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Paco Moreno

Cap i Casal

Rita elige el peor camino

Uno le tiene cariño al equipo de fútbol que gana las ligas en su niñez y pasa lo mismo con los alcaldes, sobre todo cuando coinciden con los primeros años de trabajo después de la Universidad, años duros de bocadillo y jornadas eternas, lo que por desgracia no ha cambiado para muchos periodistas. Por eso me da pena cómo escribirá la historia de esta ciudad los últimos años en la política de Rita Barberá.

La alcaldesa de los mercados, aquella que perdió las elecciones frente a Clementina Ródenas pero logró 14.738 votos más que Vicente González Lizondo, ha escrito una de las páginas más confusas de su vida. Fuera del Partido Popular pese a ser una de las fundadoras de Alianza Popular, dentro del Senado como un refugio frente a los vaivenes judiciales, lo que ocurra a partir de ahora es lo que recordará el público. Y será todo negativo, sin duda.

Ya ha pasado mucho tiempo desde 1991, cuando cogió la vara de mando al obtener un concejal más que Unio Valenciana. El pacto se respetó y empezó una sucesión de mayorías absolutas que parecía no tener fin. Es exagerado decir que construyó Valencia desde los cimientos porque desarrolló muchas de las ideas y decisiones del socialista Ricard Pérez Casado, pero es innegable reconocer que puso la ciudad en el mapa.

Más allá del centenar largo de equipamientos públicos puestos a disposición de los vecinos, de la llegada del turismo, de la Copa América, de los nuevos barrios y la expansión de la ciudad hacia su área metropolitana, prefiero quedarme con lo humano, con los momentos que viví mientras la acompañaba. Lo otro queda para el análisis político, para sus amigos y detractores, que los tiene a miles por ambos lados. Me quedo con el respeto.

Vivencias hay muchas, innumerables, pero las mejores son las que cuentan los demás para tratar de enfocar al personaje a distancia. Como aquella ocasión en que llamó a Carmen Berlanga, a la sazón presidenta de la asociación de vecinos de Marxalenes, para decirle que acababa de visitar su barrio y que se lo iba a cambiar de arriba abajo.

Fueron los años en los que se forjó la frase “rojo alcaldesa”, cuando la Lonja estaba a punto de ser Patrimonio de la Humanidad, el metro empezaba a rodar en Valencia en serio más allá de la primera línea construida en los 80 y los cimientos del pirulí de Calatrava servirían para sujetar el Palau de les Arts y nacía la Ciudad de las Ciencias.

Años que ahora se analizan con lupa, teñidos en muchos casos con el color de la denuncia por las grabaciones a concejales que se repartían dinero y las campañas orquestadas con el furor del sabor amargo que destilan las redes sociales. Pero busco un hueco en la memoria para localizar la misma idea: Respeto.

La ilusión de la Copa América ha dejado una deuda enorme, impagable, pero también una nueva frontera en la ciudad, un lugr de ilusión. Valencia no lo tuvo tan fácil como Barcelona en las Olimpiadas o Sevilla con la Expo 92, aunque seguro que salimos adelante pese a no tener un cheque en blanco. Por eso, ahora que muchos buscan el rostro de Barberá asomándose por el cristal de una ventana, escondida y a la espera del juicio popular y del Supremo, me quedo un instante con su imagen en la dársena, feliz de dejar para la posteridad un trozo de ciudad con su nombre.

¿Qué debería haber hecho Barberá? La respuesta es casi unánime y sale de su antiguo partido: Dejarlo en 2011 con mayoría absoluta e irse por la puerta grande. Ahora, lo más suave que he leído en las redes sociales es que cobrar como senadora después de dejar el PP es indecente. Y Valencia no se merece que eso quede en la pequeña historia de la ciudad.

 

 

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En este blog se habla de Valencia, de la mejor ciudad para vivir, con las fiestas más espectaculares y de lo que podemos hacer los vecinos para mejorarla.

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