Las Provincias

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El museo del olvido
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Paco Moreno | 13-02-2017 | 22:51

Reconozco la subjetividad a la hora de escribir sobre trenes. Uno de mis primeros recuerdos de la niñez, además de la broma que me gastaron mis padres cuando me “abandonaron” dentro de una enorme papelera de hierro en Viveros, es el aire fresco que me llegaba a la cara mientras me cogía con fuerza en el estribo del trenet. Eran tiempos en los que ir de Benicalap a la actual estación de Pont de Fusta se llamaba “ir a Valencia”, gozando de antemano al saber que en el paseo posterior iba a conseguir un enorme corte de helado poco antes de llegar a la plaza de la Virgen.

Lo digo mientras observo cómo avanzan las obras del Parque Central, un jardín espectacular donde si todo sale como lo ha diseñado Kathryn Gustafson, podemos estar hablando de una de las zonas verdes más avanzadas de Europa en el mimo de los valores ambientales como el ahorro del agua, así como en el respeto al patrimonio histórico con la reconstrucción de las naves ferroviarias.

Pero me falta una cosa: los trenes. El Museo del Transporte ha ido deambulando como un fantasma desde hace décadas, pese a los esfuerzos de entusiastas aficionados, coleccionistas y expertos reunidos alrededor de la cátedra Demetrio Ribes. Existe incluso una página web con un museo virtual, a la vista de las dificultades de contar con uno real.

El Ayuntamiento ya ha repartido los usos de las naves y muelles de carga que quedan dentro del Parque Central. Un polideportivo, la sede de una Universidad Popular, un centro de día para mayores, tiendas, cafeterías e incluso algunas opciones de contar con una guardería o un restaurante con productos de la huerta cercana.

Todas reivindicaciones legítimas y dotaciones públicas más que necesarias para Ruzafa, aunque sigo echando en falta los trenes. Desgraciadamente, habrá muchos que seguirán en servicio en las inmediaciones porque el Gobierno y el Ayuntamiento han sido incapaces de avanzar desde hace una década para que la estación subterránea sea una realidad. La crisis ha servido para olvidar un poco más las infraestructuras que necesita Valencia.

Una vez que el reparto del Parque Central está hecho, el único vestigio ferroviario que quedará en el jardín serán las naves, aunque como un cascarón que dará cobijo a un uso distinto a la arquitectura que trazaron Ribes y otros arquitectos. A menos de un año de la apertura de la zona verde, veo imposible encontrar hueco para el merecido museo del transporte.

Aunque ahora surge la oportunidad en otro lugar. El Ayuntamiento está a punto de recibir los Docks tras un complicado acuerdo de pago de impuestos con la empresa concesionaria. Al lado, la Autoridad Portuaria es propietaria de un montón de solares y justo delante, en la parte que recae al paseo de Neptuno, hay parcelas huérfanas después del pinchazo de unas piscinas cubiertas con baños termales y no me acuerdo qué más, un vestigio de la época de los grandes proyectos todavía sin solucionar.

Y si me apuran, la buena intención de la consellera de Obras Públicas, María José Salvador, de poner en marcha un tranvía turístico sobre la actual línea, que pasa muy cerca. Una conjunción de circunstancias que puede beneficiar a que encuentre hueco un museo dedicado al transporte público, especialmente a las bellas piezas ferroviarias que los de más edad recordamos todavía.

Varias naves en Torrent custodian parte de la colección, con vagones con asientos de madera lustrada por el paso de los años y miles de viajeros. Trenes que utilizaron nuestros padres para ir a trabajar cuando tener un coche era cosa de unos pocos. Recuerdos que merecen una consideración del Ayuntamiento y el resto de socios que apoyan de manera entusiasta el Museo del Mar, otro déficit que tiene Valencia en su oferta cultural.

El gobierno municipal quiere un nuevo plan de usos para la Marina, menos comercial y con más oferta cultural, aderezado todo con locales destinados a emprendedores. Es la oportunidad para decidir qué hacer en los inmensos solares y las naves que dan al paseo de Neptuno y la calle Doctor Marcos Sopena. Momento para apostar por un proyecto de ciudad en lugar de dibujar torres de oficinas y locales comerciales. El alcalde Joan Ribó dijo la semana pasada que se había acabado el tiempo de construir pirámides y ahí tiene razón pero gastar el dinero público en un museo dedicado al transporte serviría para enseñar a los niños los lugares de la nostalgia de sus padres. Y además, recuperar un trozo baldío de terreno junto a una de las zonas más turísticas de Valencia.

Sobre el autor Paco Moreno
En este blog se habla de Valencia, de la mejor ciudad para vivir, con las fiestas más espectaculares y de lo que podemos hacer los vecinos para mejorarla.