Narcotizar al súbdito

Primer flash: el pasado miércoles acudieron 36.400 paisanos para contemplar unos entrenamientos de la F1, ¡unos entrenamientos!, junto a una nutrida representación de la flor y nata de nuestra Generalitat. Segundo flash: en muy breve tiempo tendremos fútbol catódico todos los días. ¡Todos los días!
Pero encima, más allá de la pasión por el motor y de la cantidad de ociosos adictos al bramido de los bólidos, más allá del fervor futbolero, a uno ya le carga esa manía de nuestros gobernantes por fomentar el deporte como remedio universal contra la mala salud, los vicios nefandos, los malos pensamientos y lo que ustedes quieran. Siempre nos venden las bondades que manan de la práctica del deporte, olvidando que el inventor del ‘jogging’ palmó antes de los sesenta y, sin embargo, William Burroughs, yonki confeso, llegó a nonagenario sin prescindir de sus chutes y sus pastillas. Todos conocemos alguien que falleció en un arrebato deportivo. Por no hablar de los alpinistas que todos los años pagan su peaje de sangre al misterio de las montañas envueltas de magia y bruma y nieve. Las autoridades se diría que nos encaminan hacia el deporte, la musculación y lo de corretear por ahí porque, empleando la técnica de los padres con sus pequeñuelos, así nos cansan y cuando la noche nos largamos al lecho sin dar la tabarra. El deporte, sin duda, en pequeñas dosis es beneficioso, como el vino, el whisky, la hamburguesa y tomar el sol. Pero uno sospecha que se agarran a la bandera deportiva, tanto en la modalidad que nos convierte en espectadores como en la que nos metamorfosea en protagonistas, porque así nos mantienen narcotizados. Si tuviesen el mismo empeño para culturizarnos florecerían los premio Nobel.

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