Descuelgo o no descuelgo? Eso es lo que pensé cuando sonó el móvil y descubrí receloso que no conocía el número desde donde llamaban. Siempre desconfío de una puerta entreabierta o de un número extraño quebrantando la rutina porque nunca sabes qué encontrarás al otro lado. Por supuesto, contesté, pudo más la curiosidad y ese pequeño cotilla que llevamos dentro. Me relajé de inmediato al escuchar la voz filtrándose a través del chisme. Se trataba de un amigo íntimo. Empleaba tono susurrante de grandes secretos, el cuchicheo discreto de las ocasiones escogidas. Llamaba para informar: había cambiado su número de teléfono y me avisaba. Luego se lanzó hacia un discurso florido reconvertido en declaración de intenciones. Sí, mascullaba muy serio, renacía con otro número de móvil porque el anterior ya lo tenía todo el mundo y eso no podía ser. Sí, insistió, con ese simple acto borraba su anterior existencia, rompía amarras, iniciaba una nueva vida, otra realidad en esta ocasión filtrada con mimo. Sí, todo su pasado regresaba a las tinieblas y ahora los pesados ya no le localizarían cuando la sagrada siesta o los momentos de esparcimiento. Sí, por fin se sentía dueño de sus actos. Le felicité por su decisión, me parecía una buena idea, incluso sana, limpia y saludable, algo que todos deberíamos imitar cada cierto tiempo. Tuve que jurarle y prometerle por lo más sagrado, o sea por las patillas de Elvis, que ni la tortura más cruel me arrancaría su número. A nadie, nunca se lo ofrecería a nadie. Esto sucedió hace una semana. Hoy, todo su viejo universo ya dispone de su nuevo número. Lo ha dado él. Nadie le llamaba y esto le deprimió. Me encanta la férrea voluntad de mis amigotes y la firmeza de sus principios. Sí señor.

