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Paco Moreno

Cap i Casal

El callejero salda cuentas

Diecisiete mil euros y cinco meses de trabajo después, estaba claro que los cambios en el callejero de Valencia iban a provocar polémica, sobre todo por lo que los espías llaman en las novelas daños colaterales. Víctimas fusiladas los primeros días de la Guerra Civil, profesionales liberales o familias sin carné de ningún partido saldrán del nomenclátor por la puerta de atrás acompañando a generales franquistas y procuradores en las Cortes Generales.

Menos mal que el gobierno municipal decidió tomárselo con calma y estudiar las modificaciones al detalle. De lo contrario, en lugar de un mal resultado habrían ido al desastre total. El informe de la Universitat de València tiene fecha de noviembre de 2016, con lo que la concejal de Cultura, Glòria Tello, ha tenido seis meses para darle vueltas a todos los nombres, pese a lo que se vio obligada a mover rótulos como si fueran los garbanzos de un trilero las últimas 48 horas y meter a martillazos a Pere Maria Orts, mecenas que legó numerosos fondos al Museo de Bellas Artes y el Archivo del Reino.

Cambios que no han supuesto la permanencia de ejemplos palmarios de víctimas, sin más. El matrimonio Alcántara-Ríos o Jerónimo Luzzati fueron asesinados en un paredón o una cuneta. ¿De qué sirve rememorar aquello ahora, desempolvar los días del odio tantos años después? La fuerza de los votos modificará el callejero, aunque siempre quedará la duda de la injusticia. Si el propio informe apunta a que fueron muertes utilizadas por la propaganda franquista, la misma utilización se está haciendo ahora en sentido contrario. Se hace tabla rasa y se saldan cuentas, sin más, trazando con brocha gorda una línea que debería ser fina y atenta a evitar cualquier tipo de enfrentamiento.

El alcalde Joan Ribó tiene fe ciega en el informe de la Universitat, como dijo la semana pasada, aunque no estaría de más un informe de los abogados del Ayuntamiento y del servicio de Patrimonio Cultural. Garantía doble para evitar injusticias y argumentar tanto las bajas en el callejero como las altas.

Los cuatro investigadores universitarios han hecho un resumen de los 55 nombres afectados, en ocasiones demasiado breve, una mera reproducción del expediente municipal. Además, se caen del callejero hasta siete nombres de docentes vinculados a esa institución, lo que ha sido interpretado como un exceso al menos un caso que me ha llegado y cuyos descendientes enviaron una carta al alcalde para que rectificase, sin éxito. Alguien podría pensar que en esas propuestas ha faltado objetividad. De ahí lo adecuado de confrontar la información con una investigación del propio Consistorio.

Pero si algo me ha quedado claro de este asunto es que cuando se trata del callejero, torpes hay en todas partes. Torpezas ahora similares a las cometidas por el Partido Popular cuando rotuló con el nombre de Manuel Azaña un callejón que separa el centro comercial Arena con uno de los vomitorios del estadio Ciudad de Valencia, sin patios por supuesto. O cuando llamó Amado Granell a una calle junto a la estación de Fuente de San Luis donde hay 13 vecinos empadronados, cuando se trata del valenciano que entró antes que nadie en París tras la huida de los nazis con una columna acorazada.

De ahí que ya me pueden poner delante todos los informes que quieran porque en estos cambios rezuma  un olor a revancha indiscutible. De los 51 nombres seleccionados en las altas del callejero, 16 son de políticos e intelectuales con carné vinculados a socialistas, comunistas y anarquistas. ¿Por qué no aprovechar para buscar otros rótulos que no tuvieran tanto el tufillo de una compensación?

Pero eso es pedir demasiado en este Ayuntamiento de los gestos, donde nos entretenemos desde hace una semana con estos asuntos, en lugar de preguntarnos por la razón de que la rehabilitación de los Docks haya fracasado o la Generalitat dé largas al Ayuntamiento para finalizar la línea T2 del metro, al menos en la primera fase desde Nazaret hasta el centro. Por no hablar del perjuicio que ha supuesto a la hostelería la prohibición de aparcar por las noches en el carril bus.

Eso sería mucho para un Ayuntamiento que ha llegado a su ecuador y que debe empezar a rendir cuentas. Aunque prefiere enseñarnos a los vecinos lecciones de Barrio Sésamo como que una calle deba llamarse Democracia, lo que en la Administración local se remonta a 1979. Aunque si tengo que elegir, me quedo con la calle de la Poesía. No es como en la canción de Sabina, pero casi igual de cursi.

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Ayuntamiento, callejero, Joan Ribó, valencia

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En este blog se habla de Valencia, de la mejor ciudad para vivir, con las fiestas más espectaculares y de lo que podemos hacer los vecinos para mejorarla.

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