Nos trasladamos a un ‘lugar’ mejor

Desde el equipo técnico de lasprovincias.es, tenemos el placer de comunicaros el comienzo de una nueva etapa en los blogs de Las Provincias. Nace una nueva plataforma con un diseño mejorado donde prima la comunicación con vosotros, los lectores.
A partir de ahora, podréis seguir leyendo los artículos de Ramón Palomar en http://firmas.lasprovincias.es/ramonpalomar

Un saludo
Equipo técnico de lasprovincias.es

La jeta: Santiago Segura

Santiago Segura, en la actualidad rodando bajo la sabia batuta de Alex de la Iglesia en ‘Balada triste de una trompeta’, se convierte en la ‘jeta’ de nuestra semana porque, reflexionando tras el postgoya, ha ejercido de niño, de borracho o de bufón de la corte al soltar un par de verdades en cuanto al sonado retorno de Almodóvar. Así, Santiago ha recordado pero que muy bien, que Almodóvar dejó de acudir a los premios cuando una rabieta le atacó al considerar que no le habían otorgado todos los premios que merecía, porque Almodóvar siempre (esto lo añado yo) cree que todos los premios deben caer en su saco, rasgo que por cierto se repite en los grandes creadores.
De todas formas, está bien que los premios Goya olviden los mensajes políticos y se centren en el autobombo y la promoción de las pelis patrias. Aunque claro, esperemos que este repentino silencio ante la crisis que nos invade, se respete también cuando la derecha vuelva al poder. La fractura que los chicos de la ceja y el celuloide rancio habían provocado era insostenible. Alex de la Iglesia ha logrado cicatrizar la herida con estupendo talante, pero que el talante continúe aunque cambie el gobierno. Sí, De la Iglesia ha conseguido un milagro, pero Santiago Segura no estaba por la labor de «vamos a hacernos unas pajillas» y su apostilla tras la gala la hemos agradecido porque ha sonado de una sensatez aplastante.

La peli: ‘Tristana’

Hay películas que pulsan una misteriosa fibra en nuestro interior profundo, y así, nunca nos cansamos de ellas. Esto me sucede con muchas pelis, como es natural, pero en especial con ‘Tristana’. Me río mucho, revisando ‘Tristana’, muchísimo, y este fin de semana la he recuperado y he vuelto a gozar como un enano cabrón, si me permiten la licencia y con todo el respeto hacia los enanos melancólicos. Considero, además, que, dentro de la obra de Buñuel, ‘Tristana’ pasa un tanto desapercibida porque por algún motivo vive sepultada bajo el peso de ‘Viridiana’, que es el árbol que nos impide contemplar el frondoso bosque de la obra buñueliana. Pero ‘Tristana’ tiene, al menos así lo entiendo, semejante carga de mala leche, o igual incluso más, porque esa historia de amor entre el viejo interpretado por Fernando Rey y la quesito Catherine Deneuve tiene mucha miga, mucha salsa, mucha maldad, mucha coña, mucha retranca.
Ahora están de moda, y me alegro, las ‘cougar’, o sea señoras de cierta edad que compran mozos cachas para aliviar la calentura (ejemplo: Madonna), pero antaño sucedía al contrario y esta historia de Buñuel lo refleja perfectamente. Tristana es la sobrina huerfanita, y Fernando Rey el tío anticlerical que la recoge, la seduce y la corrompe. Pero el tiempo transcurre y el viejo anticlerical muta en panoli beato y la niña dulce se venga a base de bien al emanciparse de su lecho. Tremenda. Su humor negro resulta insuperable y justifica la perrería del fin de semana.

El libro: ‘Olvídame, cariño’

D e entre el montón de libros que poseo relacionados con la galaxia del celuloide, quizá uno de mis favoritos, y no por ello necesariamente el más instructivo, sea la biografía de Lee Server sobre Robert Mitchum, ‘Olvídame, cariño’, título bastante perdonavidas pero que, reconozcámoslo, se ajusta a la perfección al físico y al arquetipo de tío machote encarnado por ese gran actor tan olvidado hoy que fue Robert Mitchum, el reverendo psicópata con los nudillos tatuados de, nada menos, la extraordinaria ‘La noche del cazador’, esa pesadilla en blanco y negro que nos sigue inquietando y conmoviendo a partes iguales.
Circulan algunas opiniones apuntando que, de aquí a treinta o cuarenta años, consideraremos a Leo di Caprio como a un James Stewart, y a George Clooney como a un Cary Grant, y a Johnny Deep como a un Gary Cooper, y a Bruce Willis como a un Alan Ladd. Puede ser, ¿pero quien podría parecerse hoy a Robert Mitchum? Yo creo que nadie, pues estamos ante un tipo irrepetible de peculiar vida, tal y como se averigua en esta biografía plagada de humor, detalles suculentos y datos sabrosos que nos descubre a un gigantón que tuvo la inteligencia de no tomarse en serio jamás, ni a sí mismo, ni a su profesión, lo cual revela una inteligencia natural y clara. Cuando le preguntaron el motivo por el cual se había convertido en actor, respondió: «Porque no conozco otro trabajo por el cual te paguen tanto por esperar siempre». Y cuando le preguntaron por el secreto de una gran interpretación, contestó: «Aprenderse el texto y no tropezar con los muebles». En cierta ocasión, otro chico de la prensa, le dijo que cómo se sentía siendo una gran estrella, y él lanzo otro balazo marca de la casa: «¿Una gran estrella yo? De eso nada, Rin-tin-tin es un perro y cobra más que yo, eso sí es una gran estrella».
La poli le pilló fumando marihuana, vicio que le acompañó durante toda la vida (el alcohol también, claro). Le entrullaron varios meses y daban su carrera por acabada. Pero eso no sucedió, acudió al rescate su amigo Howard Hugues, dueño a la sazón de la RKO, y así pudo continuar trabajando en la industria hasta que el asunto de sus porros cayó en el olvido.
Le gustaba la juerga, tocaba el saxofón, le encantaba el jazz y usaba los puños cuando el lance lo merecía. Una noche fue a escuchar a un club a su amiga Billie Holliday, cuando esta finalizó se sentó en su mesa, entonces llegó el encargado para recriminarla: los negros no podían sentarse con los clientes. Mitchum se levantó y le partió la cara al mequetrefe entrometido. Robert Mitchum, ¿hay alguien hoy con ese perfil, esa mirada de lechuza, ese pecho abombado, ese mechón rebelde, esa manera de caminar como apretando el culo y ese espíritu faltón? No, yo creo que no.

Ramalazo Punki

No sé si la fe mueve montañas porque uno permanece siempre inmerso entre las dudas unamunianas, pero sin duda el resentimiento mueve cordilleras, estraga valles y provoca tsunamis. La tropa rencorosa va a exigir que Aznar se cercene ese dedo gamberro y lo ofrezca a modo de penitencia a la sociedad de la ceja del mismo modo en que esos yakuzas se cortan el meñique para regalárselo al capo como signo de sumisión cuando cometen una falta
Algunos preferirían, ya puestos, que Aznar se autoguillotinase, que se quemase a lo bonzo en mitad del Valle de los Caídos, pues eso sí sería un espectáculo placentero. Ignoro el motivo por el cual este hombre serio y bajito levanta un odio tan profundo. No lo acabo de entender. Te puede caer bien, mal o regular, pero esas vibraciones de odio puro, vitaminado y reconcentrado que mana a su paso merece estudio. Supongo, también, que al final te contagias y por eso te defiendes empleando la misma táctica que el enemigo, o sea recurriendo a la artillería chabacana y grotesca. Craso error. Un mal gesto lo puede tener cualquiera, y recordamos que, cuando Jerry Lee Lewis se marchó de Inglaterra tras su primera y desastrosa gira, le dedicó ese dedo insolente al país al grito de: “¡Inglaterra, bésame el culo!” Pero Jerry Lee aporreaba y quemaba pianos, era un rockero y le habían bautizado, por razones obvias, como “el killer”. Aznar no es rockero, ni escritor extravagante, ni okupa, ni piojoso de insulto fácil, ni bohemio, ni farandulero. El señor Aznar es Inspector de Hacienda y ex presidente de España, con lo cual, su ramalazo punki y digital a la parroquia intolerante sobraba por completo y le da alas a los cretinos que le revientan las charlas. Una pena.

La camiseta roja

Según hemos visto en ‘Invictus’, la última de Eastwood, Nelson Mandela percibió empleando finura política envidiable cómo el rugby podía cicatrizar, aunque fuese de manera leve, las profundas heridas que su país arrastraba por culpa del abominable racismo. No fue fácil: los ciudadanos negros odiaban la camiseta de la selección nacional de Sudáfrica porque les recordaba la escabechina del hombre blanco y pijo y rubio peinado con raya al lado que se creía superior. “Me recuerda al policía que nos sacaba de casa”, le dice alguien a Mandela refiriéndose al capitán de la selección. Y Mandela le pide a los suyos reflexión, compresión y perdón. para sacar su tierra del abismo de la violencia.

Cuando la selección española de fútbol, La Roja, venció en la Eurocopa, se cuenta que incluso en el País Vasco más profundo hubo quien desafió la mordaza impuesta por el terror y salió a la calle para cantar y bailar homenajeando ese triunfo españolista. Algo increíble. Lo que no podíamos sospechar, ni en nuestros mejores sueños, es que dos etarras, ignoro si presuntos o fetén, lucirían cuerpo en el Facebook con la camiseta roja enfundada y una sonrisa amplia dibujada sobre el rostro. Demasié. Tampoco sé qué consecuencias les puede traer este detalle de fiebre futbolera entre los tarados de su bando, pues en la guerra, creo recordar, si te pillan con el uniforme del enemigo te plantifican en el paredón para recibir la lluvia de plomo de inmediato. La esquizofrenia de estos dos mamarrachos detenidos en Gerona resulta evidente, y demuestra el estado mental de los terroristas. Ahora sólo cabe esperar que La Roja gane el Mundial, porque en ese caso la banda asesina, bajo la pasión futbolera, sufrirá mayor quebranto. Seguro.

Cartografía Clitoridiana

La subcultura de la díscola subvención extravagante perpetra y provoca estudios siderales de carácter entre húmedo y viscosillo como esa cosa tan pomposa bautizada así: “Mapa de inervación y excitación sexual en clítoris y labios menores”. Arrea.

Sólo espero que, como la imbecilidad que usted y yo pagamos nace desde el absurdo Ministerio de Igualdad, atendiendo a razones igualitarias no nos sorprendan próximamente con un “mapa sobre la tersura del glande cuando permanece extramuros” o con un “esquema detallado de los nervios del prepucio cuando el ángulo de erección declina con la edad”, porque entonces, si tenemos en cuenta que Pla afirmaba que los mediterráneos comos gente muy onanista, con tanta explicación científica nos van a arrebatar el placer del tocamiento al despojar de morbo la pajitiña íntima. Cuando uno repasa la cantidad de pela que se despilfarra en estudios chanchulleros de estulticia profunda que no van a ninguna parte, salvo al bolsillo de ciertos colectivos afines al poder, irrumpe una desazón intensa porque no está el patio para lanzar cohetes. Ya sería malo que despilfarrásemos en épocas de bonanza, pero en tiempos de incertidumbre es indecente. Quizá el clítoris sea el epicentro de la mujer, el botón mágico del “on/off”, el diamante de carne exquisita apta para los amantes de las delicatessen, no digo yo que no, pero que cada cual se financie su estudio porque ahora mismo debemos destinar nuestros recursos, nuestro aliento, hacia el combate contra la crisis y el paro. Si el Ministerio de Igualdad pierde tiempo y pasta en descubrir la maravillosa esencia del chichi de la mujer, evidentemente es que ese ministerio debe evaporarse, y sin hacer ruido, porque semejante ridículo sólo admite su disolución.

Caído del cielo

Tan cercanos y, sin embargo en algunos detalles, tan lejanos. Aunque formemos parte de los países de la presunta prosperidad y la supuesta civilización, no sólo nos separa la barrera del idioma y la gastronomía, sino que cuando estalla algo tan potente como el cuerno de la megacalderilla que se precipita contra tu cabeza vía premio gordo, los sajones y los mediterráneos nos comportamos de forma radicalmente distinta porque, en efecto, cada uno mamó una cultura diferente.
El último premiazo le cayó a un británico y a un español plantificado entre Almería y Granada, que tampoco nos aclaramos. El sonrosado sajón ya ha dado una rueda de prensa con su esposa. Ha posado frente a los flashes sujetando ese cheque enorme como de feria. Ha confesado el anhelo masculino que reafirma nuestra virilidad: su primera compra será un coche deportivo. En fin, ya es un rostro conocido, sonriente, cercano. En cambio nuestro compatriota mantiene su anonimato, como haríamos usted y yo, porque supongo que desea evitar los sablazos de la parentela y las amistades, y porque no quiere recuperar el contacto con ese amigo de la infancia que reaparece para intentar montar un negocio en el cual el premiado pone la pasta y el aparecido la infalible idea. En la galaxia anglosajona, sobre todo en los USA, al ricachón se le admira porque entienden que se requiere un talento especial para levantar una fortuna. En el universo de las naranjas y los olivos y los arrocitos y los cocidos, el que levanta millones se convierte de inmediato en sospechoso de latrocinio, y se le califica, como mínimo, de explotador y de tirano. Comprendo el celo de los premiados por preservar su intimidad, tanta pasta de golpe seguro que genera toneladas de parásitos.

Los clasicorros

Permanecían nuestras clásicos viejunos apolillados en el baúl de los recuerdos, humillados ante el poder del microchip, olvidados por unos planes de estudios bárbaros que les condenaron al papel de extra que sale en la última fila de la chirigota actual para ejercer de bulto, pero mira por donde nuestras entrañables momias regresan con fuerza porque por fin parece que algunos entienden una gran verdad: lo clásico siempre es lo más moderno.
Se ha puesto de moda una frase de Cicerón que se aplica perfectamente a nuestra situación actual. Circula por Internet, la recogen algunos medios, y la gente se frota los ojos al comprobar lo certero del diagnóstico. Opina Cicerón, entre otras cosas, que conviene frenar el gasto público y recuperar el gusto por el trabajo. Vaya con Cicerón. Y ahora mismo se nos ha descolgado Leire Pajín con una referencia a Sócrates para explicar por qué no pactan con el PP. Le ha quedado confuso, a Leire la galáctica, y ya hay quien dice que, en realidad, eso es de Platón y no de Sócrates. Lo ignoro, pero les confieso que me agrada cuando recuperan a filósofos griegos y políticos romanos de oratoria honda pues eso supone un guiño simpático ante la tiranía de los futbolistas y las modelos, el máximo referente “cultural” de nuestra mocedad. Puestos a reivindicar cráneos privilegiados, si saltamos en el tiempo recordamos al sacerdote y profesor de Universidad Cubells, natural de Alberic y primera autoridad en Sócrates y filósofos presocráticos. Deslumbró en Alemania porque era uno de esos valencianos superdotados. Hombre irónico, seguro que se estará riendo de las palabras de la Pajín allá en su tumba al averiguar que los que se quisieron cargar el latín y el griego ahora recurren a los clasicorros.

Yo sudo la camiseta

Mira Ramón, mis cuernos me los afilo por las mañanas, y son cosa mía, lo que me fastidia es que los demás se enteren.” Ya hace años que escuché esa frase que tanto me marcó. Su esposa le cuerneaba sistemáticamente, pero él estaba enamorado y tragaba. Me impresionó su amor.y también descubrir lo mucho que le podía afectar si esa situación se conociese. El miedo al ridículo le sentaba peor que el frondoso ramaje sobre la testa. Pero anteanoche conseguí hacer un ridículo rotundo, poderoso, incontestable, estrepitoso, y también creo que, más o menos, todos nos comemos un recio ridículo de vez en cuando porque la vida es una broma, a veces pesada, jalonada de charcos ridículos que te trasladan hacia esa sensación de imbécil total que te deja exangüe como si una vampiresa te hubiese mordido el cuello. Estaba en una cena. Remoloneaban los cubitos del copazo posterior. Ya no quedaba nadie en el restaurante. Irrumpió el momento “Asturias patria querida” y mis amigos me felicitaban por lo realzados que quedan mis garabatillos en la página 2. Yo fingía modestia. Cabeceaba quitándole importancia, pero en realidad me inflaba como un sapo en celo, en verdad desplegaba el plumaje del pavo y mi buche de palomo ronroneaba de satisfacción, vanidad y soberbia. En esas entró una parejita en el local. Me miraron. Me saludaron mientras sonreían. Se acercaban. “Ah, qué bueno, dos fans que vienen a darme bola”. Cuando ya me levantaba para corresponder a los halagos (“yo sudo la camiseta”, les dije a los colegas), frenaron en seco y soltaron: “Uy perdón, nos hemos confundido.” Permanecí descompuesto con una sonrisa rota desdibujada en la faz. Las risas de mi pandilla se escuchan más allá del Júcar. Yo sudo la camiseta, sí.

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