Los ciclados (martes)

Tengo un amiguete que se chuta regularmente porquerías para adquirir musculatura de segurata nocturno. Los resultados asombran. En cuanto el tipo se pone a jugar a doctor Mengele de pacotilla con su cuerpo, se lo noto al cabo de quince días porque ha duplicado su masa muscular. “Coño, Pepe, ya estamos otra vez con la jeringuilla, ¿verdad?”, le digo, y el muy canalla se ríe y contesta: “Che, Ramón, que llega el verano y tengo que ponerme a tono, pero luego, antes de volverme loco y de que se me atrofien los huevos, paro y descanso un montón de meses, tranqui, lo tengo controlado…” ¿Y qué más le puedo sermonear, si no soy su madre y ya es mayorcito? Allá él… Lo que por cierto ignoraba, y me lo ha contado él, es que precisamente en Valencia es donde más ciclados (así se llaman estos adictos a las infectas cochinadas que vigorizan milagrosamente los músculos) hay de toda España. De hecho, este fenómeno es típicamente valenciano, como la paella, las Fallas y las anguilas de la Albufera. No me causa ninguna ilusión que nuestra ciudad esté a la cabeza en el ranking de tipos con afán de lucir musculito artificial por metro cuadrado, pero si a este dato le añadimos que también en Valencia es donde más operaciones de cirugía estética, mayormente aumento de mamas, se realizan, entonces concluimos que somos un pueblo tal vez demasiado preocupado por nuestro aspecto físico, por nuestra estampa exterior, por la fachada que en teoría seduce a primera vista. No me atrevo yo a criticar esta pasión por conseguir hechuras casi perfectas de chasis reluciente, pero un pueblo que no nutre su interior, su sesera, su alma, está condenado a la esclavitud de la frivolidad absoluta. Se puede ser cachas, frívolo y además contar con cierta educación porque de lo contrario nos convertiremos en payasetes tipo Pepito Piscinas, y así nunca vertebraremos nada de nada. Si reducimos la prosperidad al bíceps nos transformaremos en gentes de visión limitada, y sería una pena. Lo que ya no sé es si este enganche nuestro por la imagen se debe a nuestro clima benigno, pues con el calor portas poca ropa, y con poca ropa se detecta el repugnante michelín y resto de defectos, y a nadie le agrada ser un masa amorfa andante…

En el norte, claro, como llueve y hace frío, te plantas el abrigo y quedas elegante. Pero aquí, con las chancletas, el pantalón corto y la camiseta de tirantes, sin tableta de chocolate de perfiladas abdominales ornando el vientre presentas un aire de batracio escasamente agradable, la verdad.

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