Casualidad alucinante, inesperada, alambicada. Me preparan los de producción del programilla de tele una entrevista para la tarde con un escritor llamado Román Piña, y el caso es que me suena el nombre, sí, pero no sé si de leer algo suyo o de qué… La productora entonces me dice a través del auricular: “¿Te acuerdas de él? Me ha dicho que eráis compañeros en la Facultad…” Y entonces caigo, me sumerjo en el túnel del tiempo y recuerdo perfectamente su semblante, su dicción pausada, su pasión hacia la poesía y sus ganas de hacer algo útil en la vida. Hace veinte años que no nos vemos y ahora le voy a entrevistar, qué bueno, chico. Montamos el chiringuito de la cámaras en los jardines que hay frente al MuVIM, y mientras le espero, fíjense que punto tan maligno, deseo que esté igual de calvo que yo y, al menos algo, más gordo. Nada tan terrible como encontrarte viejos amigos con los que no coincidías hace varios lustros y comprobar que siguen igual porque entonces nuestra alma queda empapada por una zozobra melancólica demasiado profunda. Cuando aparece Román, tras un sincero abrazo, compruebo que mantiene un cabellera espesa intacta, aunque sembrada de canas en las sienes. En cuanto a kilos andamos parejos; esto es, hemos perdido la delgadez juvenil, pero nuestro actual toque fondón se disimula gracias a las camisetas holgadas. Luego, mientras le entrevisto, descubro que al menos presenta más arrugas que yo en las zona que circunvala los ojos, lo cual me alegra mucho porque al menos en ese detalle le gano. Pero, radiografías al margen cuajadas de superficialidad maripili, la verdad es que me ha encantado este reencuentro y descubrir que su cuarta novela, Stradivarius Rex , tiene una pinta cojonuda. Además, da clases de griego en Mallorca y también es articulista, con lo cual nos contamos nuestras penas mientras rememoramos los tiempos de antañazo. Él se acuerda de casi todos, yo de casi nadie porque mi memoria de pez es un agujero negro. Promete enviarme su última novela y yo le aseguro que le haré llegar mi dietario Tu mentira es mi verdad (por cierto, aprovecho, ejem, para decirles que hoy, esta tarde, firmo ejemplares, de las 17 y las 19 horas, en la caseta 32 de la Feria del Libro de Viveros), nos intercambiamos los mails y los números de teléfono y, tras despedirnos, volvemos a asegurar que mantendremos el contacto. La verdad es que no lo sé, él era más cumplidor que yo, pero, de todas formas, me ha gustado el reencuentro y descubrir que la pasión de Román Piña hacia las letras sigue intacta. Un abrazo, chaval.

