El bar Frankenstein (viernes)

Todavía quedan baretos en esta ciudad alejados de las rutas de los guiris y de los aficionados que salen por la noche esperando a que esta se transforme en un mundo de luz y de color poblado de seres maravillosos y perfectos que responden a los cánones de belleza marcados por las teleseries americanas de silicona y ojos azules y abdominales que son un escándalo de simetría.

Acabo de descubrir uno en el barrio del Carmen. Se llama Frankenstein, es lóbrego como boca de lobo, se escucha rock clásico de los años cincuenta, la parroquia es un ejemplo de cohabitación pacífica entre tribus urbanas y de eclecticismo asfáltico y, además, en la decoración encontramos pieles falsas de leopardo ornando los bajos de la barra así como pósters de pelis de terror de cuando imperaba el blanco y negro, de cuando la gente se aterrorizaba gracias a maestros como Bela Lugosi o Boris Karloff, tipos dotados de una inquietante mirada que taladraba legiones de hombres y de mujeres hasta despojarlos de su alma.

Pero quizá, por encima de todos estos detalles que asombran porque forman una amalgama lejanísima de las corrientes imperantes del diseño actual, destaca la personal de su gerente, un menda conocido en la ciudad con el mote de “el Tronco” que se diría es la reencarnación de un personaje de Baroja pero, eso sí, con un barniz punki y gamberro. Me quedó claro, tras una larga charla con “el Tronco”, que su lengua es la más rápida derramando ácido de toda la ciudad y que su velocidad mental a la hora de emitir una réplica alcanza mayor celeridad que la de los coches esos de la Fórmula Uno que emplean un difusor mágico. Vaya tío. Un buen guionista le agarra por banda y de su palique, de sus anécdotas, sean verdaderas o falsas, que eso es lo de menos, salen varios argumentos para largometrajes.

Por cierto, si acuden al Frankenstein Bar y le conocen, que les enseñe uno de sus tatuajes, concretamente el que luce con el monstruo de Frankenstein ofreciéndole la flor a la niñita junto al lago, quizá uno de los momentos más poéticos de aquella inolvidable película que todavía hoy nos conmueve. La extraordinaria calidad del tatu sorprende, la elección del motivo también, con lo cual se deduce que se puede ser gamberro, lenguaraz y, también, sensible.

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