D e entre el montón de libros que poseo relacionados con la galaxia del celuloide, quizá uno de mis favoritos, y no por ello necesariamente el más instructivo, sea la biografía de Lee Server sobre Robert Mitchum, ‘Olvídame, cariño’, título bastante perdonavidas pero que, reconozcámoslo, se ajusta a la perfección al físico y al arquetipo de tío machote encarnado por ese gran actor tan olvidado hoy que fue Robert Mitchum, el reverendo psicópata con los nudillos tatuados de, nada menos, la extraordinaria ‘La noche del cazador’, esa pesadilla en blanco y negro que nos sigue inquietando y conmoviendo a partes iguales.
Circulan algunas opiniones apuntando que, de aquí a treinta o cuarenta años, consideraremos a Leo di Caprio como a un James Stewart, y a George Clooney como a un Cary Grant, y a Johnny Deep como a un Gary Cooper, y a Bruce Willis como a un Alan Ladd. Puede ser, ¿pero quien podría parecerse hoy a Robert Mitchum? Yo creo que nadie, pues estamos ante un tipo irrepetible de peculiar vida, tal y como se averigua en esta biografía plagada de humor, detalles suculentos y datos sabrosos que nos descubre a un gigantón que tuvo la inteligencia de no tomarse en serio jamás, ni a sí mismo, ni a su profesión, lo cual revela una inteligencia natural y clara. Cuando le preguntaron el motivo por el cual se había convertido en actor, respondió: «Porque no conozco otro trabajo por el cual te paguen tanto por esperar siempre». Y cuando le preguntaron por el secreto de una gran interpretación, contestó: «Aprenderse el texto y no tropezar con los muebles». En cierta ocasión, otro chico de la prensa, le dijo que cómo se sentía siendo una gran estrella, y él lanzo otro balazo marca de la casa: «¿Una gran estrella yo? De eso nada, Rin-tin-tin es un perro y cobra más que yo, eso sí es una gran estrella».
La poli le pilló fumando marihuana, vicio que le acompañó durante toda la vida (el alcohol también, claro). Le entrullaron varios meses y daban su carrera por acabada. Pero eso no sucedió, acudió al rescate su amigo Howard Hugues, dueño a la sazón de la RKO, y así pudo continuar trabajando en la industria hasta que el asunto de sus porros cayó en el olvido.
Le gustaba la juerga, tocaba el saxofón, le encantaba el jazz y usaba los puños cuando el lance lo merecía. Una noche fue a escuchar a un club a su amiga Billie Holliday, cuando esta finalizó se sentó en su mesa, entonces llegó el encargado para recriminarla: los negros no podían sentarse con los clientes. Mitchum se levantó y le partió la cara al mequetrefe entrometido. Robert Mitchum, ¿hay alguien hoy con ese perfil, esa mirada de lechuza, ese pecho abombado, ese mechón rebelde, esa manera de caminar como apretando el culo y ese espíritu faltón? No, yo creo que no.