibuixat per unes mans anònimes amb la destresa visual d’un gran director de cinema.

    Darrere d’aquella imatge de mestre d’escola de menjar poc o de botiguer de poble de betes i fils o d’hàbil i pacient orfebre, hi havia un gegant, un tipus apassionat, d’una enorme fortalesa i valentia que estimava la seua ciutat com ningú, que tenia al cap una València ben distinta d’aquella ciutat brutalitzada dels promotors urbanístics que va
    defensar cegament una Barberà absolutament insensible i negada per a la cultura. Eduard s’hi va deixar la pell perquè el seu barri, el seu poble encara, com el meu, no morís engolit pel creixement desbocat i la desmemòria. Visqué amb tristesa i ràbia, però sense resignar-se mai, els oblits de l’estèril política municipal, la desaparició d’una forma de vida, el deteriorament social tant descarnadament exemplificat per aquelles processons de toxicòmans mig moribunds, desvalguts, que durant anys van travessar els carrers on va viure per anar a buscar la seua dosi letal als dominis d’una horta gairebé tan acabada com ells. Eduard somià una ciutat i un país distint i hi treballà incansablement perquè fos possible. Perquè, de fet, és possible aquella altra ciutat amb un entorn únic, perfectament rescabalat per al gaudi ciutadà, una ciutat amable, reconciliada amb el seu propi passat.

    La matinada del passat 9 de juliol, a 52 anys, Eduard Pérez Lluch ens va deixar.
    El campaner i amic seu, Francesc Llop i Bayo, va afirmar sentidament que aquell dia al seu barri no tocaven a mort, sinó a silenci, la forma més dramàtica i trista en què sonen les campanes.